Este 7 de marzo la selección nacional béisbol se enfrentará a Japón en su primer desafío del IV Clásico Mundial de Béisbol. Cuba vuelve al certamen prolongando la deuda de participar con un conjunto unificado, que convoque tanto a figuras de la Serie Nacional como a jugadores que participan en la Major League Baseball (MLB) o en cualquier otra liga foránea.

La conformación del equipo nacional siempre fue motivo de discusiones. Un deporte en sí. Sólo que hasta hace algunos años nos peleábamos por el exceso, enviando jugadores del equipo A al B. Hoy, desbordados de carencias, necesitamos mil cuentas que nos permitan armar por lo menos un C. Llegados a este punto, la discusión ha aterrizado en la necesidad de convocar un Cuba unificado que, más que títulos, traiga el fin de las medianías.

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De todos los errores que pueden producirse en un juego de béisbol, el passed ball –a saber, el pasbol– siempre me incomodó particularmente. Existe un trío de razones para esta especial fobia. La primera tiene que ver con el protagonista de la pifia, el receptor, columna fundamental en las fortalezas defensivas, estratégicas y psicológicas del equipo. La segunda, con la ausencia (casi) total de factores que lo justifiquen. No hay sobresalto. El receptor sabe a qué lanzamiento se enfrentará –léase, durante el texto, cuál es el desafío–, y se espera de él la destreza –deportiva, no política, no ideológica– para manejarlo. Finalmente los pasboles, a diferencia de un mal tiro a primera, parecen siempre costar carreras, que es, en definitiva, partidos. Campeonatos enteros.

Ariel Pestano, quien detrás del home se permitió poquísimas pifias de este tipo, cometió hace un par de semanas un clamoroso pasbol. Según la revista digital Play-Off Magazine, el máscara villaclareño aseguró que un equipo unificado “es un horror y (que) no cree en tal cosa”. Dijo también que “llamarlos (a los big leaguers) a una selección nos quitaría el valor que nosotros nos merecemos. Una cosa así nos ofendería, ellos se reirían de nosotros. ¿En qué sentido? En el monetario, en la profesionalidad”.

No voy a extenderme en el análisis de estas palabras, tan entendibles como particulares. (Recientemente Pestano ha publicado una carta en la que niega haber dado esas declaraciones, y deja entrever que fueron parte de una conversación privada). Desafortunado, como toda pifia, el error de Pestano ha tenido alguna consecuencia positiva. Sus palabras y la cercanía del Clásico han encendido de nuevo el debate sobre la necesidad del equipo unificado. De paso han vuelto a poner en la mira a quienes cometen los pasboles que realmente nos cuestan vitrinas, gradas y televisores vacíos. Nuestros directivos, y los directivos de nuestros directivos. Esos que, a base de errores, desde hace mucho tiempo “están para sentarlos”. El IV Clásico debió haber sido el punto final de su sistemático error.

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Peter Bjarkman es autor de varios libros sobre temas de béisbol, incluyendo el Cuba’s Baseball Defectors: The Inside Story (Rowman & Littlefield Publishers, 2016). Según Bjarkman, en 2015 emigraron de Cuba 102 peloteros, y algunas fuentes ubican el dato en 150. Esta cifra representa un tercio del total de jugadores que se habían marchado desde 1980 y casi el doble del éxodo registrado en 2014. De esos 102 peloteros, 73 (71%) tenían menos de 25 años. El propio Bjarkman aseguró que alrededor de 500 beisbolistas cubanos han salido de la isla en los últimos años. Simplificando matemáticas y llevando el dato –muy arbitrariamente– a una distribución uniforme por posiciones o posibles funciones en el roster, descubrimos que 17 equipos de 28 jugadores (el número oficial permitido para el IV Clásico) se han marchado de Cuba en la última década. Para ponerlo en contexto recordemos, por ejemplo, que en la 56 Serie Nacional participaron 16 selecciones.

Según un artículo publicado en El Nuevo Herald, en este momento, a punto de que nuestra selección debute en el Tokyo Dome, 112 peloteros cubanos tienen contratos vigentes en algún nivel de Las Mayores. Cuatro equipos de 28 jugadores. En 2016, 30 cubanos jugaron en los primeros equipos de más de 15 franquicias de la MLB. En la temporada 2013-2014 –el III Clásico se desarrolló en marzo de 2013– lo hicieron 21 jugadores. ¿Se necesita pedir más señas para saber cuál era el próximo lanzamiento?

No me detengo siquiera en los resultados de nuestras selecciones durante la última década, sino en los gendarmes que por tozudez o conveniencia parecen entender que es el diferendo con Estados Unidos, y no el béisbol, uno de los elementos sagrados de la identidad nacional. O en la crisis de una Serie Nacional que hasta la llegada de los play-off no compite en audiencia no ya con la telenovela, tampoco con documentales sobre la dinámica poblacional de los lémures en Madagascar.

Carlos Martí, director del equipo no unificado ha dicho, y le creemos –aunque la frase es más herencia patrimonial que herramienta del juego– que la selección defenderá la bandera con honor. El problema está en que esa defensa, y por tanto el tiempo para el honor, va autolimitada. También él ha dicho, sincero como pocos, que “el objetivo de esta selección es llegar a segunda ronda”. Tratándose de la selección cubana, un objetivo tan modesto ya es de por sí un asalto a casi todos los honores que nuestro béisbol ha conocido.

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Los medios de prensa estatales, tan especializados en hocicar los errores de las instituciones norteamericanas como en cubrir los de las nuestras, nos recuerdan oportunamente las disposiciones de la OFAC. La imposibilidad de contratación directa de peloteros cubanos por la MLB. La exigencia de una declaración de residencia fuera de Cuba (que no le impide a los big leaguers cubanos participar con el equipo nacional en el IV Clásico, como ha sugerido al menos un texto de Granma, pues el pelotero no tiene necesariamente que ser residente en el país de su selección para ser elegible. El documento con las reglas del evento describe otras seis condiciones que pudieran avalar su candidatura).

Si bien es cierto que estas disposiciones son fundamentales para que el juego continúe cerrado y en extra-innings, no son el único nudo. Como mencionó Dan Halem,  vicepresidente  y director jurídico de la MLB hace dos años, este asunto requiere de la cooperación de los dos gobiernos. La politización del deporte ha llevado a que, por ejemplo, nuestros voleibolistas emigrados tampoco puedan representarnos, aun cuando se desempeñen en países que no le han impuesto ningún bloqueo a Cuba.

En una entrevista realizada por ESPN en septiembre de 2013 y publicada a inicios de 2014, Antonio Castro, ex-vicepresidente de la extinta IBAF y embajador global de la WBSC, expresó que había que cambiar cosas de ambos lados, y que, en su criterio, los big leaguers cubanos deberían poder jugar con el equipo nacional. En diciembre de 2015, durante la visita que realizaron estrellas cubanas de Las Mayores a La Habana, ante la mención de la palabra desertores por un entrevistador, Antonio Castro respondió: “Es una palabra que ustedes usan, para mí, para nosotros (¿?), ellos son jugadores que juegan en Estados Unidos (…) debemos finalizar el tráfico y debemos mirar hacia adelante. El pasado es el pasado”.

Sin embargo, unos meses antes, Jorge Polo, Vicepresidente de Actividades Deportivas del INDER, afirmó que aquellos considerados “traidores” no tendrían la oportunidad de volver a vestir la casaca de las cuatro letras. ¿Quién es la OFAC aquí? El propio Becali en abril de 2016 aseguró que Cuba mantendría “como principio indisoluble (que) los atletas nuestros, que están dentro del sistema deportivo cubano y dentro de nuestra Serie Nacional son los que nos van a seguir representando en los eventos internacionales”. ¿Y aquí?

Para cerrar, hace sólo unos días Higinio Vélez, Presidente de la Federación Cubana de Béisbol, dijo que el equipo unificado tendría que esperar hasta 2021. Mañana, diezmada, Cuba debutará en el Clásico Mundial sin sus big leaguers en el line-up. Otro clamoroso, injustificado pasbol.