Islas Fiyi es un conjunto de pedazos de tierra, rodeado por las aguas del Océano Pacífico. Está cerquita de Nueva Caledonia, Samoa y Tuvalu. En Islas Fiyi viven menos de un millón de personas y -cuando menos- un cubano. A ese cubano lo conozco, y dice que allí también se preguntan cuál es la situación de la prensa en Cuba.

En Islas Fiyi hubo un golpe de estado en 2006. Desde entonces la libertad de expresión sufre consecuencias similares a las que brotan en cualquier país cuando el poder es usurpado por militares, por un caudillo, o por la alianza entre empresas millonarias y políticos corruptos. En Islas Fiyi muy pocos han de saber dónde está Cuba. Y casi nadie conoce sobre las desapariciones en Rusia, o los reporteros asesinados por el narcotráfico en México, pero en Islas Fiyi, dice mi amigo, hay gente interesada en la situación actual de la prensa en Cuba.

Y no lo dudo, porque el desafío mayor para nosotros será arribar a un día cuando lo real maravilloso de nuestra Isla no se confunda más con la rareza de los autos antiguos paseando a los turistas; y cuando la imagen de paraíso democrático del periódico Granma no deje el mismo sinsabor que la de los medios de la disidencia, cuando la columna del día es “el genocidio comunista”, o la barricada de 10 personas, multiplicada en una masa de 100. Contratacar atacando es una táctica ajedrecística tan vieja como la abuela lnés, y las estadísticas solo reconocen a los grandes maestros sin declinar ante el rey.

Si el centro del mimetismo mediático -que con ecos en Islas Fiyi se extiende hoy sobre la situación actual del periodismo cubano- es el derecho de los oficialistas a escribir o no para los medios “emergentes” o el derecho de la disidencia a tener sus propios medios, muy corto andamos.

Primero, porque en breve la marea descenderá. Como casi siempre en Cuba, la teoría del rumor sepultará el inicio de un clímax de discusión en la opinión pública. Y la noticia de algo nuevo en la bodega, de una rebaja de precios de emergencia o de una reforma económica fantasma, desviará la atención hacia otro punto.

Segundo, porque si bien es cierto que este es el primer debate serio sobre lo que tiene que acabar de cambiar se está generando desde dentro de Cuba, y entre cubanos de dentro y de fuera, de un lado y de otro, también es real su incompetencia para sostenerse más allá de entre los pocos con acceso a Internet en la Isla.

El cubano de a pie casi nada sabe sobre el asunto. Quien paga la hora wifi a 2 CUC no se conecta para leer periódicos. La gente tiene necesidades más apremiantes: el anhelo por la madre ausente, el par de zapatos con la talla exacta o incluso unos calcetines blancos.

Y si no, haga la prueba usted mismo. Vaya a un barrio cualquiera en Cuba. Pregunte si alguien conoce al Presidente del Poder Popular o al diputado de su municipio al unicameral parlamento estatal. Pregunte de paso si saben los nombres más famosos de la oposición cubana. Indague a las puertas de un preuniversitario quién se lee a Trabajadores, Juventud Rebelde, o Martí Noticias.

Desde hace mucho tiempo en Cuba la solución a la imposición de la Fe por San Estado no es la herejía, sino la apatía. Y la apatía regularmente ayuda a mantener ambos extremos de una misma cuerda. Quien se atreve a romperla puede ser tildado casi al mismo tiempo de “mercenario de la CIA” o de “estalinista consagrado”.

El centro del debate debería constituirlo el acceso real de los cubanos a la información. No a una parte de la información, sino a la mayor cantidad de información posible. No al criterio de unos pocos, sino a la mayor cantidad de criterios posibles.

Los últimos meses han sido una caricatura del futuro, en la medida en que los teósofos del socialismo accedan al poder paulatinamente. Ya a Yoani Sánchez la dejaron de lado (aunque su mass media continúa censurado). Ya no basta con los encarcelamientos y el retiro de ordenadores a algunos activistas de la oposición convertidos en periodistas o a algunos independientes de calibre más profundo. No es suficiente con el “combate en las redes” (a saber, el tiempo de trabajo neto que algunos oficialistas dedican a insultar los artículos de colegas de ideología contraria). Ni alcanza tampoco con la obligatoriedad del “servicio social”, que los graduados de Periodismo deben cumplir, y cada día cumplen menos.

El campo de batalla se despliega ahora entre quienes trabajan en los medios estatales y desde hace algún tiempo sobrevivían, como casi todo el mundo en Cuba, con un negocito por fuera. Muchos jóvenes encontraron (encontramos) en los “alternativos” el sustento para comer cada día. Todos sabían (supimos) la línea que no se podía cruzar. Y los editores las reglas que no se podían brincar. De otro modo no hubiesen (no hubiésemos) sobrevivido nunca.

Los “alternativos” brindaban a los jóvenes reporteros un número importante de seguidores de los emails que siempre transmiten sus textos; un grupo de editores de su propia edad; la felicitación de quienes serán sus relevos y hoy están en las aulas; la posibilidad de titulares inteligentes y de fotos gigantes; de expresar ¿con libertad? su propia idea de nación; el espacio suficiente para escribir de forma simpática pequeños entresijos del país donde estudiaron (estudiamos) y donde quieren (queremos) vivir.

No es nada nuevo tampoco. En los últimos congresos de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) se han señalado innumerables problemas de la prensa estatal. Más del 40 por ciento de esos medios son dirigidos por funcionarios del Partido y no por periodistas, y los jóvenes emigran de sus redacciones cada año y a cualquier sitio.

Pero esta vez -digamos- el asunto se les escapó de las manos. Y aparecieron las soluciones obtusas a contradicciones tan antiguas como la propia UPEC.  Como para ir probando fuerzas, hasta entender quién puede más.

Ahora, cuando Don Censurador prohíbe a los muchachos escribir para OnCuba, Progreso Semanal, Havana Time, El Toque u otros, y los destaca como “medios del enemigo”, o valora como esencia del asunto un fin puramente monetario, muy corto anda él también.

Ambos argumentos mueren por su propio peso. Si la prensa oficial asiste a su funeral no es por culpa de un extranjero, ni de un par de medios pequeños con plantillas reducidas y políticas editoriales dispersas entre sí.

Los “alternativos” han ofrecido, ante todo, la idea de una reforma posible, las críticas que deberían formularse cada mañana Cubadebate o Granma, si de verdad respondieran a los intereses del pueblo, como ordena la Constitución Socialista. Porque -seamos francos- los “alternativos” han argumentado mucho de lo que varios cubanos aun quieren escuchar. Aunque también -es cierto- han callado bastante de la otra cara de la realidad insular. Porque esa era su parte de un acuerdo no escrito, ni regulado; no tan libre, ni tan pactado. ¿O no?

Es difícil imaginar a un corresponsal de la CNN siendo el editor de Fox News. Pero en Cuba el símil es complejo de encajar. Los “alternativos”, ni los independientes, ni nadie que no sea estatal, puede ofrecer contrato, o salario fijo, o derechos laborales, o acumular años para la seguridad social, como tampoco los freelance pagar los tributos por un salario de verdad.

En tiempos del ciberespacio ¿cómo pretende el Estado perseguir y castigar a quienes él mismo formó? ¿Cómo regulará el acceso de la gente común a la Belleza Latina o al Tío Sam, guardados en un “paquete” dentro de una memoria flash? ¿Qué nueva ley se inventará para poder censurar, cuando Internet no es de ellos, aunque lo cobren caro cantidad?

La vieja táctica de estirar y encoger, o la de la semántica trastocada -que durante años se ha estado robando determinados vocablos del castellano cubano – encuentran respuestas cada vez más creadoras, más parecidas a la identidad cultural de la nación y su gente. Por ejemplo, el término “alternativo” es, a mi modo de ver, la solución perspicaz para poder coexistir.

Vocablos como ciudadano, república o habeas corpus desaparecieron junto al Estado de Derecho, pero son más fáciles de pronunciar. Disidente, opositor, derechos humanos y periodista independiente, son casi imposibles de encontrar.

No sé por qué, pero siempre esas palabras me acuerdan la CIA, el enemigo feroz, los brinquitos en la escuela para no parecerme a ellos, las bombas en los hoteles, un avión desfragmentado, la orden de combatir al blog Generación Y, la cizaña contra el otro, el diploma por hablar ¿bien?

En esta historia no hay bando santo. No lo hubo nunca. No lo hay ahora. Y no lo habrá.

¿Quién asegura que los disidentes de hoy no serán los oficialistas del mañana? ¿Quién garantiza que los “alternativos” de hoy no serán igual de perseguidos mañana? ¿Qué diferencia existe entre los planes de producción estatal y el sobrecumplimiento de la huelga del día en un medio opositor? Ni los primeros favorecen el acceso real de los cubanos a la información, ni los segundos encabezan la solución eficaz a la propaganda oficial. Porque -cuidado- un día puede ser igual, pero al revés.  Ni a la esquina roja ni al banco azul les interesa el periodismo sin más. Sin apellidos o camuflajes. Sin directrices ni diagonales.

Y no digo que los medios de ambos equipos no deberían tener derecho a existir. Digo que no pueden presentarse como dueños de la verdad absoluta, sino como dueños de su propia verdad. No como la única imagen posible del modelo de país, cuyo futuro habrá de trazarse entre todos los cubanos, y no entre un grupito cualquiera, venga del lado que venga, en nombre de hacer el bien.

Si finalmente interesa favorecer el acceso de la gente a la información, el desafío mayor para la prensa cubana, para la de dentro y la de fuera, para la independiente y la alternativa, o para la que aparezca, ha de ser recuperar la confianza de la gente, ganar credibilidad. O un sueño muy sencillito: hacer periodismo, sin más.

El día que en Islas Fiyi a nadie le interese Cuba, el día que mis amigos de la disidencia y mis amigos oficialistas logren tomarse un café y no me quieran evangelizar, ni me intenten convencer, habrá en Cuba -cuando menos- la libertad de escoger.