Kamila y Karla Rodríguez / Foto: Cortesía del autor

Kamila y Karla Rodríguez / Foto: Cortesía del autor

Año 2013. Ramón Espinosa de Associated Press dispara la cámara. Kamila y Karla Rodríguez tienen nueve años. Están sobre unas sillitas idénticas, los espaldares unidos, los talones infantiles rozando infantilmente los rígidos pies de madera. La periodista en cuestión debe redactar básicamente un escueto artículo de agencia de noticias que luego publicarán las páginas de El Nuevo Herald.

Las páginas que en la tarde de hoy, julio de 2016, sostiene por sus bordes un hombre que se llama Alexis y que se dirige a mí a cada instante con el calificativo de “hermano”.

—Míralas, ellas son las de aquí, solo que más chiquitas.

***

Trece parejas de jimaguas, —dice Alma Lidia, medio siglo de existencia, la frente lisa — la mayoría nacidas en el pasaje de 68 A, barrio Buena Vista, municipio Playa. Una sola calle de aceras con grietas, árboles intercalados y dos filas de viviendas. En apenas medio centenar de casas, han nacido más de diez mellizos. Otros vienen por simples permutas a engrosar el número.

Tres casas consecutivas con jimaguas. La de Alma Lidia, pintada de sólido rojo vino, y un par más. Algunos de los nacidos en las cuadras del pasaje que se han ido, han tenido hijos jimaguas ya en círculos ajenos al misterioso hechizo de 68 A. Es como pisar una goma de mascar, si uno vive en 68A, 68A lo seguirá y le regalará mellizos dondequiera que vaya, al menos, esa es la impresión que me causa lo que cuenta esta mujer que luce algún entusiasmo sacado de la inactividad.

***

Desde hace 18 años ha persistido el nacimiento de jimaguas en la cuadra, dice Alma. Delante una casa verde con pequeñas gemelas monocigóticas, mellizos que son como líneas paralelas. Más alejado, un pasillo lateral donde hubo jimaguas que emigraron del país. Dos hermanas que ahora viven en Estados Unidos. Otra vecina que se va a España y en España da a luz a mellizos. Un muchacho oriundo de 68 A que contrae matrimonio y, más tarde, es padre de jimaguas.

—¿Cuándo comienza el interés de la prensa?

—Sé que una vez, un hombre, tío de gemelas, en la parada de la guagua conversa con un tipo. Le dice “chico, mi cuadra está repleta de jimaguas”. Una muchacha de noséqué canal de televisión oye y se les acerca.

Por un momento, Alma siente que se hace insoportable. Dos españoles tocan la puerta de Alma a las cuatro de la mañana. A las cuatro de la mañana, ocupan la sala y esperan que los mellizos Adrián y Arián  despierten, se vistan y desayunen. Los españoles dicen que observan porque hacen un estudio, pero nadie va a dar un resultado. Ni los españoles extraños que golpean la puerta a las cuatro de la mañana, —lo cual es, visto desde fuera, una estricta grosería— ni los que llegan a 68A y nada más botan los ojos de las cuencas o se les caen las quijadas.

***

“A pesar de que representan solo un pequeño porcentaje del total de nacimientos (menos de 3 %) los embarazos múltiples están en aumento. Según el Centro Nacional para la Estadística de la Salud (National Center for Health Statistics), en los Estados Unidos la tasa de nacimientos de mellizos ha ascendido en 59 % desde 1980 y actualmente constituye 3,1 por cada 1 000 nacidos vivos. La de trillizos y otros de más de 2 bebés también ha aumentado sorprendentemente (423 %).

“Tales cifras evidencian que el embarazo múltiple está adquiriendo dimensiones epidémicas, esto se debe, en gran medida, a la utilización cada vez más frecuente de técnicas de reproducción asistida y al uso de inductores de la ovulación en las pacientes que presentan infertilidad, expuestas a dichas técnicas.”

Los párrafos anteriores son de la autoría de la MsC. Irma Mercedes Tumbarell Villalón, la MsC. Leyti María Abraham Dusté y la MsC. Arelis Montes de Oca García, quienes analizan en un texto el caso clínico de una mujer con embarazo múltiple, obesa, hipertensa y con antecedente de riesgo obstétrico, que fuera paciente durante más de una semana del Hospital Materno de Palma Soriano hasta su traslado para el Ginecoobstétrico “Mariana Grajales Coello” de Santiago de Cuba.

***

Una vecina no se explica cómo Alma puede criar mellizos por lo peliagudo de la economía doméstica.

Es una vecina que se embaraza y trae más jimaguas a 68A.

Otra vecina dice “pobres mujeres, siento pena por ellas”.

Es otra vecina que se embarazada y trae más jimaguas a 68A.

Se llama Tamara Velázquez y sus hijas son Asley y Aslen, las más recientes gemelas del pasaje, de nueve años.

“Jamás me lo imaginé, nada de tratamientos de fertilidad, fue mi primera ‘barriga’ y a las cinco semanas de gestación me hicieron un ultrasonido y estaba embarazada de gemelos”, declara Tamara a AP.

***

Adrián y Arián Cueto / Foto: Cortesía del autor

Adrián y Arián Cueto / Foto: Cortesía del autor

Los hijos de Alma tienen trece de edad. Adrián Cueto y Arián Cueto. Adrián practica karate, gana medallas y torneos provinciales, en la competición escolar Copa Sergio Rodríguez Alfonso in Memoriam, obtiene un reconocimiento al atleta más destacado, quiere crecerse en el mundo del deporte. Arián está pateando una pelota de goma y hostigándola, la esfera choca contra las capas de las paredes y va provocando un alboroto, a lo cual la madre responde con serenidad.

Un día en que Alma coloca en el suelo a los mellizos, se percata de que gatean diferente. Arián se esfuerza más por hacerlo como su hermano. En el hospital le descubren una parálisis cerebral.

Arián Cueto, tímido pero más robusto, un asomo de bigotes tenue pero más pronunciado, el arco de las cejas con una elevación benigna, los discos negros de sus ojos son bondadosos.

Adrián Cueto, largas las extremidades, los hombros más caídos, el abdomen plano, el arco de las cejas poco visible pero con una elevación aguda, un pico como el de un monte lejano, la mirada es erguida, casi desafiante, el corte de pelo más moderno, el cabello más prolijo arriba, casi en cero a los lados, parece un hombre que han vertido en un niño.

Adrián, siempre que puede, cuida de Arián.

***

Alma trabaja en un correo. Su esposo, Ramón Cueto, en la Terminal de Ómnibus. Con ello hicieron para mantenerse todos.

—No es lo mismo buscar cuarenta dólares para un par de zapatos que ochenta para tus niños— dice Alma.

Y añade que sus hijos son una bendición, porque ella no salía embarazada hasta que, de súbito, los médicos le anunciaron que traía mellizos.

Y añade que en el mundo entero no debe haber un lugar con tantas casualidades como este de 68 A.

***

La “capital mundial de los gemelos” es Cándido Godói, un municipio del estado brasileño de Rio Grande do Sul. Ahí, en el poblado Linha de Sao Pedro, una de cada diez mujeres logra un embarazo múltiple, más específicamente, de gemelos.

Las hipótesis van desde poderes especiales del agua hasta el hecho de que el doctor nazi Joseph Mengele realizara experimentos para potenciar el nacimiento de personas de raza aria en esa zona, mientras se refugiaba tras la caída del Tercer Reich. Cándido Godói está habitado, en su mayoría, por descendientes alemanes, rubios de ojos azules.

Lavinia Schüler-Faccini, una de las autoras de una investigación realizada por especialistas en genética de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, explica que la causa es hereditaria, puesto que se trata de villas fundadas por unas pocas familias, en las cuales hay una relación de consanguinidad de sus pobladores; además, el estudio reveló que gran parte de las madres presenta una variación del gen p53, que actúa como uno de los responsables de la fecundidad.

Por otro lado, la especialista cubana de I grado en Medicina General y Genética Clínica, Hilda Roblejo, explica al diario Granma que el fenómeno de los partos múltiples se ha estudiado, pero no hay conclusiones definitivas, ni se ha demostrado hasta el momento ningún elemento causal.

***

—Las casualidades no existen, esa palabra deberían borrarla del castellano— dice Alexis, el hombre que me llama “hermano”, agitando el ejemplar de El Nuevo Herald en el que sus hijas se deforman en el vaivén del papel.

De vez en cuando, Alexis se levanta de la butaca, camina y mueve los brazos como para darle alguna fuerza a lo que explica, por ejemplo, que su esposa Zuleya, madre de gemelas monocigóticas, es oriunda del pasaje, al igual que Alma.

A Alexis lo encuentro con las piernas extendidas, pendiente del partido entre Alemania y Ucrania de la Eurocopa de fútbol que transmitirían por la señal experimental de Alta Definición. Suelta el control remoto de la caja decodificadora para contar las coincidencias del pasaje, como la de los mellizos que emigran, o abandonan la casa que luego viene a ocupar otra pareja de mellizos, o la mudanza de un par de gemelas, hijas de un sirio.

Alexis insiste en que pasa algo con los nacidos y criados en 68A. Al igual que su esposa y Alma, un ex vecino, un hombre oriundo del pasaje se casa y se muda a La Lisa con su mujer. Y tiene hijos jimaguas.

Se habla de un árbol de siguaraya (Trichilia havanensis). Zuleya —unos decibeles más abajo que su esposo, por lo general, monocorde— no lo recuerda, pero la memoria sí le devuelve un almácigo que hubo plantado en el pasaje años atrás.

A un lado de la casa, una porción de tierra, el patio con un toldo que recoge el brillo del día y lo despliega entre sus rayas sintéticas, el patio con un árbol de güira (Crescentia cuiete) cuyos frutos se desploman como si el calor los derritiera, y que luego las mujeres van a recoger para preparar algunas pócimas de fertilidad.

Según Alexis —pelo castaño, rostro meticulosamente rasurado o lampiño— hay una zona, un cuadrante de Buena Vista que incluye a 68A en que abundan los mellizos, y una especie de magnetismo que los arrastra, tanto que cuando llaman a un veterinario a que atienda a sus mascotas —un perro de patas cortas que bate la cola remisamente—, el veterinario es jimagua, tanto que cuando viene un trabajador de la campaña sanitaria contra el Aedes aegypti a fumigar, es jimagua.

—Ya yo camino entre mellizos y me parece de lo más natural.

Ramón Cueto, el padre de Adrián y Arián, entra de repente en la casa de Alexis y Zuleya, anunciando que el pasaje está ahora esperando la llegada de los mellizos número catorce.

Los dígitos que mencionan los habitantes del pasaje son tan variables que confunden. Doce, trece, catorce.

Ramón Cueto camina hasta el sofá más largo, su pelo de un gris tupido, sus mejillas se aplastan y desembocan en un mentón afilado, de la nariz a la boca se despeñan unos surcos hondos. Ramón Cueto cree que una energía recóndita que habita en 68A es la responsable de los nacimientos de gemelos.

—¿Estás oyendo, hermano?¿Estás oyendo?—dice Alexis llevándose el dedo índice a la sien, con una dosis de regodeo.

***

Si nos pagaran los extranjeros que han llegado preguntando por los jimaguas, fuéramos millonarios, no dejan dinero, pero unos chinos o japoneses, en una de esas, compran refrescos para las niñas, dice Zuleya.

***

—El grueso religioso de la zona es Yoruba, hermano. Pueden haber pentecostales o católicos, son los menos.

—¿Y el árbol, lo usan?

—Usan la güira más para el catarro que cualquier otra cosa.

—¿Alguien ha venido con fines científicos serios?

— Hubo un tiempo en que una estadounidense se apareció con intenciones de investigar, mi hermano, pero explicó que por falta de recursos no pudo continuar.

Alexis termina de contestar, dobla El Nuevo Herald por la mitad y llama a las niñas. Karla y Kamila Rodríguez, unas adolescentes algo espigadas y delgaditas con la ropa ajustada y espejuelos irrumpen mostrando los dientes en dos sonrisas equivalentes sin dobleces. El tipo de sonrisa que te hace apreciar que no son la misma persona o un ser dividido, porque la misma persona no puede replicarse el alma y un ser dividido no puede partirse con tan extraña originalidad. Las sonrisas son equivalentes, pero algo las distingue más allá de la forma de la dentadura y los labios, y puede ser el propio modo en que se pliegan las comisuras o en que los bordes y los pómulos se transfiguran, o puede que no sea nada, y eso sería maravilloso.

Karla y Kamila Rodríguez. Una se enferma de la garganta y al día siguiente la otra. Una tiene pesadillas y la otra se remueve en la cama como si la mordiera un bicho.

—Investiguen, porque de aquí van a lograr un gran artículo, busquen una explicación racional a este lío —dice Alexis, elevando el dedo índice.

***

Clotilde Fe y Clotilde Esperanza no quieren que le saquen fotos, por eso desvían un poco la vista y fruncen la boca, o dicen que son viejas y feas y esquivan la línea del lente.

Las gemelas con mayor edad del pasaje nacieron el tres de junio de 1948. Su madre salió embarazada después de otros mellizos que no pudo tener por falta de recursos para una prole ya considerable.

La nieta de una de sus hermanas se fue a Estados Unidos en 1980, y en Estados Unidos tuvo jimaguas. Sin embargo, Fe y Esperanza, que ahora se tiñen el cabello para que no las confundan, no han tenido embarazos múltiples.

Clotilde Fe y Clotilde Esperanza / Foto: Cortesía del autor

Clotilde Fe y Clotilde Esperanza / Foto: Cortesía del autor

***

—Nadie de los que se ha mudado a 68A sabe que es el pasaje de los mellizos, se enteran aquí, con el tiempo— dicen ambas Clotilde.

—Es un espectáculo, cuando se unen todos los mellizos de la zona es una belleza — dice Esperanza, con una picardía tapiada que se asoma durante algunos momentos y vuelve a recogerse como una anémona, las manos entrelazadas sobre los estrechos óvalos de las rodillas.

Una tarde, siendo niñas, un hombre del barrio le pide a la familia de las gemelas que las lleven a su casa. Fe y Esperanza luego esperan a que el hombre se tienda en el suelo, boca abajo, con la espalda desnuda. Las hermanas deben recorrer con los piececitos descalzos la ondulación de las vértebras del hombre, esto para apaciguar un dolor fuerte de la columna. Y el malestar desaparece.

También nos vestían igualito y nos buscaban para las celebraciones de santos—dice Fe.

La casa es amarilla y está en la esquina de la cuadra, en el portal una escalera rugosa instala una sombra maciza en las plantas. Aquí dejan sus tarjetas de presentación Milexsy Duran Cruz productora (Producer) de Associated Press y William Raki de British Broadcasting Corporation (BBC) ambos con oficina en la Lonja del Comercio de La Habana Vieja; Luis Boulart, enfermero de Seassons Hospice & Palliative Care de Miami, Florida; y una japonesa que se presenta de improviso, y que Fe anota en un cuaderno como Chie, al lado del número de un móvil.

Fe y Esperanza conservan los carnés de asociados que les exigían para disfrutar de la playa de Barlovento, de cuando una guagua las recogía y ellas eran las únicas gemelas de la cuadra. Los carnés están fechados en 1951.

— ¿Éramos lindas, no?

— Dos preciosidades

— Los jóvenes que han mirado las fotos, comentan que fuimos unas mulatas tremendas. Mi abuelo era prieto y mi abuela, blanca.

***

Los científicos dicen que una variedad de factores inciden en el nacimiento de mellizos, como la raza, la edad de la madre y la dieta. Africa Occidental, de donde vinieron los antepasados de muchos afrocubanos, tiene tasas elevadas de mellizos, escribe el artículo de AP.

***

A sus quince años, Esperanza y Fe celebran bailando hasta extenuarse. Además se miran, por un minuto, en el espejo. El maquillaje, el vestido compuesto, los párpados cuidadosamente definidos. Esperanza no sabe si es Fe. Fe no sabe si es Esperanza. Se divierten, es una experiencia que roza lo onírico.

—Íbamos a las fiestas de quinceañeras. A mi madre no le gustaba, por lo que nos llevaba mi padre, un carpintero ebanista con la sustancia de parrandero y que ayudaba a alguna gente muy necesitada. A veces, trabajaba en Barlovento y conseguía que le pagaran. —dice Esperanza.

Cuando triunfa la Revolución uno de los de esbirros de Batista se oculta en una casa de la calle 70. Los vecinos del barrio de Buena Vista lo sacan a la fuerza.

Durante el intento de invasión por Playa Girón, Fe y Esperanza se agarran las manos en Barlovento con los corazones agitados. Una avioneta sobrevuela la zona y ocurre un ataque a Ciudad Escolar Libertad.

Hoy viven separadas pero visitándose continuamente.

Clotilde Fe Fernández, maestra retirada hace una década. Clotilde Esperanza Fernández, estadística retirada hace tres años. Son dos lindas mujeres que huyen de las cámaras.

***

Treinta años viviendo en 68 A. Viene de una familia gemelar y dice que en el pasaje hay en total una docena de jimaguas. Se llama Mercedes

Xavier Manuel y Lorena López / Foto: Cortesía del autor

Xavier Manuel y Lorena López / Foto: Cortesía del autor

Montero, de piel blanca. Sus hijos nacen en 1991; Cuba atravesaba la aguda crisis económica que nombraran Período Especial y que hoy, después de un incipiente ahogo petrolero, muchos sienten que amenaza con volver.

Sobre un plano de verde canijo los retratos de los quince años de Xavier Manuel y Lorena López. Él con traje blanco y el pulgar hundido en un bolsillo del pantalón, un lazo negro en el cuello ortodoxamente anudado, un brillante fingido en el lóbulo izquierdo que se cambia al derecho en el trucaje de una computadora cuando rodea con la mano el talle del vestido de su hermana. Ella, con gorra de capitán marinero o con el pelo recogido en la cima de su cabeza y un cerco de minúsculas flores blancas, agarrando el hombro de su hermano.

—Imaginen celebrar dos quinces de un tirón— dice Mercedes.

Mercedes, como los padres de mellizos de 68 A, ha guardado las publicaciones en que han salido sus hijos, por ejemplo, el reportaje de Anett Rios de EFE en una edición de El Nuevo Herald de 2010, donde se lee lo siguiente:

“Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), en los últimos cinco años la proporción de nacimientos de mellizos en Cuba oscila entre el 0,8 y 0,9 por ciento del total.”

“El año pasado 1.170 niños de un total de 130.036 nacimientos fueron mellizos y su localización fue muy aleatoria, de acuerdo con Enrique González, especialista de la ONE.”

— ¿A qué crees que se deba el número de jimaguas en 68A?

— Una enorme coincidencia. Yo no creo en matas ni en nada, sino en lo que demuestre la ciencia.

Pero el furor de los medios extranjeros ya se ha aplacado y la ciencia no da explicaciones de lo que sucede en el pasaje. En Cuba no se ha hecho ninguna investigación de 68A, al menos no de naturaleza pública. En Cuba cada dato, por muy inocuo que parezca, se protege.

***

El edificio del Ministerio de Salud Pública Minsap, en las calles 23 y N del Vedado, adonde me dirijo un viernes, es —como el resto de los edificios de savia estalinista que alojan ministerios en el país— un monumento a la circunspección. Una estructura de muchos niveles, metida en un traje de vidrios tan sibilinos como ociosos.

Forrada de cristales empañados, la entrada la resguarda un custodio medio senil con el uniforme holgado que repite como una cinta la oración “aquí no se sabe nada de jimaguas, vaya a otro lugar”, hasta que sale del atoramiento y señala el escondrijo que guarda a las recepcionistas. Un rincón introvertido, con varios asientos alineados y unas mujeres que responden teléfonos de colores y ponen las voces entre lo estrambótico y lo cavernoso. De ahí salgo reenviado por una de ellas al departamento de Estadísticas o algo por el estilo, que parece haber sido expulsado del edificio alto y confinado así a un espacio en apariencia ínfimo, lo cual lo hace ver como un recorte de pastel, a la izquierda del quiosco de productos de carne de pollo, Di Tu. Dentro hay otra recepcionista —pelo corto, rostro aguileño— que me informa que llegué justo a tiempo, porque estaban a punto de cerrar para irse al almuerzo. Después la recepcionista —con esa forma de despachar cuanto antes, muy propia del oficio— pulsa los dígitos de una extensión y avisa que un “estudiante de periodismo” ha venido por un tema de nacimientos, y pide que anote mi nombre y número de carné de identidad en la lista de los visitantes.

La mujer que cuida de las estadísticas y que me recibe sin aflojar mucho el modo fidedigno de tratar con los curiosos es medianamente joven, medianamente arreglada, medianamente bonita. Está sentada con los codos reposando en el buró, explicando paso por paso el procedimiento para obtener la cifra de los gemelos nacidos en los últimos años, que el sitio web de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información no divulga en sus anuarios. Debo presentarme con una carta del medio de comunicación interesado en el asunto al que represento, con los respectivos cuños y rúbricas, el documento ha de dirigirse a la Doctora Sonia Bess, directora de registros médicos y estadísticas de salud. Me detengo en este punto por una obviedad: Ninguna institución va a ceder datos a una publicación independiente, de manera que se desmoronan, además, las intenciones de averiguar por la voluntad de investigar el fenómeno de 68 A, que, tal vez, fuera mejor si no lo explicaran nunca, y que el pasaje continuara engendrando mellizos y preguntas sin contestar. Gracias, digo, mientras la mujer acomoda algunos papeles en carpetas.

La oficina es escueta e inodora, el tipo de lugar en el que te dan ganas de retirarte pronto.

***

Sábado. Fecha borrosa. Un amigo de Alexis Rodríguez, Julio, los visita con su mujer, una relación de cinco años. Nunca había salido embarazada y lo deseaba con muchas ganas. Mejor si eran mellizos, decía. Estaban tomando cervezas y ella empezó a sentirse mal, una especie de vértigo. Cuando la trasladaron al médico, los análisis determinaron un embarazo. La mujer perdió la barriga.

Traía mellizos en el vientre.