Ha ganado la Serie Mundial después de una temporada incuestionable, ha clausurado de un golpe su largo expediente de momentos desafortunados en el béisbol amateur, ha despejado en los fanáticos sensatos las dudas sobre su verdadero nivel, se ha destapado como un bateador del clutch y no es ahora la máxima figura de su equipo, pero el karma de Yulieski Gurriel no lo va a dejar en paz.

Se guardó en el bolsillo la última pelota de 2017 y, cuando todo debería haber concluido, ya Gurriel había garantizado que la saga continuase, después de pegar en el juego tres un jonrón por el izquierdo, hacer en el banco un gesto de ojos rasgados y decirle chinito al pitcher japonés Yu Darvish. La definición de racista ha caído sobre él. Empecemos por ahí. No puedes decir que un japonés es chino y menos aún simplificar dos culturas, cualesquiera que sean. Para colmo, solo un décimo de una de estas dos civilizaciones reduciría a tu país de un zarpazo.

Como el espectro del racismo nos incluye más o menos a todos, pero el término apunta en una sola dirección, decir que Gurriel es racista pero no tomarte el trabajo de pensar de qué manera y en qué medida lo es, equivale a decir que Gurriel pertenece al club de Trump, de Steve Bannon, y que practica el racismo de modo deliberado, como una ideología programática.

Tu conciencia de progre compungido con cualquier injusticia va a quedarse tranquila después de haber hecho tu condena de turno, vas a seguir tomándote tu té en tu sofá antisistema, y toda esa respuesta es justo la que necesitaban de ti. Hay pocas cosas tan ridículas como un progre convencido de su utilidad y actuando como el sistema quiere que actúe, aceptando la relativización del drama.

En Cuba vivimos en un enjambre de definiciones, bromas, clichés, estereotipos y expresiones racistas disfrazadas de cultura popular. El gesto de Gurriel, de hecho, ha permitido que pensemos un asunto que pasábamos por alto y nos enfoquemos en una costumbre, llamar chino a cualquier descendiente de asiáticos, que hasta ahora nadie condenaba, sobre todo porque no parece que en Cuba ningún descendiente de asiáticos se sienta discriminado por tal cosa, y, si bien no solo esto lo define, porque el racismo tiene usualmente manifestaciones sutiles, complejas y difíciles de ubicar o de reconocer incluso para la propia víctima, en un nivel primario la alerta se dispara a partir de la propia denuncia o incomodidad del grupo burlado o marginado.

Es algo que, desde luego, no puedo concluir, en mi país soy percibido como blanco, soy seguidor confeso de Gurriel, y no hay casi modo de que quien esté en desacuerdo conmigo no vaya a pensar que esas razones son las que definen mi postura, pero créanme que estoy tratando de ir un poco más allá de mí. En cualquier caso, el columnista de Los Ángeles Times, Dylan Hernández, quien nació en Estados Unidos, su padre es salvadoreño, su madre es japonesa, y él entiende, habla e incluso puede escribir algo en japonés, dice que los domingos, de niño, durante los juegos de futbol junto a otros chicos latinos, él y su hermano fueron religiosamente “los chinitos”, y siempre le pareció un mote dicho con cariño.

Establecer incluso la comparación apresurada, como se ha establecido, de que llamar chinito en Cuba a alguien que no lo es no difiere en lo absoluto de decir que “ese negro parece blanco”, que “tal negrito es de salir”, o que “yo no soy racista porque tengo amigos negros”, significa desconocer o restarle fuerza a la lucha del negro en Cuba, el peso de casi cuatro siglos de esclavitud, los históricos debates raciales dentro del movimiento obrero cubano, el constante hostigamiento policial al que un negro está sometido en cualquier calle de cualquier pueblo o ciudad del país, o que hoy los negros siguen obteniendo peores puestos de trabajo, menores ingresos y son mayoría en las cárceles y minoría en la universidad.

El símil es cómodo, te reafirma en tu cruzada antirracista, pero yerra de plano. El lenguaje tiene una traducción real, y cada una de estas expresiones o gestos están dichos o hechos dentro de un contexto cultural y social específico, y son rasgos racistas de modo más o menos deliberado, o más o menos terrible, de acuerdo justamente a esa relación establecida entre el signo y su manifestación concreta. Se trata en última instancia de cómo reproduces, aceptas o legitimas una injusticia con una frase o un acto aparentemente inocente.

¿Hay injusticia en Cuba cuando alguien dice “tenía que ser negro”? Sí. ¿Hay injusticia en Cuba cuando alguien llama chino a un compañero de clase de la secundaria cuyos bisabuelos eran coreanos? No. Hay un error cultural, o como quieras nombrarlo, pero no hay injusticia. Sin embargo, esa es justamente la razón por la que creo que Yulieski Gurriel debió haber sido sancionado, porque su expresión de ojos rasgados tuvo lugar en un país donde el gesto implica injusticia, pero déjenme tomarme un minuto y ver cómo les planteo esto a mi modo.

La sanción, que puede ser desmesurada, suspensión por los primeros cinco juegos de la temporada 2018 y una multa de más de 300 000 dólares, no es tan importante como la amplificación mediática del incidente, el show debordiano, el drama social en tanto espectáculo, “el poder separado desarrollándose a sí mismo” con “toda comunidad y todo sentido crítico disuelto a lo largo de este movimiento”.

¿Quién puede dudar, luego de esta sanción, que la MLB no es una entidad que ataca el racismo? Menos de 24 horas después, ya Gurriel tenía su castigo, pero lo que la MLB ha hecho no es explicarle que no puede llamar chino no ya a un cubano descendiente de asiáticos de cuarta generación, sino a un japonés propiamente (algo que por otra parte, justo decirlo, Gurriel ya sabía, pues jugó en Japón), ni tampoco le ha enseñado por qué su gesto es particularmente sensible en un país que carga, como recuerda Dylan Hernández, con un pasado que incluye el Acta de Exclusión China o el internamiento de soldados japoneses-americanos durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo que la MLB ha hecho es decirle, de algún modo, que no está mal el gesto, sino que lo hayan visto, que mantenga, además, la corrección pública, y que obedezca siempre. Este punto es esencial porque conecta una acción justa como lo es la sanción, pero ya desvirtuada a partir de la sobredimensión consciente, con la metodología verdaderamente reaccionaria de la liga, qué se puede hacer y qué no, qué queda terminantemente prohibido, qué es mal visto y censurado, lo cual explica, por ejemplo, por qué Bruce Maxwell fue el único pelotero de ambos circuitos que puso rodilla en tierra en solidaridad con los atletas negros de la NFL ante los ataques de Trump, por qué están todos esos militares veteranos de Irak y Afganistán recibiendo homenajes en cada juego de postemporada, por qué Bush Jr. lanza la pelota de apertura en el quinto juego de la Serie Mundial, por qué hay desplegado alrededor de la cultura del deporte todo ese mesianismo de una tierra elegida, o por qué hay que escuchar en la séptima o no sé qué entrada God Bless América, un tema blanco y excluyente donde los haya, que ya inspirara una respuesta de Woody Guthrie hace más de setenta años.

Esa dramaturgia tiene consecuencias, y es un lenguaje representativo de una realidad concreta y de un deliberado ejercicio de poder. Para mantener todos estos símbolos, hay entonces que atacar el gesto de Gurriel con más energía, de ahí se genera el equilibrio. Kevin Pillar y Matt Joyce, de Toronto y Oakland respectivamente, fueron suspendidos por dos y tres partidos, sumando entre ambos lo mismo que Gurriel, después de que gritaran insultos homofóbicos a principios de temporada.

Gurriel encendió un fósforo creyéndose todavía en la sala de su casa, y no sabía que estaba en una gasolinera. Llama la atención, dentro del amplio espectro de declaraciones que se han desatado, la posición sintomáticamente parecida, sin saber que se tocan, del provinciano y el supremacista. Hay pautas en Estados Unidos que hay que cumplir. Es cierto, Gurriel tiene que saber que las reglas son más estrictas allí, justo porque el racismo allí es más feroz. El rasgo de civilización está fuertemente ligado al rasgo de barbarie en Estados Unidos, y en ocasiones es exactamente lo mismo.

El racismo de Gurriel es el mío, y el de nosotros, y llegado cierto punto uno debiera, ciertamente, aplicar un ejercicio de conciencia sobre todas esas cosas que has dicho o has hecho pensando que eran correctas, creyendo que no segregaban o disminuían a nadie, y de qué manera específica lo hacen, en qué país y en qué escenario.

En la segunda entrada del séptimo juego, antes de su primer turno al bate, Gurriel se sacó el casco, agachó la cabeza y se disculpó con Darvish. Ya es cada vez más estadounidense.