Policía de guardia frente al domicilio de Mónica Baró

Policía de guardia frente al domicilio de Mónica Baró / Foto: Cortesía de la autora

Son las 4:58 de la tarde del 30 de junio de 2020 y acaba de retirarse la última patrulla de la cuadra en que resido, en el municipio Playa, La Habana. El último de los tres carros patrulleros que mantuvo vigilancia policial en los bajos de mi edificio para impedir que yo saliera hoy.

Eran dos personas vestidas de civil, una con uniforme verde olivo, y otras dos con uniformes de la Policía Nacional Revolucionaria. Dos mujeres y tres hombres.

La mujer policía permaneció casi todo el tiempo dentro del auto, con su celular y sus uñas largas, que podía ver desde mi ventana en el primer piso. La otra, con una blusa blanca, estuvo casi todo el tiempo de pie, inquieta. A ella y al otro hombre de civil les vi comer, la comida dentro de un nylon, apoyados sobre el muro de una casa vecina.

Hubo un momento en que la mujer de civil se bajó el nasobuco verde —debía estar sofocada—, y la escuché decir que tenía ganas de llorar, como quien dice que ya no aguanta más.

Su patrulla era la número 402. Ahí se fueron los cinco, tras unas nueve horas de vigilancia.

Policía de guardia frente al domicilio de Mónica Baró / Foto: Cortesía de la autora

Policía de guardia frente al domicilio de Mónica Baró / Foto: Cortesía de la autora

Hoy se suponía que, en distintos puntos del país, la gente se manifestara. Par de días atrás, activistas y organizaciones sociales habían convocado para este 30 de junio a protestas pacíficas contra la brutalidad policial. El detonante había sido la muerte de Hansel Ernesto Hernández Galiano, el pasado 24 de junio, en el municipio Guanabacoa, cuando un policía le disparó con su arma de fuego.

Hansel Hernández era un hombre negro de 27 años. El Ministerio del Interior, en una declaración oficial, sostuvo que estaba robando cuando dos policías salieron a su encuentro, que se dio a la fuga, que agredió con piedras al policía que iba tras él, que el policía disparó en defensa propia. Pero de nada de esto hay evidencias.

Las circunstancias de su muerte continúan siendo un misterio. No quedaron documentadas en un video, como en el caso del afroamericano George Floyd, ni han aparecido testigos. No obstante, desde que el 25 de junio la tía de Hansel Hernández publicó la historia en Facebook, junto con una foto del cadáver, y pidió que el hecho no quedara impune, las redes sociales estallaron.

Este no es el primer caso que genera una discusión sobre abuso del poder policial desde que el 23 de marzo último se extremaron en Cuba las medidas para la contención del Covid-19 y se agudizó en todo el país la escasez de alimentos y productos de primera necesidad. Los reportes de personas multadas o detenidas por no usar el nasobuco en las calles, por denunciar en redes sociales el «hambre» y las arbitrariedades cotidianas, por filmar con sus celulares las colas para comprar en los mercados o enfrentamientos entre civiles y agentes policiales, han aparecido una y otra vez en medios cubanos independientes o extranjeros.

El abuso del poder policial no es un tema que haya venido con la pandemia. Por ejemplo, el año pasado una madre también denunció la muerte de  su hijo, otro joven de 27 años, llamado Raidel Vidal Caignet, a consecuencia del disparo de un policía en Holguín. Pero, sin dudas, el actual escenario ha incrementado las tensiones entre las autoridades y la ciudadanía.        

Yo no iba a ir a la manifestación de este 30 de junio. En La Habana, los asistentes debían encontrarse junto al Cine Yara, en la esquina de L y 23, en el Vedado, a las 11 de la mañana. En el mismo corazón de la ciudad. Las convocatorias decían que quienes no pudieran llegar al Vedado, puesto que el transporte público está suspendido desde abril, también podrían ir a protestar en las afueras de las estaciones de policía municipales. Pero enfatizaban en L y 23.

Las motivaciones de quienes convocaban a sumarse me parecían legítimas. ¿A quién con un poco de humanidad le puede parecer ilegítimo reclamar justicia para un joven baleado y el cese de la violencia policial? Aun si fuera cierto que Hansel Hernández estaba cometiendo un delito en el momento en que la policía lo abordó, si fuera cierto que quiso huir, seguiría siendo un ciudadano que merece justicia.

Pedir justicia no es más que pedir transparencia en la investigación del caso. Porque todavía no se sabe si, verdaderamente, el policía disparó en defensa propia a un sospechoso de un delito, luego de perseguirlo casi dos kilómetros, tal como indica la versión del Ministerio del Interior, o no. 

Si yo no iba a ir, no era porque no creyera necesaria la manifestación sino porque la creía improbable. No sentía que la sociedad cubana estuviera lo suficientemente sensibilizada o indignada con la historia de Hansel Hernández y sospechaba que pasaría lo que pasó hoy: decenas de detenciones y cercos policiales en viviendas para impedir a los activistas manifestarse en espacios públicos y a los reporteros independientes hacer su trabajo.

Vi la primera patrulla justo después de levantarme, sobre las 8:30. Normalmente me despierto más temprano, pero anoche se me pasó silenciar el celular antes de irme a dormir y, sobre las dos de la mañana, empecé a recibir mensajes con códigos de Facebook, como si alguien hubiera estado intentando acceder a mi perfil. No era la primera vez que me ocurría, pero en ese momento me puse a revisar la seguridad de mi red, y me desvelé.

Este martes, en cuanto abrí los ojos, me puse a indagar cómo había amanecido la isla y, tal como imaginé, las noticias no eran nada alentadoras. Desde el día de ayer se había visto un despliegue de efectivos policiales en las zonas cercanas al cine Yara.

Cuando salí de mi cuarto, me dirigí a la sala y a continuación me asomé por una ventana, sin abrirla, y ahí estaba: la número 129, con un policía. Tampoco era la primera vez que yo veía patrullas estacionadas en mi calle. Cerca de donde vivo hay un mercado que casi a diario genera aglomeraciones de gente que viene desde municipios lejanos, a veces desde el día anterior, para comprar alimentos. La presencia de patrullas se ha vuelto habitual en mi barrio desde que comenzó la pandemia. Sin embargo, esta vez supe enseguida que la que veía justo frente a mi edificio no estaba ahí para garantizar que la gente no se matara a golpes por un paquete de pollo.  

Cola cercana al domicilio de Mónica Baró / Foto: Cortesía de la autora

Cola cercana al domicilio de Mónica Baró / Foto: Cortesía de la autora

Al principio me puse nerviosa, mis manos temblaban. Hasta que varias personas a las que había escrito me confirmaron que estaban en una situación similar a la mía y comenzaron a denunciarlo en las redes sociales.

Me tomé tiempo para hacer mi denuncia y durante esa espera estuve observando al policía. A cada rato miraba para mi apartamento, o quién sabe si a los cables de electricidad, o a los nidos de gorriones. Tenía gafas oscuras. Me pregunté cuál sería su orden, qué sabría de mí, si me buscaría en Facebook, si habría leído lo que escribo…

Si a mí me mandaran a vigilar a alguien, yo haría esas cosas. Me gustaría saber, hasta donde fuera posible, a quién vigilo. O a quién debo detener, si fuera necesario. Debe ser por eso que soy periodista y no policía.     

Cuando presencié la manera en que le respondió a una pareja que le hizo una pregunta sobre la cola en el mercado —así, con cierto desdén, como si eso no tuviera que ver con él—, me convencí de que él estaba donde estaba por mí.

Eran como las 9:15 cuando hice la denuncia en Facebook con un texto y una foto en la que se veía claramente el número de la patrulla. El rostro del policía decidí no mostrarlo. Casi no se distinguía, debido al nasobuco, sus gafas y la distancia, pero aun así pinté su cabeza de rosado.

Hace poco, en la Televisión Cubana, se dijo que en Cuba estaba permitido sacar fotos de policías, siempre y cuando no se subieran a las redes sociales, porque era necesario respetar los derechos de una persona sobre su imagen. Algo que es una tontería, porque cualquier persona informada sabe que, en los países medianamente democráticos, un policía en el ejercicio de su labor, en tanto funcionario público, está sujeto a que le filmen o le saquen fotos. Pero, bueno, no estamos en un país medianamente democrático.

Al rato llegó una mujer policía. Si alguien me iba a arrestar iba a ser ella. No deben querer que se diga de ellos que cometen violencia de género, y piensan que la violencia de género se evade, simplemente, poniendo a una mujer a lidiar con otra mujer. Y el racismo, poniendo a un negro a lidiar con otro negro.  

Menos de una hora después de la denuncia, ya la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (Etecsa), la única de su tipo en el país, me había suspendido el servicio de datos móviles. A mí y a otros usuarios. Las llamadas —vaya gesto— no me las cortaron, ni en el celular ni en mi número fijo, y pasé casi todo el día hablando —calmando— a las amigas y amigos de siempre.

De acuerdo con Cubalex, este 30 de junio se reportaron 84 personas en arresto domiciliario y muchas de ellas perdieron el acceso a Internet a través de su celular. Varias horas después de haberse ido la última patrulla, no me lo habían repuesto.

A pesar de todo, me esforcé para que mi día transcurriera lo más normal posible. Trabajé, emprendí tareas domésticas, y hasta me peiné. Lo más duro fue no poder estar pendiente de las personas que estaban siendo detenidas a lo largo de la jornada… Yo no lo sabía, pero esa lista iba creciendo: llegarían a sumar 48.

Más de 130 cubanas y cubanos fueron víctimas este martes 30 de junio de violaciones de sus derechos, y yo integro esa cifra. Pero no me he detenido mucho a pensar en cómo me siento. Ni siquiera cuando soy parte de la noticia puedo dejar de actuar como periodista. Eso ayuda también: ese sentimiento de que no eres más importante que lo que está ocurriendo. 

Yo, que no escribo de noche, estoy ahora mismo escribiendo de noche. Yo, que no suelo acabar un texto en un solo día, estoy acabando este texto en el mismo día.  

Si algo me consuela es haber estado sola en mi casa. No tenía la menor idea de qué podía sucederme hoy, pero una de las posibilidades era que me detuvieran. Solo por esto me consuela que no hubiera habido cerca de mí nadie a quien pudiera dolerle verme detenida.

La noche anterior había considerado quedarme fuera. Me lo aconsejaron; no lo hice. Sentí que solo iba a trasladar el problema a una casa ajena. ¿Hay manera de escabullirse de la Seguridad del Estado? Si alguien la conoce, que la cuente.

Perdí un turno médico, que debo volver a programar, y tuve un ligero problema con mi basura, que agarró gusanos de un minuto a otro. Hordas de hormigas atacaron a los gusanos para devorarlos. Un vecino me hizo el favor de botarme la basura y dediqué como una hora a limpiar el patio. No la había sacado la noche anterior porque no estaba llena, y las bolsas escasean: no piensen mal de mí.

De ninguna manera iba yo a intentar salir. Ni por turnos médicos, ni por gusanos, ni por hormigas. Tampoco quise comprobar que las distintas patrullas estaban ahí para impedirme salir. (El número de la segunda, lo debo).  

Que me cortaran los datos ya lo confirmaba. Que hubieran traído una patrulla adicional para controlar a la muchedumbre que se concentraba para el mercado ya lo confirmaba. ¿Para qué iba a exponerme a una detención?

Todo intercambio con la policía, con la Seguridad del Estado, agota. A mí me toma tiempo recuperarme. Tiempo que le quito a las historias. Cuando vaya a ser, que sea; pero mientras pueda eludir esa energía oscura, la eludo. Hoy, hasta cierto punto, pude. 

No abrí las ventanas hasta casi las 11 de la noche.

No, no aplaudí a las nueve al personal de la salud para celebrar lo bien que estamos enfrentando la pandemia. Confieso que hace semanas que ya no me asomo a la ventana para aplaudir. Antes yo era de las que más aplaudía. Antes yo tenía fe en que esta iba a ser una historia con final feliz.