En Cuba se celebra cada 26 de julio el aniversario del asalto por Fidel Castro al Cuartel Moncada en 1953.

26 de julio en Cuba/ Foto: Cubadebate.

He dicho a algunos amigos que vuelvo a Cuba a tiempo para celebrar el 26 de julio: el «Día de la Rebeldía Nacional». Porque en Cuba el 26 de julio es una gran fiesta que yo no me puedo perder. Se celebra el aniversario de los asaltos —malogrados— a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en 1953. El debut militar de Fidel Castro, que entonces no había cumplido 27 años de edad. El día en que le sacaron un ojo a Abel Santamaría y se lo mostraron a su hermana Haydée para que dijera lo que él no había querido decir. El día en que Haydée Santamaría perdió a su hermano y a su novio Boris Luis Santa Coloma. Al novio, según un testimonio de Haydée, le extirparon los testículos.

Pero es una broma: no el ojo de Abel, no los testículos de Boris Luis, no el debut militar de Fidel, no los fracasos, no los asaltos, sino que yo vuelva a Cuba a celebrar algo. ¿Alguien celebrará genuinamente el 26 de julio?

Es casi medianoche en Ciudad de México y yo empaco mis maletas. Tengo dos maletas con rueditas, una grande y una pequeña. Muy escandalosas. Una con arabescos de colores medio selváticos y otra con planetas azules y naranjas. Además, tengo una mochila —para mi laptop y par de libros— y un maletín. El maletín lo compré hoy mismo en la sección de deportes de un mercado. Se supone que lo use para ir al gimnasio, para cargar una muda de ropa, desodorante, una botellita de agua; no para viajar a Cuba con 25 kilogramos de cosas que allá no encuentras o encuentras disparatadamente caras.

A un metro de mí lo tengo ahora, con el zíper abierto, ya repleto, aunque pesa apenas 12 kilogramos. Faltan menos de 24 horas para mi vuelo y no sé aún qué hacer con los otros 13 kilogramos de cosas, quizás más, que minan mi habitación. El plan era mandar por abajo la maleta grande y el maletín y, por arriba, llevar la mochila y la maleta planetaria. El cubano que me prestó la pesa me dijo muy serio: «¿Tú estás clara de que vas a hacer tu importación del año?»

No suelo volver a Cuba con equipaje extra. Por lo general, lo que alcanzo a comprar me cabe perfectamente en mis dos maletas escandalosas. Solo he hecho una importación en mi vida. Fue el año pasado, desde Estados Unidos. Miami es una ciudad generosa con quienes residen en Cuba. Pero ahora es que vengo a enterarme de que eso fue una importación y de que mañana haré otra.

Voy a importar paquetes de jabones Zest, Camay, Palmolive y Escudo; pomos de champú Garnier, Head and Shoulder y Herbal Essences, que compré en una oferta de tres por el precio de dos; íntimas Kotex y Naturella como para todo un año de menstruación —ya sé que existen las copas menstruales de silicona, que son ecológicas, pero no me he sentido con el ánimo propicio para introducirme una en el interior de mi vagina—; tubos de pasta de diente —con sabor a jengibre y coco y cítricos—; dos cajitas de bicarbonato de sodio, algo que creo prudente tener en una casa; un platero cobrizo de dos niveles que conseguí a excelente precio en Walmart; dos sartenes pequeños para hacer tortillas de un huevo y que no me queden flaquitas; medicamentos para la hipertensión de mi padre, resueltos en las Farmacias Similares, donde venden «lo mismo pero más barato» y los lunes ofrecen descuentos de hasta un 25 por ciento; cremas Dove de jazmín para hidratar el cuerpo y protector solar Nivea para prevernir la aparición de arrugas y carcinomas; varias cajas de tinte Garnier de tono rubio claro cenizo, porque me ha dado por aclararme el pelo; ese tipo de cosas, básicamente.

Antes de ponerme a empacar, me teñí por tercera vez en este mes de julio. Quiero que mi cabeza parezca un girasol, o quizás un panal de abejas. Le he echado la culpa a los treinta. Me he dicho, y le he dicho a una amiga que recién se tiñó el pelo de rojo, que estamos atravesando una crisis. Esa crisis, en nuestro caso, también implica treparnos en zapatos altos más a menudo —plataformas o tacón— y llevar en la cartera no un creyón corriente sino un arma hiperpotente que se llame «barra de labios aterciopelada de fijación extrema».

El trasfondo de la crisis no es una necesidad de apareamiento ni de reproducción. No tiene nada que ver con otros sino con lo que es una. Me siento más cómoda con mi cuerpo, lo conozco mejor, pero comienzo a aburrirme. Treinta años más uno es demasiado tiempo frente a la misma mujer en el espejo. Hay momentos en que la miro y la escucho implorar que nos cambiemos algo. Mi cabello, casi siempre, es el objeto favorito de esos impulsos. O su víctima. A mi alrededor puede haber un caos vivo, que si me gusta la forma de mi pelo, siento que todo saldrá bien. Mi pelo es mi brújula.  

Desde hace dos años, también me tatúo. Tatuarme para mí no es otra cosa que tornar físico un dolor de naturaleza emocional. No me interesan tanto los tatuajes como la experiencia de tatuarme. Los tatuajes los prefiero patéticos, porque el dolor de naturaleza emocional es patético. En mi brazo izquierdo tengo una mariposa cuyo cuerpo es un puñal que sangra. La adoro.

Hace poco me tatué un girasol, pero no me gusta tanto el girasol como el lugar donde está. No me angustia que dure para siempre porque mi cuerpo no va a durar para siempre. Yo no pienso en esos términos. Tampoco me angustia la posibilidad del arrepentimiento. Solo tengo cuatro tatuajes y ya hay uno del cual me arrepiento, que no me haría de nuevo, si eso fuera posible. Sin embargo, disfruto ese arrepentimiento, convivir con algo que no me complace.

Lo que me deja en paz con mis tatuajes es que detrás de cada uno hay una historia. Voilà: soy un cuerpo ilustrado.

No logro reanudar la tarea de empacar. El maletín con el zíper abierto me recuerda un parto. Un grito. Un parto. Un grito. Un parto. Pero lo que me gustaría en este momento, que es un momento muy recurrente en los viajes, no es tener un maletín mayor para mis restantes 13 kilogramos sino ser capaz de olvidarme de que vuelvo a Cuba. Me gustaría ser capaz de no volver. Cortar de una vez y para siempre el cordón umbilical con la isla. Lo he pensado. ¿Qué persona, en su sano juicio, que salga de Cuba, no ha pensado en no volver?

Cada vez vuelvo a menos. A menos amigos, a menos amores, a menos amantes, a menos proyectos, a menos esperanzas. Si yo hubiera creado ya mi propia familia, si fuera madre, quizás sería distinto. No habría nada más importante a lo que volver que a mi hijo. Pero lo más importante que yo tengo en Cuba, que es mi madre, no es lo que me hace volver. Yo vuelvo a mi trabajo, a las historias que quiero contar. Todavía mi país me genera curiosidad. Mucha.

En un intento por encontrarle lógica a la decisión de volver a un lugar al que cada vez menos personas vuelven, me he convencido de que vuelvo a una corresponsalía. Cuba no es tanto el lugar que habito como la realidad sobre la que me interesa escribir. Y para escribir sobre esa realidad, necesito habitarla. Lo más difícil no es hallar espacio en tu equipaje para 13 kilogramos de cosas sino preservar la cordura.

Vivimos en un sistema que fractura individuos, que confundió —o quiso confundir— el egoísmo con la individualidad.

Según un informe de la Organización Mundial de la Salud, publicado en febrero de 2017, Cuba es el tercer país de la región de las Américas más afectado por trastornos depresivos, luego de Estados Unidos y Brasil. De los 11.2 millones de habitantes que conforman nuestra población, el 5.5 por ciento padece depresión: unos 606 mil casos. Y la cifra de casos con trastornos de ansiedad asciende a más de 675 mil.

En la cotidianidad, se nota. En las relaciones interpersonales, se nota. Incluso en nuestros momentos de euforia, se nota. No hay mayor catalizador de la euforia que el vacío. Nuestra felicidad dura lo mismo que dura una fiesta y a veces dura lo que dura una fotografía. Si le hacemos creer al mundo que somos felices, entonces lo seremos; como si lo real fuera su relato y no lo real.    

Es cierto que en Cuba existen garantías mínimas para la vida. La gente no muere como moscas por causa del hambre, la violencia o la corrupción, como en tantos sitios de Latinoamérica. Pero vivir no es no morir o que no te maten, no es solo existir. Además de garantías mínimas para la vida, son indispensables las garantías para el ejercicio de la libertad. La vida sin libertad pierde sentido. Y en Cuba durante demasiado tiempo la gente ha vivido con cuotas muy escasas, rídiculas, de libertad.

No ha sido únicamente por los programas y políticas estadounidenses que en Estados Unidos se ha conformado una comunidad de unos dos millones de cubanos. Si bien desde inicios de los sesenta «el enemigo» creó vías para que los cubanos emigraran legal e ilegalmente, el gobierno de los hermanos Castro creó algo más determinante: motivos. Estados Unidos ha sido el destino principal, pero ha habido muchos otros.

Casi nadie cuando comienza a expresar su deseo de irse expresa el deseo de irse a un país específico. La gente se limita a decir que quiere irse o vivir afuera. Da lo mismo si ese afuera es Israel, Alaska, China o Finlandia. Afuera es el mundo y lo contrario de Cuba. Nadie se disuade con aquello de la explotación capitalista y el pago de la renta. El destino que la mayoría tiene en la cabeza es ver la isla achicarse, volverse isla, lo que es, desde la ventanilla de un avión, y sí, cortar de una vez y para siempre el cordón umbilical con ella. Ese irse de Cuba se ha convertido en algo muy similar a la libertad. O a la rebelión.

Si no se entiende eso, nunca se entenderá por qué tanta gente encontraba —y todavía encuentra— más sentido en arriesgar su vida en el mar o en la selva que en permanecer en la tierra donde nació. Nadie arriesga su vida si no es por lo que imagina que es su libertad.

Incluso quienes dicen que se van para comprarse un par de zapatos o un kilogramo de carne, se van en busca de libertad. No porque la libertad esté en un par de zapatos o en un kilogramo de carne, sino porque sienten que está en el acto de comprar, con el dinero proveniente de sus esfuerzos, un par de zapatos o un kilogramo de carne. Tal vez, ese irse a cualquier parte ha sido la rebelión más grande que ha protagonizado el pueblo cubano en estos últimos sesenta años, y nuestro Cuartel Moncada, es el mundo.

La solución a los 13 kilogramos me la va a mandar, vía Uber, en esta misma madrugada, una amiga muy querida que reside en Ciudad de México: un maletín más grande. Me advirtió que estaba un poco deteriorado, porque es veterano en la lid de los 25 kilogramos a Cuba, pero que iba a resolver. En pocos minutos, esos 13 kilogramos de cosas —o más—dejarán de acosarme y podré irme a dormir.

Mi rebelión, en el viaje de regreso, yo diría que consistirá en llevar una Catrina inmensa que tiene un vestido negro con alebrijes de colores, un jaguar de cerámica con el que puedo imitar el rugido del jaguar de carne y huesos, una botella de mezcal con un gusano dentro. Cosas que solo me darán placer. Y fotos. Fotos en las que aparezco en El Tepozteco, en Teotihuacán, encima de las pirámides, como si no tuviera que comprar jabones. De nada serviría viajar si solo se pensara en lo que te espera al volver.