La Habana / Foto: Engin Güneysu

La Habana / Foto: Engin Güneysu

El profesor de la Universidad de Princeton Rubén Gallo lleva años organizando cursos en La Habana, a los que asisten estudiantes de esa prestigiosa Ivy League estadounidense. Entre las ruinas de la ciudad y la algarabía de sus habitantes, los alumnos leen a Virgilio Piñera y a Severo Sarduy. El método suena parecido al de los kafkianos que van a leer La metamorfosis a Praga o los fans de James Joyce que viajan a Dublín a seguir la ruta de Leopold Bloom, pero, ciertamente, es más provechoso.

Para desafiar la predictibilidad, el profesor Gallo ideó un experimento: invitar a un grupo de escritores mexicanos a La Habana para que recorrieran la ciudad y produjeran piezas literarias a partir de la experiencia. Los viajeros fueron Juan Carlos Bautista, Luis Felipe Fabre, Daniel Saldaña París, Pablo Soler Frost y Oswaldo Gallo Serratos. Las pruebas de laboratorio acaban de ser publicadas en el volumen Crónicas de una pequeña ciudad mexicana en La Habana (2020), que edita Hypermedia.

Gallo introduce el volumen con una alusión a la conferencia «Sobre La Habana (1912-1930)» de Alejo Carpentier, donde se hablaba de una «pequeña ciudad mexicana, en la esquina de Monserrate y Obrapía», de la que, según el escritor, «no quedó ningún vestigio a partir del año 1926 y 1927». En esa misma conferencia recordaba Carpentier que La Habana de las primeras décadas del siglo XX se llenó de exiliados mexicanos de todas las corrientes enfrentadas en la Revolución: porfiristas y huertistas, maderistas y zapatistas, delahuertistas y obregonistas. En aquella Habana vivieron, por ejemplo, Rafael de Zayas Enríquez, Federico Gamboa, Querido Moheno y el general zapatista Jenaro Amezcua.

Decía también Carpentier, con su mitomanía habitual, que no solo hubo un barrio mexicano dentro de La Habana, sino que en las afueras de la ciudad, en el tramo de la carretera de Güines, que iba de El Lucero a San Francisco de Paula, y en el reparto El Diezmero, había una finca llamada Guachinanga y toda una comunidad de campesinos yucatecos, que huyeron del derrocamiento del gobierno socialista de Felipe Carrillo Puerto en 1924. Presumía que en su infancia (cuando fusilaron a Carrillo Puerto, el escritor tenía 20 años), jugando con niños yucatecos de aquellos barrios, «llegó a aprender un número considerable de palabras mayas».

Gallo propone leer a los poetas mexicanos de su experimento como sobrevivientes espectrales de aquellas ciudades perdidas. Pero tal vez la mayor deuda de la escritura habanera de estos mexicanos sea con la tradición de la literatura de viajes a Cuba en América Latina en el siglo XX. Una tradición que no empezó, como se piensa con frecuencia, con la Revolución de 1959, sino antes, y que a partir de los años sesenta se confundió con las peregrinaciones ideológicas de la izquierda latinoamericana a la isla.

En La Habana anterior a la Revolución, el venezolano Rómulo Gallegos ambientó su novela La brizna de paja en el viento (1952) y el dominicano Juan Bosch escribió su ensayo Cuba, la isla fascinante (1955). Entre los escritores mexicanos, además de Gamboa en sus Diarios, varios dedicaron poemas, prosas o libros enteros a Cuba: José Juan Tablada y José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán, Elena Garro y Rosario Castellanos. Después de la Revolución, los «turistas del ideal», como les llamara Ignacio Vidal-Folch, serían legiones: Carlos Fuentes y Fernando Benítez, Efraín Huerta y Jaime García Terrés, Juan José Arreola y Fernando del Paso.

He leído los relatos, poemas y diarios habaneros de Bautista, Fabre, Saldaña, Soler y los dos Gallos como vueltas irónicas a aquellas peregrinaciones a la utopía. Todos, en algún momento, colocan sus «viajes» en un lugar ajeno al de los periplos iniciáticos de sus padres y maestros. Daniel Saldaña confiesa haber sido concebido en La Habana, en una estancia de exploración ideológica de sus padres, de la que «volvieron a México decepcionados de la Revolución pero esperando un hijo». Juan Carlos Bautista narra su viaje como revisión de uno anterior, en 1993, año de «periodo especial» y Fresa y chocolate, y constata que la isla «no cambiaría tanto o lo haría con una lentitud exasperante». Luis Felipe Fabre mide su viaje con el de su admirado Juan José Arreola y encuentra que el punto de contacto entre los dos es la escasez y el hambre, a las que agrega una sensación de «sentirse espiado», que plasma en un «informe» paródico sobre las andanzas de los poetas mexicanos en La Habana.

Hay también, en todos estos escritores, un gesto naturalista de apresar la nueva fauna civil de la isla, como si se tratara del casting de la Cuba postrevolucionaria. Pablo Soler Frost lo resume muy bien en su «Memorial de La Habana»: «yo conocí en La Habana,/ poetas, jineteros, transexuales,/ informantes,/ libreros, una niña y un mendigo, efebos, policías, cineastas,/ travestis, pájaros, choferes,/ santeros, novelistas, fotógrafxs,/ disidentes,/ meseros, cantantes, un franciscano,/ caimanes, novelistas y a un amigo». El hotel «Habana Libre» de Soler Frost es la guarida de los informantes, Prado es la calle de las cicatrices y las caries y el cine Yara es una estancia de la mirada, donde se congelan imágenes de Bergman y Pasolini, Buñuel y Tarkovski.

Los poetas mexicanos trazan sus propias genealogías: la de la conexión de la isla con tierra firme y la de lo cubano desde México. A la manera de Zweig, Fabre apunta 13 «momentos estelares de la cubanía en México», que incluyen el Teocali de Cholula de José María Heredia, el viaje de Lezama y Baquero al DF, Tasco y Puebla, el ataque al corazón que mató a Bola de Nieve, la liberación de Fidel y el Che de la cárcel por el tenebroso Fernando Gutiérrez Barrios, la protesta de las mujeres yucatecas porque jineteras cubanas les robaban sus maridos en Mérida y una frase memorable de Niurka Marcos: «Chica, no te equivoques, conmigo te has topado contra tu Muro de Berlín».

Soler Frost traza el mapa de su Cuba literaria: Avellaneda, Martí, Hernández Catá, Gastón Baquero, Lydia Cabrera, Lezama, Piñera, Rodríguez Feo, Cabrera Infante, Sarduy y Arenas. Todos los poetas mexicanos admiran y quieren a Antón Arrufat, quien aparece en el volumen de varias maneras, bailando con la joven crítica cubana Ingrid Brioso Rieumont, leyendo poemas en el Ateneo o contando chismes de Baquero. Es Arrufat, de hecho, quien expresa con mayor precisión lo que atrae de Cuba a los poetas mexicanos: la voluntad de representación. «En Cuba», dice Arrufat, «la gente representa, representa mucho. Porque la representación en Cuba es la imagen de una carencia: algo nos falta, por tanto, tenemos que representar».

En su introducción al volumen y en una crónica anterior, Teoría y práctica de La Habana (2018), Rubén Gallo sostiene que esa voluntad de representación, que ve plasmada en el lenguaje de los cubanos, tiene que ver con la marginalidad o el aislamiento de las redes tecnológicas y mediáticas de la globalización. A mí en cambio, que viví en La Habana soviética de la Guerra Fría, lo que siempre me ha atraído de esa ciudad, especialmente de sus jóvenes escritores y artistas, es una contemporaneidad a prueba de todas las capturas de la ideología o el turismo.