El cubano Yulieski Gurriel, de los Astros de Houston, está teniendo en 2018 su mejor temporada en Grandes Ligas.

Yulieski Gurriel (Astros de Houston)/ Foto: Internet.

Yulieski Gurriel ha incrementado 3.8 por ciento su Launch Angle en 2019. Estas son las métricas ocultas que demuestran por qué Gurriel necesitó 47 encuentros menos para destruir su récord personal de jonrones durante una temporada de Grandes Ligas, que era de 18 en 139 partidos de 2017. Más importante aun que su talento bruto, sin embargo, son los cambios que ha implementado el infielder de los Astros de Houston desde que llegó a las Mayores.

La adaptación y el entendimiento son las máximas constantes del béisbol en tiempos modernos, algo comprensible cuando alcanzas un nivel de excelencia que ni siquiera Gurriel era consciente de que poseía. Llegado cierto punto, la dinámica del cambio te destruye o te libera.

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A lo largo de la historia en las Mayores ha habido múltiples cambios en el juego, épocas de transformaciones sustanciales. Esta era del béisbol moderno ha desarrollado tres corrientes fundamentales:

1) Launch Angle (Ángulo de salida)

2) Shifts (Formaciones especiales)

3) Bullpening (Bullpenización del béisbol).

Cada una de ellas ha aportado elementos desconocidos, pero también ha dejado insatisfacciones a mentes tradicionalistas que no se adaptan a la naturaleza del cambio.

La optimización del Launch Angle se basa en la ideología de que es preferible batear cada vez más elevados y evitar rollings en la medida de lo posible. La analítica y los sabermétricos –esto se dice en MoneyBall, de Michael Lewis– reproducen la necesidad de batear más elevados. Buscan el extrabase, la disminución del doble play. Los contactos por el suelo desaceleran la velocidad de la pelota, y en el aire pervive siempre más.

Cada contacto posee un ángulo de salida. Si este tiene entre cero y diez grados será un golpeo contra el suelo; entre diez y 20, un batazo de línea; y entre 30 y 40 tendríamos un elevado. Esta especie de uppercut en el swing, la inclinación dentro del home plate, más elección de pitcheos en la zona alta que en la baja, y el cambio de contacto desde «el centro de la pelota» a «debajo del centro», se han convertido en la rutina y la actitud típica del bateador de MLB

En mayo último se conectaron 1 135 jonrones, récord histórico de las Mayores. La marca anterior databa de agosto de 2017, con 1 119. La mayoría de los bateadores ha aumentado en casi diez grados la elevación del swing, y a estas alturas de la temporada ya tenemos 4 017 pelotas despachadas, una cifra que promete superar en más de 500 jonrones el record de 6 105 vuelacercas de 2017.

En 2016, en medio de este panorama, Yulieski Gurriel arribó a las Grandes Ligas con 32 años, sin imaginar a qué se enfrentaba. Se mudó de país, cambió de cultura e inició, con peinados y venta de pullovers, su marca distintiva, llamada La Piña. También abrió una cuenta de Twitter, ganó la Serie Mundial, y muchos cubanos lo siguieron odiando y criticando por su apellido. No obstante, cuando Gurriel se para en home cualquier día de Grandes Ligas, nada de esto le afecta. Ahí se trata solo de él y del juego, fuera de todas las cosas.

Gurriel lidió con el ascenso del futuro calibre MVP, el tunero Yordan Álvarez, y regresó además a su amada tercera base (41 juegos), aprovechando la lesión de Carlos Correa y el movimiento al campo corto de Alex Bregman, antesalista titular de Houston. Por último, le sacó jugo al paseo de su equipo durante las últimas semanas por varios parques bateadores, como lo son Texas y Colorado.

El porcentaje de Launch Angle entre 2016 y 2018 ascendió de 9.5 a 11.5. En 2019, se asentó en 15.3. Si la costumbre es realizar el ajuste, Gurriel puede hacerlo. Entre el 23 de junio y el 22 de julio ha conectado más cuadrangulares que en todo 2018, cuando conectó 13, y apenas cuatro menos que su registro de 18 en 2017. Nueve de esos 14 jonrones los disparó con su equipo debajo o empatado en el marcador.

El 23 de junio, cuando comenzó a reencontrarse con su imagen, bateaba .261, con .295 de OBP, y solo acumulaba cinco vuelacercas. Ahí inició uno de los meses más calientes de un bateador cubano en la historia de las Grandes Ligas.

En 29 días surrealistas, el número 10 de Houston se agenció varios récords y cifras curiosas, ya sea para peloteros cubanos o para la franquicia de los Astros:

-Superó a Tany Pérez (único cubano en el Hall of Fame de Cooperstown junto a Cristóbal Torriente y José de la Caridad Méndez) con 60 bases recorridas en 15 juegos.

-Con 11 jonrones en julio acaba de empatar a Jeff Bagwell (1994) como los peloteros de los Astros que más vuelacercas han pegado en este mes.

-Desde 2001, es el primer bateador de los Astros (Jeff Bagwell y Vinny Castilla) en impulsar al menos 26 carreras en julio.

-Es el primer jugador de los Astros con walk-off hits en días consecutivos desde Geoff Blum el 10 y 11 de junio de 2009.

-Empató el récord de cinco jonrones en días consecutivos en Minute Maid Park, que databa de 2006 a cargo del antesalista Morgan Ensberg.

-Desde 2006, es el primer bateador de los Astros con ocho cuadrangulares en 10 partidos.

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El retiro es la muerte del deportista. Los nuevos tiempos en las Grandes Ligas no son otros que los tiempos de la era moderna. La velocidad que acelera el recambio de generaciones. En 1878, el 96 por ciento de los juegos los completaba el mismo abridor. En 2018, el abridor completa el uno por ciento. Pasamos de 2.31 ponches por partido en 1898, a 8.48 el año pasado, y más de 1400 de esos ponches últimos se realizaron con lanzamientos de más de 100 millas.

Atravesamos los tiempos de los no-robos de bases, el no-toque de bola, el aumento de ponches y de jonrones, las formaciones especiales donde cuatro defensores se ubican en un lateral del campo, y los innumerables lanzadores dinamizados de bullpen, que lanzan fuego para home. La unión de todos estos factores podía predecir el posible final de Gurriel, esencialmente un bateador de líneas. En 2018, por demás, las Grandes Ligas experimentaron su primera temporada de más ponches (41.207) que hits (41.020).

En un escenario convencional, Gurriel debió haber bateado .250 en 2019, haber pegado acaso unos diez jonrones, y haber acumulado un débil average de embasamiento sobre los .305. Debió haber sido la pieza de transición hacia los talentos futuros, sobreviviendo a sus 35 años a la sombra del portentoso Yordan Álvarez, relegado a un puesto de rol de banca. Números que en cualquier caso indicaran el declive lógico de una carrera prodigiosa. Sin embargo, no existen lados frágiles en algo que ya adquirió toda la fortaleza. Gurriel sigue lleno de recursos que confirman la calidad de un beisbolista de época. No tiene límites. Él es el límite en sí mismo.