David Carr / Foto: Billboard

David Carr / Foto: Billboard

Cuando Andrew Rossi concibió la idea de analizar por espacio de un año la vida dentro de la redacción del New York Times, jamás pasó por su cabeza que, entre las más de mil doscientas personas que integraban la nómina, hubiese alguien que mereciese por sí solo la atención que en un principio le estaba destinada a la institución. Page One: Inside the New York Times (2011) debía ser un documental acerca de cómo el periódico más prestigioso del mundo sobrevivió los años posteriores al colapso económico de 2008 y la revolución tecnológica que marcó oficialmente el inicio de la era digital.

En vez de eso, se convirtió en la historia de la fundación del Instituto de Medios del Times (un buró que informara sobre los cambios en el entorno mediático al tiempo que los analizara) y el esfuerzo inagotable de un hombre por salvar el prestigio del rotativo y, con ello, del periodismo.

David Michael Carr —nacido en Minnesota hacia 1956— había llegado a la redacción del Times diez años antes contratado como reportero en la sección de Negocios con énfasis en la empresa editorial, pero muy pronto fue asignado a cubrir temas de la cultura pop. Gozaba de un prestigio periodístico inusual para alguien que hasta entonces solo había cubierto el mundo del espectáculo y las revistas, por ello se le permitió fundar el blog The Carpetbagger, donde reportaba sobre la temporada de premios en Hollywood. Había en sus textos un enfoque que remitía a algo mucho más profundo que los caprichos millonarios de los artistas y los excéntricos capos del mundo editorial. Años más tarde, sus empleadores en Nueva York se alegrarían de haberlo reconocido antes que sus competidores.

La redacción de la “Dama Gris” fue para él, como para tantos otros, la última parada de un largo camino, iniciado en el modesto Twin Cities Reader de su ciudad natal. Más tarde, la inteligencia y la perspicacia del joven Carr lo llevaron hasta el Washington City Paper, donde entró en contacto con los grandes medios y consolidó su carrera, escalando hasta el puesto de editor.

Su voz periodística —aún más fulgurante y mordaz que su verdadera voz— fue atrayendo la atención después de firmar osados perfiles para The Atlantic y New York Magazine sobre figuras esquivas como Harvey Weinstein y Woody Harrelson. Carr era un reportero tenaz, un observador astuto y un narrador maestro. Con su excelente trabajo pedía a gritos la atención de un gran medio como el Times, en donde podría obtener la expiación que su alma errante buscaba a través del periodismo.

A la par de dos décadas de trabajo profesional, David Carr lidiaba con una feroz drogadicción. Primero había sido el alcohol, a la manera de su padre John, y luego el crack quien sembrara la destrucción. Su existencia era un cuadro abyecto, en el cual el rol de esposo y padre de mellizas era compartido con una traficante de drogas. Un estado de perdición que lo llevó a la cárcel por posesión y del cual guarda anécdotas irrepetibles, como la noche en que dejó a las bebés solas en el auto mientras compraba varios gramos de cocaína en casa de un dealer conocido.

Toda esta época quedó cabalmente confesada en The Night of the Gun, las memorias que escribió y publicó, cuando para el New York Times —con su fría corrección política— se hizo impostergable que su reportero estrella aclarase los rumores acerca de su pasado que recorrían el gremio. Analizó entonces cada una de sus acciones y los lugares donde estuvo con el mismo sólido reporteo con que construía sus reportajes y columnas: una profunda investigación, incluyendo contrastación y fact checking. “Habito ahora una vida que no merezco”, escribió al final de sus memorias. Para entonces ya estaba rehabilitado y tanto él como su esposa mantenían una relación estable con sus hijas y el resto de su familia.

Pero de todas las facetas imaginables de su vida, fue el periodismo la única que perdonó siempre y de inmediato sus pecados. Como si se tratase de un siniestro demonio, lejos de castigarlo, su oficio hacía caso omiso de sus faltas y le premiaba con singular rapidez, mientras el resto de su existencia naufragaba. Quizás por eso estaba dispuesto a transformar lo que quedó de su cuerpo y su mente masacrados por las drogas en una máquina cuyo único objetivo era la defensa y el bienestar del periodismo.

Precisamente en el cumplimiento de aquel íntimo deber andaba cuando llegó Rossi con su staff y sus cámaras a la redacción del Times: dirigiendo la avanzada de la prensa tradicional en la última gran batalla de los medios en todo el planeta.

A finales de la pasada década, la crisis económica que afectó a Estados Unidos y, por ende, al resto del mundo, significó un cambio particular para los medios de comunicación. El descenso estrepitoso de los ingresos por publicidad sumergió a los grandes medios de prensa en una situación crítica, toda vez que se trataba de un factor clave de su sistema empresarial. El propio New York Times debió extremar medidas y recurrir a vías alternativas como la venta, y posterior arrendamiento, de su propia sede en Midtown Manhattan, o el préstamo pedido al mexicano Carlos Slim de un total de 250 millones de dólares. Asimismo, a finales de 2009 el rotativo se vio obligado a deshacerse de unos cien trabajadores de su nómina. Otros periódicos, con menos suerte y dinero, dejaron de existir para siempre.

Por otra parte, la irrupción en 2010 del sitio WikiLeaks y sus reveladores videos y cables condujeron a un estado de opinión que renegaba de la capacidad y credibilidad de los grandes periódicos y revistas como el Times. La enorme masa de plataformas alternativas y los grandes conglomerados tecnológicos, cuya existencia había posibilitado el auge de las redes sociales, reclamaban un cambio en la primacía del panorama informativo mundial. Los grandes medios, decían, ya no eran necesarios.

El cadáver exquisito del Times era el principal objetivo de los retadores. En ese contexto de crisis, de inminente enfrentamiento, está ambientado Page One. Para cuando llegaron los refuerzos y toda la atención estaba sobre el conflicto, hacía años que Carr peleaba por su cuenta desde su única y verdadera trinchera en el mundo: The Media Equation, su columna de los lunes, “enfocada en la intersección entre los medios y la tecnología”.

Llegué al New York Times tarde en mi vida profesional y tengo el patriotismo del inmigrante” se le escucha decir en el documental, al tiempo que se encamina hacia su trabajo. Alto, encorvado, de voz lijosa. Notamos que su cuerpo es un remanente de otra vida, lo que sobrevivió de las drogas y el alcohol. Su persona, el alma de un joven rebotando dentro de aquella gastada bolsa de carne y huesos. “El chip que me implantaron cuando llegué, llamémoslo el “excepcionalismo” del Times, me lleva a creer que por supuesto sobreviviremos”.

Su columna semanal le permitió hilvanar un discurso y compartir un conocimiento aprehendido durante años en la observación aguda de las personas que habitaban el gran mercado de los medios. Carr podía rastrear las huellas de los hombres detrás de cada movimiento empresarial de un gran conglomerado y por lo tanto prever las consecuencias que ellos traerían al público. El inicio de esta nueva era digital fue su gran momento pues, como escribió su colega A.O. Scott, David “entendió mejor que cualquiera cuán duro el trabajo [en los medios] puede ser, cuán solitario, cuán confuso, cuán plagado de las tentaciones del cinismo y el compromiso”.

Semana tras semana, este auténtico campeón del periodismo afrontó con toda su astucia los distintos temas de la discusión mediática internacional. El joven buró de Medios, se convirtió entonces en la primera línea de combate y Carr el mejor soldado con que el Times podía contar en aquella insólita guerra. ¡Y vaya si peleó durante años!

Ante la irrupción del Kindle y el alza de los e-books, advirtió como el aparentemente beneficioso bajo costo de los libros digitales en Amazon y las licencias concedidas a la empresa por parte del Departamento de Justicia, destruirían el mercado editorial, convirtiéndolo en un monopolio. Rememoró, a propósito del espionaje a reporteros por parte de la poderosa Hewlett-Packard (HP), cómo él mismo había sido presa del “hackeo” cuando se disponía a investigar sobre una importante figura del entretenimiento.

Señaló los peligros escondidos detrás de la naturaleza narcisista de los selfie-sticks y su parentesco con plataformas como Vine, Snapchat e Instagram en un texto cargado de una reflexión mucho más quieta que de costumbre. “A veces usted no necesita el reporte de un analista para visionar el futuro de la industria de los medios y los desafíos que traerá”, encabezaba aquel comentario, buscando con astucia la complicidad del lector común y amante del selfie e Instagram. Impresiona leer sus textos a la luz de hoy y asombrarse ante semejante mezcla de lucidez y raciocinio.

No hay que engañarse. David Carr nunca fue un hombre retrógrado, ni un periodista reticente al desarrollo tecnológico que parecía oscurecer las salas de prensa en todo el mundo hasta hace poco. No faltaron nunca de su parte palabras de elogio hacia proyectos bien articulados y responsables de su impacto en las masas. Tal es el caso de The Atavist, plataforma que calificó de revolucionaria y valiente, al defender los mejores valores del periodismo de largo aliento y acondicionarlas a las nuevas pautas tecnológicas. O Twitter, con el cual pasó de ser un enemigo natural a uno de sus más eficientes usuarios, alcanzando casi cien mil seguidores en sus cuentas.

Diríamos más. De una forma revolucionaria, David Carr era ese periodista ideal que la tradición romántica enmarca. Un hombre inteligente, dispuesto a utilizar su agudeza para desentrañar las tretas financieras de la industria mediática, con una cultura vasta que le permitió prever las flaquezas humanas detrás de algunas innovaciones tecnológicas y lo suficientemente valiente para defender la libertad de discurso o desafiar a quien abusase del poder dentro del negocio, aun cuando esto pudiese costarle su propio empleo. Irónicamente, Carr personificó al clásico paladín en una época y en unos medios que constantemente llamaban a la destrucción de esa figura y el resto de la mitología que la rodea.

Sus esfuerzos tocaron techo cuando un cambio en la jefatura de Tribune Company, poderoso conglomerado mediático, llevó a Randy Michaels hasta la posición de CEO. Carr conocía bien las características del nuevo jefe, una herencia de sus años cubriendo la industria del entretenimiento. El viejo reportero olió sangre.

Supo que existía un gran peligro en que un avaricioso empresario proveniente de otra rama obtuviese las riendas de un grupo mediático y no tardó en enterarse de que la cultura profesional que trajo consigo a Tribune estaba profundamente viciada. No solamente aspiraba a convertir los medios bajo su control en banales experimentos mediáticos que conducían al conglomerado a la bancarrota, sino que dirigía la empresa en un ambiente de vulgaridad y amiguismo, denigrante para los periodistas y demás empleados. Parafraseando a Carr, era un ambiente más propio de una radio en los setenta o Wall Street en los ochenta que un conglomerado mediático actual.

Con esta historia, el jefe del buró de Medios, Bruce Hedlam, decidió saltarse su agenda común y proponerle al alto mando un reportaje que contaba con la investigación más seria que habían hecho hasta el momento, una contrastación de datos casi policial y cuyo resultado solo era común en reportajes de las secciones de Política o Economía. Bajo la amenaza de una demanda, The New York Times publicó un texto firmado por David Carr bajo el título “En la decadente Tribune, historias de una cultura en bancarrota”. Poco tiempo después, Michaels se vio obligado a renunciar a su puesto.

Lo que David Carr demostró para siempre con su trabajo es la necesidad de prestarle especial atención a los medios —como mismo a la Política y la Economía— porque ellos son, a su vez, un gran negocio y contienen en pequeñas dosis al resto de los elementos de todas las sociedades modernas. Demostró también que los medios reproducen el modo de vida y la cultura de las personas que están detrás de ellos. Es trabajo del reportero —en todo momento— encontrar el tejido corrupto y cortar por lo sano.

Premonitoriamente, en su último texto en The Media Equation escribió a propósito de Brian Williams, estelar presentador de NBC Nightly News, de quien se supo que mintió públicamente acerca de su participación en un combate en Iraq: “Queremos que nuestros corresponsales estén en todas partes, que sean increíblemente famosos, trotamundos, hilarantes, prácticos, y sobre todo, fidedignos. Es la descripción de un trabajo que ningún otro puede igualar”.

***

Casi al final de Page One, David Carr reflexiona en voz alta frente a dos de sus colegas en el buró de Medios del New York Times: “Al final, esto es un problema que ustedes muchachos tienen que resolver porque tienen por delante… ¿Cuántos? ¿Cuarenta años más? Si nuestras cabezas ruedan solo tendría que sobrevivir unos diez, quince años cuando más”.

Luego de que Julian Assange, fundador de WikiLeaks, decidiera utilizar tres grandes medios, entre los que estaba el Times, para co-publicar sus archivos clasificados, la situación comenzó a cambiar. El Congreso tomó medidas sobre la distribución de contenidos informativos en la web y los grandes impresos se apresuraron a entrar a la nueva era, justo antes de que la puerta cerrase tras de ellos. Las aguas tomaron su nivel. Había terminado una gran batalla.

Pero David Carr, no lo olvidemos, tenía su propia guerra y un pacto íntimo con el periodismo. Su columna no dejó de ser un preciso faro erguido ante el interminable océano de los medios y la cultura popular. Sin embargo, una vez conciliada la paz, el viejo reportero contaba con el tiempo y la calma necesarios para emplearse de muchas formas distintas en su tarea de ponderar el valor del periodismo. A las participaciones en talk shows, conferencias y paneles en todo el mundo, se le sumó The Sweet Spot, un espacio en el cual David, acompañado de A.O. Scott, dedicaba una hora semanal al debate de un asunto escogido en los límites familiares de la cultura popular y los medios. Una especie de podcast grabado durante sus horas libres en la cafetería del piso 14 de la sede del periódico y publicado en el sitio web del mismo. Es un auténtico placer observar alguno de estos vídeos y ponerle un tono, un timbre y un rostro al implacable narrador de sus columnas.

Asimismo, volvió a las aulas de una universidad, cosa que no hacía desde que era un estudiante de psicología y periodismo en la Universidad de Minnesota. Esta vez, claro está, le tocó ser el profesor. En otoño de 2014, ocupó el primer puesto que ofreció la facultad de comunicación de la Universidad de Boston para la cátedra Andrew R. Lack, con un curso que tituló Press Play. A su plan de estudios, el cual aún puede ser leído en la plataforma Medium, puede considerársele además como la extraña arte poética de un magnífico periodista.

David concibió e impartió un curso completísimo, el cual comprendía todas las fases por las cuales pasa una idea hasta convertirse en una historia publicable en un medio de primer nivel. Asimismo, abarcaba todas las variantes que la nueva era tecnológica ofrece a un periodista, desde la fotografía y la edición de textos, hasta los videos y el contenido multimedia.

Es una ocasión perfecta para descubrir el lado más tierno del feroz Carr —ahora convertido en un amistoso profesor— quien se describía a sí mismo, no como el experimentado reportero y sagaz intelectual que era, sino como “un terrible cantante, pero decente bailarín (…) Alguien que llora con las películas, pero tiene un rostro de piedra en la vida real.” Un hombre decente y humilde, que convidaba a sus alumnos a encontrar su propia voz y aportarle al lector esa parte suya y solo suya del mundo.

Para las personas que aman el periodismo, para los que lo practican y se preocupan por hacerlo de la mejor forma posible, reconforta saber que no hace mucho vivió entre nosotros un hombre como David Carr. Y que encontró en el cariño de sus alumnos, la admiración de sus colegas y la devoción de sus lectores, una expiación para los pecados de su vida temprana.

David Carr fue muchas cosas, pero más que cualquier otra, nadie lo duda, fue un guerrero. Además de luchar contra su adicción, enfrentó a los dictadores de la industria mediática, encaró a los magnates del negocio editorial, destruyó a los impostores de la nueva era y, en la recta final, le plantó cara al cáncer.

Había prometido su vida al periodismo. Por eso, podemos decir que tuvo un final feliz. Unas horas antes de desplomarse poéticamente en la redacción del New York Times —¿en qué otro lugar si no? — el 12 de febrero del 2015, había moderado un panel sobre el laureado documental Citizen Four, acerca de Edward Snowden, con la presencia vía Internet del propio ex empleado de la NSA, así como de Glenn Greenwald, el primer periodista en publicar sus hallazgos, y de Laura Poitras, directora del filme. David admiró el valor tanto de Snowden como de Poitras. De él no había mucho más que decir: su presencia junto a estas personas trascendentales en la historia moderna de los medios, lo decía todo. Murió más tarde esa noche. Tenía 58 años.

 

Recomendamos leer El Oficio: Número Cero