Edna Buchanan / Foto: Books & Books

Edna Buchanan / Foto: Books & Books

La mejor evidencia para demostrar que la ciudad de Miami no es aquella arena calurosa de violencia y narcotráfico de los ochenta, es el hecho de que el nombre «Edna Buchanan» ha perdido popularidad entre los habitantes, desplazado felizmente por el de cualquier mequetrefe de telenovela. Si la sola mención de ese nombre no implica ya una respuesta inmediata en los escandalosos habitantes del Dade County, ni un gesto de asombro entre los miembros de su fuerza policial, es porque el dinero ha convertido a la Ciudad del Sol en un moderno centro de negocios, la capital financiera del sur de los Estados Unidos. Durante unos veinte años, según The New Yorker, solo ella y Fidel podían ser mencionados sin necesidad de apellidos en todo Miami.

En ese lapso de tiempo, Edna Buchanan estuvo relacionada con 5 mil muertes violentas, de las cuales unas 3 mil fueron asesinatos. La conocen todos los hombres y mujeres que sirvieron a la Policía de Miami desde principio de los setenta y muchos de los delincuentes más peligrosos de la ciudad también. No es la esposa de un capo colombiano. No es una asesina contratada por la poderosa emigración cubana. Nunca ha disparado un arma fuera de la seguridad de un campo de tiro. Es alta y rubia, amante de los gatos y los romances televisivos. La única mujer en ganar un Premio Pulitzer como reportera policial.

El hecho de que su nombre y su figura ahora mismo signifiquen poco para el común de los habitantes de la ciudad tiene mucho que ver con la decadencia de los periódicos de Miami, donde Edna solía publicar las historias más leídas. Con la caída constante del número de felonías y sin rotativos interesados en pagar la nómina de una reportera estelar en un género venido a menos, no le ha quedado otra salida a Edna que mudarse a la ficción. Ahora mismo es mucho más fácil encontrar cualquiera de las novelas policiacas protagonizadas por la irreverente investigadora Britt Montero, que los restos de su inmensa obra periodística.

Sin embargo, podría decirse que este es su estado natural. Edna siempre fue una outsider, después de todo. Diez años llevaba despertando frente a una radio de la policía y haciendo una ronda matinal por las principales estaciones de la ciudad sin que nadie reparase demasiado en ello, cuando apareció Calvin Trillin y la propuesta de un perfil para The New Yorker. A partir del éxito de Covering the Cops —un clásico del género— fue que el prestigio de Buchanan comenzó a crecer más allá de la línea interestatal de Florida. Trillin, un conocedor del Sur Profundo, había llegado hasta South Beach persiguiendo la leyenda de una mujer que recorría las calles saltando de una escena del crimen a otra y reportando cada mañana cómo la ciudad se aniquilaba a sí misma por aquellos días.

En el tiempo que pasó junto a la reportera no solo comprobó que todo lo que contaban era cierto, sino que existía un lado menos feliz de su trabajo que no era tan conocido. Para el momento en que se publicó el perfil, el oficio del reportero policial ya se había convertido en ese puesto ocupado por novatos en busca de un ascenso o por veteranos que, con la fuerza brutal de los hábitos, ya se habían convertido en parte de los precintos que los acogían como uno más. Sabían qué debían incluir y qué dejar fuera de sus reportes. Edna, nos cuenta Trillin, sobrevivía en una clasificación de reportero policial distinta a estas. Una a la que ninguno de los dos bandos involucrados —ciudadanos y policías— ven con buenos ojos.

A Edna Buchanan le han cerrado mil puertas en la cara, le han colgado el teléfono otras tantas, le han lanzado piedras, le han apuntado con un arma de fuego, la han amenazado de muerte y nada de ello ha hecho que se detenga en su misión: conseguir la historia más interesante posible y situarla en la portada del periódico. El suyo es un pacto íntimo con el arte del relato, anterior al prestigio y los premios. Anterior, incluso, al calor y las palmeras de Miami.

***

Una mañana a finales de los setenta, antes de que un cadáver flotando en la playa al amanecer fuese normal en Miami, el editor adjunto del extinto Miami Beach Sun sugirió a una de sus reporteras que fotografiase el cuerpo con su cámara. La jovencita se negó rotundamente, no era eso para lo que la habían entrenado. Desde el fondo del pasillo, Edna Buchanan dijo que ella lo haría sin ningún problema. Parece este el tipo de proceder de una persona acostumbrada a lidiar con la muerte, el crimen y los oscuros procesos que conducen a las personas corrientes a llegar a convertirse en cuerpos lanzados a la bahía. No parece esta la reacción típica de una muchacha recién llegada de una pequeña ciudad en las estribaciones de los Apalaches.

Al parecer, fue el crimen quien escogió a Edna y no al revés. El primer vínculo entre ambos sucede en su niñez, cuando lee a su abuela polaca —quien no entendía el inglés—las pintorescas historias de los criminales de New York, reflejadas en todos los tabloides de la ciudad. Muchos años después, adquiere de su primer esposo ese apellido que la acompaña desde entonces y una desconfianza feroz en las personas, sobre todo periodistas y policías.

James Buchanan era un reportero del Fort Lauderdale Sun-Sentinel, con un itinerario de viajes bastante cargado para un hombre en su cargo, pensaba su esposa. La profesión lo había llevado a contraer vínculos con miembros del movimiento anti-Castro y algunos personajes del bajo mundo de Miami. Aun así, nada impedía que ambos reporteros intentaran una vida matrimonial normal. Hasta que el crimen apareció otra vez en la vida de Edna, una mañana cualquiera, luego de que abriese el maletero de su auto para guardar la compra y encontrase dentro un variado set de rifles de asalto y otras armas.

Luego intentó irse del otro lado, con el oficial de policía Emmett Miller. La relación no duró. Años después, casado con otra mujer —su quinta esposa— Miller llegaría a ser jefe de la Policía. Sin embargo, el olfato de Edna quedó reafirmado una vez más, luego de que fuese necesaria una profunda y muy pública investigación acerca de los vínculos del matrimonio Miller con locales de apuesta ilegal en Miami Beach. «La persona más proclive a asesinarte se sienta al otro lado de la mesa en el desayuno», reza el primero de muchos aforismos que conforman la “filosofía” de Edna Buchanan.

Sus historias están salpicadas de lecciones de ese tipo. Siempre enfrascadas en mostrar cómo las personas más comunes pueden ser los más despiadados asesinos. Sus reportajes son relatos policiales: hay algo oculto, pero no sabemos qué es hasta el final. ¿De dónde viene su arte? ¿Cómo se convirtió una obrera de la Western Electric en una periodista respetada y en una artista de la narrativa? ¿Basta con los relatos de niñez leídos a la abuela?

La respuesta está contenida en el perfil de Trillin y en sus propias memorias, «The Corpse Had a Familiar Face». Una compañera de la fábrica, buscando acompañante para su clase de diseño de sombreros, le propuso a la joven Edna que intentara recibir alguna clase de su interés en el Montclair State Teachers College. Ella no dudó y asistió sin faltas a las lecciones de escritura creativa impartidas por un delgado y melancólico profesor venido desde Greenwich Village. El profesor, además de encontrar rasgos interesantes en su primer relato, le recomendó algunas lecturas impostergables para cualquier aspirante a escritor, le enseñó las técnicas de estructuración del texto y, sobre todo, proveyó a su alma de la necesaria convicción que se necesita para escribir. No sabemos si su amiga llegó a vender un solo sombrero, pero a Edna Rydzik —aun sin el apellido de la fama— aquella clase le cambió la vida para siempre. Más tarde le confesaría a Trillin que un amigo escritor localizó, muchos años después, a aquel anónimo profesor y propició una llamada telefónica. El hombre estaba muy contento por el destino que había corrido su alumna, pero, lo lamentaba mucho, no conseguía recordarla a ella ni al relato que tanto llamó su atención en aquel entonces.

Unos meses después del curso de escritura, madre e hija llegaron de vacaciones a Miami y se enamoraron de la ciudad. Intentaron un traslado hacia la planta de la WE en el Sur de la Florida, pero no lo consiguieron. Se mudaron de todas formas. Mientras tomaba un segundo curso, Edna supo que el Miami Beach Sun buscaba reporteros y no eran para nada ambiciosos en sus requerimientos. La ciudad comenzaba a despertar apenas y era una soleada tierra de oportunidades, con atardeceres paradisíacos, palmeras y calor. Nunca más volverían a Paterson. Sin embargo, bien pronto el dinero de la droga y la emigración comenzaron a provocar una cultura del vicio cuyo epicentro era la calurosa urbe donde ella había decidido iniciar una carrera como periodista.

Miami se convirtió en la ciudad con más alta tasa de crímenes violentos en todo Estados Unidos y, luego de la crisis del Mariel, experimentó un alza en asesinatos en el lapso de un año que se mantiene como récord nacional. El reporteo general —categoría en que Buchanan ganó el Pulitzer en 1986— consistía en ubicar la muerte y relacionarla, indistintamente, con la política, la economía, el espectáculo y cada una de las facetas de la sociedad miamense. «Yo no escribo sobre el crimen», ha dicho Edna alguna vez, «escribo sobre personas.» Aquel boxeador que se ahorcó de un árbol, el padre que mató a su hija en estado de coma, los científicos que encontraron un cadáver durante su exploración del arrecife.

Su obsesivo acercamiento al mundo del crimen y la importancia que adquirió la violencia en Miami durante los ochenta, casi la convierten en un mito. La agilidad de su prosa y su método detallista eran objeto de culto. A tal punto que cuando Calvin Trillin llegó, justo a tiempo para presentarle al resto del mundo a la campeona del periodismo nacional, existía un amplio debate entre los periodistas y los policías de Miami acerca de «cuál era el lead clásico de Edna.» Unos, incluido el propio Trillin, se inclinaban por el encabezamiento de la historia de un ex convicto que llegó borracho a la venta de pollo frito en la iglesia de su barrio y atacó a la cajera cuando esta le hizo saber que había llegado tarde y el pollo se había acabado. Luego de una complicada sucesión de eventos el hombre terminó siendo baleado por un guardia de seguridad, ante lo cual Edna escribió: «Gary Robinson murió hambriento.»

La policía, los periodistas de otros medios y los propios ciudadanos involucrados en cualquier crimen sabían que, llegado el momento, llamarían a su puerta o sus teléfonos sonarían y del otro lado una suave voz de mujer diría: «Al habla Edna ¿Qué tienes para mí?». Los aterrorizados ciudadanos de Miami sabían que el recuento más preciso estaría en el Herald del domingo, relatado en el estilo contagioso de la mejor reportera policial del país.

En el informe presentado por el Miami Herald a la Junta del Premio Pulitzer se leía que el diario consideraba las historias de Edna como «… una fascinante reflexión acerca de una dinámica y agitada ciudad en transición. No suceden muchas cosas en el mundo del crimen en Miami que Edna Buchanan no se entere o escriba sobre ellas, día tras día.» Si no bastase con ello, presentaban también una rigurosa cuenta de las historias publicadas por ella entre 1983 y 1985, los años más duros de la violencia en la ciudad, la cual ascendía hasta el irreal número de los 702 textos.

A su primer libro, «Carr: Five Years of Rape and Murder», acerca de la historia de un brutal asesino en serie de mujeres, le siguieron el ya mencionado «The Corpse…» y el también autobiográfico «Never Let Them See You Cry». Los años pasaron, el crimen en Miami quedó reducido, el turismo y las finanzas florecieron en el Sur de la Florida y fue así como la ciudad perdió de vista a uno de sus íconos preferidos. Aunque se ha mantenido activa como conferencista y escritora de ficciones policiacas, Edna ha pasado a ser un elemento del pasado de la ciudad. Un símbolo de la época del “Miami Vice”.

Sin embargo, mucho antes de los Marlins, de los Grammy Latinos y los Premios “Lo Nuestro”, antes de Dwyane Wade y LeBron James, de los cruceros Carnival y el Brickell City Centre, existió una ciudad diferente. Por oscuro y abyecto, la ciudad de Miami ha preferido olvidar su pasado y para ello es necesario deshacerse, incluso, de aquellos que fueron útiles para atraer la atención sobre sus mayores problemas. Edna Buchanan ha pagado el precio de su bizarra popularidad y ahora es apenas un recuerdo, difuminado por todo el neón de Ocean Drive.