La Mumi / Foto: Maykel González Vivero

La Mumi / Foto: Maykel González Vivero

Jacinto es un proxeneta epónimo. El chulo que fundó un prostíbulo y de sus ruinas levantó un callejón como un laberinto al borde de Placetas, la ciudad más próxima al centro de Cuba. Tiene que ser el último viviente que nombró un barrio en este país. Ciento tres años y habla como un benefactor, un patriarca marginal que recibe las visitas en el patio de su casa, sentado en un taburete, de frente al cementerio de la colina.

―Este barrio lo hice yo. Se hacía una casa, otra casa. Venían muchos, como viene la gente. No tenían casa por ahí, yo les he dado tierra para que hagan una casa. ¡Por humanitario!

Foto: Maykel González Vivero

Jacinto / Foto: Maykel González Vivero

Un expediente de la Dirección Municipal de Planificación Física de Placetas describe crudamente al Callejón de Jacinto, periférico, precario, ilegal. Trescientas personas viven en casas destartaladas que el informe llama, con la dignidad del eufemismo, de tipología constructiva IV. Jacinto vive en una de esas, cuarta categoría y tablas sueltas.

―Yo aquí soy popular. Pregúntele a cualquier policía, a cualquiera, desde el más chiquito hasta el más grande, por mí. Todavía no ha tenido un policía que llamarme la atención en nada.

Es popular, pero menos que antes.

Foto: Maykel González Vivero

Foto: Maykel González Vivero

―Jacinto es más viejo que el Morro y es bastante bruto.

A Cintia, la primera transexual que se mudó al barrio, le contaron que el barrio se fundó gracias a la putería, la Caña brava se llamaba el prostíbulo, y ella anda curiosa por saber cómo era, pero no se atreve a preguntar porque las personas que trabajaron en el burdel siguen aquí.

―Jacinto es antipájaro y va con un machete, para que no se metan con él.

Nodelvis vivía en el campo antes de mudarse al Callejón de Jacinto con su mamá, Lidia Ester, y a ella le molestaba que los vecinos lo llamaran por otros nombres, Shakira o Jennifer, nombres de artista. Entonces no confesaba que era pájaro, gay, homosexual, hasta que se hizo amigo de La Mumi, de Sara, de Patricia, las travestis que le cambiaron el nombre al barrio.

Nodelvis / Foto: Maykel González Vivero

Nodelvis / Foto: Maykel González Vivero

Jacinto es un nombre menos popular que nunca. Ahora se llama La Patera. El Lago de los cisnes. La Avenida cuarenta y siete. Al final, el Patíbulo. Por los patos, otra metáfora callejera, y también porque vivir en el barrio, junto al cementerio, parece una condena a la gente convencional.

―¿Quién no conoce la charada?

Yeni tiene cuarenta y siete años, la misma cifra que la avenida. En la charada, un viejo juego chino de números oníricos semejantes a objetos y animales, cuarenta y siete es pájaro.

― Yo soy la jefa de los pájaros. Me gustan los pájaros, los amo.

En El Patíbulo abundan los iniciadores, pioneros, fundadores de algo. Soy la primera trans de Placetas, dice Cintia. Este barrio lo hice yo, decía Jacinto. Yo fui la primera que alquiló a los gais, se enorgullece Yeni, que tenía una casa vacía.

―Todos anunciaban, vayan a ver a Yeni. Una vez me vistieron de macho. Mi marido también entra en todo eso. Él se vistió de hembra. A veces se demoraban un poquito en pagar, pero después me traían el dinerito. Trepados arriba de mí, me hacen de todo. Menos el sexo, de todo.

El callejón hace una curva drástica frente a la casa de La Mumi. Parece otro camino. Por la izquierda, como apurado, empieza a bajar. Hay que bajar frenando con los pies. Frenándose.

Yeni / Foto: Maykel González Vivero

Yeni / Foto: Maykel González Vivero

―Hubo una persona ―Nodelvis señala a Yeni― que me paró aquí mismo y me dijo, “mira, yo no sé si tú eres o no, pero me dieron un recado para ti”.

―Aquí mismitico ―se divierte Yeni―. Y él me dijo, no, no…

―Yo tenía mucho miedo.

Lidia Ester se separó del padre de Nodelvis cuando el muchacho tenía cuatro años y también tuvo miedo. Porque parecía pájaro. Mientras anduvieron errantes iba con esperanza. De Remate de Ariosa a Zulueta, por los pueblos. De ahí a Las Minas, otro barrio de Placetas, hasta que dieron con El Patíbulo, por fin un hogar.

―Llegamos aquí a este barrio y primero… no te voy a decir que me sentí… como nunca había llegado a un lugar donde todos… había una cantidad de… de pajaritos, como digo yo.

―Ahora te llevas demasiado bien con todos ―dice Nodelvis, dulce y sarcástico.

Lidia Ester tiene cuarenta y siete, como la avenida, pero estará jubilada pronto. Limpia las oficinas de una empresa minera y la escoba le hace daño. Empuja el polvo y se queda sin aire.

―Estuve enferma, ingresada con una angina de pecho, y allá iban ellos a cuidarme en el hospital. Para mí los pájaros son mejores gentes que las otras personas.

Así habla, con sus propias cicatrices en el cuello, las típicas de la mujer. Lidia Ester tuvo un accidente o quiso matarse. Las mujeres en Cuba se suicidan con alcohol y un fósforo. Otras veces les explota encima el fogón de queroseno. Cicatrices femeninas.

―Como uno es guajiro del campo, siempre dije que no quería ese tipo de personas en mi casa. Hasta que llegó una pajarita que le dicen Sara. Yo no había desmontado la mudada y ella se me metió en mi casa. Y pegué a hacer relaciones con ella. No quería que me ayudara y ella me obligaba y me ayudaba. Yo tenía crisis de migraña y ella venía para mi casa, me limpiaba, cosas que no le hacía ni a su madre. Entonces le cogí cariño. Salíamos por ahí para allá y decían que era hija mía.

En septiembre de 2017, bajo el huracán Irma, dieciocho personas se refugiaron en casa de Lidia Ester, seis o siete gays y travestis que vivieron con ella una semana. Yunier, Roberto, Andy, Sara, La Mumi.

Foto: Maykel González Vivero

La Mumi / Foto: Maykel González Vivero

―Una semana feliz ―dice Nodelvis―. Sara se levantaba a las cuatro de la mañana, a maquillarse. Dormía con el creyón bajo la almohada. Así pasó el ciclón.

―Esta señora de acá ―provoca Yeni― empezó a traer gais.

―¡Yo traje uno solo! ―Lidia Ester acepta la broma―. Y lo traje hombrecito, pero cogió este trillito por aquí y no sé qué le pasó.

En el mismo trillo, una especie de callejuela larga y tortuosa, viven Cintia y La Mumi. Cintia, casi autóctona, vino a los cuatro años con su madre; La Mumi, que también se llama Naomi, llegó al Patíbulo porque se lo pintaron barato.

―Nací en el barrio más caliente de Placetas ―empieza Cintia―. Le dicen el Blúmer [bloomer] caliente.

Un hada clásica, tatuada en el cuello, con alas transparentes. La conversación hincha las venas y anima un poco esas alas de mosca. Por el placer de tintinear, hada madrina, Cintia se toca las pulseras.

―Unos trajeron a los otros. Y no han venido más porque no hay más casitas. ¿Cuántos allá arriba no te preguntan? El otro día me tropecé con una travesti que me dijo, voy a ser vecina tuya. Yo la miré y le dije, “bueno, ¿vecinas?, bien, tú no vas a vivir conmigo, tú en tu casa y yo en la mía”.

Cintia cuelga velos en torno a su casa inacabada. Portón rústico, portal, puertas. Es la primera trans del Patíbulo y la más desconfiada.

―Para llevarme con la gente no tengo que estar oliéndoles el culo. Me cansé de estar haciendo bien, bien, bien, y al final por atrás era otra cosa. Cada cual en su casa. Sí me llevo con algunos. Ellos en su casa y yo en la mía. De aquí no salgo. Ese es mi papel.

Foto: Maykel González Vivero

Yunier / Foto: Maykel González Vivero

Hace cinco años que Yunier se mudó al Patíbulo y en algún momento se peleó con Cintia. Nadie sabe ya por qué. Dice que vino porque la gente tenía fama de liberal. Celebra así, llamándolas liberales, que no sean tan homofóbicas.

―No es igual comprar una casa allá arriba, en el pueblo, a comprar una casa aquí. Te puede salir en veinte mil o treinta mil pesos, máximo. Todos no tienen dinero para comprarse una buena casa. La cuenta que sacan los que vienen es que el callejón más céntrico es este. Cumbre está muy lejos, tienes que coger coches. Si vas para Tarrao, también. O para el callejón del Mamey. Son lugares muy apartados

―La Mumi estaba de casa en casa ―recuerda Cintia―. Tenía una pareja y alquilaron acá atrás. No podían ni moverse dentro del cuarto. Nada más había espacio para poner la cama, que ni la tenían. La pobre no tenía ni donde dormir cuando vino para acá. Otras siguieron cayendo así mismo, en alquileres. Y se quedaban.

La Mumi trabajaba de prostituta. El marido y la suegra, una mujer de sesenta o setenta años, la esperaban a medianoche en el centro de Placetas para quitarle el sueldo y comer algo. Si no traía treinta pesos, el tipo le daba golpes. A matarla, cuentan en el Patíbulo.

A La Mumi también la violaron en un trillo.

―Fue una persona con la que me llevaba bien. De vez en cuando llegaba a la casa y me decía, “mira, te traje un regalito”. Un día llegó y me dijo, “tienes que estar conmigo por las buenas o por las malas, o te vas del barrio”.

Dos o tres meses duró el acoso. Sara la acompañaba por las noches, pero las violaciones duraron hasta que La Mumi agarró del brazo a su madre y fueron juntas a la policía.

―Las cosas que una hace por dinero son desagradables, pero no me ha pasado nada peor que eso. Le cogí pánico a ese hombre.

La amenaza se volvió contra él. Tuvo que irse del Patíbulo. La policía le advirtió que dejara en paz a La Mumi.

―A mí no me han forzado a tener sexo ―asegura Cintia―. Aquí todo el mundo me conoce. Yo vivo en un solar donde también vive mi tía. Nunca estoy sola.

Dejó de ir a la escuela porque no tenía qué fumar. Sabe que el argumento no convence y se esfuerza, hincha el hada del cuello para explicar que no tenía un peso, que siempre se cierra y no encuentra solución. Cintia terminó la secundaria, luego se prostituyó.

―Nunca los hombres nos van a dar a nosotros lo que le dan a una mujer. Jamás. Cuando un gay llega con bastante dinero en las manos es porque el tipo está bastante loco o se lo estafaste. Los mismos clientes te degradan. Te dicen, “no, porque para pagarte tanto a ti, le pago tanto a una mujer”. Eres una opción más barata. Placetas no es un pueblo para prostituirse. Es un pueblo muerto de hambre.

Cuando veía una cartera gruesa, Cintia se dejaba manosear, cargaba con la cartera y corría. Pasaba la noche bajo un tanque de agua, uno monumental, capaz de dar de beber a toda Placetas. Por ahí salían algunos tipos a saciarse. Salían a veces.

―Noches que no hacía nada, noches que yo me echaba a reír porque tenía un amiguito que me decía, “Dios mío, no aparece nadie ni con diez pesos para comerme una pizza”. Aunque sea para chupársela por diez pesos. Y de buenas a primeras empezó a decirme que si aparecía uno con cinco pesos se la chupaba y compartíamos la pizza.

Una vez Cintia dejó el portal de la escuela y corrió. El tipo le dijo, “vamos a sentarnos, pero en lugar de besarla sacó un cuchillo”. Lo desenfundó al mismo tiempo que se zafaba el cinto y desenfundaba lo demás.

―Le dije, “ah, está bien, espérate un momentico y me voy contigo. No tienes que forzarme”. Había unas amiguitas mías en la terminal y ahí pude escaparme, porque alante de ellas no me podía hacer nada.

Unas amiguitas. Travestis, prostitutas que se cobijan bajo el mismo tanque.

Placetas LGBTI se llama un grupo de activistas que colaboró en enero de 2018 con una encuesta de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). Contaron dieciocho transgéneros en la ciudad. Tú, tú, ustedes, ellas. Una por una. Solo seis no se prostituyen.

―Dejé de salir para allá arriba después que conocí a Rafe y Osmany. No te voy a decir que no lo hacía. Aparecía alguien y yo… Osmany empezó a ayudarme bastante, yo lo ayudaba en las cosas de la casa. Ya no tenía que preocuparme por la comida porque me daba la comida. Él se portaba bien conmigo. No como pareja, ¡éramos amigos simplemente! Bueno, siempre estuvo enamorado de mí.

―Mira, ¡por Dios! ―protesta Osmany, sentado en el sofá.

Entre las paredes sin acabar, Cintia puso butacas y lámparas. Una sala áspera, pero confortable. Rafael y Osmany, de visita, homenajeados con tacitas de café, son activistas y líderes de Placetas LGBTI. Osmany ha hecho de su propia casa un refugio transitorio para asistir a las trans que no tienen techo ni plato fijo. Rafael escribió una tesis de máster sobre ellas, travestis, pájaros, putas, errantes. Cederistas. En el Patíbulo hasta el Comité de Defensa de la Revolución (CDR), una asociación política que alcanza todos los barrios de Cuba y tiene millones de miembros, está a cargo de los gais.

―Aquí el presidente del CDR soy yo.

Eso, además de peluquero.

Roberto nació en Fomento, un pueblo más al sur, hace cuarenta y seis años. Se fue a vivir al callejón cuando conoció a Yunier, diez años más joven. Y ahora Roberto pela a una señora en el mismo taller donde cose su novio.

―Esto empezó para hacer el trabajo más ameno. Porque casi todos cosían en su casa. Como es un trabajo muy monótono, lo mismo, lo mismo y lo mismo todos los días, nos reunimos aquí. Hacemos chistes mientras trabajamos y pasa más rápido el tiempo.

Yunier pedalea. Ruidosa, antigua, la máquina de coser es un emblema del Patíbulo. El día que sea un barrio más viejo y necesite simbolizarse, esta máquina de coser, la Singer museable, tendrá un pedestal junto al basurero de la entrada. Es una pieza vindicatoria, el pedal de la redención. A coro, junto a Yunier, cosen tres. Un gay, una trans, una amiga de los gais, de las trans. Tipología IV, tablas sueltas, ahí cosen los pájaros del Patíbulo, en un taller tan concurrido como un centro comunitario.

―Empecé a coser hace como nueve años. Ganaba bastante dinero. Le daba una patada a la máquina y tenía diez dólares en la mano. Ahora ha bajado bastante la costura.

Cintia aprendió con Erasmo, uno que trabaja en la terminal de ómnibus y cose pantalones. Espió, dudosa, mientras Erasmo usaba el teléfono, porque tiene fama de amargo y le costaba hablarle. De fresca se quedó mirándolo, cuando colgó le disparó, “me hace falta que me enseñes a coser”. Erasmo abrió los ojos, se erizó, dijo que sí. Cintia se hizo costurera.

―Tengo que agradecerle por haberme enseñado a trabajar. Yo no tenía nada. Era una más del montón. Mi casa, malísima. No tenía, ¡de nada! La economía muy mala. Cuando empecé a coser y a trabajar, trabajar, mis días se convirtieron en eso. Dije que tenía que salir adelante, que yo tenía que tener algo.

Erasmo no vive en el Patíbulo y de seguro nunca viene. Su casa de portal, paredes azules, puerta y ventanas blancas, queda cerca del antiguo barrio burgués de Placetas, a medio camino entre la estación de policía y el centro de la ciudad.

―Sí, enseñé a Cintia. Pero no puedo hablar de eso ahora. Estoy ocupado. Ni un minuto.

Se despide y cierra la puerta y las ventanas blancas sin contemplaciones.

Los pájaros y travestis del Patíbulo no cosen por su cuenta. Hacen los pantalones de Gervis, un negociante que vive en el otro extremo del pueblo. En el merendero de la esquina, una mujer señala una casa de dos plantas, Kelvis, Delvis, el de la ropa, vive allá. Dejaron los postigos abiertos, pero nadie responde. Llegan dos, se bajan de un carro y van a hablar con el vecino, que les dice, “vengan luego, Gervis salió de la ciudad”. Los tipos, uno con aire de jefe, el otro de factótum o guardaespaldas, dejan unas muestras. Unas telas quizás. Por el postigo se ven cristales y muros de nuevo rico, forrados de losas hasta el techo.

Con las esquinas destartaladas, como la gran calle de un pueblo del far west, la ciudad pasa por una de los lugares más inclinados a la pequeña empresa, que no se llama así en Cuba, sino trabajo por cuenta propia. Estropeada y floreciente, con un portentoso mercado negro, a Placetas ya le nacen periferias acomodadas, con casas de cristales, verjas, losas hasta el techo.

―Erasmo no quiso llevarme a conocer a su jefe. Para hablar con el hombre tenía que ir yo. Fui y me peloteó un poquito. Me dijo, “vete a casa de mi tía”. Cuando llegué, la tía me dijo, “¿ya viste a fulano?” Al final me dio el trabajo. Ellos querían darme el visto bueno los dos, porque llevan juntos el negocio. Primero cosí un pantalocito de niño. Ay, Dios mío, ¡aquello era así!

En el aire, Cintia marca el tamaño de un retazo.

―El chorcito estaba a treinta y cinco pesos, ahora está a quince.

Su marido tiene un par de teorías para entender por qué cosen por menos dinero que nunca en el Patíbulo. Rosiel cree que hay mucha ropa de factura industrial a la venta y que la gente no quiere otra. Dice, además, que muchas costureras se cansaron de trabajar para otro y consiguieron créditos bancarios para emprender su propio negocio. Gervis, en represalia, bajó los salarios. Yunier, sin embargo, supone que pagan menos porque subió el precio de la mezclilla.

―La compra todavía, pero nosotros pagamos la diferencia.

―Y fíjate si gana ―sigue Rosiel― que se compró un carro petrolero, un Peugeot. Luego dio el Peugeot y 50 mil dólares más por uno de gasolina, más moderno todavía. Cada hijo con su propia casa y tiene cuatro carros más, boteando, ¡hay dinero!

Cintia y Rosiel cosen veinte pantalones cada día. Yunier y Roberto, diez o quince.

―Todos los costureros de él hemos prosperado ―zanja Cintia―. Cuando empiezas a ganar dinero y a cambiar la vida, tienes más amistades. La familia te visita más. Porque es así.

Pájaros y travestis cosen los pantalones de Gervis, no solo en el Patíbulo. Hay más que pedalean para él por toda Placetas. Nadie cree que los contrata por filantropía.

―Somos más confiables ―dice Rosiel―. Una puta se va a fiestar y se mete una semana sin trabajar. Pero nosotros no. La puta tiene un marido que la mantiene. ¿Quién nos va a mantener a nosotros?

Contra las putas, las mujeres, el mismo desprecio. Los pájaros no se embarazan, sugiere Osmany cuando modela una esfera de aire sobre su vientre. La discriminación, la misma, contra las mujeres, los pájaros, las putas. Pero cuesta verlo.

Por reacción, los pájaros cargan de defectos a los cheos, como llaman en el Patíbulo a los heterosexuales. El egoísmo, por ejemplo.

―Siempre resuelven los problemas de ellos primero, los cheos.

Foto: Maykel González Vivero

Foto: Maykel González Vivero

Cintia habla del día que decidieron limpiar el callejón después del huracán Irma. Habla, más que nada, de la épica travesti, hacha en mano, ante otro símbolo, el camino cerrado.

―Estaba intransitable. Nodelvis empezó con el lío de si lo hacemos hoy, lo hacemos mañana. Hasta que un buen día llegó y me dijo, “Cintia, qué vas a hacer, vamos a limpiar el camino”. Yo puse un poquito de peros, que estaba ocupada. Mentira, al final dije, “voy para allá”. Eran los gais los que estaban. Los gais, las trans, con aquellos palos enormes. Los cortamos, los sacamos de ahí. Dejamos el camino limpiecito.

La máquina Singer que cose otro camino. Una bonita imagen del barrio, su moraleja, si no fuera por las putas, calladas y viejas, que no cosieron ni saben coser. La lección vigente de la Caña brava, el prostíbulo abolido en un paraje que no sabe descoserse del rincón, el sexismo, la violencia del principio.

―¡Ay, Dios mío!

Jacinto no sabe decir cuántos hijos tiene porque perdió la cuenta.

―Por qué usted no me pregunta cuántos hijos de puta tengo. Pero le digo una cosa, negros no. Yo siempre busqué la pintura blanca.

A dos niñas que frenaron la bicicleta para saludarlo, las mira, maligno, y les dedica una frase que le parece un chiste.

―Me están cazando estas hijoeputas para pedirme dinero.

Y cuando habla de su juventud, cada vez que se pone evocador, dice lo mismo.

―A mí sí me corrían atrás. Eso sí lo puedo decir yo. Botaba una y cogía otra. Ese era el trajín mío.

―Ahí hay un juego de palabras ―razona Rafael, a la salida del Patíbulo, a punto de dejar atrás el basurero ―. Decía que eran hijoeputas, sus propios hijos, pero es que realmente eran hijos de unas putas. Las putas del bayú.