Policía cubana

Detención en Cuba / Foto: Ángel Moya-Twitter

La primera vez que la Seguridad del Estado fue a mi casa tuve mucho miedo. Llegaron dos tipos, vestidos de civil, pero parecidos, con dos cascos de motos y dos moticos. Los agentes me preguntaron par de veces dónde podían parquear las motos. Como si tuvieran miedo a que alguien se las llevara. ¿Quién iba a tener el valor de robarle a la Policía?

Desde entonces siempre que camino por la calle y veo pasar esas moticos, con su chapa específica, me quedo pensando: «Allá van ellos».

Hay veces que hay conciertos o alguna celebración rara de esas y veo cientos de esas moticos parqueadas cerca del contén. Son una invasión. Y la calle es de ellos. Disfrutan esa socarronería.

Una noche de carnavales yo estaba en un séptimo piso, en el apartamento de unas amigas lesbianas como de 70 años. Mis amigas habían pasado muchas cosas juntas: las verdes y las maduras. Bueno, la cosa es que desde la ventana se veía abajo la calle tomada, llena de policías y «segurosos». Mis amigas estaban haciendo una fiestecita, un «motivito», y todos en el lugar eran homosexuales, lesbianas. En un momento de música romántica me puse a ver el rostro de quienes cantaban. Mi amiga cantaba con una emoción hermosa. Recordé el cuento que me hizo sobre cómo con 24 años se tuvo que casar con el hermano de su novia para poder estar cerca de ella. Pensé en las UMAP. En aquel video donde el máximo líder hablaba sobre quienes tenían actitudes de Elvis Presley. En ese momento de la canción me percaté de que el apartamentico era una especie de refugio. Que todas aquellas mujeres habían pasado cosas muy duras. Y que desde finales de los sesenta hasta ahora la calle había estado tomada por gente fula. Gente que no cantaba como ellas.

Mi amiga era fotógrafa de la noche habanera. Iba por bares y cantinas retratando a Bola, a Elena, a Moraima… Ya esa gente no está. Ya La Habana no es la misma ciudad. Las cosas bonitas pasan clandestinamente. Puertas adentro.

La calle es de la gente fula. De la gente mala. Los buenos están encerraditos. Tranquilos.

Hace unos meses un grupo de valientes afrocubanos decidieron, por cuenta propia, hacer una misa en la iglesia de Reina en homenaje a los Independientes de Color. Era a las cuatro de la tarde. El sol quemaba con fuerzas. Fui caminando de mi casa al templo (unos tres kilómetros). En el trayecto, entre el sol y la gente que estaba alterada en la calle, me fui cargando. En cada cuadra había una patrulla o un policía. Más policías que gente. Y la gente en la lucha, buscando qué comer. Al llegar y traspasar el arco de la iglesia sentí un cambio de temperatura. Más fresquito, la sombra, la calma. Tardé unos segundos en recuperar la respiración. Me senté solo. Me sentí solo. Miré al frente. Antes de empezar la misa vi a un tipo raro, me parecía un vigilante. El salón se fue llenando. Mujeres negras. Fuertes. Valientes. No tenían miedo. Habían vivido mucho. En ese momento sentí de nuevo que estaba en una especie de refugio.

Me acordé de mis amigas lesbianas, miré a las afrocubanas religiosas… Me alegré de que la gente pudiera encontrar sus pequeños refugios. Burbujas independientes dentro de un país dominado por gente fula. Se me fue el pensamiento… y recordé a los que quieren una ley para la protección de los animales, los que quieren una ley contra la violencia de género, los que quieren matrimonios entre personas del mismo sexo… Una cantidad de pedidos hermosos que son bateados por gente fula.

Es como si este país estuviese gobernado por una especie de Trump (los extremos se besan). Todas las tallas lindas bateadas. Solo hay espacio para lo fula: machismo, maltrato animal, conciertos cheos, odio, pollo quemado y cerveza caliente. Represión. Represión.

Mi amigo Leo acaba de regresar de Miami. Lleva dos años allá y ya es más trumpista que nadie. Ya es redneck. Republicano con pistola y todo. Yo lo quiero mucho y me hace gracia esto. Nunca vamos a tener un problema por nada político. Nuestra amistad es sólida. La cosa es que me recoge en la casa. Le doy una vuelta por la zona de 1ra y 70 donde hay unos kioscos nuevos. El día está gris. El mar está cortado. Leo me dice que todo le parece una parte de Miami. En un momento seguimos y nos vamos a su casa. Su familia reunida. Garbanzos fritos, cervezas, chocolates ricos… El tío de Leo empieza a hablar de las lucecitas de Galiano y luego pasa a los fuegos artificiales. Después de los fuegos artificiales la conversación pasa a Trump. Ya, se saltó el muro; de aquí no hay nada que hablar. Cuidadito con hablar mal de Cuba. De pinga. No se puede hablar de lo mal que está el país ni de lo mal que los gobiernan. El miedo de nuevo. Que si Trump está loco, que si Trump caga en un inodoro de oro… En un momento mi amigo enfrenta a su tío y le pregunta: «Pipo, ¿cómo es posible que un país que no tiene nada meta una fiesta por los 500 años gastando tanto? ¿Por qué hay mercados de electrodomésticos y no hay puré de tomate? ¿Por qué se pintan las fachadas si ciudad adentro los derrumbes son diarios? ¿Cómo es posible que un país en «coyuntura» siga construyendo tantos hoteles? ¿Gaste en pantallas para la calle?»

Pipo, el tío, se queda callado. Y baja la voz. Nos dice señalando al cielo con el dedo: «Esta gente no quiere crítica alguna».

De nuevo el miedo. Ojo, no estábamos hablando de coger las armas y tumbar al gobierno. No. Solo estábamos notando ciertas realidades. Pero, aun así. No caminaba la cosa. Next… Próximo tema. Pasemos a los koalas. Al club de los 120 años. Al veganismo.

El miedo es del carajo. Y en Cuba todos tenemos miedo. Incluso los guapos duros esos. Los que se creen que son de verdad. Que antes de fajarse arman tremendo escándalo para que las mujeres empiecen a gritar y se cree el foco. Esa gente en el momento del lío siempre paran y dicen: «Guapos son los que estuvieron en la Sierra. Aquí no quedan guapos».

El miedo de nuevo…

Un país que ha vertido tanta sangre en la manigua. Con tanta historia de bronquitas, peleítas, ahora tiene miedo de proponer. De decir. De rechazar.

La segunda vez que la Seguridad del Estado llamó a mi casa fue para decirme que me recogían a las seis. Esto fue por la mañana. Me pasé el día entero con diarreas. No podía preocupar a mi familia. No tenía a quién llamar. No sabía qué hacer. Sentado en una silla me mordía las uñas pensando en lo que me iban a hacer. A las seis no llegaron. No llamaron. Todo fue para asustarme. Para dejarme claro: «Aquí mandamos nosotros».

Esa noche no pude dormir.

El otro día hubo un panel sobre las artes plásticas y ser independiente en Cuba. En la mesa había varios curadores, artistas. El local era un espacio alternativo y había un montón de gente con swing. La gente hablaba y se llenaba la boca hablando de institución, independencia. Todo muy teórico, muy bonito. En un momento, por sorpresa, aparece Luis Manuel Otero Alcántara, que acababa de ser soltado. A lo largo de un año lo habían apresado muchas veces. Esa noche, tras el panel, volvieron a recoger a Luis Manuel.

Era la noche de la celebración del aniversario de la ciudad. Y, mientras la mayoría estaba mirando las lucecitas en el cielo y tirándose fotos, a un joven artista cubano le estaban haciendo la vida imposible. Y es así. El miedo te hace mirar para otro lado.

El miedo te hace justificar al fuerte, al gobierno: «Algo habrá hecho. El gobierno no hace eso. Eso no existe. Mira cómo está Chile. Mira Bolivia. Mira Ecuador. Trump caga en un inodoro de oro…». Pero nadie mira para abajo. Para acá. Es más sano mirar las lucecitas de Galiano, escuchar a Marino Luzardo, esperar los próximos fuegos artificiales.

Escribo este texto con poca sal. Tranquilo. Medio dormido. Sin rabia. No creo que diga nada nuevo. Lo que pasa es que es muy peligroso aceptar el miedo en la vida de uno como si fuera algo normal.

Si las circunstancias nos llevan a que el horror sea algo normal, todos corremos peligro. Si todos miramos para otro lado…

Un anciano me habló hace poco de la época de antes…, de antes de la Revolución. Cómo una serie de jóvenes gánsteres rondaban la universidad para asustar a los jóvenes que criticaban mucho.

Me habló también de las fiestas privadas en el Capitolio. De «pan y circo».

Por un momento la conversación parecía algo muy actual. Como si el país no hubiera avanzado hacia ninguna parte. Como si Cuba fuera un eterno loop de injusticias y de gente mirando para el otro lado. La vista gorda. El autoengaño.

Pensé en los amores que se habían ido. Los amigos que ya no están. Un millón de gente linda que pudo cambiar esto. Que pudo espantar a los fulas. Algo mejor.

Y volví caminado por la calle 23. Estaba oscura. Desolada. Y en cada esquina había un policía mirándome. Retándome: «Dale, tírate…».

País de mierda este que solo tiene viejos jodidos. Viejos que han expulsado a los jóvenes. Mormones.

Para el 16 de noviembre del 2050 solo quedarán policías. Segurosos que se vigilarán entre ellos.

Y no podrán, ni siquiera, mirar los fuegos artificiales.

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Nota: En una versión anterior de este texto se publicó un error relativo a la participación del artista Luis Manuel Otero Alcántara en un reciente panel sobre artes plásticas y creación independiente en Cuba organizado en La Habana por el Proyecto Rialta. Otero Alcántara usó de la palabra y, en consecuencia, participó en el diálogo suscitado en aquel espacio. El Estornudo asume su cuota de responsabilidad por el error publicado antes. Sin embargo, las opiniones y percepciones subjetivas que se expresan en el artículo, sobre este y otros eventos, se han mantenido por constituir potestad individual del autor.