Sarah Bejerano. El monstruo.

Mi “monstruo” es un edificio formado por dos torres de 17 plantas construido a finales de la década de los 60 frente al litoral habanero.

Esta obra arquitectónica respondía a las mejores aspiraciones constructivas del nuevo ideal socialista, cuyo objetivo era eliminar los problemas habitacionales de la sociedad cubana. El edificio Girón (Malecón entre E y F, Vedado) fue novedoso en su momento ya que estaba basado en moldes deslizantes para estructuras de hormigón prefabricadas, las cuales permitían una agilización del tiempo de construcción y un ahorro de recursos.

  • Sarah Bejerano. El monstruo.

Pero mi atención no se centra en la armazón del inmueble, ni en su diseño. Con estas fotografías mi intención es crear niveles semánticos a través de los cuales deslizar al espectador en la historia más reciente de Cuba. Este monstruo no es más que un gran gigante que engloba en sí mismo algunos de los ideales de un sistema ideológico y práctico ya envejecido, senil.

Mi “monstruo” pasa de escenario a protagonista en esta serie; conquista y engulle mi mirada.

Medio siglo después, su esqueleto aparece corroído por la sal, asoman sus huesos, oxidados, vencidos, como si pertenecieran a una criatura postapocalíptica.

Mientras deambulo en silencio por el interior de este edificio recuerdo las palabras de Le Corbusier: “la arquitectura es el juego magistral, correcto y magnífico de las masas reunidas en la luz”. Pese al deterioro, emerge una belleza particular en estos despojos: los contraluces marinos, los interminables pasillos de hormigón, los rincones coloreados de polvo y óxido.

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Fragmento del diario de la artista:

 Su interior se manifiesta en una suerte de laberinto que resume historias. Son muchas ya las promesas de libertad y abruptas despedidas que ha guardado en su alma. Alma vieja y decrépita que olvida fechas y efemérides. Mi monstruo es un monstruo con muchos monstruos dentro. Me abandono en él, mientras quiero redimir la belleza que permanece oculta en sus rincones, en las sombras y luces que atraviesan la vieja estructura que le sostiene. Mis brazos intentan abrazar el infortunio de sus escudos, incapaces ya de defender sus músculos putrefactos y anquilosados. Mi monstruo es bello y solo mío, porque cobra vida a través de mi voz mientras lo nombro; y susurro una vieja canción mientras beso sus ojos cansados de mar, que lloran inevitablemente con cada golpe de brisa. Nuestro juego de seducción culmina cuando logro alejarme de él y de todo aquello que he sentido en su interior me aparto, y ando por una ciudad que no le conoce, que le mira sin saber qué es: a pesar de los años de conquista nadie ha osado expulsarle. A pesar de maldiciones y brujerías continúa mirando desde su altura, con un ojo que todo lo ve. Me detengo y me vuelvo hacia él, mientras continúa impávido y logra atraerme nuevamente, y me arrastro hacia sus oscuridades, a sus túneles, a su esqueleto ajado, y comienza nuevamente el hechizo.

(Texto y fotos de Sarah Bejerano).