Rigoberto Fuentes Yerena

Rigoberto Fuentes Yerena, delegado de Villapol, La Habana, desde hace 28 años/ Foto: Darío Alejandro Alemán.

Agachado a un costado de la carretera que lleva a Punta Brava, Rigoberto inspecciona un agujero inmenso con tuberías y lodo en el fondo.

—¡Tremenda basura que hicieron! Le dije a Aguas de La Habana que arreglaran esto, no que lo pusieran peor. ¿Ves esa tubería que tiene un salidero? Coño, pa eso hubiesen remendado la vieja y ya —dice malhumorado.

En efecto, donde termina el agujero una gruesa y moderna tubería drena hasta formar un charco de agua que ha convertido el lugar en un fanguizal. El hueco es ancho, con una montaña de trozos de asfalto y tierra mojada a su alrededor que impide el paso de los vehículos a una callejuela, la cual nace de la avenida y se pierde entre matorrales. Esta callejuela estrecha y mal pavimentada es la entrada principal del reparto Villapol, un pueblito intrincado al oeste de La Habana que se extiende unos cuantos kilómetros hasta la presa Niña Bonita.

Rigoberto se ajusta sus espejuelos de miope para ver mejor las dimensiones de la rotura. Está convencido de que ha sido otra de las chapucerías de la empresa Aguas de La Habana. Hace dos días que al reparto Villapol no llega agua potable por las cañerías y los vecinos más antiguos del lugar comienzan a recordar aquellos tiempos en que se abastecían por pipas y mediante algunas triquiñuelas hechas a la presa.

Alguien pasa cerca y le saluda.

—¡Ey, Delegado!

—¡Ey! Aquí, ya tú sabes, viendo esto que han hecho —contesta Rigo, cortésmente.

Después se acomoda la gorra sobre las sienes canosas y agarra el manubrio de la bicicleta que ha estacionado cerca.

—Voy un momentico a hacer un trabajo allí, a Punta Brava. Pero después me le aparezco a la gente de Aguas de La Habana para que solucionen esto. Eso está querido. ¡De que lo resuelvo, lo resuelvo! —afirma y se aleja pedaleando por la carretera.

Rigoberto Fuentes Yerena, delegado de Villapol, La Habana, desde hace 28 años/ Foto: Darío Alejandro Alemán.
Rigoberto Fuentes Yerena, delegado de Villapol, La Habana, desde hace 28 años/ Foto: Darío Alejandro Alemán.

***

Hubo una época en que la Circunscripción No. 35 de Villapol, en el Consejo Popular 4 de Punta Brava, no contaba con la formalidad administrativa de un nombre como este. Entonces le llamaban «El blúmer caliente». Entre matorrales, comunicadas por terraplenes y trillos entre la maleza, se alzaban tristes casuchas de madera y cartones. Era una zona habitada por familias muy pobres y, sobre todo, por mujeres que, a cambio de algún dinero, satisfacían los instintos carnales de los campesinos de los alrededores. De ahí le vino aquel sobrenombre al pueblo, y pasaría algún tiempo antes de que quedara en el olvido.

Por otra parte, en los límites del pueblo había pocas viviendas que pudieran considerarse tal cosa: viejos casones deteriorados de madera y puntal alto coronados de tejas, presumiblemente construidas por pequeños propietarios rurales a inicios del siglo pasado. Lo demás era monte salvaje y los márgenes de un riachuelo.

Cuando el Cordón de La Habana, a fines de los sesenta, florecieron improductivos cafetales en los alrededores del asentamiento, junto a almacenes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) cargados, sobre todo, de pollo. Los bajareques aumentaron por entonces. En cualquier terreno llano, según cuentan, llegaban familias enteras de Oriente y se instalaban como pudiesen. Todavía no era un reparto, pero las autoridades del municipio La Lisa al menos lo nombraban «zona habitada», aunque con apellido, «insalubre».

Los funcionarios de las FAR decidieron, además, compartir los terrenos destinados al almacenamiento de pollos con viviendas para oficiales de menor rango. Tras un pequeño proceso burocrático se entregaban terrenos a los nuevos inquilinos y, después, materiales de construcción subsidiados. La vieja reputación de paupérrimo burdel desaparecería gradualmente, aunque durante unos años convivió en armonía con la rectitud militar de los recién llegados.

Durante los años setenta no podía decirse que hubiese vida en Villapol, pues sus moradores solo pernoctaban allí. Las tiendas, las bodegas, los puestos médicos, los centros laborales, las cafeterías, las barberías, todo lo que no fuese un techo bajo el cual dormir quedaba lejos, a la salida del trillo que termina en la carretera que une la Novia del Mediodía con La Concepción y Punta Brava, y luego sigue hasta Bauta. Villapol era una isla en un mar de árboles y yerbazales cuyo único teléfono quedaba en una finca apartada. Los dueños del teléfono cobraban un peso por llamada a los desesperados que hacían fila ante sus puertas.

En aquella época no había en Villapol alumbrado público. Tampoco sistema hidráulico que llevase el agua hasta allí. Ni siquiera todas las viviendas podían presumir de luz eléctrica.

Un día de 1980, o mejor, un buen día de 1980 que nadie recuerda exactamente cuál fue, pero que todos consideran afortunado, llegó a una de las viejas casas de madera y puntal alto un joven de 27 años llamado Rigoberto Fuentes Yerena. Había permutado desde un apartamento de microbrigadas que le habían otorgado tras regresar de Angola como un oficialito de las FAR. «Rigo», un muchacho curtido en la guerra, cambiaría para siempre el ambiente mustio y desolador de aquel paraje.

***

Reparto Villapol/ Foto: Darío Alejandro Alemán.

No fue el calor horrendo de la habitación ni su cuerpo empapado en sudor, sino el ruido de unas tejas caídas del techo lo que hizo que Rigo saltara de la cama como poseído. Alzó la mirada y vio los armazones de madera que sujetaban las tejas envueltos en llamas y un agujero por donde salía el humo. Las paredes de madera se prendieron enseguida. Unos minutos más tarde, desde afuera, el triste oficialito recién llegado observaba cómo su casa se convertía en una inmensa pira hasta formar un montículo de cenizas y tablones carbonizados.

No hizo falta demasiada perspicacia para encontrar la causa del incendio. Algunos cables del precario sistema eléctrico de la comunidad, unas tendederas casi al alcance de las manos que llegaba a pocas viviendas, habían hecho corto circuito.

—Por suerte eran los años ochenta. Tú sabes, la época de «las vacas gordas» en Cuba, y gracias a eso conseguí sin problema materiales subsidiados para reconstruir mi casa. Esta vez de mampostería. Aunque eso fue lo más insignificante que recibí —dice Rigo más de 30 años después en el portal de su casita, segura y recién pintada, que ahora ha comenzado a expandir en un terreno contiguo de su propiedad.

Realmente, los bloques y los sacos de arena, el cemento y la gravilla fue lo de menos. Justo cuando pensaba que haberse mudado a un caserón inflamable ubicado en un pueblo desconocido había sido la peor de sus decisiones, los vecinos se le aparecieron con impensables donaciones que iban desde ropas hasta muebles. Al tiempo que rehacía su vida, Rigo solo pensaba en cómo responder a aquella gente con algo más que un simple «Gracias».

En los siguientes años los almacenes y los olvidados cafetales cedieron terreno a nuevas viviendas para militares. Villapol era ya un reparto con un cargo de «delegado» de Circunscripción que lo representase en la Asamblea Municipal del Poder Popular. Todavía era considerada zona insalubre, tierra de desesperados que solo en lugares como aquel podían hacerse de un techo en La Habana. Un sitio fuera del mapa por el que ningún organismo de la administración pública daría un centavo.

Los dos primeros delegados de Villapol tuvieron mandatos cortos que pasaron sin penas ni glorias, como se espera de cualquier funcionario en un pueblo olvidado. Se acercaban entonces los años más terribles del Período Especial anunciado por Fidel Castro a finales de 1990.

Si antes, en la relativa abundancia de los ochenta, los vecinos no habían percibido demasiadas mejoras en sus condiciones de vida, en los noventa la más mínima esperanza se antojaba un incauto delirio. Fue entonces cuando Rigo se propuso como candidato a delgado y todos lo aceptaron entre escépticos y aliviados. La verdad, nadie le envidiaba el cargo. Pensaron en Rigo como un delegado más, incluso con menos oportunidades que los anteriores para demostrar su valía. Nadie imaginaba que aquel hombre de 38 años que lo había perdido todo y, literalmente, se había levantado de entre cenizas, planeaba así saldar una vieja deuda.

Ese instante, que suele pasar desapercibido entre la justificada desidia de los cubanos, fue para este barrio casi trascendental. En medio de la crisis económica y dados los estrechos márgenes del «poder popular» en Cuba, Rigo sería para Villapol algo así como un pequeño Moisés. Había surgido un líder nato, un guía, alguien que —cosa rara— haría todo por cumplir su palabra. Rigo no necesitaría bajar de un monte con las tablas de la Ley. A partir de entonces y hasta donde fuera posible, él impondría allí las leyes. Manejaría los problemas de la comunidad con la delicadeza y la comprensión de un patriarca bondadoso, pero también con la mano dura y la temeridad de un veterano de guerra convertido en sheriff del lejano oeste.

Para el nuevo delegado los mandamientos vendrían de sus vecinos reunidos en la calle. Eran 15, y el primero de ellos: una bodega para el barrio.

***

Dos kilómetros es una apreciación bastante optimista de la distancia entre el centro de Villapol y la bodega del reparto La Concepción. Pues bien, había que caminarlos, aunque solo fuese para comprar el pan diario que la libreta de abastecimiento garantiza. En cada una de las reuniones del Consejo Municipal del Poder Popular, donde eventualmente se dan cita los delegados de las distintas circunscripciones para plantear los problemas de sus comunidades, Rigo expresó la necesidad de que su reparto contara con una bodega. Nadie le hizo caso las primeras veces, de manera que el nuevo delegado convirtió sus planteamientos en exasperantes súplicas.

—Estamos en una crisis nacional. No hay presupuesto para nada y menos para una bodega en Villapol —le dijeron al fin, a manera de respuesta definitiva.

Claro, él no se daría por vencido.

Entre la enorme masa de cubanos emigrados a Estados Unidos en la convulsa mitad de los noventa figuraba una mujer de Villapol. Se marchó un día sin decir nada y jamás se volvió a tener noticias de ella. Solo dejó en el pueblo un pequeño apartamento en el centro de una nave de bloques, junto a otros similares. El Instituto Provincial de la Vivienda se apresuró a sellar la casa con unas cadenas y un cartel hasta decidir qué hacer con ella. Rigo, que andaba por entonces decepcionado tras años de gestión infructuosa, se plantó una tarde frente a aquel local vacío y de un golpe echó abajo la puerta.

La expresión bonachona de Rigo y su tierno tono al hablar suelen convertirse rápidamente en una mirada intimidante y un discurso simple pero motivador. Rigo sabía cómo infundir cariño o temor; inspiraba a la gente. De manera que convenció a algunos vecinos para reunir materiales de construcción y servir como mano de obra a fin de hacer de aquel apartamento abandonado una bodega.

—Necesito que me pongan un bodeguero y que trasladen los mandados de Villapol para su bodega —pidió más tarde en otra de las reuniones del Consejo.

—¿Cómo que para su bodega? Si tú no tienes bodega allá —le dijeron.

—Pues sí, ya la tengo, y la hice con mi pueblo.

Aquello le costó más de un regaño. Las autoridades municipales se negaron a trasladar los productos de la cuota hasta Villapol y casi destituyen a Rigo de no ser por una salvadora visita a La Lisa de Esteban Lazo Hernández, actual presidente de la Asamblea Nacional y quien entonces fungía como Primer Secretario del Comité Provincial del Partido Comunista en La Habana. Al verlo, Rigo se apresuró a interceptarlo y le contó su odisea con la bodega.

—Hiciste bien. Fuiste indisciplinado, pero hiciste bien —dijo Lazo para que los presentes lo escucharan. Pocos días después abrió la bodega de Villapol.

Bodega de Villapol / Foto: Darío Alejandro Alemán

Ahora, mientras Rigo se balancea en el sillón de la colorida sala de su casa, alguien le pregunta:

—¿Y cómo hiciste para convencer a la gente de construir en secreto una bodega cuando era ilegal?

—Gracias a mi gente —contesta—. Mira, hay reglas básicas en esto. La primera, un delegado que esté comprometido realmente con su comunidad no puede decir «No puedo». Siempre se puede hacer algo. La segunda, paciencia. Las cosas pueden demorar, pero debes insistir y dar confianza, lo que me lleva a la tercera: ser ejemplo. Uno no puede andar en chismes, ni bretes, ni ilegalidades. También debe ser el primero en todo. Si hay que donar sangre, soy el primero en donar, si hay que ayudar con la evacuación, soy el primero en salir bajo la tormenta, si hay que hacer trabajo voluntario o ayudar a alguien, soy el primero en agarrar una pala.

Después de conseguir una bodega para el reparto, Rigo se dio a la tarea de continuar tachando el resto de aquellos 15 planteamientos iniciales. Había intercedido ya para que, gradualmente, subsidiaran materiales de construcción a las familias con las casuchas más lastimosas de la zona. Sobre cómo lo logró nunca ha querido hablar. «He tenido que hacer cositas por el bien de la gente que es mejor mantenerlas ocultas», suele decir al respecto con una sonrisilla maliciosa.

También logró mejorar el pésimo estado del servicio eléctrico en la zona, que alguna vez provocó el incendio de su casa. Sin embargo, no le bastó con ello. Tras años de constantes visitas a las oficinas de la Empresa Eléctrica, sus funcionarios, hastiado de la presencia del delegado de Villapol, accedieron a electrificar todas las viviendas y dotar de alumbrado público a la comunidad.

La estrategia de Rigo es persistir hasta el cansancio. No se queja ni se quejó nunca de ser engañado durante improductivas citas en las sedes de cada organismo de la capital. Él iba a todas partes con su uniforme militar para, si era posible, impresionar un poco. Las gestiones eran una lucha constante contra los funcionarios públicos que, después de decirle mil veces que desconocían la existencia de un reparto llamado Villapol, cedían algunos recursos sobrantes de otras inversiones para resolver de a poco sus reclamos. Tardó años, pero los vecinos del reparto se hicieron de teléfonos fijos, instalaciones hidráulicas y contenedores de basura que diariamente vacía un camión de Servicios Comunales.

Veintiocho años después de haber sido elegido por primera vez como delegado de su Circunscripción, Rigo lamenta no haber podido solucionar el último de los planteamientos originales.

—Estoy cogido con lo de los viales, pero entiendo que si las calles del Vedado tienen huecos no puedo esperar que reparen las de Villapol primero. Yo insisto siempre, pero soy realista. Por ejemplo, sé que no puedo poner una escuela aquí porque somos en total cerca de mil habitantes y no hay niños suficientes para llenar las aulas. Tampoco puedo poner una CADECA [Casa de Cambio de moneda nacional a convertible] ni una tienda en divisas porque la población no es significativa y esto está intrincado. Pero con lo que tengo he hecho otras cosas —dice orgulloso.

Al igual que con la bodega, Rigo logró convencer a sus «electores» de construir, entre todos, un pequeño parque con unos pocos bancos bajo un árbol para el disfrute de la comunidad. También ha establecido una brigada de reparación de pequeños salideros integrada por los propios vecinos; cada quien aporta mano de obra, las piezas y herramientas que puede, o bien escombros para rellenar los agujeros. Los salideros grandes, como el de la entrada del pueblo, son demasiados complicados para su brigada; por eso se le ve estos días ansioso, en espera de una respuesta de la empresa Aguas de La Habana.

—Tengo otras cosas en mente, además —confiesa—. Por ejemplo, una zona Wifi en el parquecito o frente a Ogún, la fábrica de machetes ubicada a la entrada del reparto, para que los muchachos no tengan que salir de aquí para conectarse a Internet. Ya hice mis averiguaciones. Sé que se puede y, si se puede, ¡se hace! El año que viene, cuando la gente pase por aquí, me la juego a que verán las calles sin baches y el parquecito Wifi. ¡Pero me la juego a que sí!

En Villapol todos confían en que así será.

Calle principal del reparto Villapol/Foto: Darío Alejandro Alemán

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Incluso el fin de semana lo más común es encontrar a Rigo sobre su bicicleta de aquí para allá, casi siempre entre las dos cafeterías particulares para las cuales trabaja de mensajero. Como jubilado la pensión no le alcanza, así que ha decidido sacarle ventaja a la fuerza de sus piernas. También aprovecha a veces para visitar a su mujer, que atiende la única cafetería del reparto Villapol, o se va hasta los confines del pueblo, allá por la presa Niña Bonita, a conversar con algunos de sus «electores».

Los «villapolenses» que viven cerca de la presa deben, en buena medida, sus vidas a Rigo. Como delegado ha establecido un plan infalible en caso de desastres según el cual cada uno de estos vecinos se evacúa antes del paso de los huracanes en una casa determinada que está más cerca de la entrada del pueblo. Cuando las lluvias son fuertes, la presa se desborda e inunda las viviendas aledañas. Los evacuados suelen obedecer sin chistar, aunque esto tal vez se deba a que la mayoría son policías a quienes el Estado ha otorgado terrenos en el reparto Villapol.

—El único problema es la presa, porque aquí, en el centro del pueblo, no se cae ni un árbol. Yo no creo en nada ni practico religión alguna, pero los cristianos de este pueblo dicen que estamos bendecidos, y estoy al pensar que es así —dice Rigo.

El delegado de Villapol dice «tener» tres religiones en su pueblo: testigos de Jehová, yorubas y evangelistas. De los primeros habla siempre con medida y agradece su integración a la comunidad pese a que faltan a la mayoría de las actividades que él propone.

—No van por cosas de su religión y yo eso lo entiendo. Al final, lo importante es que se portan bien —agrega con esa manía suya de hablar de todos como si fuesen niños pequeños.

Con los otros dos grupos religiosos se involucra más y estos parecen corresponderle con la misma gentileza. Por ejemplo, Rigo ha decidido que los trabajos voluntarios en el reparto se hagan los sábados, para así no interrumpir el culto dominical de los cristianos de la comunidad. A veces también asiste al templo evangelista y conversa con los fieles, quienes en ocasiones se han reunido para rezar por la prosperidad del pueblo.

—Yo lo controlo todo. Ahora, saber de todos, encargarse de todos y cumplir con mis deberes en el trabajo y con mi familia, solo es posible con planificación. Yo me planifico cada hora del día y así me da tiempo para hacer lo que quiera. Hay cosas que se me escapan, por supuesto. Como cuando fui de joven a pelear a Angola, supuestamente por siete meses, y terminé tres años metido allá —dice entre risas.

***

Uno de los grandes orgullos de Rigo es la seguridad que se respira en su barrio. Al punto, asegura, de que bien pudiera uno dormir con la puerta abierta sin temor a robo alguno. Lo dice hinchado, casi prepotente, como autoagasajándose por la heroicidad tremenda que significa controlar la vida de todo un reparto desde el sillón de su sala.

—Aquí nada se me escapa. Cuando alguien nada más piensa hacer de las suyas, siempre viene un pajarito volando y me lo dice al oído. Por lo general, atajo los delitos antes de que sucedan. En un pueblo chiquito se sabe todo.

Es común encontrar gallinas y cerdos caminando por las calles, mientras sus dueños hacen cualquier cosa, confiados en que nadie les robará. Los animales de granja encerrados solo están en cautiverio para evitar perderlos en el monte. Ha costado años establecer esta seguridad, incluso en un reparto donde abundan policías y militares de bajo rango. La estrategia de Rigo es simple: tratar personalmente con los delincuentillos de la comunidad; hacerles saber que él sabe de sus fechorías y, antes de lanzar cualquier amenaza o denuncia real, darles la oportunidad de reivindicarse.

Hace tres días, Rigo hizo ir a una joven madre hasta la estación de Policía de La Lisa. No quería hacerlo, pero tampoco le quedó otro remedio. El hijo de esta mujer, de apenas un año de nacido, sufría un fuerte dolor de oídos que la doctora del reparto había diagnosticado como una complicada otitis de necesario tratamiento en un hospital pediátrico. Los días pasaron y al delegado de Villapol le llegó el rumor de que el pequeño aún no recibía atención médica especializada.

—¿Necesitas que te ayude en algo para llevar al niño al hospital? —dijo Rigo a la mujer.

—No, no necesito nada. Lo que él tiene es una bobería. Lo de la otitis es invento de la doctora —contestó ella.

—¿Cómo que invento de la doctora? Coño, ¿tú no ves al niño como tiene la oreja, que suelta pus y todo? —Y agarrándola del brazo dijo: ¡Arriba! Deja al chiquito aquí con tu vecina que te vas conmigo para la estación.

La mujer le siguió enojada. En Villapol la gente puede refunfuñarle o discutirle, pero a nadie se le ocurre desafiar a Rigo. Una vez en la estación de Policía, el delegado conversó con uno de los oficiales para que le levantaran un Acta de Advertencia a la joven por no cuidar de su hijo.

—Ella ahora me cae atrás para pedirme que le retire el Acta de Advertencia —se ríe—. Y en verdad no se la levantamos, porque yo creo que en el fondo es una buena muchacha. Yo le dije al policía, que es amigo mío, que la asustara nada más. Y funcionó. Llevó al niño al hospital y todavía le están haciendo las curaciones. Pero pienso dejarla un rato más asustada. Uno de mis pajaritos me dijo que quizás ella se prostituye, y yo lo veo posible. Ahora está buscando trabajo porque le dije que, si hacía una más, ya con un Acta de Advertencia en la policía, va para adentro, trancada.

Rigo, que trata a los problemáticos del barrio como ovejas descarriadas de un rebaño de su propiedad, piensa que estos son años tranquilos. Lo más común son los casos de ancianos quejándose del maltrato de sus familias o de muchachos que han abandonado los estudios y ni siquiera trabajan. Para cada conflicto tiene una solución, a veces amenazas con la Policía o gestiones en unidades militares donde algunos amigos les consiguen trabajo a los desempleados de la comunidad. Tiempos malos, recuerda, los años noventa…

En los momentos más duros del Período Especial, poco tiempo después de haber sido electo delegado de Circunscripción, Rigo sospechaba que tres muchachas del barrio se prostituían y aquello eral algo que no podía permitir en su jurisdicción. Primero habló con ellas y les contó de los rumores que circulaban en Villapol sobre sus salidas nocturnas. Por supuesto, las acusadas lo negaron todo. Entonces él las siguió una noche y aguardó, distante, hasta la llegada de los primeros clientes. Entonces salió de su escondite.

—¡Así que no se están prostituyendo! ¿Y ahora? ¿Qué mentira me van a decir ahora? ¡Anda, vamos, para la estación!

—Delegado, ¿usted cree que nosotras queremos? Esto es por necesidad —dijo una de ellas.

—¿Necesidad? No jodan. El sexo es por placer, no por dinero. Y en el pueblo hay mujeres con un millón de necesidades, más que las de ustedes, y tienen la dignidad de no prostituirse.

Rigo estaba enojado, pero las súplicas de las tres muchachas fueron aplacando su ira.

—Una más y van para adentro. ¡Y ustedes saben que yo lo hago! —dijo al fin.

Ahora, a más de 20 años de aquella noche, Rigo habla con orgullo de esas tres mujeres, de las cuales una estudió Gastronomía; la otra, gracias a él, comenzó a trabajar en una planta procesadora de alimentos, y la tercera, que actualmente vive en Estados Unidos, viene a saludarlo cuando regresa a la isla.

—Los noventa fueron tremendos y esta zona de Punta Brava, que siempre ha sido candela con los disidentes, fue de lo peor con eso de los problemas políticos y la contrarrevolución. En Villapol hay, pero no tanto como en Punta Brava. Yo permito que la gente piense como quiera. ¿No estás de acuerdo con el gobierno? Perfecto. Podemos hablarlo aquí, con un cafecito y pasarnos la tarde en eso. Pero ya salir con cartelitos y gritadera de cosas en mi pueblo no va, simplemente, porque no me da la gana. Aunque tampoco me gusta lo que hace la Policía; eso de cogerlos y meterlos preso. Cada cual piensa como quiere y pensar distinto no es un delito —dice Rigo, quien ejerció también durante un tiempo de presidente del Consejo Popular de Punta Brava.

Como presidente del Consejo, a veces pasaba las tardes en una oficinita en la sede del Poder Popular de la zona. Su predecesor en el cargo le había visitado para advertirle de un opositor solitario que gustaba pasearse con un cartel «hablando mal del gobierno»; un tipo a quien el propio funcionario —según le contó a Rigo— había golpeado alguna vez para quitarle el cartel de las manos antes de llamar a la Policía. Rigo le escuchó. Él reprobaba esos actos de violencia. En Angola, pensaba, ya había visto suficiente. Cierta tarde, el conocido disidente de la comunidad entró sorpresivamente en la oficina.

—A ver, qué quiere —dijo Rigo, y el hombre empezó a hablarle de los recientes contratiempos con el abasto de agua en Punta Brava y del resto de los problemas en la comunidad.

—Mira, chico, a mí me habían hablado muy mal de ti, pero tú has venido a hacer lo que debería hacer todo ciudadano. Tú sabes más de los problemas de aquí que yo. Y está bien que me los cuentes y que estés bravo por eso. Es más, mañana mismo estoy viendo si es verdad todo eso que me dices. Y si es así, ven cuando quieras a seguirme contando —dijo Rigo.

 A la salida de la sede del Consejo Popular de Punta Brava, mientras el presidente se disponía a despedir a su inesperado visitante, una patrulla aguardaba. Al parecer, alguien había avisado a la Policía de que un «opositor» había entrado al Consejo. Rigo intervino y convenció a los patrulleros, al menos por esa vez, que no detuvieran a aquel hombre.

—Aquí en Villapol había también un disidente de los duros. Silvio Benítez, que era presidente de un grupúsculo en La Lisa, de un tal Partido Liberal de la República de Cuba. A ese la Policía también lo trancaba, pero no es mal tipo. No pensamos igual, pero yo no le caía arriba por eso. Discutimos, eso sí, pero de ahí no pasaba nunca. Él se fue para Estados Unidos y vino de visita no hace tanto. Me trajo gomas para mi bicicleta. Porque piense distinto a él no se las iba a rechazar. Eso sí estaría mal —sostiene el delegado de Villapol.

***

En realidad, pocas personas en Villapol le dicen Rigo. En lugar de su nombre, muchos han escogido llamarle «Delegado». Tras 28 años ininterrumpidos en el cargo, los vecinos del reparto tienen ciega confianza en él y así lo demuestran en cada una de las votaciones que se han efectuado desde 1991. Rigo siempre gana, pero no por la desidia y la indiferencia que se palpa en buena parte del país durante las jornadas electorales. Al menos en esta Circunscripción, la gente se toma las elecciones muy en serio.

Aunque siempre deben elegir entre más de un candidato, los vecinos de Villapol reconocen que el cargo pertenece a Rigo. No tiene competencia; nadie ha hecho más por la comunidad. Ciertamente, casi tres décadas parecerían sobrar para resolver 15 necesidades básicas. Pero teniendo en cuenta el lento metabolismo de la isla, sumado al hecho de tratarse de un asentamiento intrincado y desconocido, bien pudiera tratarse de un tiempo récord.  

—Él aquí es como Fidel [Castro] fue en el país, porque gobierna ahí, ahí, ahí y no hay quien lo tumbe. Pero resuelve. Gracias al Delegado esto cambió mucho y yo misma no quisera irme de aquí porque ya tenemos muchas cosas que antes no teníamos; además de que es un lugar muy tranquilo —dice Mirta, una de las vecinas más antiguas del barrio.

Hoy, mientras Rigo prepara su bicicleta para irse a trabajar y, después de hacerle una incómoda visita a los funcionarios de Aguas de La Habana, alguien le pregunta:

—¿Por qué esa dedicación a tu comunidad?

—Porque sí, porque adoro este lugar y le debo muchas cosas. Yo de aquí no me voy hasta que vaya para el otro reparto.

—¿El otro reparto? —Sí, el de los muertos, adonde nos tenemos que mudar todos —dice, y suelta una breve carcajada.