La noche da la familia cubana / Foto: Alice de Souza

La noche da la familia cubana / Foto: Alice de Souza

En un largo de tablero de cemento hay cuatro estuches con CDs. Valdir Portugués saca uno en cuya portada se lee: «Los Jubilados». Pone la canción «La llave del hijo» y, como si adivinara el futuro, confía: «Esas personas que bailan ahora dejarán la pista». A través de la ventana frente al mezclador de sonido ve confirmarse su premonición: las parejas se sueltan las manos, poco a poco, y salen. Un DJ sin experiencia se habría aterrorizado ante el desplante, pero Valdir, a sus 73 años, sonríe. «Conozco toda esta programación. Hay que cambiar las canciones para que el público salga y pueda comprar en el bar».

Es el primer domingo del mes y, como todo primer domingo de mes, se vive la «Noche de la Familia Cubana». No solo eso, también es el primer domingo del año, entonces es la primera «Noche de la Familia Cubana» de 2019. La promesa es «casa llena». Al lado izquierdo de la calle, adolescentes vestidos con bermudas estilo surfista y cortes de pelo a la Neymar entran y salen de un inmueble residencial de tres pisos; no sueltan las cervezas de sus manos. Del lado derecho: el contraste. Hombres de mediana edad vestidos con pantalón formal caminan con zapatos de cuero bicolor, pulidos al punto de reflejar la iluminación LED de la fachada. Se dirigen hacia la entrada del Club Bela Vista. También llegan mujeres que cubren sus arrugas con maquillaje y realzan su coquetería con tacones altos.

La noche de la familia cubana / Foto: Alice de Souza

Todos pagan 10 reales y atraviesan un torniquete amarillo instalado en medio del pasillo de no más de un metro de ancho. Los revisan una mujer y un hombre de ropas negras que se toman en serio su papel de encargados de la seguridad. En el interior, los asistentes eligen una de las mesas amarillas llenas de publicidad, y esperan por las canciones que pone desde la cabina Valdir Portugués, sin siquiera imaginar las estrategias del DJ para mantener la emoción de la noche durante seis horas.

Así ha sido desde el primer domingo del año 1992, cuando él aceptó la invitación del productor de eventos Edinho Jacaré para llevar todo un acervo de canciones cubanas al Club Bela Vista e iniciar la única fiesta que rompe, al menos una vez al mes, el imperio marcado por el ritmo «brega» en la periferia de la ciudad de Recife, capital del estado brasileño de Pernambuco.

…No debemos tener celos de estos ritmos caribeños. Pertenecen a nosotros, y le gusta al mundo entero…

«Contrapunto musical» — Voz: Celia Cruz.

Todos los sábados por la tarde, Valdir sacaba una silla de la terraza y la ponía en el patio de su casa. No había muchas opciones de ocio para un niño de 10 años en Morro da Conceição, barrio donde vivía en la década de 1950. La mitad de la población recifense vivía en condiciones de favela, en barrancos ubicados en las laderas de la ciudad. El Morro da Conceição era un bosque sin agua potable, ni recursos sanitarios. Tampoco había infraestructura alguna para el ocio infantil. La diversión de Valdir consistía en escuchar la música que salía de un club de baile del barrio vecino, el Alto da Foice. El chico se quedaba hipnotizado por el ritmo, aun cuando no comprendía las letras. Era música cubana: temas de Celia Cruz y la Sonora Matancera.

Valdir Portugués en su casa / Foto: Alice de Souza

Entre las décadas de 1930 y 1950, Brasil se había transformado en un gran mercado para el comercio de música latina. Pernambuco y Recife entraron en el escenario nacional de la distribución por medio de la Fábrica de Discos Rozemblit, fundada en 1954. Única del país lejos del eje Rio-São Paulo, la Rozemblit era dueña del sello Mocambo y distribuía con exclusividad el sello americano Seeco, trayendo al Nordeste brasileño merengues, boleros, sones, guarachas, mambos y pregones. Los tres primeros discos en Pernambuco fueron, al mismo tiempo, una reverencia a la cultura local y una aproximación a Cuba. La Rozemblit lanzó el sonido «frevo» de Nelson Ferreira junto a los boleros de Bienvenido Granda con la Orquesta Sonora Matancera.

La fábrica llegó a obtener el 22 por ciento del mercado nacional y fue responsable de popularizar la compra de vinilos, pero las personas de bajos ingresos no alcanzaban a adquirir los discos. En aquella época, esa población solo tenía acceso a la programación radiofónica gracias a cajas de sonido esparcidas en puntos comerciales de la ciudad. Las canciones cubanas eran escuchadas en un programa matinal de la Radio Continental, en fiestas privadas o en los bailes de los clubes. Luego fueron asociadas a la «samba de gafieira» y pasaron a la preferencia en zonas periféricas.

«Era muy difícil obtener un vinilo de música cubana. Mis padres no tenían ni dinero ni tiempo para buscármelos. Entonces decidí trabajar para comprar mis discos», cuenta Valdir. Él buscó al dueño de una fábrica de dulces y pidió empleo.

—¿Ves que no puedes? ¡Tú eres muy joven, no puedes hacer mucho aquí!

— Pero, ¿y si me quedo delante de la fuente donde la gente del pueblo busca agua?

Valdir se aprovechó de esa carencia social para aliviar la propia agonía. Convenció al comerciante de instalar una tabla de dulces frente a la fuente donde la comunidad iba a abastecerse de agua para lavar ropa, cocinar y bañarse. Todos los días allí había filas. Cuando juntó los primeros seis cruceiros (el dinero de la época), corrió hacia el Mercado de Casa Amarela para comprar un vinilo de Carlos Argentino1. Le faltaban cuatro. Convenció al vendedor y, casi a diario, pasaba al final de la tarde para dejarle aunque fuera 50 centavos de cruceiro.

Recuerdos de Valdir Portugués / Foto: Alice de Souza

Pero fue con el dinero de su segundo empleo que Valdir comenzó a montar su colección de discos de música cubana. En frente del Cine Rivoli, también en Casa Amarela, conoció comerciantes que viajaban a Río de Janeiro y São Paulo en busca de discos.

—Conseguir estos discos aquí es difícil —se lamentaba con los vendedores.

—¿Y por qué no vas al lugar correcto, el de los guaracheros?

El lugar de los guaracheros estaba en el Alto Santa Terezinha, uno de los muchos cerros de la Zona Norte de Recife. Valdir no perdió tiempo y fue allá, pero acabó descubriendo que, detrás de la pasión por la música cubana, había un mercado negro en disputa. Obtener música cubana en las décadas de 1950 y 1960 era como empoderarse en la periferia recifense: costaba dinero, lágrimas y hasta sangre.

Cada club y DJ quería la exclusividad del setlist. Nadie vendía, ni siquiera enlistaba, su propio archivo en público. Para oír las canciones más famosas, era preciso ir a las fiestas. La gente a menudo cuestionaba la procedencia de los discos de otros. Una historia socorrida entre los guaracheros cuenta una muerte ocurrida en 1966 en el Club Unidos de la Alegría. La culpa fue de Bombas para bailar, de Rafael Cortijo2 y su Bonche. «A un chico no le gustó escuchar eso y fue a reclamar. Al salir del baño, lo golpearon. Salió ensimismado. Fue a casa y volvió con un revólver. En la puerta, mató a uno de los que lo habían vapuleado».

Los episodios de violencia ayudaron a construir una imagen preconcebida. La música cubana era «macumba» —término peyorativo para rituales de las religiones de matriz africana—, cosa de pandilleros. Clubes de clase media, e incluso los más lujosos de la periferia, se negaban a poner guarachas, sones, boleros.

Pero la pasión de Valdir pasaba por encima del miedo y el prejuicio. Los riesgos no eran suficientes para impedirle buscar discos por la ciudad. Juntó 300 vinilos y con ellos empezó a trabajar de DJ amateur en el Valor Esporte Clube, en 1975. La obstinación lo hizo el mayor coleccionista de música cubana en Recife, y eso pronto llamó la atención del director del Clube Bela Vista, Edinho Jacaré.

Hoy sé más que ayer, ¡qué diferencia! El engaño me ha enseñado a distinguir. Ya no se me remuerde la consciencia.

«Hoy sé más» — Bienvenido Granda.

Edinho Jacaré no precisa demasiadas palabras para describir el orgullo que aún le produce ese encuentro. Las respuestas lacónicas del hombre de 74 años son compensadas por la colección que guarda en su casa de Alto do Céu. A 200 metros del Club Bela Vista, creó, en su propia residencia, casi un museo de la «Noche de la Familia Cubana» o, simplemente, la «Cubana». En el pasillo de entrada cuelgan ropas y portacuadros con carteles de las fiestas ya vividas por la ciudad.

Edinho Jacaré en su casa / Foto: Alice de Souza

Delante hay una terraza de tres por tres metros donde las imágenes de santos católicos y orishas del candomblé comparten el espacio con un aparato de sonido de dos metros de altura. Casi todos los días resuenan allí las canciones de Bienvenido Granda, el cantante cubano favorito de Edinho Jacaré.

Mientras Valdir Portugués es memoria hablada a cuentagotas, Edinho es memoria material de la noche cubana del Bela Vista. Conserva todos los reportajes publicados a lo largo de 27 años, libros, revistas, los carteles de los eventos a los que fueron invitados y los certificados recibidos. Los papeles, muchos de ellos amarillos, desgastados por el tiempo, permanecen en carpetas que solo él está autorizado a abrir. Bien guardados dentro de dos guardarropas. Allí comparten sitio con otras cajas que almacenan colecciones de vinilos y CDs, que no se atreve a contar. Todavía hay espacio para las decenas de cajas de zapatos y sandalias de cuero de él y su esposa, y los vestuarios oficiales de los días de la Cubana.

Es en la sala de la residencia donde está la principal pieza de ese museo improvisado. Si no la más valiosa, la más resplandeciente de ellas: una bandera de Cuba que Edinho ganó junto con un certificado que lo declara «miembro de honor» de la Casa del Caribe firmado por Orlando Vergés Martínez, director de esa institución en Santiago de Cuba. Arriba de dos sofás de manta naranja, en combinación con el color de la pared, unas fotografías con Valdir y con un sobrino de Ibrahim Ferrer, exintegrante del Buena Vista Social Club, completan la decoración de la estancia.

«¡Trajimos al Buena Vista acá! Salimos en ocho minutos del Fantástico (programa dominical del horario noble de la principal cadena de televisión brasileña) e hicimos el Festival del Caribe, trayendo a 65 cubanos para tocar a Recife. Es mucha historia para contar», dice, orgulloso, Edinho Jacaré. Al igual que Valdir, aprendió a disfrutar de la música cubana en la década de 1950. Comenzó a bailar a los 11 años, cuando la permanencia de menores de 18 años en los clubes solo estaba permitida hasta las 10 de la noche.

Solo hay una cosa que ocupa tanto espacio como las memorias de la Cubana en la casa de Edinho, el Santa Cruz Fútbol Club. En las paredes y en las cajas de sonido hay adhesivos del equipo; hay retratos y objetos alegóricos a esa segunda pasión. Si se le pregunta a dónde va su mayor sentimiento, vuelve a las respuestas breves. O las evita. No hay por qué comparar. Si son 28 años de la Cubana, son 43 desde que el hincha se transformó también en funcionario del club. El Edinho Jacaré bailador de las noches latinas se encarga de lunes a viernes de arreglar los herrajes de la cancha del Santa Cruz.

Todo aquel que piense que la vida siempre es cruel tiene que saber que no es así. Que tan solo hay momentos malos y todo pasa

«La vida es un carnaval» — Celia Cruz.

Durante décadas, Valdir tuvo también una doble jornada. Después de que se popularizara la televisión, a mediados de 1970, los cines de suburbio perdieron público y cerraron las puertas. El Rivoli fue uno de ellos y obligó a Valdir a cambiar de empleo. Así se convirtió en agente administrativo del Colegio Dom Vital, donde trabajó hasta 1997. Buena parte del dinero que juntaba en el empleo era destinado a la compra de los vinilos y, poco a poco, el DJ amateur fue reuniendo una prestigiosa colección que vendría a ser muy cotizada en la escena cultural de la ciudad.

Cds vendidos por Valdir Portugués / Foto: Alice de Souza

Después de que la fábrica Rozemblit cerrara, en 1984, resultó aún más difícil conseguir los títulos de artistas como Celia Cruz, Roberto Torres y la Sonora Matancera. Valdir era un cazador; recorría mercados y hacía compras a distancia. Al principio pedía todo de São Paulo. También intentaba trueques en los mercados públicos ilegales de la periferia. Para conformar una colección de interés también empezó a vender canciones de ritmos locales. «Yo vendía música de brega, que mandaba traer de São Paulo, y con el dinero enviaba a un amigo para comprar los vinilos, que costaba hasta 150 reales».

Valdir se convirtió en referencia del mercado paralelo de la música en las ferias libres. Con el avance de la tecnología, cambió unos 400 vinilos por discos compactos. Decisión de la que se arrepiente todavía hoy. Usó para ello un grabador. Grabar música fue otra forma que encontró Valdir para ganar dinero y luego comprarse más de sus canciones preferidas. En su casa recibe a todos con ocho aparatos de DVD apilados, dos grabadoras, un reproductor de cintas VHS y un reproductor de casetes.

—Es que, si se rompe uno, tengo otro. En el mercado no es fácil encontrar piezas para esto.

CDs de Valdir Portugués / Foto: Alice de Souza

Valdir quema CDs por encargo. Vende por todo Brasil. La mayoría de los DJs no tienen la misma paciencia para buscar canciones latinas en Internet. Es un trabajo casi artesanal. Las canciones se graban para tecnología de DVD. El nombre de cada una es estampado por él con una máquina de escribir sobre una hoja de papel coloreada. El preciosismo nostálgico de quien se vio obligado a adaptarse a la tecnología hace solo un par de años.

Antes de eso, Valdir seguía haciendo compras de música mediante un catálogo de papel de Descarga Music. Mandaba dinero a Nueva York y pagaba hasta 130 reales para liberar las piezas en la aduana. «Cuando me jubilé de la escuela, tomé todo mi dinero y lo mandé al exterior para traerme más música». El resultado son cuatro paquetes con mil CDs, los cuales lleva cada Noche Cubana al Club Bela Vista.

Vou pro quartel da guaracha, não me perco no caminho. Vai passando o Arruda. Cajueiro vai chegar. Subo o Alto Santa Terezinha e no Bela Vista vou dançar


«Bela Vista» — Academia da Berlinda.

La Noche de la Familia Cubana se divide en dos partes, así como la propia historia de la fiesta. A las seis de la tarde comienza a llegar el público local y, sobre todo, las parejas de mediana edad . Todos pasan por el torniquete amarillo, y los habituales tienen ya su itinerario. Primero van a la mesa delante del bar, a la izquierda del salón, y abrazan a Edinho, quien hace las relaciones públicas. Su función es recibir a los invitados, garantizar la armonía y crear la sensación de pertenencia de todos. Los más cercanos se juntan en la mesa del anfitrión, donde se consiguen también billetes para próximas fiestas.

Dentro de la cabina Valdir organiza las cuatro carpetas de CDs, una al lado de la otra. Maneja con habilidad las 14 páginas que componen los catálogos de cada una de ellas. No duda un segundo cuando le piden un tema. Él conoce el sitio de cada CD, dónde encontrar cada canción, el momento adecuado para ponerla. El público que llega temprano a la noche prefiere el son montuno y la guaracha. No usa auriculares ni ordenador; el DJ Valdir se guía por la experiencia. En una mesa llena de botones, reproduce las canciones y hace las mezclas. No le gustan las intervenciones habladas, el sonido para él tiene que ser lo más limpio posible.

La noche de la familia cubana / Foto: Alice de Souza

Cuando siente que ya ha dado tiempo suficiente para que la gente tome una cerveza en el bar, pone a sonar, digamos, a Alfredo Valdés, y la pista vuelve a llenarse. Hay que aprovechar, a las 9:00 pm empiezan a llegar los jóvenes de clases media y alta de la ciudad, que hace unos 10 años descubrieron esta fiesta latina en la periferia. Ellos prefieren la cumbia y la salsa. Son piezas del engranaje que sostiene la Cubana.

El Bela Vista fue fundado en 1980 como club de danza y fútbol. Con el paso de los años abandonó el deporte para dedicarse exclusivamente a las noches musicales. El espacio donde cabrían cinco casas populares recibe hasta dos mil 400 personas por fiesta. La Cubana siempre termina a medianoche. La fiesta del primer día del año se llenó según lo previsto.

Es el compromiso lo que ha hecho de este uno de los pocos clubes nocturnos que resisten el tiempo en Recife. El compromiso del público, de Edinho y de Valdir. Los protagonistas de la Noche Cubana recifense nunca han estado en Cuba. Pero no por falta de ganas.

—¡No da tiempo!

—¡Si vamos, no hay programación!

Valdir Portugués en la cabina / Foto: Alice de Souza

1 Israel Vitenszteim Vurm (1929-1991). Cantante argentino que fue integrante de la orquesta cubana Sonora Matancera. (Nota del editor).

2 Músico puertorriqueño (1928-1982). Cultivó ritmos como la bomba, la plena y la salsa. Su agrupación fue precursora de El Gran Combo de Puerto Rico. (Nota del editor).