Una cerca en Miami con recordatorios a personas muertas

Tumba de JM, Wynwood. / Foto: Legna Rodríguez

Yo tenía quince cuando oí por primera vez El amor después del amor, aquel álbum precioso de Fito Páez, de los noventa. Era el año cero, el año 2000. Estaba a punto de cumplir dieciséis, pero como nací en diciembre nunca tengo mi propia edad hasta que no se termina el año. Iba caminando sola por la Avenida de los Mártires en Camagüey, con unos tenis Reebok viejos y medio rotos que me quedaban grandes, que me llevó mi abuelo de regalo desde Miami, y nunca le he preguntado de dónde los sacó. Igual me gustaron cantidad y me los puse así mismo, grandes, con medias largas, falda larga, pulóver largo, pelo largo y lágrimas negras como los Reebok. Sufríamos tanto en el año cero.

Parecía lo mismo una adolescente pentecostal que una rockera adolescente. En Cuba se le dice rockero a cualquiera que le guste el rock, tenga el pelo largo y salga a la calle todos los días vestido de negro o, también, con prendas largas. Como nadie te conoce lo suficiente como para saber cuáles son tus gustos musicales, tener el pelo largo y vestirse de negro o, también, con prendas largas, basta para que digan que por ahí va un rockero empedernido. Se sabe que el clima en Cuba no baja de los treinta grados Celsius, así que vestirse con prendas largas y andar con el pelo suelto es como ser una sauna ambulante.

La chica-sauna que era yo se tropezó con un chico-sauna en la Avenida de los Mártires. El chico-sauna le recitó pedazos completos de la película El lado oscuro del corazón sin que la chica-sauna supiera que se trataba de una película, así que la chica-sauna le respondió que ella sí sabía volar, claro que sabía. El chico-sauna vivía al cruzar la calle, en un edificio destartalado que hacía esquina. Su cuarto era una barbacoa llena de pósters de rockeros famosos y no tan famosos, con un cordel a modo de tendedera que atravesaba el cuartucho en diagonal y del que colgaban fotografías en blanco y negro donde se veía al chico-sauna desnudo o besándose con una ex novia o gritando en un concierto o dormido en una escalinata.

En Cuba se le dice barbacoa a la división horizontal que se hace en un espacio para duplicarlo, aprovecharlo y habitarlo, a falta de otra vivienda. El chico-sauna habitaba la barbacoa en sí, una estructura que se tambaleaba y que se extendía a lo largo de dos metros cuadrados. Abajo, en el piso real de dos metros cuadrados, vivía su madre vieja.

La chica-sauna y el chico-sauna —que se llamaba Alexis (alias Pepino) y que era famoso por seducir a muchachas de apariencia adolescente pentecostal— fueron novios durante algunos meses. Durante ese tiempo, lo mejor que pudo pasarle a la chica-sauna que era yo fue oír a Fito Páez. Sucedieron muchas cosas importantes, como afeitarme los genitales, hacer el amor en la vía del tren lechero mientras el tren se acercaba, ir en el caballo de una bicicleta BMX desde el centro hasta La Yaba (un reparto en las afueras de la ciudad) para comer arroz con jicotea en la casa del papá de Pepino, creer que mi novio tenía VIH porque mi mamá inventó que Alexis aparecía en la lista de los enfermos de SIDA de Camagüey para que nos separáramos y, por supuesto, caerme de una barbacoa. Pero oír a Fito Páez fue sin dudas insuperable.

Diecinueve años después me sigo sabiendo de memoria todas las canciones de Fito Páez, sobre todo los doce temas de El amor después del amor. Estoy en Miami y no conozco a nadie que escuche a Fito Páez, con excepción de mis amigas Gretten Bárzaga y Yeini Morales, Anahíz Martínez y Dayana Acosta. Oigo a Fito Páez en los autobuses, en el metro de Miami, en bicicleta, a pie. Atravieso calles, condominios, zonas de moteles, plazas comerciales y cementerios oyendo a Fito Páez.

Por primera vez en mi vida tropiezo con una tumba a mitad de la vereda por donde voy caminando y eso se convierte en un acontecimiento, un asombro, una incomprensión, una presencia, un derrumbe, algo más insuperable que cualquier canción de Fito Páez. No entiendo qué significa lo que canta Fito Páez. No entiendo qué significa la muerte.

Vuelvo a tropezarme con otra tumba en otra vereda. Lugares comunes y corrientes, pasos peatonales, esquinas, intersecciones. Me pregunto qué persona (la mayoría son varones, la mayoría son jóvenes) estará enterrada ahí. Es una pregunta ingenua en un cerebro ignorante. Se trata de un símbolo, de una tumba simbólica vacía para señalar que allí y no allá tuvo lugar un suceso extraordinario, como decía mi maestra Alicia Flores en tercer y cuarto grado. Me pregunto si hubo chance de ceremonia o velorio.

Al velorio de Jam Manuel me llevó mi mamá de la mano. Dejó de ser mi mejor amigo porque en algún momento se cambió de escuela. Jam Manuel era hemofílico, recuerdo que se ausentaba del aula todos los meses. La maestra nos decía que estaba en el hospital, nos preguntaba si íbamos a enviarle o no saludos. No me acuerdo si le envié saludos pero debí haberle enviado mucho más que eso. Jam Manuel era mi amigo, mi novio y mi hermano. A la edad de cinco años el concepto de mejor amigo incluye varios conceptos. Su muerte ocurrió cuando teníamos doce. Jam Manuel vivía en La Yaba (un reparto en las afueras de la ciudad). La maestra se llamaba Irma Duarte, me parece.

Hay una tumba específica que no deja de sorprenderme. Está ubicada en una de las calles más transitadas del Distrito de Diseño en Miami. El vecindario se llama Wynwood y la calle es la 28, entre la Primera y la Segunda Avenida del Noroeste. Los turistas, los trabajadores locales, los drogadictos, los ancianos, los niños, los perros y los gatos, los reptiles y los roedores, pasan frente a la tumba como si el altar formara parte orgánica del paisaje, como si nunca fuera a desaparecer.

Diez pasos más adelante justo en la Segunda Avenida se encuentra Bakan, un bar-restaurante que en su descripción advierte: ambiente divertido, animado y cálido para disfrutar de una verdadera experiencia mexicana, desde una cocina abierta que permite a los huéspedes presenciar el arte de la fabricación artesanal de tortillas hasta la vitrina de cuatro niveles llena de más de 500 mezcales y tequilas. En la acera del frente, justo en la Segunda Avenida, se encuentra R House, un bar-restaurante que en su descripción advierte: destino vibrante y moderno, cocteles de infusión y galería de arte. Es uno de los restaurantes pioneros que puso a Wynwood en el mapa como destino nacional. Lanzado por el chef/propietario ejecutivo Rocco Carulli, y su director de operaciones/esposo Owen Bale, en enero de 2014, como un lugar para disfrutar de la comida, el arte y la música, todo bajo un mismo techo.

Siempre me da miedo que el nombre de la lápida me sea conocido. No me es conocido pero igual me sigue dando miedo un rato después de leerlo y de darme cuenta de que no lo conozco. Jeffrey Martin (21 de diciembre de 1986- 7 de noviembre de 2016). Fecha de entierro: 10 de noviembre de 2016. Cortesía de: Flagler Memorial Park. Murió con la misma edad que tenía yo cuando vine a Miami por segunda vez y decidí quedarme a vivir aquí.

Su tumba en la vereda es como todas las tumbas de la vereda. Tiene dos búcaros de flores a los lados y en el centro una lápida con la inscripción mencionada: nombre y fechas de nacimiento y muerte. Incluso el tema de las tumbas puede llegar a ser un cliché. Algo privilegia a Jeffrey Martin, un detalle que acomoda el paisaje de su túmulo, enriqueciéndolo: la cerca de malla metálica.

Colocados en la malla hay osos de peluche y un peluche que no es un oso sino más bien un conejo. De hecho, la lápida o su sinónimo, ha sido puesta en la malla metálica equidistante de los dos búcaros, sostenida por otro oso, el tercero. Más arriba cuelgan otros dos peluches, con sombreritos y adornos. En cada búcaro dos puchas de flores.

Busco en Google a Flagler Memorial Park y me encuentro un sitio web de búsqueda de fallecidos. Debo insertar nombre y apellidos, fecha de nacimiento y siguientes fechas, lugar de nacimiento y siguientes lugares. La mayor cantidad de datos posibles. No se me ocurre insertar ningún dato. No tengo ningún fallecido.

Empiezo a insertar el nombre de mi mejor amigo hemofílico y cuando pongo Camagüey en el lugar de nacimiento la laptop se apaga sin haber guardado los cambios efectuados en el documento. No habrá párrafos escritos cuando vuelva a encenderla. Será otro tipo de muerte. La muerte de una historia que hubiera sido hermosa. La historia de la muerte sin privacidad en Miami. Se me ha ido de la mente el nombre de las flores. Lo tenía en la punta de la lengua.

Alguien me dijo que Alexis (alias Pepino) había venido en lancha para Miami, y que tenía dos hijos, una hembra y un varón. Lo de los hijos, en realidad, lo sé por mí misma. Antes de venir me lo crucé en la calle y me lo dijo, muy orgulloso. Que le había nacido una hembra, Melody. Que le había nacido un varón, Lennon. Pero que los niños eran de distintas madres. Mi pequeño chico-sauna, embaucador y promiscuo, no era adicto solamente a Fito Páez. Su principal adicción se llamaba (o se llama) The Beatles.

Flagler Memorial Park tiene, también, un Memorial Plan. Su asistencia va dirigida al aseguramiento de un descanso en óptimas condiciones. En Memorial Plan saben que perder a alguien es una de las experiencias más difíciles de la vida. Por eso es tan importante para Memorial Plan que sus clientes lo sientan como una extensión de su propia familia. El increíble equipo de profesionales y expertos en planificación previa en el área de Miami tiene muchos años de experiencia y a medida que confortan a las familias en tiempos de pérdida, trabajan incansablemente para garantizar que todos sean tratados con compasión y respeto. Históricamente arraigado en la comunidad de Miami y sirviendo orgullosamente a personas de todas las religiones y nacionalidades, Memorial Plan es conocido por la paz y la serenidad de sus instalaciones y la dignidad de sus servicios, que ayudan a las familias a honrar a sus seres queridos según sus tradiciones.

Las casas funerarias y los cementerios de Memorial Plan brindan a las familias el apoyo que necesitan después de la muerte de un ser querido, y orientan a aquellos que desean establecer un plan antes de tiempo. Sirviendo al condado de Miami-Dade y a toda el área sur de la Florida por más de cien años, se ha comprometido a honrar los recuerdos y brindar a las familias la atención y la comodidad que necesitan.

Cuando alguien elige una de las tantas ubicaciones de Memorial Plan, recibe no solo la atención compasiva que espera, sino el valor que merece de un líder confiable en la profesión.

Pienso en Jeffrey Martin oyendo a Fito Páez en una barbacoa. Su novia acaba de llegar y él apaga la música rápido. Quiere darle una sorpresa. Ha comprado unos burritos en Bakan, el bar-restaurante mexicano que le recomendaron el otro día. Lo tiene todo dispuesto para cantarle a su novia una canción de amor. Se la canta y la novia llora porque todas las canciones de amor son canciones dramáticas, tristes. La felicidad que hay en una canción de amor pasa por el túnel de la tristeza. En realidad, Jeffrey Martin y su novia no son novios sino amigos. Es una relación difícil y los burritos no ayudan. Todo ese picante.

Afuera llueve. Dicen que la tormenta se quiere convertir en huracán. Le han puesto a la tormenta un nombre literario. Dorian, me parece. Las noticias dicen: Otra tormenta amenazadora está en camino de golpear el Caribe, incluido Puerto Rico, una isla que todavía está lidiando con la devastación del huracán María. La tormenta tropical Dorian se ha intensificado en el Océano Atlántico, azotando con vientos de 60 mph el lunes mientras giraba al oeste, hacia varias islas del Caribe. Más tarde en el día se emitió una alerta de tormenta tropical para Puerto Rico. Una vigilancia de tormenta tropical significa que las condiciones de tormenta tropical son posibles dentro de las 48 horas.

La novia de Jeffrey Martin trae puestos unos tenis Reebok viejos y medio rotos que le quedan grandes. Igual le gustan cantidad y los usa combinándolos con medias largas, falda larga, pulóver largo, pelo largo y lágrimas negras. Jeffrey Martin le dice que las lágrimas negras son a causa del rímel. Las ráfagas de lluvia contra la malla metálica de la ventana no dejan a Jeffrey Martin cantar.