Una semana antes de que Rodolfo Almeida llegara a Tapachula, Chiapas, en la frontera sur de México, la prensa reseñaba la crucifixión de un cubano frente a las dependencias migratorias de esa localidad, la principal vía de entrada para quienes atraviesan Centroamérica. La idea de encadenarse a dos tablas en cruz adosadas a un poste de electricidad se le ocurrió a Dennis Hernández como un acto simbólico que, en un país ampliamente católico, quizá atraería mayor visibilidad sobre el calvario de los migrantes.

Durante varias jornadas cientos, y pronto miles, de cubanos se habían congregado —junto a personas de otras nacionalidades— en Tapachula, luego de que la oficina local del Instituto Nacional de Migración (INM), presionada por los recién llegados, colapsara y dejara de emitir los habituales «salvoconductos» que permitían cruzar el país con rumbo norte.

Adicionalmente, Donald Trump y su retórica antinmigrante se cernía —dada la importancia de las relaciones económicas con Estados Unidos— sobre las decisiones políticas en México. Por aquellos días un gran cóctel de infortunio se estaba mezclando en Tapachula, y la figura del sacrificado encarnaba una vez más en las historias individuales de los migrantes.

Los cubanos, sin embargo, tradicionalmente habían dispuesto de ventajas en su camino hacia el «sueño americano»: incluso después de que Barack Obama eliminara la política de «pies secos, pies mojados» en el epílogo de su administración, los isleños continuaron llegando por vía terrestre a las fronteras estadounidenses, donde ahora podían ser retenidos mientras se evaluaban sus casos. La mayoría de quienes alegaban persecución, censura o represión por parte del régimen cubano, es decir, algún tipo de «miedo creíble» que justificara su petición de asilo, quedaba pronto en libertad, si bien a la espera de audiencia de inmigración, dentro de territorio norteamericano.

El quid de la cuestión radica en que una vez transcurrido un año en Estados Unidos los ciudadanos de la isla pueden acogerse a la Ley de Ajuste Cubano promulgada en 1966.

Tras el deshielo bilateral forjado por Obama y Raúl Castro, y tras la crisis migratoria de fines de 2015, «pies secos, pies mojados» ya no estaba ahí, pero los cubanos encontraron oportunas grietas en un sistema de inmigración y control fronterizo cuya consigna de exclusión, sin embargo, comenzaría a reforzarse con la llegada de Trump a la Casa Blanca.

Rodolfo Almeida[1] llegó a Tapachula el 15 de marzo de 2019, luego de atravesar cinco fronteras en un viaje bastante poco accidentado —si se compara con las vicisitudes e incluso el horror de otras historias— a través de Centroamérica.

A mediados de diciembre de 2018 había salido de Cuba por primera vez. Destino: Panamá. Casi cuatro meses después, con 33 años recién cumplidos, emprendió finalmente la ruta hacia el norte.

Sin embargo, a la vuelta de un año, el azar de los flujos migratorios, la gran política y las circunstancias personales terminarían conduciéndolo por un camino alterno hacia otro lugar que la tradición define como inevitable.

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Rodolfo (II)

En Cuba, Rodolfo trabajaba como ingeniero de una empresa estatal en la provincia de Pinar del Río. Después de que el gobierno de la isla impulsara a partir de 2011 un proceso de reformas económicas para ampliar la iniciativa «por cuenta propia» y de que se experimentara cierto auge del turismo internacional a raíz del «acercamiento» entre La Habana y Washington, Rodolfo comenzó también a laborar como taxista («botero») y a administrar la renta de habitaciones para extranjeros en su casa.

Para 2018 el bisne no iban tan bien como un par de años antes: «Había menos turismo y se decía que el gobierno iba a aumentar los impuestos».

Durante sus últimos meses en Cuba debió enfrentar además problemas con la Justicia. Incluso llegó a estar detenido por breve tiempo. Una turista lo acusó de haberla forzado a sostener relaciones sexuales hasta un límite no consentido. Rodolfo niega que eso ocurriera de tal modo; también alega la existencia de errores de procedimiento durante la investigación que, presuntamente, bastarían para invalidar el caso.

Afirma que su familia reclamó ante la Fiscalía Militar y otras instancias políticas. Sostiene además que luego «sancionaron a una pila de gente». «A la policía», dice, «por violar los procedimientos. Y al final la policía cerró el expediente porque determinó que yo no tenía culpa»[2]

Según Rodolfo, un funcionario al tanto del asunto llegó a decir que si él hubiera optado por quedarse en el país «tenía un 99 por ciento de ganar». Porque, insiste Rodolfo, «tengo demasiadas evidencias de que no pasó nada».

Lo cierto es que no esperó desenlace judicial alguno. En diciembre de 2018, un par de días después de obtener a cambio de 30 dólares la Tarjeta de Turismo (válida por un mes) que otorgaba el gobierno de Panamá a cuentapropistas y ciudadanos cubanos que hubiesen viajado antes al exterior, Rodolfo Almeida partió de Cuba sin intenciones de volver pronto.

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En enero de 2013 una reforma migratoria entró en vigor en Cuba. A partir de entonces, señalan expertos, la migración isleña ha tendido a la circularidad y la temporalidad. En ello influye el que ahora se considere «que un ciudadano cubano ha emigrado, cuando viaja el exterior por asuntos particulares y permanece de forma ininterrumpida por un término superior a los 24 meses sin la autorización correspondiente». Antes, el plazo era solo de 11 meses, y los requisitos administrativos para viajar eran en extremo gravosos.

De acuerdo con el más reciente Anuario Estadístico publicado por la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI), la cantidad de emigrantes netos en 2019 fue de 16 mil 794, inferior a los números de los años precedentes: 2015 (24 mil 684), 2016 (17 mil 251), 2017 (26 mil 194) y 2018 (21 mil 564).

Por supuesto, las personas que han decidido migrar definitivamente en los últimos 24 meses no entrarán en las estadísticas hasta cumplido ese lapso de ausencia. Y, en cualquier caso, muchos habrán retornado brevemente a la isla antes de ese deadline, y de tal modo no habrían perdido la condición de ciudadanos. Luego, naturalmente, basta con otro vuelo de regreso… a sus países de acogida.

Lo anterior ocurre incluso entre quienes emigran a Estados Unidos y, pasado un año en aquella nación, aplican a la Ley de Ajuste Cubano. La residencia suele llegar unos pocos meses después y, a menudo, el primer viaje tras conseguir el nuevo estatus es para visitar a la familia en la isla.

La extensión de ese plazo legal determinó incluso que Cuba tuviera saldo migratorio positivo, en 2013 (tres mil 302) y 2014 (mil 922), por primera vez desde 1959.

Según cifras oficiales, hacia 2013 residían en el extranjero un millón 476 mil 344 personas nacidas en Cuba, el 81 por ciento de ellas en Estados Unidos. La composición por género era de 862 hombres por cada mil mujeres. En 1990, indica la misma fuente, la cifra total era de 945 mil 835 personas; el 90 por ciento de ellas asentadas en territorio estadounidense.

La web Datosmacro.com de Expansión cita a Naciones Unidas y ofrece cifras más actualizadas: un millón 654 mil 684 emigrantes cubanos (81.59 por ciento en EE.UU.), lo que ubica a la nación caribeña —con un «porcentaje de emigrantes medio»— en el escalafón 140 entre 195 países.

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Rodolfo (III)

El boleto redondo de avión —que se sumó a una reserva de hotel imprescindible para obtener la Tarjeta de Turismo— costó 845 dólares.

En Panamá, Rodolfo estuvo algo más de tres meses. «Iba con la intención de que…, como Panamá es uno de los mejores países de Centroamérica, con un buen nivel de vida, si me servía, si encontraba un buen trabajo… podía también quedarme», dice. «Ya cuando llego, veo que la cosa es diferente: no tenía documentación y encontrar un trabajo no era tan sencillo, y la renta de un lugar para vivir era muy alta».

Allí lo recibió un compatriota bien conectado. «Lo típico», según Rodolfo, «el hombre llega a Panamá con su jeva, y la pone de prostituta».

Rodolfo describe parte de la movida isleña en Ciudad de Panamá entre finales de 2018 y principios de 2019: «Todas las cubanas iban para el restaurante Habano, cerca de Cinta Costera… Van muchos hindúes buscando cubanas».

Su anfitrión[3] se dedicaba a comprar motos y baterías para enviarlas a Cuba. Después de 15 días «sin hacer nada», Rodolfo comenzó a manejar, con una licencia expedida por tres meses, una camioneta en que transportaba a otros cubanos entre el aeropuerto, los cuartos en que pernoctaban (a razón de 20 o 25 dólares por persona) y la Zona Franca de Colón, donde realizaban sus compras para luego enviarlas a la isla.

También ofrecía servicios de alojamiento en las dos casas rentadas por su nuevo amigo y «otro chamaco», partners en ese micronegocio inmobiliario.

«Ganaba más o menos como en 600 dólares al mes, más lo que podía raspar en comisiones. Eso me permitió no tener gastos extras en Panamá», dice Rodolfo.

Pero un mes después de su entrada vencía la Tarjeta de Turismo, así que decidió hacer una petición de «Refugio»: «El día que fui a esa oficina migratoria, recuerdo, había treinta y pico de cubanos que venían desde Guyana. Gente que hacía 22 días que estaban perdidos en la selva del Darién, con una peste de pinga…»

La solicitud de refugio en Panamá fue un trámite sencillo, cuenta Rodolfo. Sin embargo, en cierto modo era también un avance de ese momento decisivo en que todo migrante cubano debe presentarse ante las autoridades fronterizas estadounidenses para ventilar «su historia», los motivos por los que deberíaser elegible para entrar y permanecer en la «tierra prometida».

«Dije que por razones políticas había tenido problemas [en Cuba], que la Seguridad del Estado me perseguía, que no me dejaban tranquilo en los negocios, y que era un acoso constante… La muela típica de los cubanos, lo que casi todo el mundo dice, vaya».

Tras esa diligencia le permitieron continuar en Panamá hasta la fecha de su entrevista definitiva, fijada para agosto de 2019. «Ellos te dan largo porque saben que todos [los cubanos] al final quieren seguir hacia Estados Unidos».

Rodolfo permanecería en el istmo solo unas pocas semanas más. «En aquel momento», explica, «Panamá era el puente más seguro para cruzar desde Cuba hacia Estados Unidos; todavía no habían abierto Nicaragua ni Guatemala. A muchos cubanos los esperaban coyotes en el mismo aeropuerto».

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Durante el año 2019 se registraron 106 mil 622 ingresos de nacionales cubanos en territorio panameño. Rodolfo no engrosa esa estadística pues llegó a finales de 2018, pero sí fue uno de los 97 mil 498 cubanos que dejaron el año pasado el territorio de aquel país. El total de entradas y salidas reportadas por el Servicio Nacional de Migración de Panamá ubica a Cuba en quinto lugar, luego de Estados Unidos, de países vecinos como Colombia y Costa Rica, y de Venezuela.

Según las autoridades istmeñas, Cuba resultó en 2019 el segundo país que más aportó «migrantes en tránsito irregular por la frontera con Colombia»: tres mil 276; solo por detrás de Haití, con 10 mil 510. Rodolfo Almeida da fe de la afluencia de cubanos en travesía desde Sudamérica, con quienes coincidió en las oficinas de Migración en Ciudad de Panamá y, luego, durante el resto de su viaje hacia el norte.

Precisamente, los picos de entrada de cubanos a través de la frontera colombo-panameña —es decir, a través del tapón del Darién— durante 2019 se registraron en los meses de febrero (865), marzo (679) y abril (711), antes de que se produjera… o justo cuando se producía un tranque de la habitual migración «por goteo» en la frontera sur de México. 

Igualmente, los registros del gobierno panameño indican que en 2019 fueron aprobados 227 permisos de residencia solicitados por cubanos, mientras que 58 fueron denegados. Y, en total, se efectuaron 309 legalizaciones —correspondientes a estatus migratorios diversos— de personas venidas de la isla.

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Rodolfo (IV)

«¿Mi primera impresión? Cuando tú ves aquella ciudad imperialista de primer mundo [sic], humm… Cuando vas del aeropuerto de Tocumen a Ciudad de Panamá lo primero que te encuentras es una carretera sobre el mar, la vista es el mar, una carretera sin huecos, y los edificios rascacielos… Así que ya te podrás imaginar el impacto. Y después ir para un hotel de 70 plantas… un hotel de lujo. Los mercados… Yo decía: “¿Cómo si yo soy del campo, en ese campo no hay esto que yo veo aquí en el centro de la ciudad?” Increíble».

Pero el destino final de Rodolfo era, naturalmente, otro.

«En esos meses conocí incluso a un hombre muy rico que me ofreció trabajo. No me quedé porque en ese momento todos los colegas que salían de Panamá, gente que venía desde Ecuador, estaba llegando bien a Estados Unidos».

Y allá lo esperaba un buen amigo suyo, chofer de un camión, quien a la semana hace buen dinero, según Rodolfo. En este punto el «sueño americano» consistía en hacerse camionero o, todavía mejor, mecánico de esos tráileres inmensos que habitan las autopistas de Norteamérica.

«Cuando tú estás en ese trance la opinión que siempre escuchas es esta: el lugar para los cubanos es Estados Unidos», dice Rodolfo.

Panamá le dejó una gran primera impresión acerca de las cosas fuera de Cuba. Y sirvió además para retomar comunicación, vía redes sociales, con una chica italiana que había conocido año y medio atrás. Él la había llevado en su taxi a conocer los paisajes de Viñales. Habían compartido una fugaz relación íntima.

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Freddy

En el mes de noviembre de 2019, Freddy González[4], 38 años, cruzó la frontera sur de Estados Unidos. A partir del 5 de septiembre había transitado lo que puede llamarse una ruta migratoria express costeada desde Miami por su primo Rogelio[5]. Ahora, Freddy vive y trabaja, indocumentado, en esa ciudad norteamericana. Extraña a su familia, su madre, su esposa, sus tres hijos, que viven en la ciudad de Las Tunas.

El caso de Freddy resulta en buena medida una novedad. Freddy es tan «ilegal» como millones de mexicanos y centroamericanos que sobreviven a la sombra en Estados Unidos.

Freddy en Miami

Freddy, ya en Miami, Estados Unidos / Foto: Cortesía del entrevistado

Freddy no ha entrado en los registros de las autoridades norteamericanas, y en consecuencia no tiene corte o dictamen migratorios pendientes. Por supuesto, nunca estuvo en un centro de detención, ni corrió el habitual riesgo de deportación en una de esas instalaciones.

Pero tampoco clasifica para la Ley de Ajuste Cubano. Al menos por ahora, mientras su situación no se reencauce…

«Rogelio oyó hablar del Licenciado Robert a través de un amigo que ya había usado sus servicios», narra Freddy, aun cuando estas cuestiones, todavía a estas alturas, solo las conoce parcialmente, a partir de lo que le ha explicado su pariente. «El señor decía vivir en Dallas, pero tenía conexiones en Florida, especialmente en Miami, y en toda Centroamérica y México. Había que darle ocho mil dólares en Estados Unidos, que cubrían el recorrido Cuba-Ciudad Juárez, y asegurarte otros cuatro mil en efectivo para el resto del viaje».

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Aun cuando los destinos migratorios de los cubanos se han diversificado en los últimos años, Estados Unidos continúa siendo, por mucho, el target principal de infinitas ensoñaciones, numerosos trámites burocráticos y miles de odiseas no contadas.

El Pew Research Center estimaba en 2017 que los «hispanos de origen cubano» en Estados Unidos eran 2.3 millones, la tercera mayor comunidad de ese tipo en aquel país (junto a los salvadoreños). Los cubanos representaban además el cuatro por ciento de la población hispana.

«Desde el 2000, la población de origen cubano se ha incrementado un 84 por ciento, desde 1.2 hasta 2.3 millones en el período. Al mismo tiempo, la población de cubanos nacidos en el exterior [es decir, en Cuba; migrantes] que viven en Estados Unidos creció alrededor de 50 por ciento, desde 853 mil en 2000 hasta 1,3 millones en 2017», indica el Pew.

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Rodolfo (V)

De Panamá a México no será más de una semana. Rodolfo tenía los contactos de varios coyotes, pero decidió viajar más o menos por su cuenta para ahorrar dinero. Salió en un ómnibus de Albrook Mall («el más grande de Centroamérica») hacia el punto fronterizo de Chiriquí y Paso Canoas. Fueron, dice, algo más de 200 dólares y siete horas y media de ruta. Viajaba con dos compatriotas: a uno de ellos, «El Brujo»[6], lo conocía desde Cuba; al otro lo conoció en Panamá. Este último vivió un tiempo en Uruguay; luego se fue a Ecuador y desde allí atravesó fronteras hasta meterse en aquel autobús.

«Yo tenía una hoja con instrucciones sobre lo que debía decir y hacer en la frontera de Panamá con Costa Rica. Me la había pasado uno que ya estaba en Tapachula, México; a él se la había dado otra persona. Así fue pasando de mano en mano», explica Rodolfo. «Te decía todos los detalles: Usted va ir allí…, va a comprar un pasaje para tal lugar…, vas a coger por esta calle…, todo». Rodolfo fotografió ese papel, pero más tarde borraría eso y muchas otras cosas de su teléfono celular, y también cambiaría sus cuentas de redes sociales, para evitar problemas o contradicciones al presentarse ante los oficiales fronterizos estadounidenses.

Se suponía que el objetivo de las instrucciones era hacer la travesía centroamericana sin necesidad de alguien que controlara todo el trayecto y cobrara por ello.  «Yo tenía una oferta de coyote que era de las más bajitas: mil 300 dólares, porque oscilaban entre mil 500 y tres mil. Al final, el viaje entre Panamá y México me salió en 550 dólares», resume.

Rodolfo no compró un paquete, aunque sí echó mano de coyotes a partir de cierto momento. Antes de cruzar la frontera con Costa Rica, subió a un taxi que le cobraba 20 dólares por unos pocos kilómetros. «El negocio está bien ajustado: el taxista entonces te mete presión hablándote de la policía… para sacarte el dinero; luego te habla de “un amigo” que te puede ayudar».

Una vez del lado costarricense, Rodolfo se sentía «asfixiado». «No tuve que pasar por ninguna oficina ni nada», dice, pero había captado la amenaza: «Me decían que iban a llamar a la policía». Así que decidió entrar en el sistema, y recurrió al coyote local.

«Me dijo que cobraba 250 dólares por cruzarme Costa Rica. Lo que yo no sabía era que si tú te presentabas en alguna oficina de Migración y decías que ibas para Estados Unidos y que solo ibas a atravesar Costa Rica, te ponían una etiqueta en el pasaporte y podías atravesar el país sin problema», explica Rodolfo. «Los coyotes te decían que estaban regresando a los cubanos y, bueno…»

«Ahí me recoge el coyote. La verdad, el único coyote que yo he visto que era un tipo empingao. Incluso si no tenías dinero más adelante —esas personas que habían estafado o metido preso, por ejemplo—, luego él, desde allá, a través de sus contactos en México, te seguía ayudando. Era empingao, un chamaco joven, más joven que yo».

Casa donde Rodolfo estuvo por una noche en Centroamérica

Casa donde Rodolfo pasó una noche en Centroamérica / Foto: Cortesía del entrevistado

El coyote llevó a Rodolfo y sus dos compañeros de viaje para la casa de su propia madre; allí los alojó en un cuarto en «pésimas condiciones»: había que esperar unas horas para continuar el viaje. Más tarde, los cuatro se unieron a otras seis personas (incluidas tres mujeres) antes de embarcar en una lancha que los llevaría a través de un pequeño golfo que Rodolfo describe como «un lugar bellísimo». Fueron dos horas y 40 minutos en el mar, lo suficiente para evitar varios retenes migratorios.

«Cuando nos bajamos de la lancha unos coyotes nos esperaban en una carretera junto a la playa. Nos montamos en un carro, y aquel día casi nos matamos. Era un chamaquito que iba manejando loco, y cogía las curvas a 120 kilómetros por hora, con el pretexto de la policía. Porque es una zona donde se trafica mucha droga. Finalmente, nos quedamos en una casa como a diez kilómetros de donde nos dejó la lancha».

Lancha que transportó a Rodolfo una parte de la travesía

En la lancha que transportó a Rodolfo una parte de su travesía / Foto: Cortesía del entrevistado

La casa estaba rodeada por la selva. «Dormimos en el portal, y allí mismo comimos, a cinco dólares la comida, que estaba en candela». Al día siguiente, el grupo continuó viaje hacia la capital tica en un autobús que pasaba muy cerca de allí.

«El chofer paró (era una guagua de transporte público), montamos todos; se le dio dinero de más, y ya. Antes de llegar a San José, la guagua se detuvo, vinieron dos taxis que costaron unos 20 dólares y nos llevaron a la terminal. Cada taxi en realidad debía cobrar cinco dólares, pero el taxista, coordinado por el coyote, nos cobraba 20 por persona. Todo era preciso, y parecíamos capos… La gente nos miraba así, extraño, y ya en la terminal de autobuses sacamos boletos para la frontera con Nicaragua».

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Freddy (II)

El 4 de septiembre, Freddy obtuvo en La Habana su permiso para viajar a Nicaragua, un país que, explica, «no requiere visa». Al día siguiente, él y otros cuatro cubanos volaron a Managua.

Mientras se planeaba la salida, el único contacto era «a través del familiar», es decir, de su primo, pero, una vez en el Aeropuerto José Martí de La Habana, «alguien» se presentó y dijo al grupo:

—El Licenciado pide que les tire una foto.

«En ese instante», recuerda Freddy, «nos llegó un mensaje del Licenciado: “Alguien les pedirá una foto”. Desde ese momento, esa foto fue nuestro pase en todos los lugares del recorrido, nuestro carnet de identidad».

Llegados a Nicaragua, otro hombre se les acercó con un celular y les mostró la foto en el aeropuerto de La Habana: «Éramos un grupo de cinco personas y él tenía el nombre de todos, y un chip de teléfono para cada uno».

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Rodolfo (VI)

«En cada país de Centroamérica, la red tenía un contacto que te pasaba el país, menos en Nicaragua…», aclara Rodolfo. «En la frontera de Nicaragua está el Ejército». El autobús que habían tomado en San José llegó de noche a la zona limítrofe.

Rodolfo evitó la oficina de Migración. «Por allí había una pila de cubanos que no tenían los 150 dólares que pedía Nicaragua para cruzar. Y era peligroso aquello: había unos costarricenses drogados que se peleaban entre ellos y cuando llegaba la policía se peleaban con la policía».

«Había también», dice, «un viejo cubano que era coyote. Él te cruzaba. Pero allí si tú cruzabas de noche te mataban, hasta para robarte un cepillo de dientes. Un chamaco quería cruzar esa noche, y yo le dije: “Bueno, mi hermano, ve y brinca”. Al final yo andaba con los socios, y ya ahí esperamos que fuera de día».

El viejo cubano propuso cruzarlos a razón de cinco dólares por gente. Eran unos 100 metros y había una cerca, según Rodolfo. Del otro lado, los guardias nicaragüenses «te atendían bien», dice. «Te hacían una foto y hacían un paripé de que te iban a dar un papel, pero nunca te daban nada… Te cobraban 150 dólares y te cruzaban en una guagua [30 dólares] todo el país hasta Honduras. Antes sí te llevaban a Migración y te cogían los datos, pero nunca te daban ningún papel».

Durante las siguientes 12 horas viajaron a través de Nicaragua no solo en compañía de paisanos: «Había haitianos cantidad, y africanos».

No olvida Rodolfo que, ya en la frontera con Honduras, un policía nicaragüense le dijo:

—Oye, si quieren cruzar, la mejor hora para cruzar es ahora de noche.

«Parece que el tipo quería liquidarnos porque allí a todo el que se tiraba de noche se la arrancaban», dice Rodolfo. «Yo, en cambio, hablé con unos cubanos y conseguimos quedarnos en una casa, y pagamos también cinco dólares por dormir allí. Al otro día nos cruzarían el río. Era una casa en construcción; como 20 personas en el suelo, gente que ya venía recomendada por los traficantes».

Hubo entonces un desencuentro entre los coyotes locales y el contacto nicaragüense del grupo, que había sido coordinado desde Costa Rica. Los hombres de la zona querían cobrar diez dólares por cada uno:

—No, ustedes tienen que irse con nosotros porque, si no, los vamos a asaltar.

El relato de Rodolfo presenta al Brujo «apendejao» en ese trance. Por tanto, es él quien reta a uno de los coyotes:

—Bueno, mijo, dale, asáltame.

«Y cogí», narra, «una tranca de palo, y con esa crucé luego el río. Ellos te amenazan…, pero al final no se tiraron. Los dueños de la casa tuvieron que llamar hasta a la policía porque ellos querían llevarse a todas las personas».

Por fin lograron salir todos los que allí habían pernoctado, las mujeres a caballo, los hombres a pie. Atravesaron un bosque, escenario de asaltos nocturnos, y luego el río.

Del lado de Honduras los guardias registraban a cada migrante y lo montaban en un autobús rumbo a Choluteca. El boleto costaba cinco dólares, pero los oficiales exigieron siete. Los haitianos solo pagaron dos dólares cada quien. «Esa gente cuando decía es así…, había que matarlos; ellos no cambiaban de opinión. Los cubanos eran más guapos, pero esa gente cuando se trancaba era una banda, unidos, unidos, unidos».

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Freddy (III)

«El Licenciado», cuenta Freddy, «me llamó y me dijo que aquel señor era un chofer que nos dejaría en la frontera con Honduras. Subimos a su auto, una camioneta, y en la frontera con Honduras nos recogió un coyote de pocas palabras. El coyote nos dio unas mulas y en la madrugada atravesamos montes y un río. Ellos estaban armados».

Según el testimonio de Freddy González, esa fue la peor parte del recorrido, la más temible. Cruzaban, dice, una serranía. «El coyote no hablaba y nos llevaba por lomas llenas de piedra, huecos. Las mulas conocían el camino mejor que los humanos… Y en ese bosque decían que pasaban maras que mataban a los cubanos porque viajaban con dinero…»

Más adelante se unieron al grupo original dos caravanas, una de africanos y otra igualmente de cubanos: «Tenían tremenda peste», rememora Freddy. «Pero eso no era lo peor. Los niños africanos, deshidratados, vomitaban sangre; las mujeres se desmayaban de miedo y de cansancio…»

Sus recuerdos de aquel paso «oscuro y difícil» incluyen el tránsito entre jirones de «camisas ensangrentadas», «zapatos», «restos de pelos y huesos humanos».

«No vi cuerpos, ningún cadáver, pero allí estaba la presencia de esos muertos. Aterrador», dice.

En Guatemala, el grupo inicial se separó del resto. El coyote los llevó a un rancho sin luz donde esperaron un autobús, relata Freddy. Explica que en cada tramo debían pagarle entre 200 y 300 dólares por cabeza al coyote de turno, de acuerdo con las instrucciones telefónicas del «Licenciado».

Aquel rancho, una casa en construcción, era el hogar de la «señora Paola», delgada, de cabello rubio, unos 60 años, según le pareció a Freddy. «Era muy amable. Decía que si nos trataba mal el Licenciado no le enviaría su salario de la semana. Y nos dio desayuno, nos compró ropa. Allí nos bañamos y luego nos llevó a un hotel en la ciudad».

«Todos nos respetaban y nos prestaban atención. La ropa que me dio Paola me vino como anillo al dedo, porque yo salí de Cuba creyendo que iba directo a Estados Unidos, y me fui vestido de blanco», dice Freddy.

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Rodolfo (VII)

En Choluteca hubo que esperar por un salvoconducto. Había muchos cubanos. Las autoridades también se encargaban de conseguir, y cobrar, el transporte que los llevaría a través de Honduras.

Sostiene Rodolfo que es la migración cubana lo que insufla vida económica al pueblo de Choluteca. Los haitianos pernoctaban «en cualquier parte», pero los cubanos suelen rentar habitaciones, viviendas… La señora de la casa en que se quedaron Rodolfo y sus compañeros de viaje les habría contado que al menos desde 2005 «viven de los cubanos».

Honduras se hizo larga: 14 horas en bus hasta la capital; luego, ocho horas más hasta la frontera guatemalteca.

Travesía de Rodolfo

Travesía de Rodolfo / Foto: Cortesía del entrevistado

Después, otra vez un río, otro coyote, nuevas exigencias de dinero, 50 dólares… Las amenazas de la policía. «Aquello del lado de Guatemala pertenecía a un tipo que estaba allí con vaqueros, con pistolas, todo eso. El coyote tenía que darle dinero para pasar por sus tierras. Ya cuando salimos a la carretera estaba la policía, y la policía te preguntaba si te habían cobrado algo. El coyote tenía que darle a la policía también».

«Se les dio como diez dólares por persona, y seguimos», dice Rodolfo.

Otro guía guatemalteco se haría cargo en lo adelante, luego de que el anterior llevara al grupo[7] en «un carrito» hasta «un negocito en una terminal» de buses con destino a Ciudad Guatemala. «El otro pedía 250 dólares [por sus servicios hasta la frontera mexicana], con la misma historia de que si te cogían… Y le dije que yo solo le daba 100», cuenta Rodolfo.

Antes de cruzar el río Suchiate, límite entre Guatemala y México, el grupo se unió a otro medio centenar de cubanos, que esperaban en una casa aledaña el instante más propicio. Allí, la exigencia de los coyotes era, una vez más, cinco dólares cada uno por cruzarles la frontera. Y, a continuación, otros 50 hasta Tapachula.

El Suchiate se franqueaba en tandas de cinco a diez individuos. Rodolfo estaba listo para cruzar desde antes del amanecer, pero terminó haciéndolo como a las 10:00 am. Las autoridades merodeaban por la zona aquella mañana, persiguiendo sobre todo el contrabando de mercancías: combustibles, alimentos…

Una balsa hecha con tablas y una gran cámara de tractor o camión sirvió para navegar e internarse en México. Luego, un microbús hasta Tapachula.

«Eso fue el 15 de marzo. Yo fui directo a buscar habitación. Estaba todo lleno porque también eran fiestas populares, pero encontramos un hotelito que se llamaba Don Rogelio».

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Freddy (IV)

En la siguiente línea fronteriza esperaba otro hombre. «Nos llevó en una embarcación hasta el estado de Campeche. El coyote nos preguntaba si estábamos bien, si queríamos alguna medicina, y nos decía que no diéramos malas recomendaciones de él porque entonces el Licenciado Ortega (que luego supimos era quien atendía la primera parte del trayecto) no le enviaría la paga semanal… Y decía que pagaba muy bien».

Era 9 de septiembre y ya estaban en Campeche, sur de México. Durante cuatro días, cada tanto, los viajeros habían recibido mensajes del «Licenciado» para informarles quién los recibiría y los trasladaría durante el próximo tramo de la ruta. Desde el primer momento, cada coyote había llamado a los clientes cubanos por sus respectivos nombres.

«Nos hospedaron en un hotel y el Licenciado Ortega se comunicó con nosotros. Dijo que su deber había sido traernos hasta allí, y que en lo adelante seguíamos con el Licenciado Robert».

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Rodolfo (VIII)

La misma tarde de su llegada, Rodolfo y El Brujo se dirigieron a las oficinas locales de Migración.

Pero acababan de colapsar esos servicios en Tapachula. Comenzaba una crisis que dejaría varados, en las siguientes semanas, a miles de migrantes cubanos y de otras nacionalidades.

«Todo fue porque los abogados apretaban mucho la mano», razona Rodolfo, «y a quien tenía dinero le hacían el salvoconducto en una semana; de lo contrario, debías esperar como 20 días. Y entonces algunos cubanos se calentaron y fueron para allá a decir que eso era un descaro, y tumbaron a uno de Migración, y tal vez a alguien se le fue una patada… Pero no fue que les entraron a golpes, como salió en las noticias, ni nada de eso. Lo que hicieron fue meterse por ahí para allá a la fuerza, y ahí fue cuando cerraron Migración. Desde ese momento, quitaron los salvoconductos para atravesar el país».

Si antes los abogados ya sacaban provecho en Tapachula de la situación de los migrantes —en particular de los cubanos, quienes se supone que viajan con dinero suficiente para costear trámites y relativas comodidades—, en las nuevas condiciones, corruptos y embaucadores de oficio harían un verdadero agosto. Porque la dependencia de Migración ya no solo trabajaba a un ritmo insuficiente, sino que permanecía cerrada del todo, y la caldera de la desesperanza elevaba su temperatura y su presión a medida que llegaban, día tras días, más personas.

Rodolfo lo cuenta: «Primero, nos estafó un “rastrero”. Me dijo que ese lunes se iba con una carga de café para Tijuana, que él podía llevar a dos nada más, escondidos en el tráiler, que era seguro, y que nos cobraría 200 dólares a cada uno. Éramos El Brujo y yo, porque el otro socio [que había vivido en Uruguay] se quedó sin dinero en Honduras y entonces le prestamos 80 dólares cada uno; nos dijo que cuando llegáramos a Tapachula pagaría, pero yo sabía que eso era mentira y, efectivamente, apenas llegamos a México, desapareció. Más nunca he sabido de él.

»Bueno, el precio eran 200 por cada uno, pero yo pagué 60 dólares nada más. Le dije al camionero que le pagaba al llegar. El hombre estaba buscando dónde quedarse y le dijimos que se quedara con nosotros. Yo tenía desconfianza, porque él siempre evitaba hablar de mecánica conmigo. Entonces me dijo que quería ver a una mujer, y me pidió los 60 dólares para comprar algo; ahí empecé a desconfiar todavía más. Y cuando regresó nos dijo que al niño de la mujer le había dado apendicitis y que quería el resto del dinero para ir al hospital… Al final el tipo se fue y nos estuvo llamando durante un rato: “Oye, ya estoy en el hospital…” Pero, mentira… Salió y, mientras no estuvo lejos, no nos dejó de llamar. La rastra nunca la vimos porque él decía que, como era fin de semana, estaba en el almacén donde la estaban cargando».

Un mes después, luego de tantear diversas vías y contactar a varios gestores legales que pudieran ayudarles a salir del atolladero de Tapachula, un abogado les ofreció, por 250 dólares, un «amparo federal». El pliego, supuestamente, les permitiría viajar a través de México. Documento en mano, Rodolfo y El Brujo compraron boletos a sobreprecio (unos dos mil pesos mexicanos, dice) en la línea de autobuses Auri, y se dispusieron a viajar hacia la Ciudad de México.

Superados un par retenes, las autoridades detuvieron el autobús. También viajaban en el vehículo otros cuatro cubanos.

«Les piden los documentos a los otros y no tuvieron problemas», recuerda Rodolfo. «Ellos iban con unas penquitas de guano, así, de protección… Yo le pregunté al Brujo, que usa collares: “Ven acá, y eso qué es”, y me dijo: “Eso es un trabajo que ellos llevan”. Entonces yo me hago el dormido, pero me despiertan. Y me piden el amparo. Ahí explico que un juez me dijo que con ese documento podía transitar por todo México. Llamamos, El Brujo y yo, a una abogada, y ella aseguró que no podían bajarnos de la guagua porque con ese papel podíamos movernos por todo Chiapas… Pero después de 25 minutos ya le dije al Brujo: “Oye, vamos a bajarnos a ver qué pasa”. Y, cuando bajamos, se va la guagua. Nos dijeron que entráramos en un lugar que por fuera no parecía, pero adentro era un calabozo. Dijeron que era solo para revisarnos y ver el papel… Adentro había como 80 cubanos».

En una celda pequeña había dos mujeres y dos hombres. Allí encerraron a Rodoldo y El Brujo. En la celda más grande, dice, había muchas personas, incluidos mujeres, niños recién nacidos… Recuerda «una niña de 13 años, que salió traumatizada de allí».

Había centroamericanos, pero la mayoría eran cubanos. Al poco rato montaron en un bus al grueso de los detenidos para transportarlos a la Estación Migratoria Siglo XXI. «La palabra que usaban los guardias no era preso…, pero entonces era un secuestro… porque allí no podías usar teléfono ni hablar con nadie. Ellos aseguraban que te mandaban a la Siglo XXI para arreglar tu situación. Estabas secuestrado, preso», dice Rodolfo.

Migrantes en la Estación Siglo XXI (abril de 2019)

Migrantes en la Estación Siglo XXI. Tapachula, México, abril de 2019 / Foto: Cortesía del entrevistado

A las cinco de la tarde del día 15 de abril Rodolfo y El Brujo eran prisioneros en Pijijiapan, Chiapas, ahora instalados en la celda grande recién evacuada. «Más cómodos», dice, «porque entonces fuimos los primeros. Pero de ahí a las diez de la noche aquello se llenó y, en la mañana, había otra vez más de 80 gentes. Horrible aquello. Era un lugar con pared de mampostería y techo de zinc; la pared tenía una celosía con una reja, y había un pasillo por donde las personas pasaban al baño. Eran como ocho metros de largo por seis de ancho».

En tanto, la madre de Rodolfo, desde Cuba, hacía gestiones con conocidos en Ciudad de México, primero, para que lo recibieran en la capital y, luego, para conocer el paradero de su hijo. Desde que montara en el autobús en Tapachula no había vuelto a saber de él, y las carreteras en el interior del país suelen ser en extremo peligrosas debido al crimen organizado.

Fue en la madrugada cuando Rodolfo y El Brujo lograron establecer breve comunicación con sus familiares en Cuba. El segundo había logrado esconder su celular «en los huevos». Al principio creían que en aquel centro del municipio Pijijiapan había «un aparato que bloqueaba la comunicación», pero resultó que no. «Y creíamos además que los oficiales nos veían por las cámaras», dice Rodolfo, «pero nos dimos cuenta de que estaban rotas».

«Al otro día nos trasladaron como a las diez de la noche».

***

A mediados de 2017 la prensa mexicana reportaba que entre 2010 y 2016 el número de cubanos residentes en su país había crecido un 560 por ciento: de cuatro mil 33 a 22 mil 604.

La estadística ha seguido aumentando desde entonces. Están, por ejemplo, quienes ya habían pagado por que los sacaran de Cuba, vía México, hacia Estados Unidos justo en el momento en que fue eliminada la política de «pies secos, pies mojados». En medio de la incertidumbre algunos decidieron probar suerte en el país de tránsito. Son los casos de una joven con estudios científicos, G. C., y un hombre ya maduro como alias P. Bardhal[8], quienes desde hace unos tres años viven y trabajan en diferentes puntos de la Ciudad de México.

Los 15 meses previos a la crisis del coronavirus sumaron no solo a quienes llegaban con planes de asentarse en México o regularizaban su estatus tras readecuar sus proyectos de vida, sino también a aquellos que aún esperan por una oportunidad para ingresar en Estados Unidos, luego de que la administración Trump eliminara todo privilegio para los migrantes de la isla e implementara —con la decisiva contribución, bajo amenaza de represalias comerciales, del gobierno de Andrés Manuel López Obrador— una estrategia general de contención que incluye la espera de turnos en, y las devoluciones hacia, México.

A principios de 2019, J. P. y A. G., una joven pareja de médicos cubanos, estuvieron detenidos en territorio estadounidense, y fueron devueltos al sur de la frontera. Desde hace meses ambos viven y trabajan —ella como doctora subempleada, y él en una empresa que brinda servicios editoriales y de publicidad a empresas farmacéuticas— en el antiguo Distrito Federal, mientras intentan regularizar sus situaciones migratorias y sacar sus cédulas profesionales.

Según la Secretaría de Gobernación, el año anterior fueron devueltos desde México hacia Cuba mil 503 ciudadanos: 773 «eventos de deportación», con picos en marzo (134), abril (172), mayo (237) y junio (180); 691 retornos asistidos, y 39 retornos asistidos de menores. Entretanto, se consumaron 721 «eventos de [cubanos] no sujetos a devolución»: 671 oficios de regularización migratoria y cincuenta oficios de salida.

***

Freddy (V)

Campeche. Diez días allí. Varias personas se comunicaron con el grupo de Freddy, pero solo uno apareció para comprar los boletos de avión hacia la Ciudad de México.

Abordaron un vuelo de Aeroméxico sin que nadie preguntara nada especial a los cinco cubanos. Lo mismo ocurrió en el aeropuerto de la capital, donde hicieron conexión hacia Ciudad Juárez. Mientras llegaba la hora de ese segundo vuelo incluso durmieron en la sala de espera.

«Alguien nos tomó una foto sin que lo supiéramos», dice Freddy.

El Licenciado a cargo se la envió por chat a los viajeros. «Nos dijo que la había hecho un policía que era su contacto, que ya nos había conocido, y que gracias a él abordaríamos sin ser cuestionados».

El Licenciado también les advirtió cómo serían las cosas al llegar a Juárez, una de las ciudades más violentas de México, donde en los últimos meses se habían reunido miles de cubanos que aspiraban a ingresar en los Estados Unidos.

***

Rodolfo (IX)

El 16 de abril comenzaron los días en la Estación Siglo XXI. Mientras allá adentro Rodolfo y El Brujo se las arreglaban como podían para resistir el hambre, el agotamiento y el stress del hacinamiento, la madre de Rodolfo, desde la isla, y sobre todo su amigo chofer de un tráiler, desde algún lugar de Estados Unidos, hacían gestiones telefónicas con una abogada que prometía sacarlo del encierro antes de que fuera deportado.

Se transfirieron, por adelantado, dos mil dólares para que la letrada —asentada en México, pero de origen cubano— agilizara los trámites y afrontara cualquier problema en sus diligencias.

Sin embargo, la deportación parecía un destino seguro a medida que transcurría el tiempo. Era inminente, según las noticias de aquellos días.

Durante el traslado a Siglo XXI, Rodolfo obtuvo sus pertenencias de vuelta, incluidos sus documentos. En las siguientes jornadas se comunicaría con el exterior mediante un teléfono oculto. Las condiciones en la estación eran deplorables y empeoraban con la llegada de más cubanos, más haitianos, más centroamericanos…

Migrantes en Tapachula, México

Migrantes en Tapachula, México / Foto: Cortesía del entrevistado

Los baños desbordados, agua y orine hasta los tobillos, heces fecales que navegaban en un pequeño mar nauseabundo. Las personas, de todas las edades, dormían en los pasillos, en cualquier rincón aprovechable.

Nada más llegar, un tipo le soltó a Rodolfo:

—Socio, esto es por gusto. Esto es deportado. Yo llevo aquí 22 días. 

Un muchacho con el que había coincidido en el tramo hondureño de su travesía lo llamó y le dijo que durmiera en una «esquina vacía». «Ahí estuve durmiendo, en el pasillo».

Daban desayuno, almuerzo y comida. «El desayuno yo lo cogía sobre las 12 del día porque te echabas tres horas en cada cola. Veías a la gente desmayada; la comida eran dos dedos… Tú coges un vaso y marcas dos dedos para arriba y eso era lo q te daban de comida. El agua de la llave era fría y el refresco era caliente; agua de horchata, eso te lo daban caliente, y el agua de la ducha, fría, fría, fría…. De comida te daban una tortilla, cuatro granos de frijoles, una cucharada de arroz, y una cucharadita de pollo. De allí salí en la varilla… y barbú, porque no te permitían máquinas de afeitar. Aquello tenía capacidad para 300 personas y cuando yo estaba había cinco mil».

Rodolfo bebía agua de la ducha porque, dice, «al agua que te daban para tomar le echaban un sedante, y a la comida también. El primer día yo tomé aquello y estaba bobo, bobo… Los guardias les decían a quienes llevaban más tiempo allí que echaban un sedante para que no se te parara el hierro».

En Siglo XXI daban alguna fruta de vez en cuando: un mango, un plátano… Según Rodolfo, algunos centroamericanos repetían muchas veces, hasta cinco; acaparaban y luego vendían las frutas a los demás internos. «Los maras, en la celda número 1, tenían de todo», dice. «Eran cuatro, que siempre estaban allí. Ellos podían incluso salir a la calle y volver a entrar; buscaban mercancía y te la vendían después».

Cuando había algún problema en la estación, los guardias podían encerrar a los detenidos en las celdas disponibles, celdas hasta para ocho personas, pero la mayoría estaba fuera, en los pasillos.

Los maras, sin embargo, tenían la número 1 y allí comerciaban. «Lo que tú quisieras». Desde cocaína hasta pollo frito.

«Yo hablé una vez con ellos, a ver si me sacaban. Un tipo muy serio, y me dijo: “Yo te voy a hablar claro; no puedo garantizar sacarte de aquí. Puedo decirte que sí y robarte tu dinero. Voy a ver primero qué puedo hacer”. Y lo que él te decía era ley. Ahora, si tú incumplías con él, te la aplicaba. El tipo era salvadoreño, un tipo de ley y de negocios».

En cambio, la abogada contratada para ponerlo en libertad ofrecía por teléfono toda clase de dilaciones. Un timo. Durante los meses que siguieron, Rodolfo intentaría recuperar el dinero malbaratado mientras permaneció en Siglo XXI. A la distancia, primero dialogó y, luego, amenazó a la mujer. Prometió incluso mandar a darle una paliza por «descará». Nada. En vano.

***

Durante su campaña electoral Andrés Manuel López Obrador habló de una política de «brazos abiertos» para los migrantes, pero unos meses después de su asunción presidencial sufriría un uppercut de realismo político, cuando su homólogo estadounidense, Donald Trump, amenazó con elevar las cuotas arancelarias a los productos mexicanos si los vecinos del sur no eran capaces de controlar el flujo migratorio a través de su país.

El gobierno de Los Pinos niega que haya estado haciéndole el trabajo sucio a Trump durante los últimos meses, y alega que apenas se ha limitado a cumplir la ley vigente en México.

Si bien Trump no ha conseguido erigir el muro (físico) que anunció durante su campaña, el magnate inmobiliario de la Casa Blanca parece hoy estar más cerca de su promesa electoral en temas migratorios que el izquierdista López Obrador. Tras la puesta en marcha del acuerdo bilateral logrado en junio de 2019 algunos no han dudado en referirse al «muro mexicano» de Trump.

Además del habitual flujomigratorio, en años recientes han surgido masivas caravanas de migrantes centroamericanos dispuestos a atravesar México. En enero pasado, efectivos de la Guardia Nacional mexicana detuvieron una que superaba el millar de personas. Pero ya en el primer semestre de 2019 los números migratorios (la inmensa mayoría indocumentados) constituían récordinteranual (unos 460 mil; incremento de 232 por ciento), según reportes que citaban a las autoridades mexicanas.

En tal contexto sobrevino el tapón que congregó desde marzo a miles de cubanos, haitianos y centroamericanos en Tapachula. En virtud de ello mismo, el Ejecutivo mexicano se vio obligado a negociar —en la figura del canciller Marcelo Ebrard— un acuerdo con Washington que complementaría el llamado Protocolo de Protección de Migrantes (MPP, siglas en inglés) —«Remain in Mexico»— lanzado por la administración Trump en enero del año pasado.

El acuerdo bilateral implicó un refuerzo de ambas fronteras mexicanas (mayor control y registro de entradas en el sur; despliegue de más de 25 mil de hombres de la Guardia Civil); que México acogiera a los migrantes que esperan por una definición sobre sus solicitudes de asilo (MPP); el compromiso de ofrecerles ayudas para empleo y acceso a servicios básicos mientras permanezcan en tierras mexicanas.

Para septiembre de 2019, Ebrard informaba una disminución del 56 por ciento (algo más de 144 mil en mayo a cerca de 64 mil en agosto) de los migrantes detenidos en el límite sur estadounidense. Dos meses después el decremento en esa estadística alcanzaba el 70 por ciento; en tanto, la cantidad de centroamericanos presentados ante funcionarios de INM había caído un 60 por ciento (tal vez debido a un efecto disuasorio).

***

Rodolfo (X)

«Ese día yo le dije al Brujo: “Socio, prepárate, que yo me voy». Porque ese día en Siglo XXI se creó una historia entre las mujeres… Las centroamericanas estaban afilando los cepillos de dientes para apuñalar a las cubanas. (Porque quienes daban leña eran los cubanos. Un cubano le dio una trompada a un tipo allí y le sacó los dientes: andaba con los dientes en la mano. Otro cogió a uno de Migración, y lo mató. Los federales eran colegas de los cubanos, y los corruptos eran los de Migración). Ese día yo miré las cercas, y desde que amaneció yo estaba decidido: por cualquier vía yo me iba a ir. Y yo también empecé a decirle a otros cubanos: “Oye, mira a las mujeres”. Y empezaron a gritar los cubanos. Y yo empecé a gritar como si la jeva mía estuviera allí, y empecé a decir: “Oye, maricones…”, porque los guardias no hacían nada. Y: “Mira, que están pinchando las mujeres…” Y a los que sí tenían mujeres de verdad se les hinchó el cerebro, y saltaron el muro. Entonces, como allí todos los días llamaban a la [Policía] Federal, la Federal ese día no hizo caso. Y la gente rompió todas las puertas…»

Había dos vallas: una como de cuatro metros, de hierro fundido; otra de unos seis metros, según la estimación de Rodolfo. Es evidente que cualquier recuerdo suyo acerca de la fuga masiva que reportaron los medios el 25 de abril resultará siempre parcial y más o menos confuso. Se trata de un testimonio de primera mano sobre una situación particularmente caótica. 

«Los cubanos brincan el primer muro y los guardias ya no podían contenerlos…», narra. «Porque se decía que aquello estaba lleno de marinos, pero era mentira. Dejaron que la gente se fuera por la puerta. Yo no quise salir por la puerta por miedo a que me cogieran. El muro era de tubos, como el de la frontera con Estados Unidos, pero más bajito, y había muchos hierros allí que te facilitaban escalar. Luego, miro el de cemento que estaba enfrente, como de unos cinco metros; tenía cerca muchos trastes viejos que me permitieron subir. Caminé por los techos y, cuando miro, parecía aquello un rodeo: todo el mundo saliendo».

El Brujo salió delante. Rodolfo le advirtió:

—Oye, suave —pero él siguió—.

Rodolfo pensó: «Bueno, déjalo adelante. Cuando a él le den un leñazo, atrás cruzo yo». Por fin, luego de atravesar un montecito, salieron a la carretera y entraron en un barrio.

«Veo una señora que tenía en su casa a varios haitianos (a los haitianos no los querían adentro; tenían que estar afuera en espera del salvoconducto, porque a ellos sí se lo daban), y hablo con la mujer de la casa. Le dije que necesitábamos estar allí diez minutos, y ella con miedo nos dijo que sí pero que nos quedáramos en el portal».

Desde allí llamaron al mismo abogado que les había vendido los amparos inservibles. El abogado los llevó, junto con otras 15 personas, para una casa a medio construir donde pasarían las siguientes dos semanas encerrados.

Rodolfo había logrado escapar de la estación migratoria con su teléfono y sus documentos.

Mientras permaneció oculto en Tapachula, contactó con una funcionaria de Migración que conoció fugazmente —le había solicitado a ella una consulta legal— durante las horas que estuvo detenido en Pijijiapan.

Ella fue quien pagó la alimentación durante esos días de ocultamiento. También fue ella quien invitó a Rodolfo y al Brujo a comer en un restaurante del cual saldrían para meterse, como si nada, en un carro de policía. Una vez dentro, fue cosa de disfrazarse como oficiales de la cintura para arriba: camisa, gorra, insignias. Y así dejaron Tapachula rumbo a Tuxtla Gutiérrez.

Se quedaron en casa de la benefactora durante varios días. Ella mostraba especial interés por Rodolfo. Finalmente, no solo costeó un asiento en autobús ADO desde Tuxtla hasta la Ciudad de México, sino que, a través de «un contacto», habría pagado unos 25 mil pesos a fin de asegurar que nadie perturbara el viaje de Rodolfo hasta la capital del país.

En Tuxtla Gutiérrez se dividieron los caminos de Rodolfo y El Brujo. El primero afirma que su «socio» le debía dinero, y que de todas maneras no tenía recursos en aquel momento para agenciarse un tránsito seguro hacia Ciudad de México. Varios meses después, Rodolfo no había vuelto a saber de su compañero de ruta.

***

Freddy (VI)

Dice Freddy que el Licenciado dijo: «Cuando lleguen a Juárez les van a decir que los van a deportar, los van a meter para un cuartico, y a las dos horas los van a sacar. Los montarán en un carro y los llevarán para un hotel». Y así fue.

Justo en ese punto terminaba la cobertura de los ocho mil dólares iniciales. Entonces el Licenciado Robert presentó dos opciones y una nueva tarifa: a) cruzar de Juárez a Miami: cinco mil dólares; b) una residencia temporal en México: dos mil 500 dólares.

Durante 2019 no había hecho más que crecer la enorme lista de espera de cubanos deseosos de presentarse ante las autoridades migratorias norteamericanas para exponer su caso —una historia de persecución o acoso político en la isla, real o forjada, que justificara «miedo creíble» y un probable asilo— en busca de la permanencia en territorio estadounidense.

«Entonces mi primo Rogelio decidió abandonar a ese coyote», cuenta Freddy. Las opciones eran, a esas alturas, demasiado caras o demasiado complicadas.


[1] A solicitud del testimoniante, se ha protegido su identidad bajo seudónimo. Ello se fundamenta en su calidad de víctima de las disímiles circunstancias a que están sujetos los migrantes y, especialmente, en el temor justificado a futuros problemas legales, migratorios y de otra especie, en su país de origen.

[2] Evidentemente, este es solo el punto de vista de una de las partes implicadas en una historia que solo se reseña aquí como otro elemento disparador de la salida de Cuba del protagonista.

[3] Se omite aquí, por expresa petición del testimoniante, todo apelativo (nombre y apodo), por el cual se conoce a esta persona.

[4] El nombre del testimoniante ha sido modificado debido a su estatus ilegal en Estados Unidos y la posibilidad latente de dificultades o, incluso, represalias legales en el país de acogida.

[5] El nombre de su primo también se ha cambiado a petición del testimoniante.

[6] El apodo de este compañero de viaje también ha sido modificado a solicitud del entrevistado.

[7] Según se desprende de este relato, en cada momento de la travesía centroamericana, «el grupo» constituye un número variable de personas que, por supuesto, incluiría a cubanos, pero también a ciudadanos de otras nacionalidades, por ejemplo, haitianos, africanos, etc.

[8] No obtuvimos la autorización para revelar las identidades de las personas mencionadas en este epígrafe; de ahí que se haya optado por emplear iniciales y alias.

*La periodista Yeanny González Peña contribuyó en la reportería de este trabajo.

**Este reportaje fue realizado con el apoyo de Espacio Público (Chile).

1 Comentario

  1. Leyendo este artículo, el cual encuentro magnífico, recordé una serie llamada Bolivar,el Hombre de las Dificultades.
    Y en realidad sin devaluar al Libertador, no solo Cuba, sino toda Sudamérica esta llena de hombres y mujeres, que por ser tan valientes o quizás tan tontos, pero siempre esperanzados con un futuro mejor y vivir «the American Dream», afrontan día a día tantos riesgos y tantas dificultades que podrían tener su propia serie.
    Conozco a muchos que lo lograron, o al menos llegaron, y hoy por hoy algunos tienen mejor vida, otros tienen la versión no deseada, «The American Nightmare», y otros muchos que fueron deportados casi llegando,o fueron deportados desde USA, por no tener una buena trama su guion, y he oído, aunque no conozco personalmente , de algunos que desaparecieron en la ruta.
    Es un tema que me provoca tanto curiosidad, indignación, lástima,asombro, y todo una mezcla rara de sentimientos.
    Magistral como siempre Jesús Adonis.Solo me queda aplaudirte.

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