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Igual que tantos también creo, aún sin haberlo visto en directo más que como un señor esmirriado ya consumido por el Parkinson, que Muhammad Ali fue la figura más grande del deporte en el siglo XX. Mucho tiene que ver en esto dos piezas ejemplares que alguna vez leí, antes de cualquier video, antes de nada, en una compilación de entrevistas emblemáticas de Play Boy, un libro en el que Ali compartía lugar con personajes curiosos e históricos y además con algunos otros tipos de su talla, probablemente también los reyes de sus respectivos oficios, Miles Davis, Nabokov, Lennon, Marlon Brando.

Todos tocan en el libro una cuerda específica, la cuerda de la virtud y el genio, la cuerda de la sabiduría y la derrota, la cuerda del compromiso social y del excentricismo, la cuerda de la soberbia y el hartazgo, la cuerda del desprecio por el vulgo, la cuerda de la erudición y del desconcierto, la cuerda de la comprensión del prójimo o bien la cuerda del desafío o del arrepentimiento ante Dios, pero el único que en tierra de gigantes se las arregla para tocar todas las cuerdas y componer una sinfonía es Ali.

La primera entrevista ocurre en 1964 y la realiza Alex Haley, el autor de Roots. Ali viene de conquistar el título mundial de los pesos pesados después de su primera pelea contra Sonny Liston y está en la cúspide del egocentrismo. Para ese entonces ya ha dicho que va a volar como una mariposa y picar como una abeja, ya se ha destapado como un bocazas incurable, ya se ha convertido al Islam y ha entablado amistad con Malcolm X, ya ha derrumbado los perfiles del Bad Nigger y del Tío Tom expresamente preparados con antelación para los boxeadores negros en Estados Unidos, ya ha compuesto un poema donde ha pronosticado que Liston caerá en el octavo asalto y, en efecto, Liston, que viene de destrozar a Floyd Patterson, que parece un ogro invencible, cae no sin lirismo en el octavo, irreconocible.

Haley acompaña a Ali en sus “peripatéticas giras sociales” por barrios pobres de Nueva York como Harlem. Ali, nos recuerda Haley, se hospeda en ese momento en el hotel Theresa, el mismo legendario inmueble en el que un par de años antes se había hospedado Fidel Castro durante su primera apoteósica visita a las Naciones Unidas.

La segunda entrevista corre a cargo de Lawrence Linderman. Es de 1975. Mucho ha llovido hasta ahí. Lluvias ácidas y lluvias de primavera. Ali ya se ha negado a ir a Viet Nam y ha sido separado del ring, ya ha dicho que “el boxeo es un montón de hombres blancos viendo cómo un hombre negro vence a otro hombre negro”, ya ha regresado y ha perdido su condición de invicto ante Frazier en el Madison Square Garden y luego ha sido nuevamente derrotado, esta vez por Ken Norton, y también ha vuelto por sus fueros y ha tomado revancha de ambos, de Norton, un nombre menor en esta saga, y de Frazier, y luego ha derrotado a Foreman en aquella pelea de infarto, la pelea que todo el mundo conoce y ha visto aunque alguien todavía crea que no la conoce o no la ha visto. Lo ha derrotado en el Zaire de Mobutu, en el corazón de África, y ha hecho que el mundo tenga que enfocarse donde él quería que el mundo se enfocara.

Es un Ali distinto este, pero igualmente infatigable y sagaz. Quiero, sin embargo, plantear en este punto una vuelta de tuerca y detenerme en algo. Hay en Netflix uno de tantos documentales sobre él. Igual a los demás, salvo por un detalle. Es decir, es una minuciosa sublimación del ídolo y no se ahorra nada. Pone todo el espectro de la persona que es Ali en función del mito, y los pequeños detalles, sea cual fuere su naturaleza, como el combustible que alimenta su grandeza, con lo cual, de alguna manera, ya los detalles quedan justificados.

Yo fui allí buscando precisamente eso, el Ali que danzaba en el ring, el Ali rebelde, el Ali carismático, el Ali persistente, el Ali redentor, el Ali antisistema, y no lo encontré del todo porque encontré otra cosa que no estaba buscando para nada. En los minutos finales, para demostrar el alcance de las cruentas estrategias mediáticas, plagadas de burlas, improperios y chistes degradantes con los que Ali casi siempre lograba desestabilizar a sus contendientes antes de los combates, se entrevista al hijo del difunto Joe Frazier, un hombrecillo feo y profundamente pacífico a través del cual podemos vislumbrar al niño que él fue cuando su padre y Ali se enfrentaron en Nueva York 1974, pero sobre todo en el peleón de Manila 1975.

Marvis Frazier –así se llama– comenta cuánto lo afectaron, tanto a él como a su familia, aquellas histerias floridas que Ali se montaba delante de las cámaras. En la escuela, los compañeros de Marvis –para quienes Ali, obviamente, era el héroe– lo acosaban con ese típico salvajismo de la primera edad. Por su parte, el mismo Joe Frazier, uno de los pocos colegas que se solidarizó con Ali cuando este fue suspendido por negarse a participar en Viet Nam, no entendía por qué Ali lo llamaba ignorante, o feo, o patoso.

El poder abrasivo de Ali inyectó mucha tristeza y confusión en el seno de la familia Frazier, y esto lo explica Marvis –para quien Ali, obviamente, también era el héroe– casi a su pesar, con una nobleza superior, perdonándolo, como si no pudiera ser de otra manera y todo lo que Ali tuvo que hacer para cimentar la leyenda, incluso atormentarle su infancia, hubiese estado bien que lo hiciera.

Pero la pregunta es esta: ¿es necesario hacer todo lo que se hace, o se puede hacer lo mismo con menos? ¿La excentricidad de Ali era otra de sus herramientas, más divertida que dañina, o era codicia en sí misma, su expresión fetiche, apenas vanidad fatua mitificada por todos los que somos sus fanes? Marvis Frazier, que dice no entender por qué tuvo que pasar lo que pasó, todo ese show y esa enemistad entre su padre y Ali, pero que acepta los hechos y no los reprocha, está puesto ahí como una nota al pie, hasta que estalla y triunfa. Nada derrota tanto a un héroe como el desamparo de quienes lo padecen.