Tráfico en Miami

Tráfico en Miami / Foto: The Washington Post

Desde que me levanto siento la necesidad de encontrar paz. Miami no ayuda mucho.

Mi ventana muestra día tras día el terrible tráfico de la I-95. Es lo primero que veo después de apagar la alarma y comprender que la noche ha sido demasiado corta.

Todavía acostado recojo un libro del suelo y le arreglo las puntas de sus páginas.

Despierto temprano para salir con suficiente tiempo de casa, lo que no garantiza mi puntualidad. Luego ocho horas aburridas. Honestamente, nueve, si se suma el lunch a la una de la tarde, cuando ya no aguanto el hambre y mi estómago escupe ruidos casi admirables. Me da un poco de vergüenza que alguien pueda escucharlos.

Paso el día sumando o restando horas perdidas.

Desde el octavo piso donde vivo, la I-95 es como un árbol de Navidad. Con luces siempre rojas. Las luces están ahí, en cualquier estación del año, activadas por los frenos de los autos: bumper-to-bumper, velocidad cero.

Las luces no se apuran al parpadear. Invitaría con gusto a Terence Chang, fotógrafo con un portafolio increíble que sigo en flickr, a dejar su obturador abierto en mi ventana. Estoy seguro de que tomaríamos una colada de café y quizás hablaríamos de los últimos libros que leímos, mientras la cámara se traga en su larga exposición todas esas luces rojas. Pero ya no me acuerdo del último libro que leí, y quizá Terence Chang es alérgico a la cafeína.

Envidio a quienes viajan en transporte público. Me refiero obviamente a un transporte público eficiente. En Europa, por ejemplo, las personas aún leen cómodamente sentadas en sus asientos del metro. Incluso leen los periódicos, que ya nadie más lee.

Yo no encuentro espacio para leer. Miami me obliga a sentarme tras el timón, y de ahí en adelante: manejar, manejar, manejar hacia ninguna parte.

Por otra parte, la probabilidad de encontrar el amor de mi vida en un bus de esta ciudad es casi nula. He escuchado que en Europa los mejores matrimonios se concretan en el transporte público. La idea es cursi, sublime. Excitante también. Sobre todo, para quienes, como yo, creen en el Amor y en el Destino —el que te toca y, también, el que fuerzas para que te toque.

En Miami las guaguas viajan en línea recta. Hay que conectar varios buses para empatar rutas: una soledad rectilínea uniforme.

La idea de tropezar con alguien en el metro, en una estación o en una escalera, luego procurar estar ahí el día siguiente, en el mismo lugar, a la misma hora, motivado por la posibilidad de un affaire, un desamor, una historia para un libro…, da igual. En Miami. Imposible.

En el metro yo abriría con gusto un buen libro, o un buen amante, que muchas veces son la misma cosa. Mi única preocupación sería bajarme en la parada indicada.

En Miami me concentro en doblar a la izquierda apenas pongan la luz amarilla, porque la flechita verde me da muy poco tiempo, evitando a toda costa darle al pendejo que está delante, que aún no se mueve porque sabe que en esta ciudad la culpa siempre la tiene el que golpea por detrás.

Hay amagos de trenes veloces como el Brightline. Supuestamente para facilitar el traslado de un condado a otro y ampliar las oportunidades de trabajar fuera de Miami. Pero solo llega a West Palm Beach. Nada heroico cuando sabes que existen trenes que cruzan países enteros en menos de lo que canta el gallo.

Dependiendo del tramo recorrido, los precios de los tickets fluctúan entre los 10 y los 46 dólares. O sea, si consigo trabajo en Fort Lauderdale, voy a llegar siempre puntual y no lidiaría con el tráfico miamense, pero difícilmente el bolsillo aguante, y una vez más la preocupación no me dejaría leer en paz mi libro, o mi amante, durante la hora y veinte que tarda el recorrido.

El Metrorail es otro medio inservible para leer o para encontrar el amor de tu vida. ¿Dónde quedan las estaciones? Nadie sabría decirlo con certeza. Sale del Downtown y termina en Dadeland, y nadie recuerda haber visto jamás una librería a través de las ventanillas.

No tiene sentido dejar el auto parqueado en un lugar X, tomar este metro, bajarte donde más cerca te deje del trabajo, para después ver cómo te las arreglas en una ciudad que no está hecha para caminar.

El mejor medio de transporte sería Uber. Le echas mano a tu teléfono, la App te muestra diez carritos en miniatura cerca de ti, y en dos minutos te recogen.

Para lucir amable, siempre es bueno comenzar con un saludo de muchos dientes. Por lo regular el chofer es latino. Entonces preguntará tu nombre y, por el acento, confirmarás lo que ya sospechabas. ¡Coterráneos!

El ambiente se relaja y, en lo que el conductor terminar de fijar la navegación en el GPS, aprovecho para inspeccionar la limpieza. No está tan limpio como me gustaría y el ambientador tampoco me gusta. Si por casualidad es uno de Northwest el olor es inconfundible: tufillo a yerbita, ilegal por la Santa Republicana Voluntad de la Florida.

Pienso: Nunca podría ser el amante de este hombre. Aun así, no todo está perdido; por fin puedo leer sin preocuparme del maldito tráfico. Pero justo cuando meto la mano en el morral para sacar mi libro, llega el interrogatorio…

Supongo que lo miro con cara de asesino en serie. A él poco le importa. Continúa.

Sin el menor reparo pregunta si soy cubano. Le contesto afirmativamente. El resto de la conversación es un cuéntame tu vida de 24 minutos.

De qué parte de la isla eres… Si tienes la mala suerte de ser de La Habana, la siguiente pregunta es por tu barrio… Cuando pienso que por fin me dará un respiro, llega otra tanda de preguntas. Cuánto tiempo hace que llegué. ¿Reclamado o por frontera? Probablemente cruzamos la misma frontera. Entonces te desgraciaste. Porque va a ponerse a comparar hazañas tal como se hacía en el viejo oeste.

Aprieto el libro para reprimir el deseo de ser Hannibal Lecter, cada vez más convencido de que este hombre tampoco podría ser el amor de mi vida.

Con paciencia enternecedora le voy contando la versión abreviada de mi biografía, muy útil en estos casos: soy de Playa Baracoa, un pueblito en las afueras de La Habana, cerca de Santa Fe. Resulta que mi no amante jamás ha escuchado hablar de ese bucólico pueblito de pescadores y entonces tengo que aclararle que no soy oriental.

Si el tipo es oriental, puede preguntar si tengo algo en contra de los orientales. Aunque esto es poco probable que ocurra. Por alguna razón mística todos los cubanos de Miami son de La Habana.

Resulta fácil ver que no me siento cómodo durante el viaje. Pero eso nada importa. Resultado: lectura cancelada.

Por este camino me quedo soltero. No es que estuviera mal, el tipo. En ese sentido tengo bastante suerte, lo reconozco. Me tocan los choferes de Uber más sexys de Miami, pero lamentablemente ninguno silencioso.

Pierdo la vista en las calles buscando librerías. No las de Books & Books o las de Barnes & Noble. Busco las de libros usados, donde se encuentran buenas ediciones y no esas con tantos errores de traducción que saltan descaradamente cuando relees algún libro que conoces bien.

En muchos sentidos, leer se ha ido convirtiendo en un imposible para mí.

Cuando por fin termina el día, acostado en mi cama, apoyado en el almohadón más grande que tengo, consciente de que luego el dolor en la cervical me va a matar, cumplo mi ritual de lectura. Limpio los espejuelos que mis dedos se han encargado de empañar durante la jornada.

Pienso que ahora sí, que en la soledad sin amante de mi cómodo apartamento de Miami por fin podré leer en paz.

Al abrir la cubierta irónicamente gastada, más por el lleva y trae que por la lectura, me lleno otra vez de preocupaciones. No sé si aún recuerdo lo que he leído la noche anterior. Pronto me veo perdido entre Valparaíso, Chile, y el Londres decimonónico, en una trágica historia de amor sobre una señorita, emigrante y lectora empedernida, que muere de amores por un tenor vienés al que ha conocido mientras paseaba en un tranvía a orillas del Danubio. Me alivio. Lo recuerdo. Me acomodo un poco más… un poco… más… m… á… s…

Suena la alarma en mi teléfono. Todavía no ha salido el sol. Afuera, todo oscuro, salvo las luces rojas del arbolito siempre navideño de la I-95.

Recojo del suelo el libro de tapas gastadas. Arreglo las puntas de sus páginas. Marco el mismo párrafo de la noche anterior.

Miami no quiere que yo lea.