Darsi Fernández fue la primera persona con la que hablé sobre Santiago Feliú. Además de musicóloga y jurista, fue una gran amiga suya. Aprovechamos una pausa en un ciclo de conferencias en Fábrica de Arte Cubano para conversar.

«Yo primero fui su fanática. Lo conocí porque fue a verme una vez para que lo ayudara con un problema que tenía con un contrato. Él era muy regado, los firmaba sin leerlos, como si fueran autógrafos», me cuenta.

Ella vivía en un pequeño cuarto que se había construido en una azotea. Comenzaban los años 90 y recién se había graduado de la universidad. En el cuarto solo había una cama, un librero y un afiche de Santiago en la pared.

«Cuando lo vio me dijo: «¡Eh, ese soy yo!» Y le contesté que yo lo iba cambiando de acuerdo a quien me visitara. Ahí seguimos conversando, del contrato y de otras cosas».

Eran años en que mucha gente joven se marchaba de Cuba, por lo que los pocos que iban quedando se apegaron mucho más.

«Él decía en broma que nuestra amistad duró tanto porque nunca nos acostamos juntos. Era muy directo con todo, no tenía dobleces. Si le gustaba una mujer, veinte minutos después de conocerla ya le podía hacer cualquier propuesta. El protocolo para él no existía, no lo tenía incorporado, era muy directo».

Darsi habla de él sin apenas interrupciones. Yo solo escucho.

«Era un genio. No me caben dudas. Tenía muy pocas lecturas, yo le recomendaba leer a Salinger, me parecía que tenían mucho que ver, pero nunca lo hizo. A pesar de eso tenía una cultura vasta y esa cultura era esencialmente audiovisual. Prestaba mucha atención a lo que le interesaba. Veía mucho cine, muchos documentales.

»Tenía un ego grande, se sabía bueno, aunque en el fondo tenía muchas dudas. Pero le gustaba jugar con que era más ególatra de lo que era en realidad, fue una forma de burlarse de sí mismo.

»Nunca tuvo problemas con ser el rojo, incluso en los años más duros, cuando todos éramos muy críticos, él se mantenía firme. Siempre defendió a Fidel. No tenía la menor intención de negociar sus principios. También tenía una especie de formación express en la vida: sus viajes por Latinoamérica, la experiencia con Pizarro.

»Santiago siempre pedía dinero, nunca le alcanzaba. Primero porque no era un artista de masas, tampoco era un tipo que llevara bien sus finanzas, además era muy generoso con los demás, tenía sus vicios. Contrario a lo que se pudiera pensar, siempre pagaba sus deudas. Tarde, pero las pagaba. Era un personaje.

»También era un hombre muy tierno. Durante mi embarazo, por ejemplo, me trajo de una gira que dio por Argentina zapatos de embarazada, pantalones, blusas, de todo. Pasé esos meses prácticamente con las cosas que me regaló. Era de ese tipo de amigos.

»Vivía el momento, no tenía grandes planes para su vida. Se enamoraba y podía dejar todo, una gira, lo que fuera. Eso que llaman madurez, que los seres humanos alcanzamos entre los 35 y los 40 años, él nunca lo alcanzó. A veces pienso que murió para no madurar porque en la época que murió ya estaba, finalmente, madurando.

»Era un tipo al que no le interesaba la industria de la música. ¿Qué hubiera hecho ahora? Ahora que el artista para estar vivo tiene que estar en Instagram. Él no iba a hacer eso nunca. Se levantaba a las cuatro de la tarde. A esa hora los funcionarios del Ministerio de Cultura ya están recogiendo para ir a sus casas. Así era muy difícil. Entonces cuando empezaba a levantarse más temprano, a consumir menos drogas, murió».

***

Mientras Santiago deambulaba por Sudamérica, fue Carlos Varela quien se encargó de cantarles a los cubanos el fin de la utopía. Con méritos propios, El Gnomo había ganado el espacio que su colega dejó. Feliú regresó a La Habana cargado de experiencias y preocupaciones que trascendían la cotidianidad, lo que evidentemente no lo ayudó a recuperar el público perdido.

Varela, graduado de Teatro en el Instituto Superior de Arte, aprovechó todo el potencial que le brindaban los conocimientos adquiridos en su carrera para armar un espectáculo de altísimo nivel, que no solo se limitaba a la música, sino que era todo un performance que tenía en cuenta el vestuario, la escenografía, las luces.

Santiago, Fito Páez y Carlos Varela

Santiago, Fito Páez y Carlos Varela / Foto: Internet

En lo personal, Santiago era un desastre, no tenía ningún tipo de concentración, no podía soportar el rigor que significaba la vida profesional dentro de la industria musical. Nunca alcanzaría altos niveles de sofisticación, de espectáculo. Eso lo afectó, y comenzó a surgir una rivalidad muy fuerte entre ambos que, a ciencia cierta, no sabemos si hizo mella en la amistad.

Y fue en medio de todo ese caos cuando nació el Feliú de culto, como la rosa que sale del asfalto, con Náuseas de fin de siglo.

***

Descemer Bueno, Elmer Ferrer y Roberto Carcassés eran muchachos que no llegaban a los veinte años cuando, recién salidos de la Escuela Nacional de Arte, se convirtieron en la nueva banda de Santiago.

Fui una tarde a casa de Roberto Carcassés para que me contara un poco: «Cuando lo conocí él acababa de regresar de la guerrilla colombiana, eso le cambió mucho la cabeza, además de que comenzaba el Período Especial, todo iba mal, pero fue un momento muy creativo».

Entonces comenzaron a grabar la que para muchos es su mejor obra, Náuseas de fin de siglo. Además de los músicos ya mencionados, estaban Ruy López Nussa en la batería y otro jovencito, X Alfonso, en los teclados.

La grabación fue un fracaso. Tras incumplir sus contratos con CBS, un pequeño sello, LAGASH, fue quien produjo el disco. En las pistas de audio se podían escuchar puertas cerrándose. Incluso Santiago contaba que mancharon el techo del estudio de tanta mariguana que fumaron.

Robertico Carcasés, Fito Páez, Descemer Bueno y Santiago Feliú

Robertico Carcassés, Fito Páez, Descemer Bueno y Santiago Feliú / Foto: Internet

Después marchó a Argentina junto a Carcassés para realizar la mezcla del disco. Allí descubrieron que habían grabado a una cantidad de revoluciones que no era la que se utilizaba en el mundo en ese momento, por lo que volvieron a La Habana con las manos vacías. Luego, tras conseguir un turno para la mezcla, encontraron que las cintas habían sido sobrescritas con música de Omara Portuondo.

Finalmente decidieron grabar el disco en vivo, para lo cual hicieron dos conciertos en el Teatro Mella. En uno de ellos se fue una fase eléctrica de la sala. Empezaban, además, los casetes de cinta, que eran una tecnología nueva. Quienes grabaron estaban adaptándose al cambio, y el resultado fue catastrófico.

Pasados 24 años, a pesar de los defectos de grabación, Náuseas… es un disco de culto. Denso, con letras oscuras, herederas del peregrinar por América Latina, de la crisis de los noventa, de la experiencia con las drogas fuertes. También de unos músicos que, recién salidos de la escuela, se vieron fuertemente sacudidos por ese cóctel explosivo de Feliú.

***

Mientras se encontraba de gira en Galicia a principios de los noventa, Santiago recibió la noticia de la muerte de su madre en La Habana. Manuel, su hermano, había desaparecido años atrás, Ruchita andaba por Suecia, y él por España. Rosario se despedía del mundo lejos de sus hijos, en un hospital habanero.

«Estuve mucho tiempo llorando y maldiciendo, tres días completos drogándome sin dormir. Me sentía impotente. Descemer me apretaba los hombros tratando de aliviarme el dolor, pero yo no creía ni en la paz de los sepulcros. No podía mitigar mi rabia. Entré en la Catedral de Santiago de Compostela con un vaso de whisky en la mano izquierda y un porro en la derecha. Había ido justamente a cagarme en Dios, me cagué en él y lo maldije», contó Santiago a Juan Pin.

Después de años de una relación difícil, Santiago y su madre comenzaban a hacer las paces. Él nunca le dijo te quiero, y no se lo perdonaba. Tiempo después escribiría Rosario, una de sus canciones más hermosas: «Madre, sensación salvada,/ aunque lo que no me diste,/ madre, y lo que yo no daba/ no te mueras del recuerdo/ de mi vida con tu ausencia eternizada./ Madre, nunca te lo dije/ y sentir que tú sabías/ nunca me consuela nada,/ a pesar de cuanto quise/ remediarnos,/ cuando casi lo lograba,/ a pesar de mi dolor,/ sin despedidas».

A Santiago se le hacía cada vez más difícil salir del hueco en que había caído.

***

Cerca del preuniversitario Manolito Aguiar, en Marianao, vive Roberto Carcassés, quien acompañó a Santiago sin interrupciones durante más de veinte años.

En la sala de su casa, llena de libros, hablamos.

–¿Cómo era el proceso de trabajo en la banda?

–Yo casi siempre era el director, y hacía los arreglos junto a Descemer y Elmer. Mi principal labor era organizar las ideas. Los demás componían cada cual para su instrumento, y luego yo lo acoplaba. Él siempre fue un tipo muy abierto musicalmente, nos dejó volar, experimentar. Éramos muy jóvenes cuando empezamos y a esa edad uno siempre quiere probar cosas. A medida que fui madurando comprendí que la propia canción de él te dice cómo tienes que enriquecerla sin recargarla, pero siempre confió en nosotros.

El trabajo, en los inicios, era sumamente divertido: «Al comienzo nos fuimos de gira por España los cuatro. Regresamos sin dinero. Estaba todo mal organizado, porque quien nos llevó no tenía idea de nada. A veces debíamos más de lo que ganábamos. Desde el punto de vista económico era desastroso, pero la pasábamos muy bien, nos divertíamos muchísimo».

A pesar de que Santiago hacía conciertos con frecuencia en España, sobre todo en Galicia, era Argentina el lugar donde mejor se sentía. Viajaba al país sudamericano una o dos veces al año. Siempre tuvo mucho público, sobre todo en Buenos Aires, Córdoba y Rosario.

Carcassés lo recuerda principalmente como uno de sus grandes amigos, y como alguien con quien se divertía especialmente. Ahora está escribiendo una novela, y uno de los personajes se inspira en él.

–Era muy gracioso, ocurrente. Como era gago, también me hacía reír mucho. Vivimos muchas cosas juntos, roscas le llamábamos a las mezclas de drogas, música y alcohol en las madrugadas. Hasta que amaneciera. Esas noches terminábamos abrazándonos, diciéndonos que nos queríamos mucho. Y era verdad.

–¿Y con su obra cómo se llevaba?

–A veces se ponía muy presuntuoso, a decir que era el mejor del mundo, que sus canciones eran las mejores. Se lo llegó a decir a Silvio, a Pablo, a Fito. Él sentía mucho respeto por lo que hacía. No era un hombre que pudiera hacer una canción por día. A él le costaba trabajo escribir las canciones, muchas veces las terminaba cuando tenía que grabar los discos. Nunca en su vida pudo ver la música como un elemento mercantil, ni como algo que te permite ganar dinero, un medio para ser famoso, para acceder a bienes. Siempre lo vio como arte, le llamaba a su música «canción de arte». Ese era su correo: cancionarte.

***

Roberto es también director de la banda Interactivo y una figura importante dentro del jazz cubano actual. Cuando le pregunto por los últimos conciertos con Santiago, sobre su estado de ánimo, me dice:

–Él estaba muy atormentado al final de su vida, sentía que había pasado su tiempo. Estamos viviendo una época en la que el tipo de música que él hacía ha pasado de moda. En estos momentos, con la democratización de la música, cualquiera con una máquina de ritmo y con cuatro loops pregrabados puede decir que eso que hizo es una canción, y sonar en todas partes. Eso ha afectado a todas las personas que veían el hecho de hacer música como algo especial.

Luego Roberto agrega que la condición física de su amigo no era muy buena, que siempre decía haber hecho una plancha en el 78 y un abdominal en el 80. Para ilustrármelo, me cuenta:

–En España una vez organizamos con un grupo de amigos un partido de fútbol y fue comiquísimo, porque Santiago no sabía jugar. En una ocasión quiso hacer una gambeta, pero ni siquiera tenía a nadie alrededor, y se dio tal enredada con el balón que terminó en el suelo con un esguince y hubo que enyesarle el pie.

–¿Qué música le gustaba más?

Egberto Gismonti, Bob Dylan, Cat Stevens, Silvio, Keith Jarret, Led Zepellin, Yes, Jethro Tull, Pink Floyd.

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Santiago e Ivan Latour

Santiago e Iván Latour / Foto: Internet

Iván Latour fue el compañero de juergas perfecto para Santiago Feliú. Hablamos de finales de los años ochenta y principios de los noventa, cuando se unieron estos dos amigos con semejantes vicios y aficiones.

Ambos se acompañaron en momentos importantes de la vida, como fue el nacimiento de sus primeros hijos o la muerte de la madre de Santiago, pero sin duda lo que más los unió fue la música y la fiesta.

Latour cree que muchas de las cosas que le sucedieron a Santiago en su vida están marcadas por la relación con su madre. «Ellos se amaban, pero no se entendían. Después de la muerte de ella él siempre me recomendaba que le dijera a mis padres que los amaba, porque él nunca lo dijo».

A Latour le cuesta trabajo recordar las fechas, pero eso no le impide contar historias compulsivamente.

«Nosotros vivimos muchas cosas intensas. Santi y yo éramos muy afines en la manera de ser, de ver la música. Eso nos unió, además del mal comportamiento, porque los dos éramos mala cabeza».

Fue en la adolescencia que Santiago comenzó a consumir drogas, según Latour. «Pastillas y esas cosas. Nunca llegó a los extremos de inyectarse heroína, pero todo lo demás lo probamos».

Su versión sobre la estancia de su amigo en Colombia es una comedia: «Allí Pizarro lo volvió loco, porque no hacía otra cosa que meter merca y hablar locuras. Estaban locos todos esos guerrilleros, y es verdad que tenían muy buenas ideas, pero con unas líneas de este tamaño y este grueso», se ríe. «No era nada aterrizado, y con armas en la mano, eran más bien peligrosos».

Tras su regreso, a inicios de los noventa, Santiago se mudó a Nuevo Vedado, a solo unas cuadras de donde vivía Iván. La Habana comenzaba a lucir como una ciudad en guerra, pero estos amigos tenían la cabeza en otra parte.

Con el dinero que le pagaron por la venta de su casa en Lawton, me dice Iván, compraron un kilo de cocaína que consumieron en ocho meses. «Era la época de las drogas, de los generales. Hacíamos fiestas todas las semanas, que duraban dos o tres días. Poníamos un plato en la mesa y la gente hacía fila y se daba pases».

También salían, siempre según su amigo, a robar alcohol en las diplotiendas. Cada uno se ponía un sobretodo, y mientras Iván distraía a los trabajadores Santiago ocultaba en la ropa botellas de whisky. «Éramos mal portados, lo hacíamos por joder», reconoce.

Sobre las relaciones amorosas lo recuerda como «un loco de mierda, que se pasaba todo el día peleando, rompiendo los teléfonos», aunque aclara que no era agresivo con las mujeres, a pesar de que nunca estaba en calma. «Él era un personaje y ellas casi todas estaban locas, pero locas locas locas».

«Entre el maní que compraba y los teléfonos que rompía no iba a tener nunca un peso en el bolsillo: tiene que haber dejado una deuda más grande que Michael Jackson», me dice y se ríe.

Evidentemente, hubo una permisividad con ellos que para un cubano común resulta inimaginable.

«Todo el mundo sabía lo que hacía él y lo que hacía yo. Eso no era un secreto. A nosotros nunca la prensa nos fue arriba porque éramos figuras públicas. Bueno, la prensa no, el gobierno. Tal vez había cierta tolerancia», me confiesa.

Luego Iván se fue a vivir a México y Santiago se tranquilizó bastante. Se concentró más en su carrera. «Nos cansamos de estar de fiesta, estábamos hasta los cojones de eso. Hay otras cosas que hacer».

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En 1996 su vida da otro cambio radical, pero esta vez para colocar un poco las cosas en su sitio: nace Adriano Manuel Feliú, su primer hijo. Santiago en un principio se asustó mucho, pero fue Mónica, la madre, quien lo retó: «Aunque no quieras, igual lo voy a tener».

En la biografía de Juan Pin, Santiago dice: «Mi hijo me enseñó a querer estar vivo, a cuidarme más. Antes podía haberme ido de la vida en una rosca y no me importaba mucho, ahora me dan ganas de hacer ejercicios. (Mi carrera) la he ido enderezando porque deseo verlo orgulloso. No me interesa demostrarle a nadie lo que puedo ser. No me interesa demostrarme si soy bueno, quiero demostrárselo a él. Me asombro hasta dónde amo al chiquitico, y la dependencia que siento por él».

Y así, durante un tiempo, Santiago volvió a conocer algo medianamente parecido al orden. Y publicó un puñado de discos, durante un tiempo.

Santiago Feliú

Santiago Feliú / Foto: Iván Soca Pascual

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Adriano estudia cine en Barcelona, la ciudad donde vive desde pequeño, y me cuenta por WhatsApp: «Nuestra relación siempre fue muy bonita. Él era una persona extraordinaria. Había mucha bondad, mucha simpatía, mucha locura, que hacían una mezcla que a mí me encantaba. Al menos hacia un hijo era muy divertido todo. Era un padre extraordinario, yo vine con mi madre a vivir a España cuando era pequeño, y a partir de ahí iba a visitarlo todos los veranos. El resto del tiempo me llamaba por teléfono y hablábamos. Para mí ha sido una pena no poder pasar más años con él, pero bueno, tenía a mi madre, que tal vez me necesitaba más. Él tenía su estilo de vida más alocado, más él, más auténtico, en el cual también me quería mucho. Siempre que llegaba el verano en lo único que pensaba era en ir a Cuba con mi papá. A él le encantaba el cine, nos pasábamos hasta tarde viendo películas, cualquier tipo de películas. Le daba igual. Natural Born Killers la vi con él en casa a los ocho años. No tenía filtros para ponerme cine. Eso era lo que hacíamos, mirar películas, pasear por La Habana, ir a casa de amigos suyos. Siempre fue todo muy hippie, de yo estar de vacaciones y despertarme a las tres de la tarde porque era a la hora que él se despertaba conmigo. Dormíamos muy tarde. Teníamos discusiones porque yo tenía un PlayStation y jugábamos mucho al FIFA, y yo al ser un niño de esta época controlaba el mando muy bien, y él encabronado hasta las cuatro de la mañana jugando, pero no me ganaba ni un partido. Eran etapas muy divertidas. En casa se pasaba el día con la guitarra siempre. Le pasaba algo malo y cogía la guitarra, estaba contento y cogía la guitarra, estaba aburrido y cogía la guitarra. Siempre tenía alguna melodía que tocar o que inventar. Yo lo recuerdo como una persona muy bella. Alguien que quería mucho a sus amigos y sus amigos le querían cantidad. Siempre venía gente a casa y siempre era risa, risa y risa en esa casa. Yo solo sé que por mucho que no viviera con él nos echábamos de menos, y claro, la convivencia nuestra, a él le encantaban los niños, pero su estilo de vida era muy auténtico, no para cuidar niños. Y así murió, siendo auténtico y respetándose mucho».

***

Los años que siguieron al nacimiento de Adriano fueron más productivos. En 1997, a propuesta del Centro Martin Luther King Jr., grabó junto a su hermano Vicente Feliú el disco Ansias del alba. Empezaba con Enrique Carballea como productor.

En 1999 grabaron Futuro inmediato, un disco maravilloso que representó la madurez de la banda con la que comenzó a trabajar a principios de la década. En el álbum abarca todo su espectro musical, desde el rock and roll hasta el piano y la guitarra acústica.

Entonces volvieron a girar por Argentina después de varios años. Sus seguidores no lo habían olvidado. Al regreso ofreció dos recitales en el Amadeo Roldán. Fue el primer cantautor en presentarse en ese teatro. Grabaron el concierto, a pesar de haberlo ensayado una sola vez.

Junto a Noel Nicola, amigo, mentor, y también padre de Nadia, aquella muchacha a la que intentó convencer alguna vez de que Septiembre es un pez, realizó el disco Entre otros. Luego dio varios conciertos memorables a dos guitarras junto a Elmer Ferrer, de los cuales lamentablemente no quedaron grabaciones de calidad.

Por esos días Eduardo Ramos le preguntó si tenía canciones para hacer un nuevo disco, a lo que Santiago dijo que sí. De ese modo surgió Sin Julieta, inspirado en sus rupturas amorosas, entre ellas la de Mónica, madre de Adriano. En realidad solo tenía escritas cuatro canciones: Sin Julieta, Era, Beso y Despojo, pero en muy poco tiempo escribió el resto de las letras. Este fonograma, dedicado al desamor, enfatiza más en la guitarra, experimenta nuevas afinaciones.

De esa etapa quedan conciertos históricos, como el del Teatro Astral, el 8 de julio del 2001, con una duración cercana a las cuatro horas. Buena parte de los trabajadores del teatro se retiraron, habiendo cumplido su jornada laboral, y lo dejaron prácticamente solo con su público.

***

Joaquín Borges Triana, estudioso de la música cubana, y gran conocedor de la obra de Santiago, me dice:

«Santiago es un genio de la trova, un tipo tocado. En su generación cada uno tiene particularidades que lo destacan en un sentido. Santiago es muy artista, defendía mucho el concepto de la canción de arte. Donde quiera que hubiera estado iba a ser un contracorriente, un tipo que actúa al margen y desde los márgenes. Era un artista que le seducía trabajar desde los límites. No suelen ser artistas para las grandes mayorías, suelen tener públicos más reducidos, más escogidos. Eso tiene que ver con su propia manera de vivir, su propia concepción de la existencia».

***

Cada vez que hablaba con alguien sobre Santiago salía a relucir el nombre del doctor Dacosta Calheiro, conocido por todos como Curry, por lo que una tarde decidí visitar a quien fue sin duda uno de sus mejores amigos.

El patio de la casa, donde actualmente hay un restaurante, tiene una hermosa vista a la playita de 16. Nos sentamos en una de las mesas, junto a Nadia Naranjo, su esposa, también amiga del Santi.

«En los ochenta Rafael Rojas, quien era mi cuñado entonces y vivía aquí, trajo por primera vez a Santiago. La amistad de nosotros se dio enseguida, imagínate hasta dónde llegó, que mi madre decía que en esta casa los únicos con potestad para destapar las cazuelas en la cocina eran sus hijos y él».

Curry abre una laptop y me enseña algunas fotos. En una aparecen, en el mismo sitio donde conversamos, Juan Pin, Enrique Carballea, Curry, Eduardo Corzo, quien ya no vive en Cuba, Adriano y Santiago. Menos el pequeño, todos enseñan su barriga, a ver quién la tiene más grande, y sonríen.

Santiago, Juan Pin, Enrique Carballea, Curry, Eduardo Corzo y Adriano / Foto: Cortesía del entrevistado

–Una noche aquí escribió la letra de Rosario, y la dejó por ahí tirada hasta que lamentablemente un día se la devolví –recuerda Curry.

–¿Por qué lamentablemente?

–Porque la perdió. Era un desastre, ya había olvidado la letra. Por suerte la música nunca la olvidaba, porque tampoco escribía ni leía música. Tuvo que volver a escribir Rosario, pero la segunda, la que está grabada, no es ni la chancleta de aquella primera. Recuerdo que por teléfono le tuve que ir diciendo lo que recordaba.

Curry le decía palabras:

–Samaritano

–El día que tu escuches una canción mía con esa palabra, éntrame a patadas.

–Bueno, ¿filantrópica?

Santiago siempre hacía primero la música, y luego, cuando se sentía inspirado u obligado, escribía las letras. Por lo general este proceso demoraba. Al principio, mientras tocaba la guitarra, comenzaba a cantar en un lenguaje inexistente, él le decía wachu-wachu. Después, colocaba varias hojas de papel en el suelo, y así, mientras tocaba la guitarra, iba escribiendo las palabras, hasta sentir que la letra estaba terminada.

No era raro que perdiera los textos de sus canciones, los escribía en cualquier parte y los dejaba botados.

Nadia me dice: «Era muy vago, no tenía ni la décima parte de la disciplina que tienen los demás. En los últimos tiempos estaba madurando mucho, empezó a organizar su vida mucho más, tenía rituales. Se le fue pasando la locura. Recuerdo que una de sus principales características, debido a su tartamudez, era su poder de síntesis: lo que a otro le costaba cinco minutos, él lo decía en una frase».

Curry lo define como sencillo e inmodesto. Lo recuerda en su casa hablando por teléfono con Joaquín Sabina. Le decía que era muy comercial, que no llegaba a su altura. El autor español se defendía: pero sueno en todos los lugares, y mis discos se venden mucho, a lo que Santiago contestó: «Si yo me pusiera a hacer las cancioncitas que tú haces, también sonaría en todas partes».

La rivalidad con Carlos Varela es mítica. Se cuenta que cuando Santiago fue a comprar su carro, midió el de su colega, para que el suyo fuera al menos unos centímetros más largo. Competían en todo; los amigos, para provocarlo, le decían: «Qué buenas canciones las que está haciendo Carlitos».

«A pesar de la rivalidad que existió se llevaban muy bien», comenta Curry. «Varias veces compartimos aquí juntos. Hay mucho de mito ahí. Te puedo asegurar que la gente que hace canciones le tenía un respeto grandísimo. Incluido Carlos. Yo vi a Santiago hablar con músicos muy prestigiosos, que se sentaban a escucharlo como a un maestro».

Le gustaba manejar, y anduvo por La Habana muchos años sin licencia de conducción. Tenía un carro que llamaban el hippie-móvil en el que siempre llevaba un rollo de posters que iba regalando a los policías que lo paraban.

Curry, médico de profesión, dice que, en realidad, a pesar de las leyendas, Santiago era una persona muy sana. En los últimos tiempos había dejado de beber, los cigarros los apagaba por la mitad. Se preocupaba por su salud y la de sus amigos. Y hasta en eso era competitivo.

«Recuerdo que nos llamábamos para contarnos cómo salíamos en los chequeos, y cuando yo salía mejor me decía que se lo contaba para darle envidia. Me regaló un aparato de presión. En los últimos años tuvo mucho interés en mejorar su salud».

Los ejercicios nunca fueron su fuerte. Caminaron por 5ta. Avenida un par de veces, pero lo que duró un poco más fueron los baños de mar en la playita de 16, aunque Santiago, más que nadar, se la pasaba con una careta y un snorkel viendo las profundidades marinas.

Curry vivió muy de cerca la última historia de amor de su amigo.

«El amor de Santiago con Gemma fue lindísimo. Él estaba reorganizando su vida, pensando en el futuro. Recuerdo que cuando veía a parejas como nosotros, de mucho tiempo, le ilusionaba que les sucediera lo mismo a ellos. Yo me atrevo a decir que estaba en el momento más feliz de su vida personal. Le hizo varias canciones bellas a Gemma, pero no se llegaron a grabar, desgraciadamente», cuenta Nadia.

Luego Curry, quien confiesa evitar hablar del trovador, pues lo entristece mucho, me dice: «Cuando fuimos al concierto de los Rolling Stones vimos amigos que viven en el mundo entero. Fueron sorpresas muy gratas, pero me pasé la noche buscando a Santiago. Sabía que no lo iba a encontrar, pero no pude dejar de buscarlo. Lo que más yo extraño es eso, hablar con él. Cada vez que voy a hacer algo pienso en qué pensaría él, lo recuerdo siempre, aunque me duela. Ha sido un vacío tremendo».

***

A casa de Kerstin Hernández y Alejandro Suárez fui una tarde en busca de más historias. Ambos se acercaron mucho a Feliú en los últimos años de su vida. Kerstin fue su manager; Alejandro, un confidente.

Ella me confiesa que no estaba muy motivada por trabajar con él; pero, entre su insistencia y la admiración, aceptó. Como era de esperar le dio mucho trabajo y dolores de cabeza, pero lo define como una experiencia maravillosa.

A Alejandro le tocó una parte más divertida, acompañarlo a todo cuanto se le ocurría. «Me convenció una vez de apuntarnos al gimnasio de un hotel, que incluía masajes y piscina. Fuimos un par de veces solamente. También me llevaba a ver a su padrino, pues yo sobreviví a un accidente de aviación y él estaba seguro de que algo raro había conmigo».

Darsi y Julito, quienes también fueron de su círculo más íntimo, se suman a la conversación. No dejan de reírse recordando a su amigo. Julito cuenta que a veces abría la puerta de la casa en calzoncillos, y Darsi que su hijo le dijo en broma una vez que el único trauma que tuvo en la infancia fue ver a Santiago en cueros.

Era sumamente despistado, y su tartamudez provocaba muchas situaciones graciosas. Apenas podía entablar una conversación telefónica, aunque entrada la madrugada, cuando las drogas y el alcohol lo iban abrazando, adquiría más fluidez. Entonces comenzaba a decir que era el compositor de Iceberg, el Bach de la trova.

Otra historia graciosa la recuerda Darsi. Fue cuando montó a piano la canción A dónde van de Silvio Rodríguez. Solía decir a sus amigos que a él le quedaba mejor, y comenzó a organizar una cita con Silvio para mostrársela. Cuando finalmente se vieron, de tan nervioso que se puso la tuvo que repetir al menos tres veces. Malva, la pequeña hija de Rodríguez, al ver lo que sucedía, le dijo: «Santiago, tienes que prepararte más».

***

Sergio Liborio González Campos fue el primer padrino de la religión Yoruba que tuvo Santiago Feliú. El último fue su hijo, Sernan González. Con este me encuentro una mañana en un bar habanero para hablar sobre su ahijado, también su amigo.

Sernan está nervioso, siente una gran admiración por Feliú. No tanto por el músico como por el hombre, el amigo. Me dice que no quiere olvidar nada, pero que algo va a olvidar. Me dice que se cambió tres veces de ropa pensando en Santiago. Me dice que él está aquí, aunque no lo veamos.

Se conocen desde que Sernan era un niño, pero se hicieron amigos en 2009, poco después de que Sernan le hiciera Ifá a Descemer Bueno.

«Uno piensa que estos amigos siempre van a estar», me dice Sernan. «Yo no lo pude llorar, yo lo vi en el ataúd y no lo podía llorar. Él sabía, dentro de la religión, que tendría una vida corta. Su signo lo decía, pero nadie piensa en eso, en que va a suceder de repente. Yo creo que él lo sabía, y que en su último disco hacía un llamado de atención a sus espíritus».

Como religioso era muy constante, sobre todo en los últimos años. En la casa tenía un santuario que saludaba disciplinadamente, aunque también era un practicante rebelde, me dice su padrino: «Él era hijo de Ochosi, y en la actividad donde recibió su ángel de la guarda le íbamos a explicar su signo. Antes de que empezáramos dijo: «Fíjense bien, a mí no se me puede retirar el cannabis, si quieren me lo dicen o ni me lo digan». Todo lo demás sí lo voy a cumplir».

Era hijo de Ochosi, que significa «quien caza oculto». Es uno de los orishas más inteligentes, amigo de Oggun. Se dice que los hijos de los orishas siguen el arquetipo de sus santos, y con Santiago, al decir de su padrino, esto se cumplía.

«Él venía cada mes y medio», recuerda Sernan. «Usaba collares, siempre llevaba resguardos en los bolsillos. Desde que lo conocí llevaba un tarro de chivo con unas cargas dentro que cuidaba como si fueran sus ojos, porque se lo hizo mi padre».

A Sernan siempre le daba miedo montar en el carro con Santiago, conocido por manejar rápido, temerariamente, siempre al límite de lo permitido. Se justificaba con que nunca había tenido un accidente.

«Tampoco recordaba nunca mi dirección, esas cosas no eran importantes para él. Era una persona totalmente rebelde, por eso creo que fue tan importante Gemma que, a pesar de ser muy joven, era madura y que lo ayudó a ser alguien más formal».

Su padrino cree que era un hombre muy fiel con dos cosas principalmente: «La primera eran las personas a las que amaba, y la segunda la sembraba. Tenía dos plantas en su casa, por lo que no permitía entrar a ningún desconocido, ni siquiera a los fumigadores, aunque el olor se sentía desde el elevador del edificio».

Después de su muerte, Sernan regresó para hacer la ceremonia fúnebre conocida como Ituto. Me dice que desde entonces cada vez que hace un llamado superior a los espíritus, entre ellos su padre, quien es hijo de Ochosi, siempre aparece Santiago también.

«En mi moyugba, donde rindo homenaje a mis ancestros, él está incluido: Santiago Feliú Sierra. Mis ahijados no lo asocian, pero él está entre mis espíritus amigos. En mi casa está estipulado que cuando hay este tipo de ceremonias se le dé de comer un gallo blanco».

También me cuenta que en muchos casos, cuando se pregunta por su padre y otros espíritus de la familia, se pregunta por Santiago , quien siempre tiene su cigarro y su jícara con ron. Y siempre que sale limpia las situaciones.

«Su espiritualidad está ahí. Ahora solo hay un velo que nos separa, pero está aquí.»

***

Santiago Feliú

Santiago Feliú / Fotos: Iván Soca Pascual

Las facetas de Santiago son infinitas. Era muy buen mago, hasta el punto de que algunos amigos le recomendaron que hiciera trucos en sus conciertos. Todos los que lo conocieron coinciden en que conservaba un sentido del humor maravilloso. Al contrario de lo que puede parecer, tenía una relación especial con los niños. También le encantaba manejar, y la velocidad. Entre las historias (cómicas) que contaba a menudo, prefería las de locos. Se sentía atraído por los chismes de su entorno.

Le provocaban pánico las cafeteras, no permitía que otra persona las montara, y si estaba puesta cuando llegaba, revisaba que el pistón quedara hacia dentro, no fuera a reventar y matar a alguien. Le encantaba el café, el cine, la fotografía. Durante mucho tiempo filmó casi todo lo que hacía. Luego se dedicó a hacer fotos. Le gustaba el fútbol, la selección Argentina, y defendía a muerte a Maradona.

Invitar a sus amigos a la casa y cocinarle era otra de las cosas que más disfrutaba. Las sopas y la pasta con pesto eran su especialidad. No tomaba mucho alcohol, prefería la mariguana. Sus horarios estuvieron invertidos casi toda la vida. Se acostaba sobre las seis de la mañana y se levantaba a las tres de la tarde. A pesar de no hacer prácticamente ejercicios, era un tipo saludable. Su mayor tormento fueron los dolores lumbares, no más.

Después de vivir en la casa de Lawton, le dieron una en Regla. En menos de un mes ya la había permutado por una minúscula en Nuevo Vedado a la que bautizó «El Camarote». Allí vivió durante más de una década hasta que se trasladó a un apartamento en Infanta y Manglar, en el edificio conocido como «Fama y Aplausos».

De joven se llevó su Elegguá para una de sus giras y lo olvidó en un hotel. Era diestro, aunque tocaba la guitarra al revés. Hay mil teorías al respecto, pero ninguna certeza. Padecía de tartamudez. Tenía una pequeña argolla en su oreja izquierda. Se teñía la barba. Fue un hombre muy sensible, y en ocasiones inseguro. También perezoso y disperso.

A los seis años su abuela lo llevó a hacer unos exámenes de musicalidad pero le señalaron «ausencia de aptitudes musicales».

Ahora muchos dicen que era un genio.

***

Después de Sin Julieta, Santiago encontró compañía. Se llamó Ofelia. Era mucho más joven, y se enamoró perdidamente de ella. Ahí vino el confort hogareño, lo que trajo uno de sus mayores periodos de infertilidad artística. Solo cuando le faltaba el dinero salía y hacía conciertos. No tenía deseos de tocar, ni de componer. No era capaz de cantarle a la felicidad. No se hubiese perdonado caer en cursilerías.

Durante ese tiempo se distanció de varios amigos. Ofelia lo encerró en su mundo. Él la quiso con locura. Hizo cosas que sorprendieron a muchos, como invitarla al escenario para cantar a dúo en los conciertos. Una tarde ella le confesó que se iba de Cuba en apenas tres días. Fue una de las decepciones amorosas más fuertes de su vida.

La segunda canción de su próximo disco sería dedicada a ella: «Aparecida,/ soledad que amaneció en mi cama./ Única forma de sostener mi amor».

Cuando se recompuso sacó todo lo que tenía dentro e hizo otro disco. Durante ese proceso restableció cada una de las amistades que habían sido dañadas. Su vida comenzó a tener otro ritmo. Se alejó de las drogas, organizó los horarios, prestó cuidado a su salud.

Conoció a Gemma, y fue otro encuentro hermoso. Se casaron una tarde en casa de su hermano Vicente. Su amiga Darsi, de forma simbólica, efectuó la ceremonia, quien, junto a Silvio, ejerció de testigo. En las fotos se ve a Santiago muy feliz, rodeado de niños, de amigos. En la noche siguió la fiesta en casa de Curry, como de costumbre.

Comenzó a dar conciertos con frecuencia, por esa época tocó en El Sauce, en el Maxim Rock, en el Pabellón Cuba, en el Salón Rosado de la Tropical, en el Centro Pablo, tuvo una peña en el Café Cantante del Teatro Nacional, también hizo descargas en el Bar Privé, en el Barbaram, en los inicios de Fábrica de Arte y en Pabexpo. Por sus cincuenta años dio en Casa de las Américas un inolvidable recital con Roberto Luis, a dos guitarras, en el que cantó más de cuarenta canciones, con la grata sorpresa de un dúo con Xiomara Laugart, luego de 15 años sin verse.

Un mes después, la Sala Avellaneda del Teatro Nacional fueron testigos de otros dos conciertos memorables, con la banda que lo acompañaba entonces: Roberto Carcassés, Oliver Valdés, Ian Cruz y Roberto Luis. Ambos eventos fueron grabados por el cineasta Lester Hamlet, aunque desafortunadamente, tras seis años de espera, solo se ha editado la mitad.

Si bien Santiago no se sentía completamente bien, pues no acababa de encontrar su espacio, con un público alejado de los registros de su música, siempre tuvo una legión de fieles seguidores, entre los que nunca faltaron los jóvenes.

El 18 de enero de 2014 se presentó en El Sauce. Esa noche lucía cansado. Bastante inusual en él. Poco después de una hora, anunció la última canción. Un grupo de jóvenes se levantó de sus asientos y frente al escenario pidieron otra más. Insistieron. Se lo pensó mucho, pero regresó y cantó Para Bárbara, sin sospechar que este era el último encuentro con su público.

A principios de marzo del 2014 nacía Mateo Feliú, su segundo hijo, al que no pudo conocer. Durante la madrugada del 12 de febrero un infartó lo abatió en su casa.

Desde Buenos Aires, le escribía su amigo Fito Páez: «Me dicen que ya te cremaron. Edgar Allan Poe narra en uno de sus cuentos que no se muere hasta terminar de morirse la última célula, o sea que sentiste al fin las llamas del fuego sobre ti… ¿Habrán sido tan sagradas y hermosas como las de tu corazón?»

6 Comentarios

  1. Maripa, el de Feb 14, 2020 2:16 pm (???): con ese apelativo no puedo imaginar si eres hombre o mujer. Tal vez seas un ente asexuado, una “cosa”, un masacote mezquino, burdo, tosco, indefinidamente material y deformado; decirte incluso, montón de heces o residuo de coprocultivo desechable; o siendo un poco más soez y “a lo cubano”: puñado de materia mojonera, te sobrevaloraría demasiado y sería un insulto a los humildes y obligados excrementos y detritos de cualquier humilde humano. O quizás ni eso, pues no llegarían ni a un calcañal o una uña con pus del Frankenstein inanimado que probablemente seas, con tal cerebro de ameba o cualquier monocelular infeccioso parecido monocelular. No se si me entiendas ni tres cuartos… Por ello el mejor elogio y homenaje que le haces al Santi, precisamente “infeliz”, es justo que de tu boca y precario intelecto brote esa caricatura de insulto.
    ¡Grande Santi por siempre! Y cuanta deuda haberte visto no más de 4 o 5 veces -muy pocas- en directo, más un saludo personal fugaz; aunque muy oportunas, en esos años cuando más falta me hizo -por lo que más lo atesoro, aún cuando lo hiciera discreto y anónimo entre el público fiel que siempre te fue incondicional.

  2. Santi… tan generoso… vino a dar un concierto a Bariloche y ceno en casa: agarró la guitarra y tocó y canto como si estuviera en el escenario… se extraña…

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