Cada cierto tiempo, Ramón Mercader reaparece en el horizonte, empuña su piolet… ¡y vuelve a matar a Trotsky! Entrenado por su madre para consumar tal destino —con Stalin siempre en el control remoto—, Mercader mantiene vigente el salvoconducto para su eterno retorno en esta cultura sobre la que ejerce una fascinación cíclica.

Acaba de confirmarse con El elegido, película dirigida por Antonio Chavarrías y estrenada recientemente en España. No será la última vez que se asome a la pantalla o a las páginas de un libro. Tampoco la primera.

Este mismo año, por ejemplo, Gregorio Luri ha publicado El cielo prometido. Una mujer al servicio de Stalin, donde desmenuza la vida y contradicciones de los Mercader, en particular Caridad, la madre del clan. En 2011, Nuria Amat lo abordó en Amor y guerra. (Se da el caso de que Mercader había flotado sobre la familia de la autora como un tabú, un fantasma embarazoso que sólo podía intuirse leyendo entre líneas).

Entre Amat y Luri, dos libros con la palabra “hombre” en su portada. El hombre del piolet, de Eduard Puigventós López (2015) y El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura (2013). En 2007, José Ramón Garmabella había entregado El grito de Trotsky, abundando en el asunto y en alguna medida justificando al “asesino de un mito”.

Ya Jorge Semprún había saldado cuentas con el estalinismo cobijándolo en La segunda muerte de Ramón Mercader (1969). Ya Guillermo Cabrera Infante le había dado cuartel en Tres tristes tigres(1965) y, sobre todo, Mea Cuba (1992). Ya el cine le había hecho un sitio. Aunque si bien su hermana actriz, María Mercader, estuvo casada con Vittorio de Sica, no fue éste quien lo llevó a la pantalla, sino Joseph Losey. En El asesinato de Trotsky, 1972, Richard Burton interpreta al revolucionario ruso. A Mercader, un Alain Delon cuyas prestaciones quedan por debajo del Ripley de A pleno sol o el gángster silencioso de El samurái (El silencio de un hombre).

Aquí conviene recordar Asaltar los cielos (1996), intenso documental de José Luis Linares y Javier Rioyo en el que Caridad Mercader alcanza, como quien dice, su definición mejor.

Estas aproximaciones son diversas, evidentemente, y van de la parodia al ajuste de cuentas, pasando por el anti-trotskismo militante o las justificaciones psicológicas del asesinato.

Ramón y Caridad habitan un pozo freudiano en el que aún queda mucha agua para regar la vereda que va del proletkult al “pioletkult”: de la exaltación de la bondad proletaria a la fascinación por la maldad que ésta, o en nombre de ésta, puede llegar a encarnar.

El “pioletkult” se entiende aquí como la Ostalgia. Un capítulo de ese género mayor que me gusta llamar Eastern y que implica la atracción de la cultura occidental por el mundo comunista y sus incontables tramas. Verbigracia de este hechizo, cada cierto tiempo tenemos garantizada nuestra dosis de un Mercader que, como el hombre del saco ideológico, siempre parece dispuesto a abrirle el cráneo a los militantes descarriados.

Pero el “pioletkult” no debe limitarse a la recurrente aparición de este chichiricú de la ortodoxia estalinista. Su abanico es algo más amplio e incumbe, sobre todo, a esa cultura de la purga que ha acompañado a la izquierda en toda su historia. A Trotsky no lo mató el imperialismo. Ni el orden burgués. Ni unos sicarios del Chase National Bank. Tampoco murió de su cangrejo moro, ni de dos y dos son cuatro ni, claro está, de un sonetazo (para decirlo con las palabras de un poeta comunista).

A Trotsky lo mató el estalinismo, por más que el piolet lo blandiera un tipo que arrastró su complejo de Edipo por todo Occidente hasta llegar al profeta (ya desarmado y desterrado).

El “pioletkult” registra las intrigas de una parte de la izquierda que se cree La Izquierda, y de unos revolucionarios que se creen La Revolución. Se sumerge en las malas artes de los más papistas que el Papa y en las de los Papas que no pueden vivir sin esos papistas. Así que podría contemplar, perfectamente, las cribas de los años de plomo —con damnificados como Roque Dalton o Maurice Bishop, pongamos por caso— que segaron la vida de los “traidores al dogma”.

Visto a distancia, el lenguaje militar clasificaría estas escabechinas bajo el concepto de “fuego amigo”; un incidente en el que acaban muriendo uno o más correligionarios. El problema es que, en este caso, las muertes obedecen a un acto programado y no a un error humano o técnico.

Quiso el destino manifiesto —o el manifiesto comunista— que Mercader cerrara el círculo de su vida en la isla de donde salió su extremista progenitora: Cuba. Allí vivió sus últimos días en el anonimato, añorando Barcelona y condenado al “olvido amigo” del que ahora vuelve a ser, una vez más, rescatado.

 

Tomado de El Estado Mental