Un Gattorno en casa. Foto: M.

Un Gattorno en casa. Foto: M.

Hoy desayuné repasando a Foucault, porque llevaba días con él en mente y pensé, todavía en la cama, los pajaritos cantando afuera, M. ya trabajando y yo con unas ganas más o menos vagas de masturbarme antes de la ducha, que la única vez que estuve preso tanto tiempo fue cuando mi padre llevó al adolescente que yo era al tristemente célebre hospital psiquiátrico «Piotr Kasсhenko» en Moscú y permanecí seis semanas encerrado allí.

Y entonces me levanté, fui al librero que rodea mi mesa y busqué por la efe, pero no encontré la Historia de la locura, que era el libro que quería abrir, pero sí la Historia de la clínica y Vigilar y castigar. Tardé casi una hora en apartarme de ellos, admirado como el primer día. Oro puro, desechada la paja.

Es probable que a Michel Foucault y a mi abuelo Acelio les deba más de la mitad de lo que soy. Dos tipos tan antitéticos. A Foucault se lo llevó otra pandemia mucho más bestial que la que circula hoy matando ancianos, aquella peste que fue el SIDA y acabó con él y con Severo Sarduy, tal vez los dos escritores que más me importaron, cuando aprendía a pensar y a escribir. Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas fue el libro que más me deslumbró, cuando buscaba comprender. Por otra parte, el comportamiento sereno, viril y frío de mi abuelo cuando la chaveta casi me arranca un dedo mientras cortábamos hierba para sus conejos en un potrero entre Bauta y Anafe me enseñó cómo tomarse el dolor, el miedo y la vida. Llevo ambas heridas, la de aquella lectura y la que huele a campo, todavía a la vista. La primera, dentro; la segunda, en el pulgar de la mano izquierda, el que casi pierdo y Acelio, sin molestarse en acercarse al médico, me envolvió con telarañas que arrancó del cobertizo donde vivían los cerdos, desoyendo los gritos de mi abuela y mi tía.

Es de veras sorprendente que cuando tomamos el camino alto hacia el fin de la cuarentena, la que vivo y la que aquí escribo, Foucault y mi abuelo se juntaran en una jornada con parejas dosis de tedio y diversión, desespero y esperanza. Será la única suerte de los prisioneros: la memoria y los encuentros que promueve.

Vasili Grossman siguió batiéndose en mi mesa toda la tarde, de uniforme.

En la noche celebrábamos el cumpleaños de L. otra vez en Zoom, que es el panal digital donde las abejas prisioneras juntan ahora sus celdas en streaming, y M. tuvo la feliz idea de que reprodujeramos imágenes de cuadros célebres en las condiciones del encierro para ofrecérselas a modo de regalo. Es algo que llevan haciendo los confinados desde hace semanas, los rusos con alucinante acierto, y efectivamente nos entretuvo el día. Primero elegir, después montar la puesta en escena, tomar la fotografía y, finalmente, hacer la ofrenda en Zoom, donde el grupo de amigos compartió sus creaciones.

Fue en la elección del cuadro que reproduciríamos en casa que se coló Acelio, mi abuelo que lleva veinte años muerto. Porque desechada mi primera idea que fue la de reactuar el célebre Rapto de las mulatas de Carlos Enríquez, ¡de dónde iba yo a sacar dos mulatas ya no en este encierro, sino en la vida!, sugerí la sobria Pareja guajira de Antonio Gattorno, un cuadro de 1940, cuando mi madre era una niña de cuatro años y mi abuelo un duro sindicalista de la Textilera Ariguanabo. Tú no has visto nunca una foto de mi abuelo. Bueno, te aseguro que es el guajiro de Gattorno, píxel a píxel.

Reímos como locos las ocurrencias de cada cual con Vermeer, Frida Kahlo, Magritte o carteles de cine.

Del Káshenko, el psiquiátrico, me gustaría decir que yo era el cuerdo entre todos aquellos alienados, pero sé que muchísimos de ellos sostendrían ahora lo mismo si se les preguntara. Entre aquella grey que pastoreaban tres enfermeras, dos celadores y un psiquiatra al que ahora recuerdo como salido de una caricatura, había un tipo que tenía la manía de lavarse las manos con afán tremendísimo. Le llamábamos Chistiulia («El Purito» o «El Jabones», digamos) y lo martirizábamos que daba gusto. Aquel tipo, un hombre calvo, rechoncho, de piel rosácea se tiraba horas frente al lavamanos retorciéndose las manos. Estos días yo hago lo mismo, más o menos. Esto días, cuando vuelvo de pasear a Bruno y corro al cuarto de baño, yo soy aquel hombre.

Foucault, mi abuelo Acelio, «El Purito».

Tiene algo de acumulación barroca este encierro. La pandemia construye un altar barroco por el que se pasean todas las figuritas del pasado, las escenas de nuestra vida poco santa, mientras esperamos la revelación de la vacuna, la anunciación del remedio, la salvación que nos libere.

Esto también sirve para aprender lo fácil que es creer cuando se es reo del caos, el azar, la muerte que acecha afuera.