¿Qué hace aquí ese baúl? Foto: M.

¿Qué hace aquí ese baúl? Foto: M.

La televisión, que ya veíamos poco en casa, ha quedado ahora totalmente proscrita. Nunca he sido favorable a desconectar de la televisión y, de hecho, siempre me produjo cierta estupefacción la gente que se ufanaba de carecer de ella, personas habitualmente francesas. Pero es bien cierto que el uso de las imágenes ha cambiado totalmente en la última década con las plataformas de streaming y los servicios de visión a la carta, de manera que las pantallas de televisión han cobrado una vida distinta que junta la necesidad de consumir el mundo registrado mediante el lenguaje de la televisión, que es distinto al del documental cinematográfico o la cinematografía en general, con la capacidad de controlar la exposición y adecuarla al ritmo de la vida y el ánimo. Con todo, la televisión de la pandemia, esta Virus TV que emite su ponzoña, es absolutamente prescindible. Todas las que veo en casa, al menos: españolas, incluidos los canales regionales, las norteamericanas, las rusas, francesas, chinas… Incluso Al-Jazeera y Eurovisión, habituales abrevaderos de quien buscaba asomarse al mundo a verlo pasar con cuidado equilibrio entre buitres y alondras, se han contagiado de la peste. Porque la peste, ya lo veíamos, lo fagocita todo y monopoliza todas las voces con su presente de espanto y su futuro de susto.

De modo que ahora, si M. trabaja cuando me levanto o simplemente me ignora, leo un rato antes de empezar a trabajar. Hoy lo hice en clave distinta, porque me tocaba salir a atender un itinerario de compras que había calculado como el ciclista experimentado el recorrido del Tour de France, metro a metro, desnivel a desnivel, vómito a vómito. Cinco puntos de control: farmacia, vinos, quesos, verduras y hortalizas, croquetas y pollo, y el supermercado para leche, pastas, cerveza y helados. Pero no nos engañemos, las croquetas eran el centro. El hombre que se levantó hoy de la cama, miró al tejado de la iglesia y se puso a elegir unas lecturas que lo entonaran era un hombre que sabía que se iba a jugar la vida por una croqueta. Bueno, por una docena y media de croquetas.

Pero necesitaba energía antes de bajar a la selva por la que pasea el virus verde y de ojos achinados que ayer mató a 757 personas en España para un total de 14.555, según el conteo oficial. Lee “oficial” y tose con malicia. En el codo. El codo interior que se han inventado estos meses. Porque las estadísticas de la socialdemocracia son un cuento chino. Energía, sí. De modo que leí un poco a Sebald, aquellas conferencias en Zurich sobre la devastación europea después de la Segunda Guerra que tituló Sobre la historia natural de la destrucción. Lectura útil, porque nos prepara para leer los relatos de la destrucción en la posguerra, en el paisaje después del virus. Y leí un poco a Guido Ceronetti, esa suerte de cuaderno de citas y aforismos que es El silencio del cuerpo. «Quien calla y no sonríe después del amor degrada a Eros», dice. Una idea tan hermosa y rotunda en su simplicidad. Todo ha de ser simple, simplísimo, he pensado siempre. También el estilo, incluso el llamado «(estilo) de vida». Por eso habré titulado Minimal Bildung aquel libro de mi primera juventud.

Salí a la calle a mediodía. Con mascarilla y ese gel para las manos que ahora me echo siempre con un entusiasmo y una alegría que antes reservaba al lubricante.

Fue mi primera visita a una farmacia desde el estallido de la peste. Si los hospitales son el epicentro del horror de la pandemia y los crematorios su expresión definitiva, las farmacias son su iglesia, aquella a la que la gente acude en busca de indulgencia y perdón, a confesar la pústula y rezar por su cura, a soñar con un Dios mientras siente a Satanás tosiendo dentro. El tipo que iba delante de mí preguntó si tenían mascarillas. Que no, le dijeron. Compré el encargo de M. y cuando quise pagar el teléfono no me reconocía la cara otra vez, porque llevaba mascarilla. Dudé unos instantes y me la retiré calculando que era menor el riesgo de hacerlo que el de ponerme a hurgar en los bolsillos.

De ahí fui a Verema i Collita, mi bodega. El buen Pau añadió una botella de regalo, un blanco de Terra Alta, a la caja que llevé mezclando tintos de Jumilla y blancos regionales. Volví a casa, porque la carga pesaba lo suyo y me estaba comiendo el miedo de haberme manchado de virus. Me froté con agua y jabón las manos, la cara, el cuello y el pelo, antes de seguir a por los quesos. Mira, la simplicidad que vindicaba a propósito de Ceronetti no sólo no excluye el disfrute de los buenos quesos, sino que la presupone y exige. Simplicidad es, precisamente, la tierra, la finca, el quesero. También la ordeñadora y las trenzas que lleva, y el serrucho de los Alpes reflejados en los ojos glaucos de la vaca de ubres grandes como el sueño de libertad nacido en Ginebra. No hubo demasiada suerte, no obstante. No había Comté, que era a lo que iba. Y lo que sí había era todo caro, injustamente caro. Me llevé un trozo de Roquefort Papillon, porque hace un mes que no probaba un azul, y un modestísimo Emmental bretón, que me está dando ahora que te escribo un, y perdóname la rima, gran alegrón.

Al muchacho que iba detrás en la cola del supermercado le pusieron ayer una multa por acompañar a su novia a casa. Se lo contaba a alguien por teléfono, mientras esperábamos turno. Estuve tentado de pedirle que me mostrara una foto de la novia a ver si valía la multa, pero habría sido desconsiderado. Y peligroso, porque el tipo llevaba novias, pero no mascarilla.

Dejé las croquetas para lo último. Las croquetas. ¿Hemos hablado ya de las croquetas? ¿Hemos hablado alguna vez en serio?

Las croquetas, el bidé y cierta idea de la amistad son, probablemente, las tres grandes aportaciones que Francia ha hecho a la cultura universal. Me gusta comerlas en unos cuantos lugares que yo me sé y, para comprarlas, acudo a un negocio a un par de calles de casa, donde las tienen de carn d’olla y bacalao, pollo y jamón. Bueno, olvidaba la bechamel entre las glorias de Francia, su Panteón.

Volví a casa satisfecho, orondo, ufano, hambriento. M. frió unas croquetas y preparó una ensalada. Comí con los ojos cerrados la mayor parte del tiempo.

La pandemia, el miedo que nos mete en las vísceras y los huesos te da un respiro a veces. Y resulta emocionante pensar que mientras aguardamos a que la inteligencia y el capital encuentren y fabriquen una vacuna que nos redima de la prisión y la amenaza de muerte, quienes ordeñan las vacas y curan los quesos, baten la bechamel y hacen las croquetas, cargan los palés de vino y cerveza y con ello generan la jugosa, suculenta, enormemente sabrosa materialidad de un mundo que llevarse a la boca por debajo del abrazo de la mascarilla, nos dejan saber que hay esperanza, que hay vida, que hay un mañana que comernos ya hoy.

Y cuando uno goza de ese mundo vivo, real, material, se siente de repente inflamado, animoso, lleno de curiosidad.

“¿Qué hay dentro de ese baúl que tenemos ahí?”, le pregunté a M. con el aroma de las croquetas de jamón aún mareándome.

“No me acuerdo”, dijo ella olorosa a croqueta de pollo. Y me saboree anticipadamente con sus alitas, muslos, ¡la pechuga!

Habrá que entrarle mañana.

Al baúl, digo, que no todo va a ser posponer.