El Economista

El Economista

El respetado Columbia Journalism Review (CJR) acaba de publicar su número primavera/verano bajo el sugerente título de The Jobs Issue: Working. What it takes to be a journalist today. Más impresionante aún, cientos de páginas redactadas por reporteros, analistas y profesores universitarios con prometedoras o consagradas carreras en el periodismo, intentan responder la siguiente pregunta: ¿por qué alguien querría formar parte del negocio de la prensa hoy en día? La cuestión se refiere, aunque no lo mencione, al sector mediático de los Estados Unidos.

Un periodista norteamericano promedio, nos cuenta la revista, gana alrededor de 34 mil ciento cincuenta dólares al año lo cual, en turnos de ocho horas diarias en semanas de cuarenta horas laborales y horas extra, equivale a unos 17 dólares la hora. No hay gran diferencia salarial entre un reportero o corresponsal de un periódico y un trabajador de McDonald´s. A eso sumémosle que los puestos de trabajo en periódicos y revistas decayeron en casi un 50% desde 2005.

No solo la paga es poca y la competencia brutal, sino que la mitad de los puestos de trabajo en el sector periodístico en Estados Unidos se encuentran repartidos entre las áreas metropolitanas de Nueva York, Boston, Chicago, Los Ángeles y Washington, DC. Si tienes 18 años, vives en Iowa o Delaware y quieres ser periodista el resto de tu vida, si alguna vez lo consigues, será lejos de casa seguramente.

El lector sagaz pensará: “La paga es poca, pero el esfuerzo tampoco es tanto.” Veamos. Meg Dalton, antes de recibir una beca del Columbia Journalism Review (sí, esta publicación también es, a su vez, un gran soporte promocional), obtuvo su primer trabajo fijo como periodista a los 26 años, como reportera del modestísimo Greenwich Time, al sudeste de Connecticut. El salario, como sabemos, era bajo; por lo que Meg mantuvo su otro empleo como editora asociada del sitio MediaShift y taponeaba los agujeros en su crédito oficiando como diseñadora gráfica freelance. Las jornadas de 18 y 20 horas de trabajo no acabaron con su vida, pero casi lo logran. Antes de que el brazo generoso del Colegio de Periodismo de la Universidad de Columbia la rescatara, la salud de Meg se parecía menos a la de una joven en sus veinte que a la de una adicta a los estupefacientes.

Compartía las penas con otra Meg amiga suya, de apellido Fair, quien atendía el sector de la música del Pittsburgh City News de día y las mesas del Spak Brothers Pizza en la noche. A los 22 años, su amiga completaba, una tras otra, semanas de 65 horas de trabajo por aquellos días.

Y como ellas, tantos otros.

Que a reporteros y corresponsales —los soldados rasos del periodismo, los obreros de su cadena productiva— les vaya mal puede parecer normal, en estos tiempos en que la economía sofoca a la clase trabajadora más de lo acostumbrado. Pero los editores tampoco están a salvo, ya que es allí hacia donde primero miran los ejecutivos a la hora de recortar gastos. De acuerdo al CJR, en los setenta y los ochenta un editor cualquiera de un periódico cualquiera procesaba a diario la cantidad de palabras que equivalen a un libro de 200 páginas. Si sabemos que las plantillas editoriales no han hecho más que reducirse, imaginemos el número de palabras diarias que lee un editor del New York Times hoy en día y comparemos ese esfuerzo con su salario promedio de unos 24 dólares la hora.

Incluso, el CJR va un poco más allá y se cuestiona, con toda lógica, quién puede estar dispuesto entonces a pagarse una carrera universitaria que lo inserte en semejante ambiente laboral. El resultado de esta situación es un callejón sin salida, en el cual el debate acerca de si debieran o no existir escuelas de periodismo persiste desde hace décadas. Muchos concuerdan en que una educación periodística como becario dentro de un medio es mucho más completa, barata y beneficiosa para el currículum que la vía académica. Pero, por otra parte, el respaldo que reciben los graduados de los programas universitarios a la hora de encontrar trabajo, así como las frecuentes asociaciones entre las universidades y las empresas periodísticas, colocan en ventaja a sus alumnos por sobre los becarios.

Los fallos en el sistema económico de la prensa tienen un fuerte impacto en el perfil social del periodismo, otra de las razones por las cuales pensarse dos veces elegir el oficio como camino en la vida. El programa de diez meses para estudiar periodismo en Estados Unidos cuesta como promedio más de 100 mil dólares. Por lo tanto, cada día menos representantes de las minorías (negros, latinos, hijos de madres solteras, alumnos de escuelas públicas, etcétera) pasan a formar parte del sistema de medios. Como resultado de ello, las personas encargadas de tomar las decisiones en los periódicos más importantes forman un grupo en el cual el 73% son hombres, 9 de cada 10 son blancos, el 60% son graduados de periodismo y solo el 27% de ellos tomaron cursos avanzados.

Probablemente a estas alturas ya usted habrá notado que alcanzar el retiro en un ambiente laboral de este tipo es casi un milagro. El incremento del análisis de datos, la especialización y el uso de las nuevas tecnologías, aceleraron el cambio generacional, alterando su orden natural al menos el doble de lo normal. El periodismo en su gran mayoría, diríamos, no es país para viejos.

Como si todo esto fuese poco, un extraño resentimiento comienza a caer sobre el periodista como integrante de esta sociedad, quizás espoleado por el ascenso de Donald Trump. Para muchos, los periodistas son aquellos que les mintieron cuando aseguraron que este nunca no sería presidente, que antes condujeron a la nación hacia una guerra con el mundo árabe y que ahora, por último, amenazan con llevarse a medio Hollywood a la cárcel con los escándalos sexuales.

El análisis es mucho más extenso y, en su totalidad, constituye un poderoso examen de la prensa mundial que no debe ser desestimado. La conclusión general del trabajo en la prensa se parece mucho a aquel refrán: poco y mal repartido.

Pero ¿qué se propone el Columbia Journalism Review con este completísimo informe? ¿No es acaso el constante flujo de futuros periodistas su razón de ser? ¿Por qué, aun siendo esta la situación, tres de los principales programas universitarios del mundo (University of Southern California, Northwestern y la propia Columbia) han registrado un alza de entre el 10% y el 20% en sus matrículas para estudiar periodismo?

La respuesta a estas preguntas y a aquella del principio que las engloba a todas, no está del todo clara. No la conocemos nosotros, ni tampoco las luminarias del Colegio de Columbia. Sin embargo, existen indicios de ella.

En la nota editorial que presenta el número, Kyle Pope, editor del CJR, recuerda que ser periodista es, en efecto, un trabajo: “Alguien nos paga para que escribamos, hablemos o editemos el trabajo de otro”. Pero destaca que ser periodista es además una identidad. Y el sentido de esa identidad, escribe Pope, “es lo que verdaderamente está siendo puesto a prueba en estos tiempos.”.

La identidad, dice la RAE, es la “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a los demás”.

Durante muchos años, la verdadera identidad del periodista ha sido ignorada. Los cronistas solían ser humildes relatores, testigos fidedignos dispuestos a contar la verdad en todas partes. La historia y la industria editorial se encargaron de convertir al reportero —un eterno outsider— en el centro de sus historias: los Capote, los Talese, los Kapuszinscky. Luego, la propia naturaleza de los medios los convirtió en auténticos héroes: Bernstein y Woodward. Un extraño giro en los acontecimientos ha vuelto a poner las cosas en su lugar y hoy en día solo es periodista aquel que está completamente determinado a serlo. Esperando poco a cambio, cobrando recompensas que a otros parecen ilógicas y sin que ello le reste un ápice a la exigencia y la responsabilidad que recae sobre sí.

En su titánico estudio sobre la cultura y la psicología humanas, «Masa y poder», Elías Canetti habla de “El superviviente” como una suerte de poseso. “La satisfacción de sobrevivir”—se lee bajo el subtítulo «Sobrevivir como pasión»— “que es una especie de voluptuosidad, puede convertirse en una peligrosa e insaciable pasión. Crece al tiempo que aumentan sus ocasiones.” La irredimible pasión humana por sobrevivir, podría ser lo que hace subsistir al oficio del periodismo.

Los astutos periodistas que conforman el consejo editorial del Columbia Journalism Review parecen suponer lo mismo. Por ello espolvorearon su último número de pequeños testimonios de supervivencia, sueltos entre el caos y el pesimismo que define a los ensayos y artículos. Hombres y mujeres que fueron meseros, manejaron un camión de leche, sirvieron tacos en un restaurante, trabajaron como cajeros en supermercados, cantaron el bingo en un salón de juegos y, aun así, insistieron en hacer del periodismo su vida y lo consiguieron. Porque solo de esta manera podrían ser ellos y nadie más.

El oficio de periodista puede que no sea el más noble (¡ya sabemos que no es el más rentable tampoco!) pero es quizá el único donde cada uno de sus practicantes es un superviviente. Durante el incierto tiempo que sobreviva esta columna, en los escasos minutos que a usted le tome leerla quincenalmente, encontrará las historias de algunos de ellos. También, por medio de entrevistas, sabrá de las opiniones y aspiraciones de otros que accedan a compartirlas. Otras veces será un texto como este, lleno de preguntas y con pocas respuestas, el que ocupe las cuartillas que le corresponden.

De manera general, El Oficio es un espacio diseñado para encontrar la respuesta a esas y otras preguntas acerca del periodismo. Y es en su interior —y no en otra parte— donde nos parece que deben buscarse.