Plantas como islas. Foto. M.

Plantas como islas. Foto. M.

Cuando principiaba este año de la peste e ignorantes de lo que se avecinaba, M. y yo decidimos que sería el año de la reforma en casa. Es una idea que llevábamos largo tiempo acariciando. Una amiga arquitecta conectó enseguida su talento al proyecto. El apartamento fue minuciosamente medido. Celebramos varias reuniones para intercambiar pareceres, pensar en soluciones. A mediados de febrero la cosa iba con velocidad de crucero, los planos de ejecución estaban avanzados, comenzábamos a valorar nombres de industriales que se encargaran de la obra y discutíamos acerca del calendario: si alcanzaríamos a hacer las obras en primavera, si dejarlas para el verano o, incluso, si postergarlo todo hasta el otoño para hacerlas coincidir con nuestras vacaciones. O sancta simplicitas!

No es cuestión baladí ésta de medir el espacio que habitas y recomponerlo. De hecho, descubrí que es un asunto de una gravedad absoluta. Sobre todo en un apartamento tan pequeño como el nuestro, donde la optimización del espacio te obliga a hacerte muchas preguntas sobre tus hábitos y tus predilecciones. Y los de la persona con la que compartes ese espacio. Decidir qué y cuánto perder para ganar algo.

Ahora, en medio de la pandemia, de la muerte ahí afuera y del hundimiento de la economía durante los próximos trimestres hasta simas a las que da pavor asomarse, la ejecución de esas obras que hace apenas tres semanas eran cosa tan cierta que ya se olía aquí a polvo y se escuchaban anticipadamente los golpes de piqueta, parece cosa de otro mundo. De hecho, llevaba días tan ajeno a esa cuestión como a muchas otras que eran moneda común antes de que el Gobierno nos encerrara en la prisión. En la misma prisión que nos aprestábamos a reformar.

Esta mañana, no obstante, sucedió algo que devolvió esos planos y aquellos planes a la mesa de nuevo. Una de las lectoras más atentas que tienen estas páginas me envió algunas fotografías de una edición de Bestiario de Julio Cortázar donde el cuento «La casa tomada», al que aludía hace unos días, aparece ilustrado bellamente con el plano de planta de la casa y el texto repartido en las habitaciones, vaciándolas poco a poco como lo hicieron los solitarios hermanos en Buenos Aires. La extraordinaria belleza de la imagen y la idea, clara como el agua clara, de que el perímetro de la casa que habitas en la pandemia es un espacio cerrado, una pequeña isla que llenas con las palabras que pronuncias o escribes, me produjeron una increíble sensación de confianza y entré a la ducha como si me zambullera en un río.

M. sirvió hoy garbanzos. El amor entra por la cocina, decían antaño. Será por eso que la cocina es el centro de la reforma que dibujan los planos.

A la altura de los postres, CNN contó que los EEUU deja de emitir pasaportes a sus ciudadanos. Los confina en el perímetro cerrado del país. El muro que iba a impedir entrar a los inmigrantes de Centroamérica y México es ahora una frontera de papel timbrado que no deja salir a los que viven dentro. Ni se entra ni se sale. ¡Confinados! Leo que hay algunas excepciones para escapar del abrazo de la patria americana, no obstante. Razones de fuerza mayor especificadas con celo administrativo. Las peticiones, explica la Lubyanka de Washington, han de ser formuladas con la debida argumentación y ser presentadas tres días antes del pretendido viaje. Los comisarios estudiarán caso por caso. En cierta isla del Japón que antes estuvo unida a otra mayor y quedó aislada por las aguas vive una especie de jabalíes diminutos. Se han ido encogiendo para sobrevivir en su espacio pequeño, en el perímetro cerrado donde no hay ni qué comer ni razón para erguirse.

La isla que es «America». Make America great again, decía el Niño Trump convertido ahora en un jíbaro reductor de cabezas. El Gulag también era un archipiélago: un catálogo de islas. La reacción a la pandemia nos está convirtiendo en aldeanos miedosos y tacaños que afilan las horcas para hincarla en el lomo y los ojos del vecino global. Habitantes de islas como espacios cerrados desde los que, como dice Lezama en su “Coloquio con Juan Ramón Jiménez” citando a Ortega, “los isleños solo entornan los ojos a la vista de los barcos cargados con enfermedades infecciosas”.

Lezama y su vindicación de la cultura del litoral, esa tentación fenicia, y su fe en la insularidad para que regalara un mito a los cubanos me entretuvieron un tramo de la tarde. Había olvidado el delicioso disclaimer de Juan Ramón que precede al Coloquio. Dice, más o menos, que no está seguro de haber dicho todo lo que Lezama pone en su boca, pero que estando tan bien expuesto, rehúsa impugnarlo en su totalidad.

Es exactamente lo contrario de lo que debemos hacer con el saldo de la pandemia, cuando nos pongan en libertad: impugnarla toda, la muerte que trajo, la imprevisión criminal que la extendió y el temible alcance de su asalto a las libertades, la privacidad y hasta el libre albedrío.

Asegurarse de que nos deja una casa en cuyo perímetro vale la pena vivir y podamos hacerlo con las puertas y las ventanas bien abiertas.

Claro que antes habrá que asegurarse de que el porvenir nos deje también ganarnos los garbanzos.