Imagen tomada de Claridad.

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Por supuesto, lo que vino después. La muerte del sentido común.

Hay una manera errónea y una manera justa de exigir reparaciones. La manera que creo justa la he expuesto en varios artículos recientes: sería el equivalente de un Acuerdo de Luxemburgo que lleve transporte moderno, escuelas, centros de arte, conservatorios, parques, negocios e industrias a los guetos.

Esa sería, a mi modo de ver, la manera eficaz de contrarrestar la nefasta influencia de la cultura gangsta denunciada por Bill Cosby, Larry Elder y Candace Owen, entre otros. Sería la manera de relanzar la cultura negra más allá de la etiqueta del Welfare. Sin contar con que una reparación justa y generosa impediría que el blanco, en lo sucesivo, se entrometa en el desarrollo de la sociedad afroamericana so pretexto de nivelarla.

En vez de impulsar una ley nacional de indemnizaciones, hemos permitido que las corporaciones tomen el asunto en sus manos, transformando un clásico caso de justicia histórica en un vulgar problema de equitatividad etnográfica.

En vez de resistir la tentación del victimismo, la cultura negra ha decidido, unilateralmente, impedir que cualquier otro grupo haga uso del legado espiritual afroamericano, invocando el principio de la apropiación cultural. «Lo negro» se ha erigido en categoría aparte, peloteado del segregacionismo al secesionismo, sin acabar de llegar al integracionismo.

Pero es un hecho que, sin robo intelectual, no puede haber cultura mixta, y que sin sincretismo no tendrá fin la discriminación. Sin cruce no existiría una cultura cubana, antillana, brasileña o mexicana, ni tendríamos jazz, disco, négrisme, rancheras o basquetbol.

Lamentablemente, el imperativo de integración social encuentra tanta resistencia entre los negros afectados de intolerancia como entre los reaccionarios blancos, hispanos y asiáticos. No es posible exigir el fin de la discriminación y, al mismo tiempo, promulgar el separatismo. Esto es algo que solo se les ocurriría a los socialistas catalanes, y los negros norteamericanos no deberían imitar a los catalanes.

Porque, a fin de cuentas, ¿qué atractivo puede tener mezclarse con quienes rechazan la diversidad y reclaman el derecho exclusivo al mínimo denominador? ¿Quién quiere igualarse en la medianía y la carencia? Pero, ¿es realmente el negro quien reclama la mediocridad y el separatismo, o es el blanco socialista que habla en su nombre?

El problema del negro es doble: por un lado el racismo estructural; por el otro, la codependencia culpable que vino a suplantar al paternalismo del dueño de plantación. «El esclavista, en no pocos casos, sostiene con sus esclavos la doble relación de padre y dueño», afirmó Frederick Douglass, una noción todavía actual. El nuevo racismo no aparece en casulla y capirote, sino envuelto en el manto sagrado del liberalismo filantrópico.

El racismo no ha hecho más que mutar, metamorfosearse y aceptar el sayón de una ideología dominante que pretende fiscalizar cada aspecto de la realidad. La nueva ideología no emana de Trump, Bannon ni el capítulo local del Ku Klux Klan, como se nos ha hecho creer. Fue más bien el liberalismo filantrópico el que consiguió lo que no pudo lograr el Gran Mago David Duke: darle al racismo un rostro humano.

La supremacía blanca buscó refugio en la ideología liberal, que es la manera expedita de ejercer el antiguo privilegio por medios no convencionales. Las ideologías son sistemas fluidos que responden al correctivo de la praxis: así, la burguesía cubana encontró su vehículo en la revolución fascista, y el voluntarismo germano en el nacionalismo proletario.

No importa si la adaptación y la metamorfosis ocurrieron de manera fortuita o deliberada, pues el resultado es el mismo. Acabado de morir George Floyd, un asfixiante sentimiento de segregación institucionalizada atenazó a la nación, que boqueaba bajo la rodilla de la mojigatería populachera sin poder ventilar su desacuerdo o su disgusto.

Netflix, Apple, Amazon y Criterion creyeron oportuno inundar las pantallas con insufribles dramones de alcoba poblados de elencos exclusivamente negros. Cada ejecutivo blanco excavó en lo profundo de sus archivos en busca de más color local, más negrura y más culpabilidad, como si la sobrexplotación de Sidney Poitier y Hattie McDaniel pudiera librarlos de pecado en una sola tanda de domingo.

En cualquier otra parte del mundo, a cualquier comunidad medianamente concientizada, parecería un despropósito impugnar el segregacionismo desde un programa semanal de telenovelas en las que los negros de siempre jueguen a ser blancos fabulosos. Una contradicción yace en el fundamento ideológico del movimiento Black Lives Matter.

¿Y por qué no una comedia de situaciones donde solo aparezcan chinos asquerosamente ricos? ¡Ah, pero si ya existe! Es la imperdonable Locos y ricos asiáticos, comedia romántica de Jon M. Chu, que llegó a ser un éxito de taquilla. El olfato de los empresarios no falla: cuando se trata de denunciar el racismo, lo aconsejable es siempre… ¡más racismo! Catálogo de color y estereotipos baratos.

Afortunadamente, el problema del negro moderno, tal y como lo expongo aquí, ya había sido abordado y desentrañado en esa obra maestra del cine contrarrevolucionario que es Get Out!, de Jordan Peele.

Peele, exiliado del políticamente incorrecto MADtv, vio en el fondo de una tacita de té el mejunje ideológico que mantiene al negro prendido a la teta de la superstición demócrata. La nueva generación de blancos liberales que «hubiera votado por Obama una tercera vez», exige de él lo mismo que exigieron los antecesores confederados: el cuerpo.

La mente es solo el vehículo para llegar al cuerpo del negro, que pronto será un número en el conteo electoral. («Si no votas por mí, no eres negro», ha decretado Joe Biden). Se trata de reducir al negro a sus corporeidad: ojos, piernas, manos y, sobre todo, sexo.

Sexo y desmembramiento son, justamente, los temas de la artista afroamericana Kara Walker. El pene, el coño y el culo pueden ser separados, expuestos y condenados en efigie. Una esclava asada al pincho da vueltas sobre las llamas en la pieza African’t del museo Broad de Los Ángeles. En otro retablo aparece una harpía colonial, cubierta con bonete, que chupa el prepucio de un niño negro, mientras una niñita le enchufa un fuelle goyesco en el culo.

Por lo menos tres grandes negros intentaron levantar cabeza y los tres fueron llevados, como personajes de Walker, a la picota pública: Clarence Thomas, Bill Cosby y Condoleezza Rice, perseguidos como violadores del orden y las buenas costumbres. Contra ellos, la sociedad liberal lanzó las mismas imputaciones que solían lanzar los capataces racistas en el antiguo sur confederado.

Pero, ¿no es la izquierda hoy una confederación de recalcitrantes dispuestos a linchar a todo aquel que no comulgue con sus dogmas? ¿No es el moderno oscurantismo lo que Jordan Peele quiso expresar con la idea de la santa Orden de Coagula, integrada por blancos liberales chupadores de sangre de negros? ¿Necesitaba ser más explícito?

Los proponentes del Blexit, siempre a punto de ser despachados como carne fresca al mercado de cimarrones, acorralados y vilipendiados por mil profesionales del asesinato de reputación, ¿no son también personajes de Peele? ¿Acaso no dice el Blexit lo mismo que dice Get Out!?  ¿Y no se trata, en ambos casos, de cómo escapar de la plantación que descubrieron Kanye West y Candace Owen en el reverso demagógico de lo democrático?

Los procedimientos del nuevo racismo sistémico pueden rastrearse en ciertos eventos recientes. Esos sucesos escandalosos permiten observar de cerca la vocación policial del Partido y las expectativas de sus agentes en el mundo corporativo.

La semana pasada, la revista Publishers Weekly lanzó un urgente llamado al «desagravio de todos los autores negros», al tiempo que reclamaba, en términos inequívocos, la compensación del desbalance racial en sus rangos: «Protestamos contra el papel que ha jugado en nuestra industria el racismo sistemático, contra el alarmante déficit de contratación de empleados negros y la publicación de autores afroamericanos, así como el enriquecimiento con obras literarias que incitan al racismo».

Para Publishers Weekly y Poetry Foundation cualquier consideración de mérito o competencia quedaba automáticamente resuelta por el color de la piel. Se sobreentendía que las opiniones de los intelectuales negros (si existía alguno) que expresaran su desacuerdo con las nuevas directivas serían desechadas. Este era el nuevo paradigma, nacido con todas sus armas de la cabeza de chorlito de un policía con impulsos criminales. Ahora pagaban justos por pecadores, y los pobres afroamericanos volvían a salir perdiendo en los albores de un flamante sistema penitenciario que contestaba al racismo con más y mejor desigualdad.

Habíamos llegado al punto de adoptar las leyes raciales de las peores tiranías del pasado siglo, pero en reversa. A una semana del asesinato de George Floyd, nos dábamos el lujo de censurar la película Lo que el viento se llevó, amparados en un decreto que condena las obras de arte acusadas de racismo retroactivo. No solo los negros reales, sino los virtuales, quedaban amparados por nuestra tiránica magnanimidad. El todopoderoso establishment liberal infligía a las obras cuestionables el mismo holocausto que había sufrido Atlanta durante la Guerra Civil.

Por lo menos en Publishers Weekly, ya asomaban la oreja «los verdugos con tareas de poeta». La nueva mulatocracia mostraba sus instrumentos. No le bastaba con la revista O, dedicada a la exaltación hagiográfica de la más voraz personalidad mediática desde Idi Amin, ni se conformaba con haberle pagado a Michelle Obama la impúdica suma de sesenta millones de dólares por unas memorias que prometían ser menos apasionantes que las de Biggie Smalls. Ahora los limpiapisos escribirían novelas y las secretarias pasarían en limpio sus haikús.

De pronto, nos enteramos que estábamos en plena secuela de la Guerra Civil, ahora cromáticamente corregida y políticamente reformateada. Esta vez, los ganadores serían los esclavizadores, como corresponde al proceso de curso y recurso de la Historia. En el espacio de una cuarentena, la fiebre totalitaria se había propagado a todos los países de mundo, un fantasma que recorría el globo mucho más rápidamente que la plaga.