El tránsito entre una idea y su concreción es desconcertante. En el otoño de 2015 les dije a dos amigos que había que hacer algo, pero no creí que lo fuéramos a hacer. Mis entusiasmos no son consistentes, la euforia o el ímpetu se manifiestan más bien como fogonazos y uno aprende que no debe fiarse completamente de ellos o de la persona que somos cuando pasamos por ese trance extraño que es tener ganas de algo. Sin embargo, lo hicimos. Como todo proyecto que se respete, El Estornudo estuvo a punto de morir antes de nacer.

Recuerdo una noche particularmente triste a mediados de enero de 2016. Yo estaba en mi casa materna en Cárdenas, me faltaban pocos días para volar al DF, y tuve una conversación telefónica con Abraham que parecía una arenga mutua pero que transpiraba desolación. Un programador informático que voluntariamente se había ofrecido para apoyarnos, de repente decidió retirarse.

Fue un extraño punto de giro. Al parecer entendí que se trataba de una suerte de presagio. Gente que iba a guardar la ropa. Si Abraham y Carla no me hubieran dicho que el proyecto seguía como fuera, yo me habría rendido con seguridad. También, por decir, dije lo mismo, pero tenía muchas ganas de llorar. Traía una bronca terrible, que esa noche estalló, y comprendía que no podía echar adelante una revista de periodismo con concordia sino con rabia o, para aligerarlo, con incomodidad, que era y es la única gasolina que hay en mí.

Lo que define la línea editorial de un medio nuevo, pequeño y a contracorriente es el estado de ánimo de sus creadores. ¿Qué puedo decir? Mi molestia es permanente. He visto a mis condiscípulos desbarrar a puertas cerradas y luego sumarse disimuladamente, o no, a la escritura de esa impresionante novela nacional a caballo entre George Orwell y Corín Tellado, redactada por múltiples laboriosas manos y por una sola cabeza, la hidrocefálica cabeza del Partido. Estoy convencido de que no hay en el país un escenario tan rematadamente pusilánime, tan divertidamente irresponsable y con sempiternos debates tan intelectualmente estériles como el realengo periodístico.

Es revelador que la abrumadora mayoría de las discusiones públicas entre periodistas cubanos –con una pobreza de ideas hilarante– versen sobre dónde deben publicar y dónde no, cuánto les está permitido ganar como salario y cuánto no, o hasta dónde están autorizados a zafarse del cordón umbilical que es el aparato de propaganda del Estado, un coto autorreferencial que no le interesa y no tiene por qué interesarle absolutamente a nadie, sobre todo teniendo en cuenta que el primer mandamiento serio del periodismo es que no debe mirarse a sí mismo o que solo debe mirarse a sí mismo cuando esa mirada le interesa o le concierne a los demás, o es importante de alguna manera para la ciudadanía y sus derechos universales, dígase si censuran o encarcelan al periodista, por ejemplo. Pero, ¿qué hacen los periodistas con sus modositas vidas?, ¿o cómo se las arreglan entre ellos en el CDR de sus blogs?, deben ser los temas seiscientos cuarenta y ocho y seiscientos cuarenta y nueve en la agenda de prioridades del público cubano.

Ese círculo vicioso entraña un profundo absurdo. No se puede discutir sobre lo que no hay. Algo he aprendido en este último año. Si quieres saber si un periodista cubano no hace periodismo, la primera señal es que lo vas a encontrar debatiendo con otros periodistas sobre qué tipo de periodismo hay que hacer, a pesar de que son pocas las profesiones tan prácticas y directas como esta, cuyo sentido último es tan fácil de dilucidar.

Las definiciones sobre nuestra revista han sido frecuentes. Suele pasar en un país en que las cosas ya están parametradas incluso antes de que empiecen a manifestarse. No hemos rebatido o aceptado nada porque creemos que el tono coral del conjunto de textos que hemos publicado a lo largo de este tiempo habla por nosotros mejor que lo que pudiéramos decir directamente al respecto, pero después de un año tengo ánimos de esclarecer, al menos, no lo que somos, sino lo que no somos.

La polarización ideológica en la que reside Cuba ha hecho que se nos clasifique, junto a otra variedad ecléctica de medios con los que no guardamos puntos en común, como una tercera alternativa en el discurso público de la prensa. El error es de método. Seguir entendiendo el periodismo como el brazo instrumental de una posición política determinada. Y, realmente, nosotros somos nuestro propio fin. Rechazamos las categorías simbólicas del status quo imperante. De lo contrario, estaríamos aceptando justamente las reglas de un juego que nuestra propia existencia desafía y reconoce ilegítimo.

La revista puede perfectamente, como ya ha hecho, desacralizar, cuestionar y atacar frontalmente, por decir lo más, los tótems de Raúl y Fidel Castro. Pero atizarlos no garantiza per se una altura moral superior, y situarlos en el corazón de cada tema aunque sea para apedrearlos, como una competencia por ver quién los injuria más, es más bien otra suerte de hagiografía determinista, justo el reverso del periodismo.

Enfocarse todo el tiempo en ellos impediría mirar, publicar y dar cuenta del estropicio circundante, que es precisamente lo que el poder político no quiere que miremos y publiquemos, porque dice más de Fidel y Raúl Castro que lo que ellos pueden decirnos ya de sí mismos. No los traemos por los pelos en cada crónica o artículo de opinión, pero tampoco los esquivamos o los disfrazamos con eufemismos baratos cuando tienen que ser mencionados.

Que los medios del estado sean pura propaganda no garantiza la inmunidad del resto. Los fundamentos del oficio están por encima de nuestras filias. Tan nefasto como que no sepamos escribir periodismo, es que no lo sepamos leer.

Con esas bases mínimas presentes, El Estornudo ha sorteado un año azaroso, en el que estuvo muchas veces –los lectores no imaginan cuánto– a punto de morir. Entre tres o cuatro amigos nos hemos indistintamente sorteado el peso. Nuestros recursos –asfixiantemente escasos– sí han sido una carta moral, porque no hemos negociado nada. Por alguna razón, cada vez que hemos flaqueado, ha aparecido un colega nuevo dispuesto a participar solo porque la revista le ha parecido lo suficientemente estimulante. Aún no cedemos –aunque ya los lectores dirán– en ninguno de los dos frentes de pelea que abrimos el pasado 14 marzo de 2016. El frente ético, el maravilloso frente estético.

Ningún reportero que haya trabajado en El Estornudo puede decir que ha escrito con la sombra de la autocensura rondándole porque sabe de antemano que en el proceso de edición alguien le va a desenfundar el sable de la corrección política. Al contrario, algunos no soportaron demasiado la cuota de libertad básica. Es raro, pero comprensible dentro de una profesión esencialmente adoctrinada.

Moviéndonos en una doble vía, el trayecto de El Estornudo lo componen muchas hermosas solitarias horas –que no están mal, las firmaría de nuevo sin asomo de duda– y los momentos felizmente regeneradores en que casi sin darme cuenta una nueva red solidaria e íntima se ha ido tejiendo como un conjuro.

Fundar una revista es preguntar, en medio de todos, si hay alguien más ahí. Por fortuna, algunos justos esperaban la señal.