Presidio Modelo

Presidio Modelo / Foto: Darcy Borrero

Ese día, Nirma Rosa y su cuñada Magali estaban tendiendo la ropa de los militares después de haberla dejado limpia. Más tarde tendrían que planchar aquellos inmensos pantalones y camisas verdes; sucios de tierra colorada, de sudor y de otras cosas. Lavaban y planchaban por encargo los uniformes de otros guardias que no eran sus esposos ni sus parientes pero que, como ellas y sus hombres, vivían allí a petición del Gobierno Revolucionario.

Provenían de Holguín. Como tantas otras familias del oriente y de otras zonas de la isla grande se asentaron, desde el temprano 1961, en casas que antes ocupaban oficiales del penal más temible que haya tenido el archipiélago cubano: el Presidio Modelo.

Nirma Rosa Rodríguez Batista / Foto: Cortesía de la entrevistada

Nirma Rosa Rodríguez Batista es su nombre completo y ahora está sentada en una camilla del único hospital de la antigua Isla de Pinos, rebautizada en 1978 por Fidel Castro como Isla de la Juventud. La anciana ahora convalece de una neumonía y recuerda, con la respiración entrecortada, sus veintitantos en el Presidio Modelo, donde comenzó a criar a sus hijos antes de que le otorgaran una casa en Mella Pino Alto.

Recuerda que, con una presilla en mano y la ropa al hombro, la sorprendió aquella vez una revuelta de presos: desde arriba, desde un lugar que no era el cielo, caían jarros, cucharas, y todo aquel utensilio de metal que hiciera ruido. El ruido, eso era lo más insoportable, dice Nirma. A ella y a su cuñada las resguardaron enseguida, pero escuchaban los disparos. Luego sabría que varios presos se habían escapado y desaparecido rumbo a la Fuente Luminosa, otro de esos eufemismos que esconden el verdadero horror.

De aquel sitio, un pantano donde abundaban los cocodrilos, decían que jamás nadie pudo volver. Quienes habitan los alrededores de la Fuente Luminosa a menudo cuentan huesos que el tiempo revela. Escuchan voces y atisban fantasmas que emergen de otro tiempo.

«La isla de los 500 asesinatos» y Presidio Modelo, textos escritos en los años treinta por Pablo de la Torriente Brau, un preso político más en aquel encierro circular, son pródigos en descripciones y narraciones de lo que allí ocurría: «los que salían con Castells a trabajar a la Fuente Luminosa, jamás regresaban».

«Miles de gritos, aullidos de hombres muertos, ahogados en los pantanos entre el fango y la pudrición, destrozados a culatazos por los soldados, derribados a balazos, como venados en fuga; muertos de hambre, sed y de frío en las celdas, estrangulados alevosamente en las Circulares por los mayores; reventados sobre el pavimento, defenestrados como muñecos de trapo desde los últimos pisos; dormidos para siempre en la mesa de operaciones por la inyección traidora, ante el silencio aterrado o cómplice de los enfermeros»; esto escribió De la Torriente Brau en «La isla de los 500 asesinatos», una serie de 13 reportajes que denunciaban los horrores cometidos en el Presidio Modelo durante la jefatura del Comandante Pedro Abraham Castells.

Temible era el pantano colindante, pero más lo era el Presidio. Durante el «machadato»1 murieron allí más de 400 penados.

Construida en los años veinte del siglo pasado a semejanza de una penitenciaría estadounidense en Illinois, esta cárcel-panóptico soportaba un aforo de cinco mil reos, distribuidos en cuatro edificios de planta circular de cinco pisos cada uno, 93 cabinas con dos camas cada una.

Presidio Modelo / Foto: Darcy Borrero

«El 1ro de febrero de 1926 el presidente Gerardo Machado dejó inaugurado el inicio constructivo en acto oficial y simbólico, al firmar el acta sobre la primera piedra que luego fue colocada en la base del edificio de Administración», se lee en la sección museística del Presidio, hoy mayormente en ruinas sin que, por otra parte, haya un proyecto serio que devuelva esperanzas de restauración a este sitio macabro, pero, al fin y al cabo, valioso desde una perspectiva histórica.

«La parte que más se debía conservar es la que se filtra. Hay intención del Consejo Nacional de Patrimonio, con el equipo de Monumentos, de que se haga algo, pero no se va a recuperar todo, quizás se recupere una circular en representación de las demás. Quisiéramos que se haga algo como con el edificio de la Administración, que ahora es el Palacio de Pioneros», dice la museóloga a cargo el día de mi visita.

De aquel Presidio en que cada edificio tenía en su centro una torre para los guardias de vigilancia, armados con ametralladoras listas para apagar cualquier desorden, solo quedan estructuras en peligro de derrumbe, algunas apuntaladas como si alguien todavía albergara la idea de preservar unas instalaciones que al Estado cubano no parece interesarle demasiado.

Presidio Modelo / Foto: Darcy Borrero

Ante la desidia institucional y el deterioro progresivo de larga data, los vecinos han sacado provecho de este espacio monumental en decadencia. Durante años, a las casas de los pineros fueron a parar desde inodoros hasta cabillas de las Circulares. Con los barrotes inexpugnables con que antes tuvieron que lidiar los reos, luego se fabricaron camas. Pero la gente descansa aquí sin males de conciencia.

En 1965 se le oyó decir a Fidel Castro: «…Y esperamos que, incluso, cuando pase el tiempo y las circunstancias varíen, y nadie delire con la idea de que la Revolución puede ser destruida, también llegue el día en que no tengamos en Isla de Pinos —un lugar tan hermoso y tan bueno para el turismo—, no tengamos la necesidad de tener una prisión en Isla de Pinos…»

Hacia los primeros años de la Revolución cubana, su líder alentaba el poblamiento de Isla de Pinos asegurando puestos en la Policía y las Fuerzas Armadas. Durante aquel discurso de clausura de la Plenaria Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), el 19 de febrero de 1965, Fidel Castro expresó: «Uno de los problemas de Isla de Pinos es lo reducido de su población, pero hay algunas cosas buenas. Por ejemplo, muchos de los soldados del Ejército Rebelde que se licencian, han expresado su deseo de quedarse a vivir y trabajar en Isla de Pinos (APLAUSOS). Una proporción muy elevada de los soldados en las unidades en Isla de Pinos son orientales (APLAUSOS), y muchos de ellos han encontrado que Isla de Pinos es un lugar agradable y de perspectivas».

Fue el caso de la familia de Nirma Rosa. Tanto su marido, Jesús Peña, como su hermano, Julián Rodríguez Batista, ocuparon cargos en el Presidio Modelo, que siguió funcionando hasta 1967, ocho años después del triunfo revolucionario. No fue hasta el 30 de julio de 1973 que una parte del mismo, donde estuvieron recluidos Fidel Castro y sus seguidores entre 1953 y 1955, fue convertida en museo (luego, Monumento Nacional en 1978).

El entonces Primer Ministro ofreció en 1965 explicaciones para el parcial repoblamiento de la Isla con militares: los «invasores» de Playa Girón habían intentado en abril de 1961 «una estrategia de apoderarse de una parte del territorio nacional» y esto, «unido a las circunstancias de la presencia de los elementos contrarrevolucionarios presos en el presidio de Isla de Pinos», podía hacer de este lugar «víctima propicia del ataque de los mercenarios».

«Pero la Revolución no podía cometer el error de descuidar la defensa de Isla de Pinos», insistía Fidel Castro. «Y fue por eso que fueron movilizadas hacia este sitio diversas unidades militares y se fue fortaleciendo militarmente la región de Isla de Pinos».

A esas fuerzas, cuenta Nirma, se las abastecía entre 1962 y 1967 con muchos sacos de arroz, y carnes, viandas, cítricos, otros granos. Detergente y aseo personal. Tanto que Nirma Rosa, a sus 82, no recuerda etapa más próspera en la crianza de sus hijos. Una etapa que vivió en el interior del penal. Una etapa en la que, según Fidel Castro, el actual municipio especial de Isla de la Juventud proyectaba crecer cuarenta veces en producción de frutas, vegetales, leche y carne, «porque», insistía, «no debemos olvidarnos de los frutales, que solo este año [1965] se sembrarán 400 caballerías de frutales en Isla de Pinos».

En sus discursos, el líder daba números y esbozaba proyectos que hoy, por supuesto, se echan en falta, aunque hay en los papeles un Plan de Desarrollo Integral que abarca supuestamente todos los sectores de la economía local. «Y llegará el día —no está próximo ese día [admitía al menos FC] — en que haya una carretera entre las dos islas (APLAUSOS). Nosotros veníamos hoy viendo, veníamos viendo toda la cayería esa, que prácticamente traza un camino, y no será difícil, cuando otras tareas se hayan cumplido, cuando otras cosas más urgentes se hayan realizado. Mientras tanto, debemos depender del transporte aéreo y del transporte marítimo. Se están construyendo dos ferries más para Isla de Pinos».

Presidio Modelo / Foto: Darcy Borrero

El 6 de septiembre de 2018, Ramiro Valdés, Comandante de la Revolución y entonces vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, admitió que la transportación de carga, que debe garantizar la entrada de mercancías a la Isla, se acometía con solo cuatro patanas y cinco remolcadores, sin embargo, la mayor dificultad radicaba en la disponibilidad de equipos de izaje.

Algo más de un año después de la muerte, a sus 90, de Fidel Castro, el también provecto Valdés repasaba la situación en la Isla de la Juventud: calificó de bochornosos —según la Agencia Cubana de Noticias (ACN)— el robo y el derroche de combustibles, llamó a «cerrar filas» tras «más de 500 ilegalidades identificadas por la dirección de planificación física».

En una cabriola dialéctica o contable, la ACN reportaba, no obstante, que Valdés conoció in situ que «la segunda ínsula cubana experimenta avances en la mayoría de las actividades», excepto en la transportación marítima de carga, el turismo (con un lustro de saldos negativos en todos sus indicadores económicos) y la agricultura, incapaz de cumplir los planes de producción de carne porcina y de leche de vaca. Todo eso durante una visita «para chequear el cumplimiento de los acuerdos adoptados en sus recorridos anteriores, así como verificar la marcha del Plan de Desarrollo Integral».

En 1965 Fidel Castro decía: «Antes de fin de año creo que se estarán produciendo tres litros de leche por cada ciudadano de Isla de Pinos. Así que, como no se la podrán tomar toda, habrá que mandarle un poco a la gente de La Habana».

Más de medio siglo después, la ACN se hacía eco del viejo guerrillero Valdés: el Plan de Desarrollo Integral se cumplía al 101 por ciento y el municipio especial crecía a un ritmo de siete por ciento. Como se ve, antes de los recientes meses de desabastecimiento —de escasez por debajo de los niveles crónicos en el país— y, últimamente, de la «crisis coyuntural», Valdés se daba el lujo de sostener, sin demasiados detalles estadísticos, aquel mismo discurso optimista y sesentero en que las cosas marchaban o ya marcharían según lo planificado.

Así, incesantemente. Si antes, en 1965, se regocijaba Fidel Castro al decir que «cada niño, cada hombre, cada mujer tiene por lo menos 10 huevos asegurados», pues ahora el diario Juventud Rebelde publicaría, el 4 de abril de este año, lo siguiente: «El Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez,  vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, recalcó este viernes la importancia de lograr autonomía y eficiencia en la producción local de materiales y alimentos, a partir de las limitaciones que impone la doble insularidad».

A su vez, el presidente Miguel Díaz Canel Bermúdez, de visita en la Isla tras anunciar en televisión nacional la última «coyuntura», diría —según Granma, «tras escuchar cómo se mantiene la vitalidad de la economía pinera y los servicios básicos»— esto: «Cuando volvamos a la normalidad hay que trabajar con racionalidad y alternativas para aprovechar eficientemente los recursos».

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Coche de caballo / Foto: Darcy Borrero

Llego en un coche tirado por un caballo; observo el complejo de edificaciones más relevante de la Isla. Es mediodía y el cochero dice que me apure o no encontraré abierto el pequeño museo ubicado en esta antigua casa del crimen y el castigo. «Estamos cerrando», indica la mujer que custodia la puerta. Algunas palabras mediante, logro entrar a la sala más decepcionante que se pueda imaginar. Museológicamente no está mal, pero es un sitio lúgubre, con poco espacio y poca historia realmente contada.

Mucho silencio. El lugar comunica con el exterior amplio, donde hoy cuatro bastiones circulares. Allí purgaron la pena de existir o la pena de su nacionalidad ciudadanos japoneses y alemanes.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la República de Cuba tomó parte junto a los Aliados y declaró la guerra las potencias del Eje. El 9 de diciembre de 1941 se publicó la Ley número 32 en la Gaceta Oficial, según la cual el Ministerio de Estado decidía que «a partir del día de hoy queda declarado un estado de guerra entre la República de Cuba y el Imperio del Japón y se autoriza y ordena al Presidente de la República (Fulgencio Batista) para emplear las Fuerzas Armadas de la Nación y los recursos del gobierno para hacer la guerra con el objeto de proveer a nuestra conservación, cumplir los compromisos internacionales en relación con la solidaridad internacional así como la defensa del Hemisferio Occidental y mantener la democracia y la libertad en el mundo».

En un cartel de esta sala se lee: CON LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL, INICIADA EN 1939, SE LE ASIGNA UN NUEVO USO AL RECLUSORIO: CAMPO DE CONCENTRACIÓN O INTERNAMIENTO PARA “EXTRANJEROS ENEMIGOS”».

La reclusión de aquellos inusitados presos políticos fue dura y humillante. «Se les prohibía el acceso a la prensa y a libros en su idioma», explica la curaduría en el museo del Presidio Modelo. «La visita de sus familiares se hacía con un escolta y solo se permitía que hablaran en español. La mayoría solo dominaba el idioma natal, por lo que fueron visitas tristes en las que la desesperación de las miradas y la impotencia eran el mensaje; mensajes también de amor, de fraternidad y respeto hacia la familia, donde la mujer tomó el lugar del esposo y llevó adelante a la familia. La atención médica era deficiente por lo que murieron siete japoneses en el penal».

Una foto muestra como testimonio a Uema Risei, un samurái que si hoy hubiera que calificarlo podríamos llamarle «pepillo». Nació en 1905, en Okinawa, y había tocado puerto cubano en 1925. Años después nada más que su nacionalidad lo llevaría a esta cárcel. Sobrevivió. Y falleció unas tres décadas más tarde en Gerona, una ciudad, cosmopolita a su manera, que casi un siglo y medio antes habían fundado pioneros estadounidenses.

No fue hasta el 15 de enero de 1946 que salió del Presidio Modelo el último nipón. Nancy Oropesa, cubana casada con un descendiente japonés y autora de un libro testimonial sobre la colonia japonesa en Isla de Pinos, subraya que estos hombres pacientes fueron víctimas de un absurdo, de una injusticia.

Avanzamos como quien espera llegar a una cumbre. Aparecen camas uniformemente tendidas, de un blanco espectral. La foto de un hombre junto a cada cama. «Son los moncadistas», dice la museóloga. Y ahí empieza una larga explicación ensalzadora de quienes el 26 de julio de 1953 asaltaron, liderados por Fidel Castro, el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba, la segunda fortaleza militar del país. Entonces pasamos junto a las camas de los entonces presos políticos Ramiro Valdés, Juan Manuel Márquez, Juan Almeida, Jesús Montané (el único isleño asaltante del 26-7), hasta llegar al retrato de Agustín Díaz Cartaya, acompañado por los versos de su «Marcha del 26 de julio».

«Desde aquí, el 12 de febrero de 1954, los moncadistas repudiaron al tirano Batista cantándole la “Marcha del 26 de julio”», informa la guía.

Luego nos movemos hasta una especie de suite.

«En este local permaneció Fidel desde el 13 de febrero de 1954 hasta el 15 de mayo de 1955; del mismo salió el manuscrito de La Historia me absolverá», se refiere al alegato de autodefensa de Fidel Castro y principal documento programático del Movimiento.

Expuestas en una vitrina algunas de las lecturas de Fidel Castro en aquella etapa: sobresalen El Capital, El hombre mediocre, La simulación en la lucha por la vida.

El preso registrado como RN 3859 escribió allí otras líneas, más personales, que sugieren no solo una voluntad de conocimiento, sino quizá un impulso ciego de traducir en hechos la energía potencial que acumulaba mediante la inmovilidad y la lectura: «Todo lo quiero saber, y hasta las notas autobiográficas de cada libro las repaso acariciando la esperanza de leer los libros consignados. En la calle me inquietaba porque me faltaba tiempo y aquí donde el tiempo parece sobrar también me inquieto».

Esas inquietudes parecieron zanjarse en los años siguientes, de un modo sin dudas dramático, y una porción de todo ello se revertiría también en los discursos que el ya para entonces todopoderoso Fidel Castro pronunciaría años más tarde en Isla de Pinos. «Con la Revolución parece que llegó por fin la oportunidad para esta pequeña islita», prorrumpiría, mesiánico, llegado el momento.

Y todavía más. En esta tierra, que hasta 1925 Estados Unidos no reconoció como jurisdicción cubana, el gobernante cuestionaría retóricamente: «¿Por qué no aspirar a convertir también esta región en la primera región comunista de Cuba? (APLAUSOS)».

«Propongámonos», dijo entonces, «no solamente revolucionar la naturaleza, sino revolucionar aquí también las mentes, revolucionar la sociedad, puesto que aquí se presentan condiciones objetivas que hacen factible eso, por ser una región muy poco poblada, por ser una región que adquirirá un tremendo desarrollo técnico, por ser una región donde se reúne para trabajar y para crear un numeroso contingente de entre los más entusiastas de nuestros jóvenes. Propongámonos convertir también esta región —en un futuro, más adelante, pero desde ahora proponiéndonos ese objetivo— en un gran centro experimental social, y donde nos propongamos resolver en la medida de lo posible, como vanguardia de nuestro pueblo, los problemas que implica la idea de crear una sociedad comunista».

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Yo llevaba años queriendo venir a esta otra isla. Había tenido sueños y pesadillas con la Isla de la Juventud.

Para llegar aquí tuve que pasar un buen susto en la carretera: terminé golpeando con algo plástico la ventanilla de emergencia de un ómnibus. Eso es lo que recuerdo. Y el «bajando de uno fondo» del chofer mientras la guagua echaba humo. Y el susto de los demás: la gente pasándose una por encima de otra, los que se tiraron por las ventanas, los que lloraban, alguien que llamó luego al rezo colectivo.

En la Isla me recibieron con bondad, pero también me robaron: las gafas de sol, el saldo del móvil… En la Isla sentí el sol sobre mi cabeza mucho más fuerte. Y me golpeó doble la insularidad. Cierta sensación de fracaso.

Sentí que me golpeaba, de algún modo, el estatus de «municipio especial», otorgado en 1976: «por sus escasas dimensiones y población, al tiempo que por su carácter insular debía subordinarse directamente al gobierno central».

La Isla ha sido manejada por el poder central del socialismo cubano como campo de ensayos de ideas económicas o políticas. Pero la vieja Isla de Pinos, con algo de oro, rica en mármol, caolín, wolframio, tras sucesivas estrategias para impulsar su poblamiento, tampoco ha conseguido desarrollar una enorme parte su potencial durante las últimas seis décadas.

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Nirma Rosa Rodríguez Batista lamenta esa deriva: como está la cosa. Ella no vio la fundación de las circulares panópticas, ni vio salir en mayo de 1945 a los alemanes del Presidio Modelo, ni un año después a los últimos japoneses, pero sí conoció, en los primeros tiempos de la Revolución, a un médico, preso común entre presos políticos, que le salvó la vista a su hija en consultas estrechamente vigiladas.

Esa hija, Noris Peña, en poco tiempo será también una anciana. Fue una adolescente y una joven atenta a los discursos de Fidel Castro. Desde su primera infancia, la voz y las ideas enfebrecidas de aquel hombre habían estado definiendo el destino de Cuba y, por supuesto, de Isla de Pinos.

Aquello: «Les podemos dar una oportunidad a los que, estando en la prisión, pues rectifican, se rehabilitan». Aquello otro: «Y podemos decir que eso nos permitirá ser uno de los pueblos mejor alimentados del mundo».

Noris Peña recuerda haberle llevado un vaso de jugo de toronja a Fidel Castro mientras él jugaba ping pong durante una visita a su escuela secundaria, inaugurada por él mismo pocos años antes. Ella no llegó a dárselo en su mano porque estaba muy nerviosa. Entonces se lo alcanzó a un guardia.

Noris Peña de niña / Foto: Cortesía de la entrevistada

El quinto mayor territorio en extensión de las Antillas se llamó en diferentes épocas Isla de las Cotorras, Colonia Reina Amalia, Isla de los Piratas, Isla del Tesoro, Isla de los Deportados, Isla de Pinos…, pero todas esas denominaciones quedaron, con justicia, en el pasado. La Isla de la Juventud acogió en los últimos decenios buena parte de los planes gubernamentales para la formación de miles de jóvenes cubanos y extranjeros, y ganó su actual nombre en ocasión del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Pero quien llega hoy a la Isla no puede ignorar cierta desidia generalizada, cierto estado de frustración, cierta senilidad.

Como con muchas otras cosas, nadie parece saber qué hacer con la —en otros tiempos— pavorosa cárcel panóptica de la Isla, cuyas instalaciones declinan año tras año, pero la cual aún entraña un buen pedazo de memoria histórica por reconstruir en Cuba.

Quizás el viejo, sordo, decadente Presidio es más que solo un Modelo de sí mismo.

1Se refiere al período en el poder de Gerardo Machado, presidente y dictador cubano (1925-1933). (Nota del Editor).