Mapa de la Isla de Cuba

Mapa de la Isla de Cuba

Porque una vez más se ha probado

que se puede sacar de un lugar del cuerpo un trozo de carne viva,

y ponerla en otro.

José Martí. Un rostro rehecho

Hace unos días fue el quince de enero y yo no me acordé de lo que eso significa. Cinco años atrás habíame subido a un avión de American Airlines sabiendo con certeza que al aterrizar iría caminando por mis propios pies desde la salida (puertas automáticas) hasta una de las garitas de emigración y le diría al oficial de aduana en un español nervioso: yo me quiero quedar, yo quiero pedir asilo, ¿cómo me puedo acoger a la Ley de Ajuste Cubano? El oficial de aduana, acostumbrado a la frase yo me quiero quedar, señaló con el dedo un pasillo vacío, donde dos o tres personas, cubanos como yo, miraban hacia abajo y esperaban su turno. Ellos también dijeron: yo me quiero quedar.

Además de esa anécdota, hace cinco años, oí por última vez la voz de mi abuela en el teléfono: yo te espero aquí, mija, yo me voy a morir después de que tú vengas. Fue una voz traicionera que me dijo mentiras, una voz que regresa en plena madrugada para decirme otra cosa, cualquiera diferente. La misma voz que un día de mil novecientos noventa y uno me dijo: ¿por qué me dices eso?, después de que le dije: ojalá que te mueras. Yo no quería bañarme y había que bañarse y mi abuela me bañaba en un baño pequeño con jabón que no olía ni producía espuma. Pero yo no quería bañarme ese día y mi abuela me bañó de todas formas. Qué molestia mi abuela: ojalá que te mueras, y yo medio despierta con 35 años: ¿por qué me dices eso?, ¿por qué me acuerdo de eso? Los recuerdos son tristes si hay personas en ellos, personas que uno ama de manera espantosa. Personas que uno olvida cuando pasa algún tiempo. Qué molestia el olvido.

De hecho, tener tatuada una bicicleta en la muñeca derecha no es moda urbana ni poesía urbana. La tengo tatuada ahí desde hace más de seis años, y la gente se asombraba cuando veía la bicicleta. Ahora se asombran menos porque hay más bicicletas tatuadas en el mundo que en un parqueo de la calle República en Camagüey. Es para acordarme de dónde vengo, decía yo haciéndome la socióloga. Pero sigo pensando lo mismo: es para acordarme de dónde vengo.

Mi mundo, un mundo precario de provincia, un área verde que nada tiene que ver con la metrópoli, se identifica muy bien con la bicicleta como ícono, la bicicleta como símbolo de una estructura social que se mueve entre viandas tropicales y vegetaciones llanas. La bicicleta como transporte nacional. De haber nacido en Miami también la tuviera tatuada pero por la razón contraria. Un ansia de bicicleta y de pedaleo continuo, un ansia de movimiento, un ansia de malabar.

Trasladarse del casco histórico camagüeyano donde están los teatros, los cines, la Casa de la Trova, los parques con nombres de héroes y las plazas con nombres de animales, al reparto Villa Mariana, donde viví desde que nací hasta que emigré a La Habana, podía demorar la noche entera a no ser que lo hiciera en bicicleta. En ese caso demoraba solo una hora o una hora y media, en dependencia de la energía que todavía me quedara.

Esa noche en particular yo ni tenía ninguna energía. Había bailado y me había divertido en la Casa de la Trova, había tomado tantos vasitos plásticos de Havana Club blanco como me fue posible, había tratado de olvidar la tristeza, había hecho, entre ron y ron, poiesis.

Pedaleaba lento en la oscuridad y pude escuchar con perfecta nitidez el ruido de unos pasos que se acercaban corriendo. Lo escuché todo en cámara lenta, como quien ha visto el futuro y sabe lo que dentro de unos segundos sucederá: la persona que corría me detuvo por los hombros; yo paré en seco con los pies en la carretera sin frenar; la persona me puso un cuchillo en la yugular; la persona me dijo: si no me la das te pincho; yo le dije a la persona con falsa voz de persona que no tiene nada que perder pero que en verdad lo perderá todo: es toda tuya; la persona me dijo: ahora sal corriendo que te estoy mirando.

Yo salí corriendo, por supuesto; faltaba casi un kilómetro para llegar al número 6 de la calle A. Aquella bicicleta 26, verde brillante china con parrilla y timbre añadidos, no solo constituía el medio de transporte  básico del núcleo familiar entero, trasladando a mi madre todos los días de la casa al trabajo varios kilómetros y viceversa, sino que, en una acepción elevada de lo que constituye un objeto, la bicicleta como hermosura, según José Martí en Un rostro rehecho, Volumen 23 de las Obras Completas: donde aparece surgen la luz, la fuerza y la alegría. ¿CÓMO TE LO EXPLICO?

De nuevo en La Habana, en 2016, mirando sin mirar los adoquines, cada ladrillo de la Plaza de Armas, el último o penúltimo año que la Plaza de Armas funcionó como feria de antigüedades y libros viejos, me convertí en turista y compré una antigüedad. Era un mapa climático de la Isla de Cuba llamado Escurrimiento Superficial. Los colores pasteles, amarillos y azules, hicieron algo adentro, movieron una fibra tal vez escurridiza, definitivamente superficial.

Me costó cinco dólares y un millón de gracias. Me pareció tan poco, tan triste, tan barato. Aquel mapa en mis manos no solo era un tesoro sino un espacio oblicuo que yo iba a habitar. Un mapa es una casa. Un mapa es todo el mundo. La página del mapa debió ser arrancada de un Atlas escolar enorme y mucho menos antiguo de lo que yo imaginaba. Es la página 48. Por detrás, en la página 45, quedan explicados su contexto y sus objetivos:

En la República de Cuba antes del triunfo de la Revolución, no se llevaba un registro de los ríos que permitiera obtener los datos hidrográficos necesarios con una exactitud determinada. La única estación hidrométrica en donde se realizaban observaciones regulares había sido fundada en 1955, en el tramo superior del río Toa, designada con el nombre de Salto del Toro.

Después de la victoria de la Revolución comenzó a desarrollarse el establecimiento de una red hidrométrica de modo planificado en todo el territorio nacional. Actualmente (en 1969) funcionan en Cuba 164 estaciones hidrométricas equipadas con instrumentos modernos que permiten determinar el nivel de las aguas en los ríos, la cantidad de precipitaciones, la composición química de las aguas y otras características.

La mayoría de los ríos de Cuba no son caudalosos y su nivel cambia mucho en el transcurso del año: el nivel más bajo se observa en el período de seca, o sea desde noviembre hasta abril. En el período de lluvias el nivel del agua en los ríos puede aumentar con gran rapidez, dando lugar en muchas ocasiones a peligrosas inundaciones. A veces en el período de seca se puede observar un ligero aumento del nivel de las aguas de los ríos. El régimen de las precipitaciones es uno de los factores importantes que determinan el régimen de los ríos cubanos. ¿CÓMO TE LO EXPLICO?

El mapa climático de Miami podría ser el dibujo del fuego de las antorchas. No hay Marcha de las Antorchas en Miami para conmemorar el natalicio de José Martí, pero hay infinitas cartas de migración que recibimos todos los extranjeros que nos quedamos, hombres y mujeres en la tierra de los sueños, donde aparece un sello de agua con la imagen de una estatua que levanta, en señal de libertad, su gran antorcha. Nunca he oído la pregunta referida directamente a mí pero sé que en los ochenta y noventa, después del Éxodo del Mariel, había siempre una pregunta en el aire cuando dos cubanos recién llegados se ponían a conversar: y tú, ¿ya recibiste la antorcha?

El mapa climático de Miami también podría ser el de las ramas de los banianos o higueras de Bengala en Coral Gables, banyan tree en inglés. La belleza y el retorcimiento juntos de un ramaje que es túnel, camino, universo, centro, fuerza natural. Rodeada de higueras de Bengala y nudos de Artaud en la garganta, di mis primeros pasitos en Miami. Pasitos aterrorizados de bebé. Esos árboles ablandan la ciudad. Más que oxigenarla, la convierten en Paraíso, yo he caminado bajo esas sombras.

En diálogo perenne con los árboles resaltan las mansiones a cada lado de las aceras. Mansiones con fachadas y precios exorbitantes que gente real compra y amuebla y habita e hipoteca. Pienso en Miami así: un banyan tree frente a una mansión. De ellos, deseo para mí el primero. Soy demasiado neurótica como para vivir en una mansión. Me pasaría el día limpiando, puliendo, sacudiendo, organizando.

Si existe lo fastuoso, sería un banyan tree. En mi imaginario poético, lleno de referentes únicamente poéticos, el cuerpo formado por un banyan tree junto a otro banyan tree junto a otro banyan tree, sería lo que llamamos una potencia. Pero el mapa climático de Miami es más bien el dibujo de mis menstruaciones y de las menstruaciones de las mujeres que vienen a Miami a trabajar sin importar el dolor, los coágulos, las pérdidas. Menstruaciones femeninas, lectores hembras, sangre derramada.

Un tornado pasó por La Habana hace un año y la desguazó. Le hizo lo que un viento tropical a una palma endeble artificial: desguazarla. Sin embargo el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba mandó a sacar fuerzas de donde no hay fuerzas y mandó a marchar/desfilar/pedalear para conmemorar el natalicio de José Martí en una marcha colectiva unánime llamada mito(i)lógicamente la Marcha de las Antorchas. Hace un año, refiriéndome a las órdenes del Presidente de Cuba, escribí desde Miami: una atrocidad. Enero: natalicios, exilios, desguazamientos. Un presidente supera al otro. ¿Cómo se llama el tornado?

El Circo del Sol está en Miami para conmemorar el natalicio de José Martí. Sé que el Circo del Sol está en Miami y sé que las personas encuentran ahí un tipo de hermosura muy hermosa, muy martiana, circense y sofisticada. Hay circos en todas partes. Hay cirqueros, payasos, trapecistas, cantantes de ópera, gente que necesita que le hagan coro, gente que necesita llorar en público y mirar al público de soslayo. Somos poquita cosa. ¿Perder la idea esencial es de sabios?

Antes recorría un trayecto de más de dos kilómetros caminando por mis propios pies a través de San Rafael desde el parque Trillo en Centro Habana hasta Paseo del Prado, donde cruzaba y continuaba por Obispo hasta la Plaza de Armas, doblaba a mano derecha en Mercaderes y luego a mano izquierda en Obra Pía. A mitad de cuadra llegaba a la puerta oscura de un edificio intrincado y subía hasta el último piso. Una bolsa de comida en cada mano, diez libras de comida en cada mano: mazos de acelgas, mazos de zanahorias, arroz integral, harina integral, malangas, guayabas, flores. Mi verdadero desfile para conmemorar la hermosura. Conmemorar no, celebrar sí.

Entonces ¿cómo celebra un emigrante con permiso de trabajo y residencia permanente los cinco años cumplidos viviendo en Miami, la Magic City de las películas y los cuentos cómicos? ¿Los celebra comprando una bicicleta en Walmart o Target y un candado de bicicleta en Walmart o Target para que no le roben la bicicleta por cuarta vez los delincuentes de Little Havana? ¿Los celebra yendo a comer al Versailles o yendo a comer a cualquier restaurancito de la calle español en Miami Beach? ¿Los celebra tomando cerveza La Rubia, hecha en Miami, en los bares artísticos de Wynwood? ¿Los celebra adoptando un bulldog americano de cinco años en el shelter de Hialeah? ¿Los celebra tatuándose un banyan tree? ¿Los celebra sacando un pasaje en Jet Blue para ir a La Habana por Fort Lauderdale, como cuando iba de mula? ¿Los celebra en silencio? ¿Los celebra olvidando? ¿La gente olvida?

¿O tal vez los celebra leyendo? ¿Los celebra escribiendo? ¿Los celebra trabajando desde las tres de la tarde hasta las once de la noche en su part time sin beneficios ni vacaciones a fin de año? ¿Los celebra bailando en una discoteca desde la medianoche hasta las diez de la mañana, con un molly en cada muela y un extrañamiento brechtiano? ¿Los celebra embarazándose por segunda vez? ¿Los celebra llenando un cuestionario de más de veinte páginas del Departamento de Servicios Migratorios para naturalizarse y convertirse en ciudadano americano? ¿Los celebra soñando con sus muertos? ¿Los celebra pensando? ¿La gente piensa?