Foto: Carlos Melián

Osmar Peña lleva décadas diciéndole Salietre a Salietes. «Salietre estuvo conmigo en el servicio militar en Camagüey», dice con su voz ronca, su escaso cuello de cernícalo y su cara colorada.

«Mientras nosotros marchábamos y rompíamos botas, Salietre corría todos los días, de día y de noche, hasta que un día salimos a la gimnasia matutina y lo vimos atravesar trotando el punto de control, se alejaba y se alejaba de la unidad, y no volvió. Nadie lo detuvo ni lo mandaron a buscar ni lo cogieron preso… lo dieron por imposible».

A los 55 años Peña emprendió una serie de cuadros sobre personajes pintorescos de San Luis, municipio de Santiago de Cuba. En toda la selección no había prohombres ni héroes ni hombres nuevos, sino merodeadores, limosneros, locos, alcohólicos sin hogar, vendedores ambulantes de trastos inservibles. El cuadro donde incluyó a Salietes se tituló: «Corredor de fechas históricas».

No solo fue un éxito la expo, dice Osmar, es lo mejor que le ha pasado en toda su vida. Cuando habla de ello se emociona y los tendones de su cuello se tensan como si fuese a estallar. En un año y medio recibió invitaciones para exponer en varios sitios menores de la provincia como Casas de Cultura o lobbys de Bibliotecas, la alemana revista Taz publicó un reportaje sobre él, y vendió algunas piezas a precios de souvenirs a turistas y cubano-americanos.

«Eso que te cuento fue en el lejano Camagüey en 1978 o 1979. No vi a Salietre hasta diez o veinte años después cuando entró corriendo en un acto político, por algo que celebraban. Vino por esa calle», señala la Calle Central de San Luis, «levantando una bandera cubana. Era corredor de fechas históricas. Y se puso tan pero tan contento cuando me vio, que dijo que yo era su hermano, y así es siempre que viene por aquí, porque él es de aquí de San Luis».

Nadie sabe quién compró el cuadro sobre Salietes. Quien lo vendió apenas recuerda haberlo vendido y no puede describir al comprador, pero lo compró alguien desde los primeros días en que estuvo montado en la Biblioteca Provincial Elvira Cape. Esto es lo más cercano que ha tenido Salietes a una estatua, y como nunca vio el cuadro, no sabe si el hombrecito recreado en lienzo se le parece.

Foto: Carlos Melián

Foto: Carlos Melián

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Rogelio Salietes Toro es una suerte de piedra sin edad de 58 años, con espinazo esbelto de palo de escoba, con carencia de piezas dentales, con boca aplastada bajo pómulos acentuados de boxeador, con voz ronca y exánime de hincha de fútbol después de 7 goles, y con una cabeza que alberga dos personas: una normal, ordinaria, y otra terca y ciega en su propósito, como uno de esos extractores de petróleo que se mueven fantasmales contra una llanura en ocaso.

Si usa un pantalón verde, se pone un pulóver verde. Si el pantalón es púrpura, va de púrpura completo. Lo que no combina son los zapatos. Los que usa para correr, son los que usa para trabajar. Les llegan azarosamente de admiradores o pacientes suyos agradecidos, a los que gusta saber que Salietes hace alguna de sus hazañas gracias a ellos.

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Mientras orienta ejercicios de brazos, Salietes les dice a los ancianos que «la isquemia anda, la isquemia anda en la calle como un catarro, como el dengue, por coger lucha, por mortificarse con las cosas, porque la vida no es solo farmacia y duralgina, la vida no es quejarse de que no hay plata, la vida no es quejarse de que no hay papa, o que la papa no llega a Santiago de Cuba y se queda en Ciego de Ávila».

Una parte del grupo sonríe mientras mueven los brazos, otra no.

Todas las mañanas Salietes sale de su edificio forza del distrito José Martí, una gran urbanización de viviendas sociales idénticas y repletas de familias en crecimiento, toma café en la oscura casa de una vecina soltera y desdeñada, cruza la calle y desaparece entre un laberinto de más edificios sociales sobrepoblados, rodeados de basura plástica, perros sin dueño, y herrumbrosos tanques de agua privados que florecen como hongos entre los edificios para sobrellevar la sequía.

A primera hora trabaja con ancianos a los que les aplica una serie de calistenias y el resto del día se reparte entre varios domicilios en los que rehabilita a convalecientes de episodios isquémicos. Mientras esperan sentados en el parque Los Caballitos, los ancianos suelen dedicar unos minutos a hablar de política internacional. Hablan bien de Maduro y mal de Trump, mal de Macri y bien de Putin, y en algún momento de la conversación pasan por «el caso Salietes». Se dicen unos a otros que Salietes no les hace un favor, que le pagan lo que le pagan por orientarle ejercicios a ellos, y que un día alguien tendrá que cantarle las cuarenta. Nunca forman antes de las 8:20 am. A las 8:20 am hacen tres largas filas. Y esperan de pie hasta que Saliete aparece entre dos edificios. Cuando llega se callan el pico.

Hay diferencias en el grado de satisfacción que manifiestan los ancianos y los isquémicos. Los ancianos creen que Salietes es un pícaro untado del aceite de la simpatía y eso de las fechas históricas, que les pasa gato por liebre y va a trabajar cuando quiere, y los isquémicos dicen lo contrario, si por ellos fuera habría que fundirle una estatua en bronce, o quizá no tanto en bronce, sino una en yeso u hormigón armado.

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Si la patria de Salietes fuera del tamaño de la distancia que ha recorrido dentro de ella, Cuba sería más grande que Canadá. Salietes dice haber recorrido 10 999 kilómetros, solo por el criterio de corredor de fechas históricas.

Podría decirse que descubrió su vocación como corredor alrededor de los 10 años mientras recibía como timonel en la escuela de remos de Ciudamar, un centro de entrenamiento ubicado en la bahía de Santiago de Cuba. «Podría decirse» es la forma más exacta que tenemos de dar cuenta de su pasado. Su pasado parece una ciudad siniestrada por un tsunami.

A Salietes niño las metas de entrenamiento rutinario de resistencia física, consistentes en carreras de 5 kilómetros, le parecían tan atractivas como irrisorias. Un día las ignoró y multiplicó por diez: corrió por la Carretera Central hasta Grillo, por la Carretera Central hasta la Tanqueta de Hongolosongo, por la Carretera Central hasta Palma Soriano, a unos 60 kilómetros de la base de remos y a otros 50 de Santiago. Dice Salietes que solo quiso probarse, correr hasta donde le dieran las fuerzas: una meta lo llevó a otra, un obstáculo lo llevó a otro «con la vista en el horizonte y su mente en el futuro».

Cuando se dieron cuenta de que su vocación real era correr fue a dar a la cátedra de atletismo de la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) Orestes Acosta. Corría a partir de 1500 metros, libres o con vallas, fue a competencias nacionales y provinciales, y siguió corriendo. Dice Salietes que cuando lo llamaron al servicio militar sus entrenadores previeron el desenlace. Y como cuenta Osmar Peña: salió corriendo de la unidad, y no lo vieron más.

Reincorporado a los estudios culmina un técnico medio en Cultura Física. Estalla la guerra anti apartheid en África y el Estado cubano comienza a movilizar fuerzas para enviar a Etiopía y Angola. Miles de jóvenes idealistas curtidos en la literatura soviética y su épica gesta en la Segunda Guerra Mundial embarcan a combatir, a convertirse en hombres de verdad y en héroes, y Salietes nunca fue menos. Redacta una carta y se la envía a Fidel dando su disposición. Unas pocas semanas después recibe respuesta y una citación desde una oficina de reclutamiento. Viaja a Angola, donde se suma a la retaguardia, gana grados de subteniente de la reserva y, según cuenta, hace de profesor de educación física.

El otrora primer teniente Raúl Matos Gaínza, destacado como segundo jefe del aseguramiento en la ciudad de Luanda, declara que lo de Salietes no era tanto impartir clases de educación física, sino correr. En plena guerra contra el apartheid en África, Matos Gainza recibía informes diarios desde varios puntos de la ciudad advirtiendo sobre un oficial cubano que corría por plazas, calles y avenidas, ajeno a medidas de seguridad y protocolos. Es así como lo recuerda. «Y no lo metía preso», dice Matos, «por su relación con el comandante Juan Almeida, porque decían que era hijo de Almeida».

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«Yo vivo eso», dice Salietes tocándose las sienes, «vivo el ruido de mis pasos, vivo el sudor de mi frente derramándose por las causas históricas. El sudor derramándose de mi frente como la sangre derramada de los héroes de la patria, yo vivo eso, ellos murieron por nosotros, ahora yo derramo mi sudor por ellos, y a través de mi sacrificio, de mi sudor derramado, sensibilizo a los jóvenes».

Los críticos de Salietes son principalmente jóvenes. Pero no son críticos vehementes sino risueños. Se ríen de lo que hace. Algunos han sido campeones, subcampeones o semifinalistas en eventos nacionales y provinciales. Otros, la mayoría, nunca fueron campeones de nada y hoy son empleados, funcionarios, muchachos con o sin virtudes que crían músculos en el gym del combinado deportivo de Micro 4 del Distrito José Martí, donde Salietes firma su tarjeta como técnico medio en Cultura Física y permanece el menor tiempo posible.

Muchos le hacen saber que su foto en el mural del estadio de softbol junto a glorias olímpicas del territorio levantando una bandera, arribando de una de sus carreras, es como mínimo un chiste. Le dicen corredor de polvorones (pastelillos), aguazúcar y mermelada, le dicen Olímpico de qué, le dicen loco. No hay baloncestistas ni pitchers ni saltadores ni pesistas que se monten su propio evento siendo de antemano los campeones y participantes absolutos. Nadie salvo él aceptaría pasar a un mural de glorias deportivas olímpicas y paralímpicas por conseguir marcas a propósito de fechas históricas y patrióticas.

Un hombre negro sentado en un buró en la entrada del Combinado de Micro 4 escucha a los jóvenes del gym divertirse con Salietes. Sonríe él también, y cuenta algo que él vivió. En una ocasión llegó a Santiago la noticia de que Salietes se había muerto de un infarto. El teléfono del Combinado no paraba de sonar, todos preguntando, la funeraria se llenó de gente, la calle San Agustín era intransitable, estaba repleta de quienes lo conocían y de curiosos que querían saber quién había muerto. Había muerto un corredor de maratón, pero no era precisamente Salietes. Desde la Habana llegó una corona con el nombre de Salietes, que estaba en Mella, un municipio lejano, tomando ron.

Salietes llega sonriendo a donde habla el hombre negro y escucha la anécdota y pregunta, orgulloso de sí y en voz alta, cómo será su entierro. Cómo será su muerte. Cómo la recibirá el pueblo. Si será como en esa ocasión.

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Salietes le repite al periodista: «Nadie ha escrito en serio sobre mí. Nadie se ha metido a preguntarme a fondo por qué. Por qué corro». Otras veces dice que en la entrada de cada pueblo por el que pasó hace décadas debería haber una estatua suya en actitud de corredor. En abril de 1980 hubo un colega que superó con creces a Salietes, corriendo menos. Otro deportista como él, pero con los días contados se propuso cruzar Canadá de punta a cabo. Tenía solo 21 años, una sola pierna y una enfermedad que le comía por dentro. Corría, o casi corría, con una prótesis mecánica, dando tumbos, casi bailando, tensando el cuerpo, cuidando de no perder el equilibrio. La idea era sensibilizar a los canadienses, ganar personas, ganar conciencias, promover un cambio de mentalidad. Se trataba de una carrera benéfica a favor de la investigación contra el cáncer.

De los 8 mil kilómetros que se planteó, cumplió 5373, luego murió al cabo de nueve meses. En menos de un par de años mereció condecoraciones, órdenes, homenajes. En 1980 y 1981 fue reconocido como la personalidad más influyente de Canadá. Se llamó Terry Fox.

El nombre de Terry Fox está escrito en piedra en las nubes. Anualmente se realizan carreras Terry Fox en todo el mundo, incluso en Cuba. Existen retratos, afiches, estatuas suyas en bronce, en hierro, y quizá también en hormigón o yeso. Banderas y pulóveres con su imagen se imprimen cada año en máquinas acuñadoras que se mueven a un ritmo poderoso, percutivo e industrial creando miles de copias idénticas que son desplazadas sobre una estera mecánica y van a parar al cabo de un ciclo industrial a cajas y más cajas. Gentes de varios continentes venderá y comprará en masa a Terry Fox al cabo de cada ciclo industrial.

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El periodista le pregunta a Salietes si en algún momento su hermana fue su novia, Salietes niega rotundo, como se niega una idea siniestra: «Es mi hermana, siempre fue así».

«¡Mariaedy!», grita Salietes mirando hacia el segundo piso por el hueco de la escalera. «¡Mariaedy!»

María Edith se asoma sin responder. Trabaja de auxiliar de limpieza en la secundaria básica Julio Antonio Mella del distrito José Martí. María Edith, negra, 55, ni alta ni baja, desciende por las escaleras del segundo piso preguntándose qué quiere Rogelio a esta hora. Los zapatos amarillos son nuevos, las legguins negras y la blusa con figurillas multicolores, también. No hay nada que anuncie que se trata de una auxiliar de limpieza que pule pasillos y descarga inodoros. Por la pinta, por la tranquilidad de quien maneja siempre problemas mayores, parece la directora de la escuela. Salietes le grita con su voz exánime que quieren hacer un libro sobre él, y en su expresión hay un tono de triunfo. María Edith mira al periodista y comprende, y sigue bajando sin apurar el paso ni mostrar un pelo de euforia.

María Edith es lo que nos queda de la madre adoptiva de Salietes, Esperanza Nápoles, fallecida en 2015. Tiene 55 y aparenta 45. María Edith cuaja a medida que se acerca. Cierta sensualidad se corona en un coqueto lunar de tinta de 2 milímetros de diámetro tatuado sobre la zona derecha del labio superior. Está sudada, algo molesta por haber sido sacada de la faena, pero colabora a medida que avanza la conversación, y penetra en su infancia, y recuerda que no conoció a Rogelio en la EIDE, como él dice, sino en 1976 en el Área Especial de la pista de arena del Instituto Preuniversitario Cuqui Bosch antes de que construyeran la pista sintética «Recortán». Ninguno de los dos había entrado aun en la EIDE porque ella fue captada primero, y Salietes después.

-Yo tenía 12 o 13, y él tenía como 16. A los atletas de la EIDE nos traían al Recortán a entrenar y él se incorporó por las condiciones que tenía la pista aquella. Nosotros andábamos juntos, porque yo era semi-interna en la EIDE, y de ahí regresábamos los dos para la casa, donde yo vivía con mi padrastro y mi mamá. Mi mamá servía la comida y ponía un plato para él también. Así que lo fue observando y observando todo ese tiempo en que él iba, hasta que dijo: «Ay, parece que este muchachito no tiene una gente que le tenga afecto, que lo atienda, que le lave sus tenis, su uniforme, que lo vea con una presencia aseada». Y mi mamá atendía esas cosas, hasta que un día él comentó eso, que él era hijo de la patria. Nadie de nosotros lo sabía. Mi padrastro lo llamaba y le decía: «Mira, cuando termines el entrenamiento pasa por los bomberos», porque mi padrastro era bombero, y le daba comida y luego iba para la casa. Desandaba siempre por ahí.

-¿Por toda la ciudad?

-Sí, desandaba mucho. Cuando salía de su entrenamiento, iba a mi casa a dormir. Lo mismo se quedaba en la Villa Olímpica que en mi casa, pero cuando se asoció a mí se iba para mi casa. Allí se le lavaba su ropa, se le atendía y él salía para su entrenamiento. Él hizo parte de su vida desandando hasta que me conoció y me comenzó a decir «mi hermana, mi hermana, mi hermana», y hasta hoy que yo soy su hermana en todo. Entonces él se distanció un tiempo. Y yo decía: «¿Mamá dónde está Rogelio? ¿Dónde está Rogelio?» Hasta que un día llegó un compañero a la casa buscando a los padres de Rogelio y mi mamá se presentó y dijo, «yo soy la mamá». «¿Ah usted es la mamá?», dijo ese compañero, «porque vengo a decirle que Rogelio está para Angola». Y mi mamá se quiso morir. Y así fue como Rogelio se fue, sin decir nada. Y ya cuando mi mamá lo vio de nuevo fue cuando él regresó de la misión. Y de ahí comenzó a crecerse, a crecerse, a crecerse, hasta que se hizo profesor de Cultura Física y luego hizo el proceso de militante del Partido, y por ahí encaminó y se hizo corredor de fechas históricas.

-¿Por qué tú crees que él no se hizo Campeón Olímpico?

-Bueno, esta es mi opinión: él hacía lo que hacía de corazón, porque le nacía, un tanto se preocupaban los entrenadores, pero él siempre se crecía solo, y buscó ser maratonista, corredor de resistencia, y se fue abriendo paso, pero pasaba mucha necesidad y no se hizo campeón porque esa pila de circunstancias no eran las idóneas. Porque tú tienes que consagrarte al deporte, y aunque hay que ser disciplinado, también hay que tener una atención y alimentación que él no tenía, él se apoyó en nosotros, pero él venía ya pasando trabajo en la calle.

-¿Y en el hogar de niños desamparados no lo atendían?

-A la casa nunca llegó nadie a preguntarnos nada. Él vivía con nosotros hasta que se hizo un hombre y se hizo profesor de Cultura Física, y a partir de ahí siguió creciéndose, corriendo, corriendo, y mucha gente le decía «¡tú estás loco!, ¡tú sabes lo que es correr por gusto!» Y él respondía «yo corro porque siento que eso es lo que me dice mi corazón», hasta que por su iniciativa a él le nació ser corredor de fechas históricas, el único corredor de fechas históricas. Fíjate que él llegó a presentar un tipo de alteraciones, y le mandaron un tratamiento a Jagua, y mandaron a decir que fuera un familiar, porque querían darle electroshocks. Y mi mamá fue y dijo que él no estaba loco, que nadie iba a tocar a Rogelio porque Rogelio no estaba loco, él lo que es hiperactivo, pero él no está loco. Y mira. ¡Mira el gran talento y la gran figura que tenemos! No es una persona que habla mal de la Revolución, no es una persona que habla mal de ninguna persona, nada de nada, fíjate que yo me quedo mirándolo así y le digo: «¡Rogelio, cuando te van a dar algo en el INDER!»

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Dice Salietes en su autobiografía que nació en una casa de Yarayó y Prolongación de Rastro, un barrio muy pobre de Santiago de Cuba. Dice también que en dicho lugar se encuentra hoy un consultorio del médico de la familia.

Tomando el dato de su autobiografía y su carnet de identidad, nació el 5 de enero de 1960. Pero en la casa de Yarayó y Prolongación de Rastro donde hoy está ubicado el médico de la familia no vivió ni un minuto porque fue dejado por sus padres María Toro y Adonis Salietes en el Hospital de Maternidad Sur de Santiago de Cuba. Lo que hoy conoce sobre su nacimiento se lo confió una oficial del Ministerio de Interior de quien recuerda rostro y nombre de pila.

Su niñez, hasta los 11 o 12 años, fecha en que conoce a Maria Edith y Esperanza Nápoles, transcurre en la casa de niños sin amparo filial «La beneficiencia», que apadrinaba directamente el comandante Juan Almeida Bosque, un afectuoso ex-guerrillero negro, músico y líder político que tenía sensibilidad hacia las clases y oficios más pobres.

En esa etapa fue hijo de una cama, un closet, ropas donadas, aseo personal, toallas numeradas, juguetes colectivos, varias tías o educadoras asalariadas, comidas, cumpleaños, y visitas periódicas de Almeida. En su autobiografía dice que en 1972 el Gobierno le asigna al Instituto Nacional de Deportes y Recreación (INDER) la responsabilidad de su preparación como deportista e ingresa a la EIDE.

«Yo fui siempre así, el más inquieto, corría y corría y nadie me paraba». Ese es el único comentario que le brota a Salietes de su niñez y adolescencia en La Beneficencia.

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De su maleta Salietes saca agujas, una tijera con punta de tenazas, un reloj, una tablilla con cordones. Los coloca sobre una bandeja y se sienta frente a un señor negro de unos 65 años. Cada instrumento, como el reloj, al que le sustrajo las manecillas del secundario y el horario, ha sido desarrollado por él según ha ido avanzando en el universo de la rehabilitación física. Con el reloj sabe qué tiempo puede estar aplicando terapias tales como el uso de un bombillo eléctrico, para transmitir calores a las articulaciones, pero si no hay bombillo, como es el caso, usa una secadora de cabellos si la hubiera en la casa. En su maleta también destaca un libro rojo de tapa gruesa, el “Manual de procedimientos de diagnóstico y tratamiento en Ortopedia y Traumatología” de Rodrigo Alvarez Cambras, el célebre médico cubano.

Salietes agarra la tijera con tenazas y muerde el lóbulo de la oreja del señor. El señor dice «¡¡Ayyyyyy!!» Con este procedimiento, explica Salietes, puede saber cómo va recuperando la sensibilidad el paciente luego de la isquemia y su progreso en la terapia. Luego saca una especie de araña metálica y se la muestra al periodista:

-¿Sabes qué esto?

-Sí, tengo una. Es para rascarse la cabeza.

-¡No! Esto es para energía piramidal. ¿No has leído sobre la energía piramidal?

-Sí, he leído. Pero eso es para rascarse la cabeza, mi mujer me compró uno, cuesta un euro en Berlín, es para rascarse la cabeza.

-¿Quién dijo? Eso me lo trajo un paciente, es para energía piramidal.

El señor de 65 se vuelve hacia Salietes y hacia el periodista. El periodista hace silencio.

Salietes le coloca la araña al señor en la cabeza y por el cabo introduce una especie de cilindro de acero inoxidable. El cilindro, explica Salietes, concentra la energía, y la energía baja y entra al cerebro del paciente por cada una de las puntas de la araña de metal.

La isquemia para los isquémicos fue una marea que les trajo a Salietes y terminan tratándolo como a un hijo; le brindan postres, pan, café, meriendas a media mañana y platos de almuerzo. Le ríen los chistes, lo dejan dormir la siesta en el sofá brindándole una almohada, o en sus habitaciones. La mayoría camina gracias a Salietes.

Eliades Bell, de 48, se incorporó hace un mes a las calistenias con el bando de los ancianos. Es uno de los isquémicos más jóvenes que ha salvado Salietes de la cama y la total invalidez. Bell dice que Salietes nunca faltó a una de sus terapias y que él nunca lo esperaba, habla de tener-fuerza-de-voluntad, pero cuando dice fuerza-de-voluntad se refiere a Salietes y no a él. Iba a visitarlo en días de lluvia en los que nadie en Cuba espera con seguridad a nadie, sea amante, sea amigo, sea un empleado asalariado sin el menor incentivo como Salietes.

-Él es sentimental. Muy sentimental -dice María Edith.

-¿Qué quiere decir sentimental?

-Es muy sentimental porque él ve a un enfermo y siente lo que está pasando y se aflige, y trata de ayudarlo, él bajo sus propios medios ha aprendido a ser fisiatra. Fisiatra es ser fisioterapeuta, y él le da fisioterapia a los que le han dado isquemias, displasias, y ha tenido resultados. Él mismo ha creado sus instrumentos de darles atención a esas personas que están discapacitadas.

Salietes se define como un técnico en cultura física especializado en rehabilitación.

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Días antes de volver de Angola le escribió otra carta al Comandante en Jefe haciéndole saber su proyecto de correr hasta cada cementerio del país donde hubiera un combatiente enterrado y en cada uno hacer un minuto de silencio. Esta fue su primera carrera por hechos históricos.

Las ventajas de correr superdistancias en sesiones nocturnas de 10 horas las aprendió de los militares: no hay sol, no hay ruidos, solo un hombre en la noche corriendo por los demás, mientras los demás duermen.

En cada pueblo o ciudad por la que pasaba lo esperaba el pueblo. El pueblo a ambos lados de la carretera. Vio madres, hermanas, huérfanos o viudas. Madres, hermanas, huérfanos o viudas desmoronarse al verlo pasar. Lo visitaban en los hoteles en que descansaba, esperaban a que despertara y con lágrimas en los ojos, iban hacia él, lo abrazaban, lo declaraban «hijo», le ofrendaban presentes y agradecían por correr por sus maridos, hijos o sobrinos caídos en combate. Algunas, cuenta Salietes, le pedían los zapatos destrozados que dejaba en los pueblos y ciudades que iba superando con su voluntad para guardarlos como objetos de culto. Fidel Castro lo felicitó personalmente y le dio la mano. Y según su autobiografía: fue «nombrado por el Consejo de Estado Corredor de Fechas Históricas de Cuba».

Corrió todo el país. Unió el oriente y el occidente más de diez veces, unió cementerios, provincias y campañas políticas. Corrió las grandes movilizaciones de la juventud comunista promovidas por su secretario general Robertico Robaina durante finales de la década del 80 e inicios de los 90. Corrió por el regreso del niño náufrago Elián González. Corrió durante años todos los días 5 de cada mes, hasta que fueron liberados los cinco cubanos encarcelados en Estados Unidos por infiltrarse dentro de células anticastristas obsesionadas con derrocar el comunismo en Cuba. Corrió y corre sus tres series actuales: «Por aquí pasó Fidel», «Por aquí pasó Chávez» y «Por aquí pasó Martí», más otros acontecimientos aislados como el día de la Juventud Comunista o el día de la muerte de Frank País, combatiente de la lucha clandestina en Santiago de Cuba en la década de 1950.

No lo convocan para correr. Él es su propio jefe y es él quien presenta la iniciativa al Gobierno de su localidad. Corra o no, al final de cada mes recibe un salario de 330 pesos, el equivalente a 13 dólares por su trabajo como rehabilitador y entrenador de ancianos. Él es quien elabora un croquis, una sobria conceptualización donde abunda el símbolo y la alegoría, y demanda aseguramientos que no pasan de una ambulancia y policías a las instancias del gobierno local. Una almacenera obesa del INDER le facilita azúcar y pan para las carreras.

Corre con un accesorio que él mismo diseñó en el que puede atornillar, según el caso, una imagen de Martí, Fidel o Chávez. Corre con una bandera que mandó a coser a una de las señoras que rehabilitó donde aparece el grado de Comandante en Jefe sobre una tela Verde Olivo que simboliza la Sierra Maestra.

Por Fidel corrió después de su muerte a lo largo de todo un año, todos los días 25, veinticinco kilómetros hasta que le pidieron que parara. Luego de que le pidieran que parara Salietes se dio cuenta de que nunca le habían dicho que corriera, así que siguió corriendo y fue preso. Cuando fue preso por correr por Fidel los delincuentes con reservaciones en la estación de policía de Micro 9 del Distrito José Martí le gritaban: “¿Tú no quieres Fidel?, come Fidel. ¿Tú no quieres comunismo?, come comunismo”.

Foto: Carlos Melián

Foto: Carlos Melián

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Yoandry Salietes Camué limpia un cable de cobre achicharrado que venderá luego en un punto de recolección de materias primas. Vive en un oscuro y tiznado apartamento del último piso de un edificio del Distrito José Martí. Su madre, que fue mujer de Salietes a principios de 1980, mira en lontananza apoyada en el balcón. Fue maestra, dice Salietes, pero hoy hace de conserje en un hospital.

En la sala de la casa hay dos hombres con los ojos inyectados en alcohol, ambos con la piel curtida por el mar. Son pescadores y hablan de pesca mientras miran una colorida película de mafia tailandesa. Hay algo en esta película que parece la continuación de esta casa y estos hombres: usan cámara en mano, la cámara en mano hace largos dollys por ventorrillos que venden frutas y artículos del mercado negro. En cualquier momento saldrá un asiático desde el fondo de una cesta de frutas y arrasará con todos apretando el gatillo de una ametralladora. Según el más borracho de los hombres, Yoandry tiene coraje. Yoandry aquella vez lo dejó loco. Él estaba sobre la múcara, y perdió un cabo, y el carrete fue a dar al agua, y se lo comentó a Yoandry y Yoandry sin pensarlo dos veces se tiró al agua y nadó y nadó hasta coger el carrete, y dio la vuelta, y él pensaba que era una mancha de peces la que venía hacia él, pero no, era Yoandry y Yoandry trepó la múcara y le devolvió en carrete sin nadie habérselo pedido.

Ahora Yoandry limpia un trozo de cable de cobre pero lo que le gusta a él es la pesca. Lanzarse al mar y pescar. No pescar submarino, no pescar en un bote, sino sobre una cámara de camión, de día o de noche, o a la hora en que piquen mejor. Cuando Yoandry está solo en la oscuridad, en el mar, a veces piensa en su padre Rogelio Salietes. Dice Yoandry que su papá es de oro, que no tiene queja, que es lo máximo, y que no lo ve como a un padre sino como a un amigo. Que Rogelio no tiene defectos, y si tiene defectos es el de tomar, tomaba mucho. Ya lo ha dejado, porque un deportista no puede tomar, pero antes tomaba mucho alcohol. No se ponía violento, dice su ex mujer, se ponía cariñoso, demasiado cariñoso. Es un hombre bueno. Bueno borracho y bueno sin estar borracho.

Saliete dice tener «como ocho hijos». Dice que «son cosas que uno hace cuando no sabe de la vida». Además de Yoandry tiene una hija mayor, en Las Tunas; otra hija en el Distrito José Martí, un hijo en el barrio Chicharrones, dos hembras y dos varones en San Luis y uno en Cueto, Holguín. La suma da nueve y no ocho como él decía. Nunca habla de nietos, aunque los tiene.

Salietes vivió unos años en un apartamento del Distrito Abel Santamaría cuyas llaves se la entregó Esteban Lazo, actual Presidente de la Asamblea Nacional. Salietes cree que se lo ganó por maratonista de fechas históricas, pero también por ser hijo de la patria. Cuando se enamoró en San Luis permutó su apartamento para aquel pueblo. Tuvo varias relaciones e hijos. La mayoría de las mujeres, dice, le echan en cara trabajar demasiado, irse demasiado tiempo con sus pacientes. Quiso regresar a Santiago de Cuba, entró en litigio por la casa, pero terminó cediéndola. Yo soy un virtuoso, dice Salietes. Nací con virtudes, no necesito esas cosas. Su último domicilio antes de recibir su actual apartamento en el distrito José Martí fue una casa de tablas levantada en una comunidad informal al pie de la línea del tren que bordea la ciudad.

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El periodista le dice a Salietes que seguramente fue un error, que nadie en Cuba lo va a meter preso por correr por Fidel. Y que en todo caso él está de acuerdo en eso de que correr todos los días 25 es fula. «¿Por qué?», pregunta Salietes. «Porque tienen razón: pierde fuerza el acontecimiento. Correr todos los meses es echarle agua a la cosa. Correr cada un año es un acontecimiento. A mí no me caen bien los funcionarios, Salietes, pero tienen razón». «No», dice Salietes. Salietes dice que no es así, a él le enseñaron otra cosa. Le enseñaron a luchar por las ideas al costo que sea necesario. El periodista dice que el propio Fidel dijo que no hicieran esas cosas, que no le rindieran culto, que no pusieran nombres suyos en ninguna parte. Fue una orden del Comandante, fue su testamento que en todo caso es más sagrado que una orden. Pero Salietes ve una contradicción en eso. Su idea de revivir el legado del Comandante y cambiar todo lo que debe ser cambiado es más fuerte que el propio Comandante. El periodista cree que no será bueno publicar la carta que él le piensa entregar a la esposa de Fidel. Salietes cree que esa carta no tiene nada malo, que esa carta no es nada nuevo en su carrera contra las dificultades. Siempre, dice, le han dicho loco; siempre, le han preguntado por qué corre y él siempre ha seguido corriendo.

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24 de Febrero del 2018

«Año 60 de la Revolución»

A: Dalia (Esposa de Fidel Castro)

De: Rogelio Salietes Toro (Corredor de Fechas Históricas de Cuba)

Con copia a: Lázaro Expósito Canto, Primer Secretario del Partido Comunista en la Prov. Santiago de Cuba.

Con copia a: Beatriz Johnson, Presidenta del Poder Popular en la Prov Santiago de Cuba.

Teléfono: *******

Móvil: ********

Asunto: Me siento ofendido por el Partido y Gobierno Provincial y otros órganos, como el INDER Provincial.

Quisiera que usted sepa que el día en que estuve presente en el cementerio con usted y sus hijos, el 13 de agosto; en el aniversario de nuestro Comandante, donde Ud. expresó, que diera por seguro el recorrido Habana-Santiago de Cuba con el fin de llevar el pensamiento del concepto de Revolución a lo largo de todo el país «Por aquí pasó Fidel» y le hiciera entrega del calendario de dicho recorrido, desde esa fecha estoy presentando problemas.

La Directora Provincial del Inder de Santiago de Cuba, Alina, y el Jefe de Cultura Física, Carlos, y otros Funcionarios del sector, me llamaron la atención; pues me dijeron que era una falta de respeto porque le entregué el calendario y que yo no era nadie para hacer eso. Que había un Director Nacional y por esa causa me quitaron el recorrido que venía realizando todos los 25 de cada mes como un castigo.

Me dirigí al Gobierno Provincial y comuniqué mi problema, pero allí no obtuve ninguna respuesta. Me dieron de lado; yo creo Madrina que es una falta de respeto a nuestro Comandante y a su Familia; como corredor de fechas históricas de Cuba me siento ofendido y bloqueado internamente hacia mi pensamiento y no me dejan desarrollar mis ideas y sé que las ideas no se matan si no se llevan a cabo.

Hay comunistas que no son Fidelistas pero yo soy Comunista y Fidelista y todos 25 estaré junto a mi Comandante con la bandera de su grado, y hasta con su color de la Sierra Maestra, realizando un minuto de silencio hasta que resuelva este problema además el pueblo cuando no me ve; se preocupan por mí.

Además el 25 de enero en honor a mi Fidel Castro Ruz y el pensamiento del Concepto Revolución con el fin de llevarlo a cabo a la Nueva Generación, estuve dando 25 vueltas a la Rotonda del Cementerio y luego un minuto de silencio a nuestro Comandante Fidel y no pude concluir mi idea ya que me llevaron detenido para la Unidad de la PNR ubicada en el Micro 9 solo por hacerle honor a mi Comandante; siendo el único del país como «Corredor de fechas históricas». Me siento humillado ya que nunca había estado preso; y menos por un motivo tan importante e histórico.

Yo soy hijo de esta Revolución y sé que no merezco dicho trato por ninguna institución de nuestro país y como dijo Che Guevara hay que criticar las malas conductas y si es posible erradicarlas para que nuestro socialismo sea mucho mejor y se extienda a través de todo el país y el mundo, pero si hay conductas de este tipo no creo que pueda avanzar; además como bien dice el Concepto Revolución (… es igualdad y libertad plenas…) (… es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio…) y en este caso defiendo el valor del patriotismo, de la responsabilidad, del heroísmo, etc, y creo que con mi derecho y mi pensamiento no debo estar en ninguna Unidad de Policía detenido ni humillado y menos que me castigue una institución y me quite el recorrido que siempre he realizado.

Revolucionariamente

Rogelio Salietes Toro

Hijo de la Revolución

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En la puerta del apartamento de Salietes hay un cartel que anuncia: «Rogelio Salietes Toro. Corredor de fechas históricas». Tiene dos balances, un televisor, un reproductor de DVD con puerto USB. Afiches y diplomas enmarcados. Trofeos y retratos de Fidel. Al pie de la ventana hay un pequeño escritorio con un busto de José Martí y una Biblia. Lo único que lee Salietes es la Biblia. La lee todo el tiempo, dice, la estudia.

Salietes cree que puede correr por cosas grandes que están en la Biblia. Su sueño a los 58 es correr por la paz de manera transnacional. Correr, por ejemplo, en Venezuela, por Chávez. Correr en Europa, por el Vaticano. Correr y no detenerse ante ningún obstáculo. Salietes quiere escribirle a Walter Martínez, el comentarista de Dossier, el programa de Telesur, y pedirle que interceda por él ante Nicolás Maduro. Cuando Maduro sepa lo que él hace, cuando sepa por quienes corre, lo llevará a correr a Venezuela por Chávez. Es su sueño. Correr por Chávez. Sí. Es pan comido que Maduro lo mandará a buscar. El periodista le dice que parece peligroso correr por Chávez en Venezuela, lo podrían descuerar vivo o quemar mientras corriese. Pero Salietes dice que eso es cuento, que le pondrán protección, y que en todo caso valdrá la pena morir así.

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Cuenta Salietes que tenía plena conciencia de lo que hacía. Cuando a los 19 años oía sus pasos en la carretera solitaria hacia Camagüey, a unos 500 kilómetros de su escuela de atletismo en Santiago de Cuba, dejando atrás las órdenes, el mando, el servicio militar, tenía plena conciencia de lo que hacía.

Su plan era correr sin detenerse hasta Camagüey capital de la provincia, y en Camagüey montarse en algo que fuera hasta Santiago donde lo esperarían sus entrenadores, que iban a mover influencias o a encontrar alguna una fórmula legal para ampararlo. No se había cepillado los dientes, ni lavado la cara, ni desayunado. Su aseo personal, su ropa y su maletín quedaron colgados tal cual en la litera del albergue al que no regresó jamás.

Dos años antes, Alberto Juantorena, el elegante de las pistas, se había convertido en Montreal 76 en Campeón Olímpico de los 400 y los 800 metros planos y en héroe nacional. Por arte de la política, la Guerra Fría, o la afición y el tratamiento personal que le mostró siempre al deporte Fidel Castro, el deporte amateur era otra trinchera, otra línea de combate contra el imperialismo en todas sus formas. Eso estaba en el aire. Eso era en Cuba la ostia y el vino, pero Salietes frunce el ceño y confiesa que él no pensaba en Juantorena, ni en nada parecido. Corría para convertirse en Campeón. Corría porque fue huérfano, dice, corría porque había niños huérfanos y no quería eso. No quería niños huérfanos, no quería ser huérfano, no quería silencio, no quería albergues, quería un hogar, quería ser campeón.