La Flaca Anaiyuris en la cocina de su restaurante / Foto: Cortesía del autor

La Flaca Anaiyuris en la cocina de su restaurante / Foto: Cortesía del autor

Los vientos ya no arrastran los mismos humos desde las cocinas.

Restoranes, cafeterías, tiendas de abastos, una caminata desalentadora hasta encontrar quien dé razón sobre los cubanos. «Hará dos años se fueron», lo previene una mujer de mediana edad. El entorno de La Florida, Quito, difiere bastante de hace cuatro años.

Al oeste del antiguo aeropuerto Mariscal Sucre, La Florida, un barrio de clase media cortado por la Avenida Occidental, prodigaba entonces negocios de mensajería y cabinas telefónicas para llamar a Cuba. Había cervezas Cristal o Bucanero por tres dólares, cigarrillos H-Upmann, Populares, y rones Havana Club. Había grupos debatiendo sobre béisbol en alguna esquina de la avenida de La Prensa.

Quienes lo ocupan hoy dondequiera son los venezolanos —dice la mujer.

Ella indica la posible dirección de una familia cubana, pero en la casa no responde nadie.

Más calles rebasamos hasta la arteria principal que es homónima del barrio. Y homónima también, por llana coincidencia, de la península que en Estados Unidos ha acogido la mayor población de emigrados y exiliados cubanos. En estos predios quiteños fueron vendidos muchos comercios. Lo certifica el restaurante El Almendrón, cuyo nuevo dueño es ecuatoriano.

También vamos a un cyber café y a una cafetería corriente. El personal de ambos negocios dice no haber visto cubanos. Después la dependiente de una heladería afirma que la mayoría se esfumó. A mediados de 2018 la excepción está a dos cuadras, «la tienda del cubano», pero su propietario no quiere evocar el tema migratorio. Dice que a su pequeño mercado han acudido la CNN, Ecuavisa, montones de periodistas, pero que él nunca aceptó conversar sobre ese asunto, y ahora no tendría por qué ser la excepción. «Si quiere hablar de leche, de pan, eso sí», dice, y nos sugiere intentar un diálogo más fructífero con la Flaca.

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La Flaca en su restaurante / Foto: Cortesía del autor

La Flaca en su restaurante / Foto: Cortesía del autor

La Flaca, Anaiyuris González, ejercía de docente cuando apostó por instalar un negocio propio en La Florida. Pero Anaiyuris, ahora de 36 años, se afincó en el Quito de antes. Cuando todavía sus compatriotas no explotaban el barrio con tanto ímpetu, ya ella estaba casada con un ecuatoriano. Tendrían cuatro hijos.

Profesora de formación, la Flaca arrancó para 2009 con un local pequeño, y tuvo tal recepción en el barrio que se vio obligada a ampliarlo. La suerte del restaurante Aché la delineaba en buena medida su clientela de cubanos. Casi una década más tarde las cosas han cambiado.

«Acá vinimos muchos por dinamizar el comercio. Los venezolanos están migrando por necesidades más crudas. En nuestro caso queremos cosas que al país nuestro le faltan. Aparatos eléctricos, ropa o perfumes, lo que nos dé la gana. Los cubanos allá no se mueren de hambre. Se les ve hermosos, grandotes, rosados», dice.

Un giro de 180 grados fue la imposición del visado en 2015. Después del caos migratorio en la frontera con Costa Rica, el consulado ecuatoriano en La Habana comenzó a emitir un permiso de 450 dólares. Debía pagarlo una población con un salario promedio de 30 dólares mensuales.

«Quienes se van de allá lo hacen con la fe de reunir luego a su familia. Tengo una chica trabajando conmigo que desea traer a su hija de visita. Otra que tiene a su mamá y quiere lo mismo. El lío es pagar la visa. Desde 2011, no voy a Cuba. Sí pude, felizmente, invitar a mi madre para que me hiciera compañía», dice Anaiyuris.

Es jueves, dos de la tarde, junio de 2018. Al restaurante de la Flaca llega otro cubano, maestro en activo. Ernesto es su nombre.

Qué volá, Flaca, sírveme dos jamas.

¿Qué te doy? —pregunta Anaiyuris.

Dime qué tienes.

Ropa vieja, barbacoa, filete de res ahumado…

Ernesto ordena una chuleta y pollo asado para llevar. Hace unos 16 años que vive y trabaja en Quito con alguna estabilidad. Su esposa, también cubana, suma 18, y la hermana de esta, 22. Todo ocurrió, dice Ernesto, en el siguiente orden: su cuñada sacó a su esposa; su esposa lo sacó a él; sus hijos nacieron en Ecuador.

Mientras está listo el encargo, Ernesto asegura que, como migrante, el choque cultural ha sido el peor obstáculo. Mudarse del ambiente sociable de La Habana a la vida retraída que adoptan las familias en Quito.

Echo de menos los amigos, la caldosa, el chancho asado, el dominó, el juego y la bulla de los muchachos por la calle —dice.

Ernesto en el restaurante de la Flaca / Foto: Cortesía del entrevistado

Ernesto en el restaurante de la Flaca / Foto: Cortesía del entrevistado

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2015. Quiero emigrar a Ecuador. Por eso estoy dentro del aeropuerto Mariscal Sucre. Aquí pueden apartarme fácilmente de la fila y reenviarme a Cuba en el próximo vuelo. Mi suerte depende, como un tebano que reta a la esfinge, del oficial de migración. Es un tipo grueso de nariz corta y párpados abultados.

Cada cubano que llega tiene miedo de que lo desaprueben.

Algunas anécdotas han surgido de estos intercambios cruciales. Una de ellas la expondrá Aldo: había una vez cierto aspirante a quien, por olvidar la palabra «teleférico» al puntualizar su posible destino, ya fuese por nervios o por ignorancia, lo rechazaron ipso facto.

Cuando el oficial analiza mis documentos, abre y cierra el pasaporte, pliega los papeles que le he entregado. Los voltea, como si patas arriba cobraran más sentido. Pregunta quién es Aldo, su dirección, de cuánto es mi salario en Cuba, cuánto dinero traigo, cuál es mi profesión, qué lugares pienso visitar. Es la madrugada del 3 de agosto de 2015 y me siento víctima de una legal humillación. Pero debo fingir que soy un turista más. Por tercera vez, con su andar elefantino, el oficial se levanta del asiento. Se pierde tras de una puerta durante otros inacabables minutos. Busco el apoyo gestual de un amigo, que también está complicado con el interrogatorio. Enarcamos las cejas. El oficial regresa. De nuevo dobla los papeles, lee al derecho y al revés. Me repite las mismas preguntas. Le contesto. Le contesto. Le contesto con la paciencia que no tengo. El oficial agarra mi pasaporte, lo sube y lo baja, lo sube, lo baja, hasta que de su cubículo sale un sonido consistente y aislado y después una voz que dice, como a la fuerza, como quien no quiere decirlo de veras, una voz que es muchas voces y no es ninguna en particular: «Bienvenido al Ecuador». Un cuño y una puerta que ceden: he derrotado a la esfinge y lo tomo por una señal prometedora. Soy el último que sale de mi vuelo. Pero salgo. Y eso es todo lo que, de momento, aquí vale.

Aldo me dirá luego que los oficiales siempre transan si se les soborna. Después de todo habría de entender que no estoy en Tebas.

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Ecuador, desde 2008, tiene una Carta Magna que expresa: «Se reconoce a las personas el derecho a migrar. No se identificará ni se considerará a ningún ser humano como ilegal por su condición migratoria». Patricio Benalcázar, adjunto de Derechos Humanos de la Defensoría del Pueblo, glosaba en su momento que uno de los puntos neurálgicos en el debate constituyente era el beneplácito de la diversidad para la convivencia, que ninguna lejanía cultural o idiomática restaba un ápice de humanidad.

Las repercusiones del amparo constitucional en la región fueron inmediatas. Tras comunicarse la decisión de eliminar las visas de turismo para los extranjeros, de un año a otro, las entradas de cubanos aumentaron al menos cuatro veces. Sin embargo, se compartía entonces el criterio de que las leyes migratorias ecuatorianas, que datan de la época del dictador Rodríguez Lara, no se articulaban con lo prescrito en la Carta Magna, sino que otorgaban a los funcionarios ciertas potestades sobre los migrantes. En 2013 se exigió presentar una carta de invitación como requisito, donde el invitante se comprometiera a asumir los gastos de transportación, alojamiento y alimentación del invitado durante su estancia. Dicha obligación fue suspendida en abril de 2014. Todo se reducía ahora a comprar el boleto y abordar.

El partido gobernante Alianza País no aprobaría hasta 2017 la Ley de Movilidad Humana, una tarea pendiente de la Revolución Ciudadana, que sin embargo el abogado ecuatoriano Javier Arcentales calificó en un artículo como desigual y excluyente. Su alcance, que comprendía solo a ciudadanos de países miembros de UNASUR, seguía consintiendo, según el letrado, la deportación y, por ende, la injusticia.

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2015. Quiero emigrar a Ecuador. Por eso voy al hostal de Aldo. El hostal de Aldo no es en el sentido estricto un hostal, sino su renta en el sector Cotocollao, al norte. Cerca de la vital calle Machala, la casa está protegida por muros sin resanar, coronados con vidrios rotos para defenderla de los bandidos. Es gracioso que los bandidos se cuiden de los bandidos.

Aldo paga la renta con el cobro a sus huéspedes. 12 dólares diarios por cada uno, que incluyen desayuno y cena, asiduos potajes de frijoles y bistecs de res lánguidos. Un grupo no muy numeroso de conciudadanos logra sufragar aquí sus gastos domésticos valiéndose de este recurso engañosamente solidario.

Hay dos baños con duchas eléctricas. Descargo las maletas en una habitación de arriba. Me forro con las calcetas más gruesas que traje, la ropa más abultada. El frío seco de Quito, que sustituye el calor agosteño habanero, empieza a colárseme hasta el engranaje de los huesos.

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Tras la restitución del requisito de visado se produjo un notable descenso en el flujo migratorio desde Cuba hacia Ecuador. En 2016, se reconoció la entrada de 26 mil 78 cubanos y, por otro lado, hubo casi 30 mil salidas; un comportamiento que no constaba en periodos anteriores. Durante los siguientes 12 meses, se registraron cuatro mil ingresos menos.

Entre 2008 y 2015, más de 229 mil personas llegaron a Ecuador procedentes de la isla. 2017 cerró con los cubanos en el puesto 14 entre los extranjeros recibidos en Ecuador. Solo un par de años antes Cuba era el quinto país en esa relación, según el control de entradas y salidas internacionales que publica el Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC).

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2015. Quiero emigrar a Ecuador. Por eso he trocado drásticamente mis rutinas, para arrojarme a una zona del mundo donde la altitud extingue más aprisa el oxígeno. Al segundo día me vinieron cefaleas, al tercero noté pequeñas tortas de sangre coagulada en la nariz. Ya he dejado currículos en diez lugares diferentes. Soy licenciado, sé un poco de inglés, digo. Sé quién es Coleridge e, incluso, Javier Vásconez. Y ni para cargar cajas en un almacén me han llamado. He ido o telefoneado buscando innumerables rentas que se anuncian en periódicos e Internet, pero luego, me dicen, ninguna está libre; eso cuando no declaran que nunca harían tratos alguien de mi nacionalidad. Ni a venezolanos, ni a colombianos.

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2018. Varios platillos distintivos, al contraerse la clientela cubana, fueron retirados del menú de La Flaca. Aunque todavía se conserven otros como el aporreado de pollo.

El éxodo desde la isla hacia Estados Unidos que llegó a tener como punto clave a Ecuador, se produjo sobre todo por temor al fin de la política Pies secos-Pies mojados, derogada en enero de 2017 por el gobierno saliente de Barack Obama.

Aumentaron las trabas aquí y allá, y los cubanos se enredaron —dice Ernesto.

Los números manifiestan que, a pesar de las nuevas regulaciones, no cesa la persecución cubana del «sueño americano». La oficina de Aduanas y Protección de Fronteras de EE. UU. reportó durante el año fiscal 2016 el ingreso de 41 mil 533 cubanos por su frontera sur. Una cifra sin paralelo antes o después de la crisis migratoria que lanzó desde 2015 varias oleadas de isleños a través de selvas de Sudamérica, Centroamérica y México.

El hermano de Ernesto fue de los que se aventuró porque le iba mal en Ecuador. Seis meses estuvo en Miami, pero allí tampoco logró prosperar. Así que volvió a Quito, donde se casó. Su esposa y él ahora esperan el nacimiento de un hijo.

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2015. Sin planteármelo, voy reuniendo las peripecias de otros cubanos en Quito.

Como las de Aida Domínguez, que vendió su casa en el barrio habanero de Luyanó. Aida decía que una persona con más de 50 y la piel oscura estaba perdida en Ecuador. Graduada de Sicología por la Universidad de La Habana, a tres meses de haber arribado aún no encontraba empleo. Durante la última cita en la que fue rechazada no pudo contenerse y le dijo al entrevistador que los ecuatorianos odiaban a los cubanos porque su preparación los superaba, que no era, francamente, más que envidia. El entrevistador le gritó: «Váyase de aquí, negra de mierda».

Aida pidió a los orishas protección, trabajo y salud, pidió por su esposo y su hijo, que también desandaban las arterias de Quito buscando ofertas laborales. Luego, vaciadas casi del todo sus arcas, desahuciados, sin hogar en La Habana hacia donde recular, la solución más piadosa que se les presentaba era gastar sus últimos ahorros en irse a Miami. Quemar las naves.

De emprender ese trayecto intentó persuadirme Ariel, un compañero de habitación con quien forjé una débil alianza en casa de Aldo porque me regaló algunas tabletas de ibuprofeno. Ariel, según Aldo, había estado antes en Quito; cuando le fue mal volvió a la provincia cubana de Mayabeque y allí estafó miles de dólares para regresarse a Ecuador. Esta vez se vinculó con un coyote que sacaba cubanos hacia México por seis mil dólares. Eran grupos que se organizaban en hostales como el de Aldo, fijaban una fecha de salida y a los 18 días, más o menos, hollaban suelo estadounidense.

Ariel no conocía ningún oficio en particular. Apenas había trabajado. Vivía a expensas de algún puesto temporal y de escamoteos, o inmiscuyéndose en negocios clandestinos. Así pudo acometer su primer viaje e invirtió en un carrito de hot dogs que al final le reportó muy pocas ganancias. En su regreso a Ecuador estuvo buscando prosélitos para llegar hasta la frontera sur estadounidense. Uno de sus compañeros fue Gabriel Díaz, la Loca, un joven que tampoco encontraba trabajo en Quito. Por tres razones lo discriminaban, decía: «Cubano, negro y gay».

En Roma, Italia, la Loca tenía una hermana que le enviaba dinero, y contaban con ella para que les costeara el viaje. Contaban con ella la Loca, Ariel y el gordo Robertico, otro que había fracasado vendiendo salchipapas (salchichas con papas fritas). El trío se fue con un coyote. La Loca escribía al email de la esposa de Aldo. Una noche la Loca contó que su hermana se había negado a pagar aquel viaje resbaladizo, pero que una llamada desde Colombia le hizo cambiar de parecer. La Loca estaba en medio de la selva, presuntamente rodeada de traficantes que iban a rajarle el cuello si no veían dinero pronto. La hermana envió unos mil 500 dólares. Al cabo de 72 horas, Ariel también llamó a un conocido con residencia en Ecuador suplicándole que contribuyera a su causa en nombre de una vieja amistad: serían dos mil dólares.

Alfredo Cervi había anticipado pagos a un cubano que lo trasladaría en vuelo directo hasta la Ciudad de México. Le pidieron, entretanto, permanecer en Quito y esperar indicaciones por teléfono. Solo le dieron el número de una intermediaria en Honduras que no hacía otra cosa que pedirle calma e insistir en que todo iba a salir perfecto. Y sin embargo desde el comienzo nada estaba saliendo perfecto: la estancia fugaz que le prometieron en Ecuador resultó tan ancha a fin de cuentas que decidió invertir en una visa 12-IX, de comercio. Si se trataba de una jugarreta, mejor probar reconstruirlo todo en la capital ecuatoriana. Pero no pudo evitar el desmedro de sus fondos.

Al menos cuatro veces por semana oía el gimoteo de su esposa y sus dos hijos del otro lado de la línea, en La Habana. El hecho de haberlos abandonado lo trizaba interiormente. De cualquier modo, se dijo a sí mismo que, pasara lo que pasara, retornar a Cuba no era una opción. Se marcharía un lunes con otro coyote.

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Avenida La Florida / Foto: Cortesía del autor

Avenida La Florida / Foto: Cortesía del autor

2015. Después de recorrer la Machala, voy a la zona de La Florida. Ahí me topo con Yaser, un viejo conocido que se instaló aquí en 2008. Yaser advierte que no me fíe ni de mi sombra en Ecuador. Su propio padrino de santo le robó por incauto. Lo llevó a una renta que valía 100 dólares si negociabas directamente con el dueño, pero el padrino, como intermediario, le cobraba 150.

Según Yaser, algunos cubanos de La Florida se dedican al narcotráfico. Cometen fraudes de toda índole, y resuelven sus diferencias a plomazos.

Durante años se vinculó el crecimiento poblacional cubano con un aumento de la criminalidad y la inseguridad ciudadana en Ecuador. Algo que el investigador Ahmed Correa desmintió en su tesis de maestría para Flacso. Correa probó que un ínfimo porcentaje de las denuncias contra extranjeros implicaban a cubanos. Y que predominaban, más bien, figuras delictivas asociadas con la situación de irregularidad migratoria (falsificación y utilización dolosa de documentos, suplantación de identidad, trata de personas, etc.).

Yaser, por ejemplo, falsificó un título de médico para asegurarse una residencia: los profesionales cubanos tenían este resquicio en Ecuador, luego de gastar una pequeña fortuna en legalizaciones, apostillar documentos en el consulado y registrarlos en Senescyt. Nunca pensó ejercer como doctor.

Yandira era una amiga suya que trabajó en un chongo1 y que se iría con él a los Estados Unidos. Yaser opina que las cubanas en Ecuador, detrás de la pública hostilidad, son codiciadas hasta por el serrano más árido.

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En el chongo, la palabra clave es «Vamos».

Sus amigos lo incitan. Mario Isidro Colomé (Mayito), un cubano de 59 años, entonces dice «Vamos» para que una colombiana, por la discreta suma de 20 dólares, lo tome de la mano, lo guíe hasta su habitación y ahí le ofrezca un pole dance privado.

Mayito / Foto: Cortesía del autor

Mayito / Foto: Yoe Suárez

Cada rincón del cuarto está equipado con instrumentos múltiples, un kit sexual —tal vez sado, tal vez onanista— que Mayito, un novicio en esos menesteres, desconoce. La colombiana no recurre a ellos. Extiende el brazo y alcanza una botella de cerveza. Con un movimiento ágil, la chapa salta por los aires. La colombiana no sorbe nada. La colombiana sigue bailando lento. Abre las piernas. Se lleva el pico de la botella a la vagina. Fluye espuma desde su sexo, como un Vesubio de carne blanda.

Es 2010, septiembre. Quito horneaba una crisis política que mediría a Rafael Correa. Habría manifestaciones, enfrentamientos, calles revueltas, neumáticos en llamas, violencia. Pero nada afectaba el curso lujurioso del chongo.

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2018. Luis Enrique Perdomo tiene 44 años. En noviembre de 2015 fue a Ecuador para reunirse con su esposa cubana, Gretel. Desmintiendo el pronóstico de algunos de sus íntimos, según el cual seguiría rumbo norte porque su vínculo conyugal no era determinante, se estableció en Quito. Y no se ha ido de Ecuador. Pudo haber partido él solo, reunirse con su madre y su hermano en Estados Unidos, y después reclamar a Gretel, pero le faltaron coraje y solvencia económica para emprender el viaje que le habían presagiado.

Vertientes, Camagüey, fue donde quedaron jirones de lo que fuera el circuito afectivo de Luis Enrique: los amigos, un perro, una casa y algunos familiares. En Quito, cuando recostaba la cabeza sobre la almohada, se le definía un mapa abierto clavado en el techo del cuarto, y pensaba en lo lejos que estaba de aquello que dejó.

Era una impresión muy triste y asfixiante, dice. Pronto pudo conciliar el sueño más rápido. Ecuador aplacaba la nostalgia con la inmediatez que exigía a los cubanos; un cambio radical en su forma de asimilar lo cotidiano. Luis Enrique, graduado de periodista en Cuba, redactó notas por tres dólares, hizo tesis de estudiantes y trabajó en una revista que nunca vio la luz. Su primer pago lo recibió por pintar paredes y raspar el suelo de un departamento. Luego lo aceptaron como profesor de Razonamiento Verbal en un instituto preuniversitario llamado CENEC. Viajaba hasta la escuela ocho horas o más subido a un bus, en constante zigzag por una carretera plagada de curvas y lomas que hacían habituales los accidentes de tránsito. Por impartir clases recibía unos viáticos concisos que solucionaban transporte, hospedaje y alimentación.

Gretel, licenciada en química farmacéutica, obtuvo un puesto en una empresa que vendía equipos de laboratorio, con un buen salario. Luis aportaba remuneraciones básicas, lo que podía. No legalizó su título de periodismo ni aplicó a la visa profesional, porque al ingresar en 2015 se estaba desatando la crisis migratoria. Con deportaciones y huidas de cubanos a raudales, todos los procesos se dificultaron por aquellos días.

El 29 de diciembre de 2015 le notificaron que habían negado su pedido de visa comercial. Fue un mazazo, dice. Intentaba avanzar con visa de turismo. Pero la de comercio garantizaba legalidad en Ecuador por medio año más. Debió así pasar por una serie de ocupaciones irregulares, escondido de la policía, hasta registrar su matrimonio y acogerse a través de su esposa a la visa de amparo que le ha valido hasta hoy.

Años atrás, la madre fue invitada a los Estados Unidos y, pensando en el futuro de su prole, no volvió a Cuba. Después se fue también el hermano. Luis Enrique solo tuvo entonces por fieles compañías un perro y la casa grande de Camagüey.

El que se va es como el que se muere —le había dicho una vez su hermano, antes de irse él mismo.

Luis Enrique demoró más, pero al fin partió. «Soy como un “niño grande” bitongo, y verme sin mi madre me chocó, aunque de algún modo eso me fortalecería, y con el tiempo logré salir».

Estando en Ecuador, dos pérdidas arremetieron contra él. La de su perro Muñeco, que atropelló un tractor en Vertientes. Después su padre falleció de leucemia, y Luis no pudo ir a verlo antes de que muriera. Las desdichas se agolparon todas cuando su esposa perdió el trabajo. Aunque no tardaron en llamarla para cubrir un puesto de su especialidad en la costa ecuatoriana, provincia de Manabí. Ella se marchó delante y Luis Enrique se le unió al rato.

Por la calle, lo saludan cariñosamente con el grito de «Cuba» o «Chico», y en la casa él y Gretel atizan viejas pasiones: comer congrí, beber café o escuchar emisoras de radio cubanas online.

Cinco años después de la separación pudo reencontrarse con su madre. Era marzo de 2018. Gretel lo acompañó. No se juntaron en Ecuador o en Estados Unidos, sino en Cuba. Fueron 15 días que se marcharon a velocidad astronómica; 15 días como una vara de incienso.

«Si Cuba no estuviese gobernada por un sistema tan ineficaz, paternalista y censor, nadie tendría que sufrir el exilio», dice Luis Enrique.

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Cuatro regiones dividen al Ecuador: Costa, Sierra, Oriente e Insular (que alcanza las islas Galápagos). Coca está en el Oriente o Amazonía. Su área urbana no llega a los 50 mil habitantes.

Orellana, El Coca, es una buena fuente de trabajo, comenta Aylin Suárez, de 27 años, quien vivió en el cantón Alausí, provincia de Chimborazo. (Un cantón equivale a un municipio cubano).

Aylin vino desde Melena del Sur, provincia de Mayabeque. Cuba la lanzó a la contienda migratoria, dice, por hacerla sentirse atenazada, bajo una dictadura que no le pagaba un salario digno, no la alimentaba decentemente, y no le otorgaba libertad de expresión.

«Queremos tener independencia. Por ella me separé de mi familia. De las personas que más amaba, con las que crecí», dice.

Obtuvo trabajo a solo 11 días de llegar. Con una visa de turista en su poder no era legal contratarla. Pero por seis meses un ingeniero se arriesgó. Un restaurante la tuvo de mesera un año. Fue además cocinera y camarera.

Trabajando conoció a su actual esposo, con quien tiene una niña. Por su hija ahora Aylin tiene visa de amparo.

«El Estado te da atención médica sin costo y, si no quieres esta, si por casualidad esta no es de tu agrado, o se demora, vas con un doctor privado y enseguida te atienden pagándoles. Lo que vale es la elección, y Ecuador, en ese y mil sentidos más, está mejor que Cuba», asegura.

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Decenas de miles de cubanos llegan últimamente a Chile, Uruguay o Brasil solicitando refugio. Son puertos en auge que suelen demandar un conjunto de trámites comunes en Consultoría Jurídica Internacional (CJI) y en las embajadas, que superan entre todos los mil dólares.

Por otro lado, el pasaporte ordinario cubano resulta probablemente el más caro del mundo (más de 100 dólares por seis años de vigencia, pero debe prorrogarse cada 24 meses por unos 20 dólares si el trámite se cumple dentro del país), sobre todo si se tiene en cuenta el deprimido salario medio en la isla. Al mismo tiempo, es uno de los más restringidos en su uso.

En el consulado cubano, los migrantes que permanecen en Ecuador deben pagar 100 dólares cada dos años por renovar el pasaporte.

Durante la crisis migratoria de 2015, Ecuador dejó de ser un sitio de asentamiento o de negocios (envío de mercancías destinadas al mercado negro en la isla), y se convirtió en un estratégico lugar de tránsito para aquellos cubanos que pretendían llegar a Estados Unidos eslabonando en su incierta travesía piezas como Colombia, Centroamérica y México. Además del inminente fin de la política norteamericana de «Pies secos-Pies mojados» y de la Ley de Ajuste Cubano, vigente desde 1966, aconteció una estampida de quienes ya se habían establecido en Ecuador debido a la progresiva reducción de posibilidades de inserción social.

Han germinado experiencias migratorias más favorables y mejores oportunidades para el comercio informal en otros países de Latinoamérica. Destinos como Panamá, México, Guyana o Surinam son habituales para los migrantes (circulares o no). Surinam, más próximo a Ecuador, ha servido ahora para conectar por tierra con Chile o Uruguay, que presentan políticas migratorias más abiertas. Este viaje, a través del gigante Brasil, ha llegado a costar más de dos mil dólares. El escritor cubano Daniel Zayas explica que una entrada regular por el aeropuerto de Montevideo acelera los trámites. A los 12 días de haber ingresado, él ya contaba con carné de salud y cédula temporal por dos años. Ahora espera la residencia permanente. Conseguir ciudadanía, menciona Zayas, supone poder viajar desembarazadamente a países europeos que ya ni siquiera le pedirían visa.

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2010. Reunirse con sus parientes en los Estados Unidos no era la idea de Mayito, sino comprar ropas y zapatos para revender en Cuba.

Tampoco quería abandonar a sus hijos. La mayor estudiaba en la universidad. El menor lo haría luego. Vivían juntos en Playa Baracoa, un pueblecito en los límites de La Habana. Mayito pensó que la actividad irreductible del comercio mejoraría la economía de su casa. Entretanto, colaboró con unos amigos que habían montado un restaurante en la capital ecuatoriana.

Así conoció otros cubanos que se vieron obligados a barrer la vía pública o los propios restaurantes como única forma de asegurar un almuerzo. Me sentí mal por ellos, dice Mayito. Cada tanto, tropezaba con armonías grises: 15 cubanos durmiendo en los parqueos de los edificios, colgando las pocas pertenencias en alguna mínima ranura.

Hacían una sola comida al día por ahorrar, dice Mayito. Él pasaría un par de semanas de compras. Un sobrino desde Miami le había ayudado a viajar con una buena talega. La desesperanza alrededor no llegó a infectarlo, y Mayito rechazó el bombardeo de propuestas para irse a los Estados Unidos.

Si bien no pasó verdaderos aprietos, hubo momentos en que Quito dio señales de que él no iba ser acogido de buena gana. Mayito caminaba una mañana frente a un mercado administrado por cubanos. Delante de él iba pasando un taxi. Alguien bajó teatralmente la ventanilla trasera. Era una señora ecuatoriana, bastante mayor. La señora lanzó con todas sus fuerzas una escupida de rencor que impactó el suelo a unos pasos de Mayito. El salivazo hervía en los poros de la acera, con desprecio.

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Los salarios de Cuba nunca cubrirían un turismo normal en el extranjero. Por ejemplo, solo el boleto a Ecuador desde La Habana fluctúa ente 400 y mil dólares (entre 13 y 33 veces un sueldo promedio en la isla).

En 2011 la administración de Raúl Castro reformó la Ley General de la Vivienda de 1998, y el Decreto 292 del Consejo de Ministros, que regulaban la compraventa de domicilios y de vehículos motorizados, respectivamente. La distención legal en esos temas permitiría a los cubanos vender sus propiedades y reunir el dinero necesario para emprender la emigración hacia países del sur, ya como destino final, ya como primera etapa en la ruta tradicional hacia el norte.

Agreguemos algunos matices de la política migratoria. Los cubanos estaban obligados a volver a territorio nacional antes 11 meses y 29 días de su salida para no perder su ciudadanía y todo derecho político, civil o social. Muchos quedaron atrapados en un limbo jurídico. Apenas en 2013 se amplió la estancia permisible en el exterior a 24 meses gracias a una reforma migratoria que alivió en general los trámites y requisitos para viajar al extranjero.

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2010. Quito, una urbe en las faldas del Pichincha, donde se alzan edificios para ricos y hamburgueserías para pobres. Reinan los aromas del pollo asado al carbón, las menestras, y unas fragancias dulzonas en los establecimientos. El trole es un bicho largo que atraviesa una vía exclusiva. Al viajar en él es aconsejable cubrirse los bolsillos de los pantalones, porque los ladrones acechan. Es un consejo que reciben los cubanos recién llegados.

Haciendo la conexión adecuada, los buses llevan a los Ipiales, populares mercados tipo bazar que atraían a la mayoría de los cubanos por sus precios y su abigarrada plenitud. Desde las puertas se escuchan propuestas de laptops, máquinas de pelar y rasurar, taladros, Iphone y Samsung Galaxy, platos de arroz congrí y pollo frito. Los vendedores ecuatorianos o colombianos usan como señuelo expresiones cubanas: «¡Asere, cómprame esto!» Maniquíes mutilados visten camisetas, ternos, abrigos, medias, corbatas, marcas famosas escritas bajo lentejuelas, jeans con bordados rufianescos, calzado deportivo. He aquí el sanctasanctórum de los revendedores.

Mayito empaqueta sus compras y lo secunda un amigo de carácter explosivo. Ambos ven pasar a un cubano que huye porque fue sorprendido robando. Los trabajadores del mercado, tras capturarlo, lo insultan y lo vapulean. Cubano ladrón, chupavergas, dicen. Y le dan patadas en el piso. Pero ni por un rapto de patriotismo, Mayito o su compañero se entrometen. La distancia es como un oasis moral.

Luego se alejan más, hacia el cajero. Pagan con fajos de dólares y se retiran confiados; sin embargo, a la salida, el ecuatoriano de la caja los intercepta. Dice que no pueden irse porque no han dado ni un centavo por la mercancía. Ellos rebaten, pero el ecuatoriano se mantiene en sus trece. Su amigo empieza a bullir; Mayito intercede para que el malentendido o el embuste no pase de un ligero follón de tres actores.

Podría decirse que el amigo es temerario, no le importa caer preso aquí ni allá, lo opuesto de Mayito que, sobre todo, debe velar por su familia. En un rato, como demuestran fuerza de convicción, el vendedor finaliza el pleito disculpándose con ellos.

Al abandonar los Ipiales, el tráfico está detenido, las calles congestionadas, la gente corriendo de un lado a otro. Era la agitación política que vivía Quito por entonces. Mayito y el amigo toman un taxi hasta el centro de la ciudad, y allí devoran sendas manzanas dulces, hasta el corazón, sin que nadie los moleste. Sin que nadie los acuse de pecar. Hasta el corazón.

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Ahmed Correa, licenciado en Derecho y Máster en Ciencias Sociales, describe la población cubana en Ecuador como preponderantemente masculina; más personas de piel blanca o mestiza que negros. También le atribuye una alta escolaridad; ha constatado que muchos de los que iban por motivos de comercio habían terminado el nivel superior. Esta afirmación la corrobora el Registro Estadístico de Entradas y Salidas Internacionales, el cual asienta que la mayoría estaban clasificados como profesionales, científicos e intelectuales (según parámetros de la OIT). En 2016, por ejemplo, fueron 11 mil 218 ingresos correspondientes a este grupo, casi el triple de los tres mil 916 del segundo más numeroso («personal de apoyo administrativo»).

En su investigación, Ahmed Correa concluyó que la creciente presencia de cubanos en el barrio La Florida se debió, en primer lugar, a su contigüidad con el viejo aeropuerto; por tanto, a las facilidades implícitas para el comercio. Su ubicación optimizaba el traslado de personas y mercancías desde Quito a La Habana, y viceversa.

Que los negocios y el ambiente se diferenciaran allí pudo deberse a un reforzamiento de la identidad que era, a la vez, una estrategia de contestación en un contexto discriminatorio. En Quito pasaría algo semejante a lo de Miami: según el criterio estigmatizador por el que los cubanos en Estados Unidos dicen «Yo no soy balsero», aquí repetirían «Yo no soy de La Florida».

«No miro la diferencia del sujeto individual, sino la percepción social que empieza a organizarse con la llegada de una comunidad. No sé de qué modo se puede medir la moral de 12 mil personas que no sea generalizando a partir de unos pocos», dice Ahmed Correa.

Ecuador es el país con mayor cantidad de refugiados de Latinoamérica. El informe Tendencias Globales de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) señala 60 mil 524 personas con ese estatus dentro de las fronteras ecuatorianas.

No obstante, para Ahmed Correa, Quito aparenta ser progresista, pero en la práctica es conservadora y profundamente católica, a menudo clasista y racista. Esto pudo comprobarse con la hostilidad mediática desplegada por el diario El Comercio, a cuya sección de Seguridad se le encomendaban las noticias sobre cubanos, lo cual resulta sintomático.

Ahmed Correa acompañó a varias familias y personas individuales deportadas tras las concentraciones del parque El Arbolito.

Un grupo de cubanos había acampado pacíficamente frente a la embajada de México solicitando visas humanitarias. La policía los desplazó. Se trasladaron entonces al parque verde de La Carolina. Los responsables tramitaron un permiso de estancia en aquel lugar. El alcalde de Quito, Mauricio Rodas, los movió a El Arbolito, un sitio de protestas históricas. En la madrugada del 6 de julio de 2016, la policía emprendió un operativo con perros, drones y fuerzas antimotines, sin importar que hubiera allí ancianos, mujeres embarazadas y niños menores de un año. Fueron encerrados en la Unidad de Flagrancia unos 160 detenidos a quienes les incautaron sus bienes, títulos de estudios, cartas de familiares, juguetes infantiles, medicamentos y tiendas de campaña.

Junto a unos colegas, Ahmed Correa trasladó un camión al departamento policial para recuperar esas pertenencias. Sin embargo, el guardia de la entrada, tan pronto como oyó su acento, dijo que los cubanos no podían pasar a las oficinas. Una postura que no varió hasta que intervinieron sus superiores.

Organizaciones ecuatorianas de Derechos Humanos, como INRED o CEDHU, actuaron también en favor de los cubanos, aunque finalmente serían deportados 121 migrantes. Entre ellos, había algunos con sentencia de no deportación, sin sentencias notificadas, o con estatus de refugiados. Ahmed Correa recuerda una pareja que fue deportada mientras su hija de 12 años se quedaba solo con su abuela en Quito. Deportaron igualmente a un padre y su hijo; la madre de este, una mujer de 50 años, fue hasta el edificio Carrión y pidió a gritos también su destierro, como pidiendo un acto misericordioso.

El Carrión, a partir de 2013, funcionó con las mismas pautas del Hotel Hernán, que fue anteriormente cerrado, por acciones de la Defensoría del Pueblo y varias ONGs: se conoció una demanda de hábeas corpus a favor de 17 extranjeros detenidos en este centro sin una orden judicial. Una nota de El Comercio contaba que el perímetro del Carrión estaba cercado con mallas eléctricas, las ventanas con rejas, y la puerta principal era un solemne cuadro de hierro macizo. Según las denuncias, el término «hotel» era en realidad un eufemismo de prisión para personas con «irregularidad migratoria».

***

2010. Un ecuatoriano, entrado en años, porte muy correcto, lentes, portafolios y un bulto de papeles. Nadie dudó de que un personaje con estas señas fuera abogado. Nadie entre más de 20 hombres ansiosos por firmar papeles que les facilitaran la residencia. El abogado era presentado por otros cubanos, y la cadena iba expandiéndose. Todos esperaban que, con sus mañas, el experto les compusiera un matrimonio.

Todos, incluido Mayito. El trámite es sencillo, le dijeron los cubanos, recomendándole instantáneamente al legista que, ahora, por casarlo con una mujer ecuatoriana que él no sabía si estaba viva o muerta, le pedía un adelanto.

¿Qué hay que dar? —dijo Mayito.

Dinero. Aquí en Ecuador debes tener dinero, nada más —dijeron los cubanos.

Sí, pero cuánto.

500 de entrada.

El hombre de porte correcto se arrimaba a sus clientes. Miren, yo los voy a asesorar, decía, y nadie dudaba. Puedo casarlos a ustedes, que es la residencia por el camino corto, un atajo, decía, y nadie dudaba.

Después pidió el segundo pago, con los papeles ya en regla y entregados. Hasta un grupo que al inicio estuvo reticente cambiaría de actitud, con presteza. Ustedes tendrán su cédula, prometió el abogado al marcharse. ¿Y no nos presentarán a nuestras mujeres?, preguntó Mayito. Los demás se encogieron de hombros.

A los ocho días volvió el abogado y entregó a todos las cédulas con foto de sus remotas esposas. Mayito tomó entusiasmado el documento; la mujer enmarcada allí lo miraba insulsa, sin rastro de júbilo, pero tampoco signos de antagonismo.

Mayito regresó durante unos días a Cuba. Entre calzado, lycras, pulóveres y calzoncillos que revende, muestra la cédula y su alegría a todo el vecindario. Su residencia ecuatoriana parecía a la vuelta de la esquina. Llegó a decir bromeando que era un hombre felizmente casado y, con esta certeza en el zurrón del alma y los parabienes de sus vecinos, compró pasaje y se dirigió nuevamente al Ministerio de Relaciones Exteriores de Quito.

Una funcionaria recibe los papeles. Mayito se frota las manos. La señora ojea, quieta, y así de quieta le pide que acerque el oído. «Piérdete, porque estás preso», le dice.

Nada responde Mayito, el piso se le raja y aprieta el paso hacia donde está su amigo en el salón. Trasmite lo que interpretó: «La mujer me dijo que todo esto era falso». Y corren. El amigo explosivo, conocedor de trances semejantes, guía a Mayito vertiginosamente entre los callejones. Corren hasta perderse, volteando la mirada cada tanto para comprobar si los persiguen. Y no. Mayito tira la cédula en el primer recodo. Es la mañana de un jueves y tiene un solo propósito: partir hacia Cuba como un relámpago.

Hay, sin embargo, una situación en su contra. Según las fechas del boleto, le quedan aún 10 días en Ecuador. Pero no espera más y va hasta la agencia, que está cerrada. Mayito, sin paz alguna, regresa a la mañana siguiente. Teme que lo envíen a prisión y quiere cambiar el pasaje cuanto antes. Una cárcel en Ecuador, tan lejos de sus hijos, no la aguantaría, piensa. El comentario es que muchos cubanos allá dentro terminan ahorcándose.

La joven de Copa Airlines explica que debido a la crisis política sería difícil ayudarle. Mayito le ruega que busque con más paciencia un hueco en algún vuelo, no importa dónde viaje, solo importa cuándo. El miedo es tóxico. El rostro bonachón y circular de Mayito es una pantalla que proyecta todo su abatimiento. «Tengo problemas graves en Cuba, necesito irme con urgencia», dice. La joven, suavizando la mirada, le pide que tome asiento y espere otro poco, o más que un poco. Quizás haya una posibilidad en el transcurso del día.

Hasta el sábado temprano no ocurre la posibilidad. Mayito cambia el vuelo pagando la diferencia. Son cientos de dólares más.

Su aventura ecuatoriana se tragó casi cinco mil en total; dinero que su familia en Estados Unidos eventualmente transfería en partidas de 400 dólares. Saldría el avión a la una de la tarde. Mayito se fue al aeropuerto sin probar bocado. Para entonces solo quería almacenar en su memoria las horas de chongo. Cuando Ecuador era un hallazgo efusivo, justo lo que era antes de ser, propiamente, Ecuador.

***

2015. Quería emigrar a Ecuador. Pero se han ido acumulando las jornadas y los esfuerzos inútiles. He empezado a sentir una carga invisible sobre mis hombros. Vacío, depresión. Bajo la ducha pienso de nuevo en el hecho evidente de que, por primera vez, estoy fuera de Cuba. Sin embargo, no me atraviesa ningún sentimiento de pródiga liberación; en mi pecho no salta la rumba que yo esperaba. Pienso, por primera vez, en regresar.

***

Junio de 2018. Una cubana con el pellejo pegado a los huesos, no muy lejos del restaurante de Anaiyuris «la Flaca», hurga en los contenedores de basura.

No ofrece la mano porque cree que será rechazada. No alza la vista y elude los ojos de su interlocutor. Siente vergüenza.

Me robaron. Vaciaron el departamento que yo pagaba. Se llevaron hasta mis documentos. No tengo nada —dice.

Pero sigue cuerda.

Explica que un pasaporte cubano se vende en el mercado negro por dos mil dólares. Víctima quizá de la desesperación por llegar a los Estados Unidos, la mujer fue trabajadora de la plaza Foch, un eje de discotecas y bares quiteños. Habiendo perdido sus papeles, no la quisieron recontratar y enseguida se quedó sin dinero para la renta. Se fue a dormir a la calle, en el zaguán frente al viejo aeropuerto. Allí se arropa con las mantas que le donan, y que cualquiera le robará al menor descuido.

Dice tener 38 años y luce mayor de 50. «Doy pena», dice. No quiere que nadie sepa su nombre o de qué lugar de Cuba proviene. No quiere que sus conocidos se enteren de su situación.

También perdió la custodia de sus hijos. Dos niños entre dos y cuatro años que ahora están bajo la tutela del Ministerio de Inclusión Social. A pocos días de tener su primer bebé, una señora del barrio le dio un cuarto para compartir con su pareja. El niño nació y, a costa de oficios efímeros, lo alimentaban. Una llamada anónima denunció las condiciones en que subsistían. Las autoridades irrumpieron para hacerse cargo en lo adelante del menor. Y a su segunda hija, gestada en plena calle, se la arrebataron después de nacer en un hospital público. La mujer dice que la trasladaron a la misma guardería donde está su hermano. En Carcelén. A veces puede ver a los niños. El padre, que frecuentemente pierde los estribos, no ha hecho más fácil la relación con los funcionarios.

La cubana y su pareja prefieren estar en el anonimato / Foto: Cortesía del autor

La cubana y su pareja prefieren estar en el anonimato / Foto: Cortesía del autor

Él es otro cubano que prefiere ocultar su identidad. Habita la calle y, como su mujer, bucea en los basureros. El principal proveedor de la pareja era el Supermaxi —cadena de supermercados— de La Florida; allí hurtaban alimentos o artículos de aseo hasta que los administradores encontraron la forma de impedirles la entrada.

Entre una cosa y otra, conversan y se dan ánimos. Si consiguen algo para comer, lo comparten. Juntos duermen en la calle. Juntos se echan encima los trapos y aguantan el frío de la noche. Con frecuencia se pelean.

Cubriéndose los rostros, abrazados con fuerza, aceptan que les tomen unas fotos.

Anaiyuris es un respaldo que esta mujer enjuta agradece. En la cocina del Aché, adornado con imágenes paisajísticas del campo patrio, la Flaca siempre le guarda un plato de comida. Gratis y caliente.

«Aché», palabra afrocubana, tiene un significado abstruso, pero se la puede emparejar con la «bienaventuranza».

 

1 Nombre que reciben los burdeles en el centro de Quito