Tienda Humana en la calle Hortaleza de Madrid / Foto: Carla Gloria Colomé

Tienda Humana en la calle Hortaleza de Madrid / Foto: Carla Gloria Colomé

De los 74 días que me fui a Madrid en la primavera de 2019, una buena parte de ellos los pasé deambulando en tiendas de segunda mano. Digamos que sobreviviendo.

Yo venía de la Ciudad de México, el único lugar oscuro al que vuelvo y al que probablemente volveré siempre. Hacía más de un año atravesaba por una fuerte crisis de ansiedad que me llevó al psiquiatra, a la terapia, al pilates y al yoga, a la meditación guiada, el mindfullness y a dibujar mandalas.

Desde entonces fui al gimnasio no para ponerme en forma sino para reducir los niveles de cortisol, y fui a salones de baile no a divertirme sino a tratar de liberar serotonina, y comí manzanas no por placer sino para generar neurotransmisores como la dopamina. La lista sigue. Salí a dar caminatas para tomar el sol y adquirir vitamina D. Tomé hierba de San Juan para la melancolía. Lentejas para el ácido fólico. Frutos secos para el Omega 3. Así de metódica y aburrida se convirtió mi vida, con el único fin de librarme de una profunda depresión.

Una amiga de la infancia se había suicidado tres días después de regresar de mi último viaje a Cuba. Recuerdo el momento en que lo supe: lloré mucho debajo de la ducha y luego no lloré más y la pensé. Eso fue lo peor. Porque cuando uno llora, uno está drenando, y si uno solo piensa, uno lo que hace es rumiar. Yo rumié cada día, cada hora, cada segundo, la idea del suicidio.

No era que yo me quisiera suicidar, o al menos eso creo, pero mi amiga me puso preguntas sobre la mesa que yo nunca antes me había hecho: la posibilidad de quitarse la vida, la libertad de poner fin, en qué momento uno toma la decisión, y si te arrepientes en el camino. Busqué todos los manuales sobre el suicidio en Internet. Error. Compré en ferias del libro volúmenes relacionados con la muerte, el misterio de la vida, y repasé Educación emocional en 20 lecciones. Leí con intención las noticias sobre Avicii y Anthony Bourdain. Le rechacé a mi amiga Mónica un libro de poemas de Ángel Escobar. Oí repetidas veces Shine on you crazy diamond. Cuando uno entra en un estado similar, todo le habla a uno y a más nadie. Todo en el universo, los poemas, las canciones, las noticias, están hechas para que las leas y las oigas tú. Empiezas además a experimentar una soledad sin límites. Y piensas también que estas preguntas solo puede ser capaz de hacérselas –si existiera– otro desdichado como tú a esta hora del mundo.

El viaje a Europa fue a raíz de una beca literaria que le dieron a mi novio en la residencia Casa de Velázquez, ubicada en la Ciudad Universitaria de Madrid. Nuestro plan era movernos desde ahí hacia otros países que aún no conocíamos, hasta donde alcanzaran los ahorros.

La diferencia entre este viaje a Europa con otro que hicimos el año pasado fue básicamente esta: yo dejé de hacer las cosas -comer, pasear, ver cine, vestirme- con el fin de salir de mi cuadro ansioso-depresivo. Es mentira si la gente te dice que un viaje te va a cambiar o va a sacarte de un bache emocional. El Coliseo no te va a salvar de la tristeza. Ni las calles de Praga, ni las colinas de Grecia, ni las pastas de Ferrara, ni los patios de Córdoba, ni un brownie de marihuana a mitad de la noche de Ámsterdam. Que nadie me diga que seré más feliz en la medida en que haya apreciado la Mona Lisa o La Pietá. En cambio, visitar estos lugares en estado absoluto de tristeza te sirve –o le sirve a personas como yo– para eliminar cualquier pretensión y para, de paso, darle a las cosas su justo valor.

Una amiga me preguntó en una ocasión por qué en vez de irme a una tienda de segunda mano no me iba mejor a un museo. No tenía la respuesta entonces, pero ahora creo acercarme. Fue por esos días de Madrid en que me levantaba a las tres de la tarde, y antes de comenzar a trabajar a las cinco, con horario de América, me iba a todas y cada una de las tiendas de la cadena Humana que encontraba en la ciudad. Di con la primera de estas tiendas no por cuestiones de reciclaje o sostenibilidad global, sino porque hacía un frío que pelaba en España y luego iría a París, donde la temperatura estaba más baja aún.

Tienda Humana / Foto: Fundación Humana

Si bien es cierto que hay cosas muy baratas en las tiendas Humanas y ofertas que contemplan hasta dos prendas por casi 10 euros, también es cierto que mucha ropa cuesta similar a cualquiera de las tiendas de Inditex, esa plaga de sucursales de Amancio Ortega que ha empleado a unas 10. 000 personas en España en los últimos cinco años y que evade todos los impuestos habidos y por haber, yéndose a fabricar a Asia los vestidos y blusas y las gabardinas que nos ponemos en casi toda Europa.

El rollo es que un vestido de Desigual en buen estado puede costarte 25 euros en Humana, cuando un vestido Zara nuevo, en plena Gran Vía, puede valer unos 19 euros. Zara siempre estará –en alguna medida– al alcance de una economía como la mía, que no es muy buena que digamos, pero no lo estarán de igual manera los formidables chalecos de Desigual o los bolsos de Purificación García.

El concepto de tienda de segunda mano es muy distante ya a como se consideraba hace algún tiempo, o a como se considera al menos en Cuba, donde suelen llamarlas incluso “los pulgueros”. Debo confesar que yo era de las que buceaba en los “pulgueros” en mis buenos años de Universidad. Me zambullía en cajones, montones de ropa, perchas sin ningún sentido del orden, y salía de allí con varias mudas envidiables. ¿Quién en Cuba puede vestirse decentemente si no tiene familiares en el extranjero o no paga su ropa a los altos y ridículos precios en que las revenden las personas que salen del país a comprar?

Yo llegaba al aula y las amigas me preguntaban de dónde había sacado tal pantalón, y tal vestido, y tal camisa de algodón, y las redireccionaba a todas a la tienda de Estrella, un local de ropa de segunda mano en la Playa de Baracoa. Allí se hacían colas interminables cuando un camión se acercaba a descargar la mercancía. La ropa reciclada me acercó a Yamilé, una vecina que sabía ya más o menos mi onda y que tenía contactos con la administradora de la tienda y acaparaba lo mejor. Yamilé me llamaba y yo salía corriendo del aula de Periodismo, o bajaba las escaleras de la beca, y me llegaba hasta su casa a comprarle lo que me venía bien. Aún guardo en México unos pants vendidos por Yamilé que probablemente no consiga en otro sitio.

Para entrar a una tienda de segunda mano uno deber tener, ante todo, actitud. Entrar como una dama o un caballero. No menospreciar, porque no sabes el bolso de cuero impensado que te puedas llevar un buen día. Uno tiene que tener, además, imaginación. Cuando mi amiga Yisnely me acompañaba a veces a la tienda de Estrella, me decía que yo me iba con tantas cosas porque yo tenía imaginación. Yo veía maravillas donde ella solo encontraba ropa gastada. Yo hallaba tesoros en medio de aquel desparpajo. No me estaba comprando estrictamente unas telas usadas, sino que ya estaba ideando futuras combinaciones de colores, o cómo cortarle las mangas a tal blusa para que quedara con tal jeans.

Es decir, que mi gusto por la ropa reciclada nace de una necesidad, y ahora me doy cuenta de que se ha convertido en un placer. En ningún sentido es algo falsamente progre, lo aseguro yo, que nunca alcanzaré la pose de Libélula en Yoga ni podría plantearme apoyar la causa ambientalista con una actitud vegana. Muy casualmente hago de manera correcta un “perro boca abajo” y me doy atracones que podrían perjudicar mi salud cualquier día de estos. Ser cool, pienso, no es el único modo de ser libres.

Este texto también pudo haberse llamado Cómo la ropa de segunda mano me sacó de una depresión. Pero tampoco es tan así. En las tardes de Madrid que terminaban invariablemente en una Humana, yo también, ahora que lo pienso, le tomaba el pulso a ciudad en la que había elegido vivir por 74 días. Ya había visitado Madrid dos veces antes, pero, como todo lugar que me gusta, sentía que debía dedicarle más tiempo. No conozco París luego de siete días correteando de los Montes Elíseos a la parada de metro Félix Faure. Las ciudades tienen un ritmo con el que hay que danzar, un baile de salón que no se aprende en dos días. No sería entonces descabellado decir que una tienda de segunda mano te sitúa más que nada en el lugar donde estás.

Los “pulgueros” cubanos no pueden ser más de lo que ya son en un país que se desmorona. Incluso los “pulgueros” cubanos sobrepasan ya al país que somos, les sacan buen tramo. Cuba es hoy un país tan desvencijado que a estas alturas sería el vestido raído que nadie dona, que nadie quiere que otra venga y se lo ponga. Las tiendas Humanas de Madrid son lindas como la ciudad, ordenadas, la ropa separada por colores, etiquetadas, con buenos precios, sin huecos (según la Ellen MacArthur Foundation, cada año se compran en el mundo 80.000 millones de artículos y usamos una de nuestras prendas de 7 a 10 veces antes de deshacernos de ella). Y ni hablar de las tiendas Kirpputoris finlandesas, esos lugares de pasillos y estantes enormes, donde cualquiera podría robar y nadie roba, con un sentido del orden inigualable.

De Cuba –eso sí– me gustaba que la gente se ponía la ropa hasta que se volviera vieja. Se le daba un verdadero uso. A una la llegaban a conocer como «Fulanita, la del pulovito verde», «Juanita, la que no se quita el pantalón de hilo». La gente jugueteaba con la idea de que, de tanto usarse determinada ropa, esa ropa iba a salir caminando sola. Por eso no son los propios cubanos quienes donan la ropa que ya no usan a las tiendas de segunda mano, porque cuando en Cuba se deja de usar un pulóver es porque a una le quedó chiquito, o se manchó con mamoncillo o porque finalmente se agujereó. La gente en España, en Finlandia, en Estados Unidos -el Goodwill- recicla su ropa. En Cuba la ropa se rehace, se remienda, se reutiliza, se reajusta y se ajusta hasta que se extingue.

Sigamos con Madrid. Por esos días yo andaba con los amigos editores y escritores de mi novio. Gente, como dicen, majísima, a la que le guardo un gran cariño, colombianos, mexicanos, madrileños en Madrid, pero tenía la necesidad de conocer, hablar o mirar la vida desde otros sitios.

En las tiendas Humana empecé a reconocer rostros de tanto visitarlas. Los de los trabajadores –dos de ellos cubanos, por cierto–, los de otras chicas que solían ir a buscar ropa para “estrenar” el fin de semana. Otra señora que iba siempre y no compraba nada, según oí quejarse a una encargada. Gente buscando ropa en la sección Vintage para una fiesta de disfraces de los años 70. Una joven eligiendo un vestido de novia. Una madre y su bebé llevándose baberos y calzado. Una cuarentona bien vestida eligiendo un chaleco. Un muchacho que hablaba incoherencias y caminaba por todo el lugar sin que nadie lo mandara a salir o le dijera loco.

La gente –los clientes, los trabajadores– se preguntaba quién en las elecciones iba a votar por quién y por qué. Y si les parecía correcto que una enferma de cáncer posteara su foto en Instagram con una bolsa de Zara, o si era mejor tener buenos y más cómodos equipos para mamografías en los hospitales del país que adherirse al orgullo de una izquierda desvariada.

Yo iba cargando al hombro con la ropa que me gustaba y mientras hacía la fila para probármela, algún que otro cliente me preguntaba de dónde había sacado las sandalias Melissa que no las había visto antes, o si tal vestido no me quedaba, que por favor se lo diera a ella.

Comencé a darme cuenta de que esos lugares para mi eran un retiro. Yo iba a descargar mi ansiedad, a sentirme menos sola, y hasta a divertirme un rato. No era igual irme a Primark, a Sfera, a Stradivarius o la larga lista de tiendas accesibles que invaden la Gran Vía. El rollo de una tienda de segunda mano es que casi nunca algo que te gusta va a estar al día siguiente, por lo que no puedes dudar en comprar. Lo otro es que son una caja de sorpresas. Quizás divisas en la distancia unos zapatos padrísimos, pero cuando llegas no es el número que calzas.

Igual la alegría es inmensa si el vestido que te gustó es justo una talla S como la que vistes, o si alguien agarró algo que te encantaba y luego lo dejó y corriste a cogerlo. Son pura adrenalina estas tiendas. Son, casi, como la vida. Nunca sabes con lo que te vas a encontrar. Y de eso se trata. No hay nada como llegar a uno de estos sitios e irte con cosas de calidad y a buenísimos precios. Ya el resto de las tiendas me resultan monótonas: una larga percha de vestidos del mismo color, casi siempre habrá tu talla, si vas mañana o pasado es casi seguro que la prenda estará en su lugar, y para colmo la cuenta siempre llega mucho más alta.

A esto pudiéramos agregarle que quizás la ropa que ahora usas es de una persona que conoces, o que conocerás, o que pudo ser incluso de una persona muerta. Si la prenda la agarraste, digamos, en una percha para adultos y piensas que pudo ser de alguien fallecido, pues nada, la vida es así, uno nace para morir y esas cosas. Pero si la talla de la ropa es una XS muy estrecha, o si la elegiste de la percha de 0 a 3 meses y haces los mismos cálculos, la vida, digamos, es realmente una porquería. Mejor no desandar esos túneles y pensar en las señales que la ropa te va dando.

Yo me llevé un vestido que tiene bordadas unas iniciales y me puse a adivinar los posibles nombres de la dueña anterior. O me pregunto por qué alguien se deshace de ropa tan buena y tan útil, y en qué estaba pensando cuando la sacó del clóset. O por qué yo elijo algo que otra decidió no tener. No hay un lugar más parecido a la vida real, se los aseguro.

Tienda Humana / Foto: Fundación Humana

A mí me hacía falta un poco de eso. He gastado demasiados momentos de mis últimos años buscándole sentido y queriendo dar respuestas a cosas que no necesariamente las llevan. Cuando uno está triste, en el subsuelo, cuando uno está realmente mal, lo que menos necesita es ir a un museo. Ahí estaban el Reina Sofía y los fastuosos salones del Prado, que ya había visitado en otra ocasión con mejor estado anímico. Alguien escribió una vez que los museos para lo que más sirven es para recordarte todo el tiempo que existe algo que se llama la muerte. Son, en todo caso, sarcófagos que nos reciben a cada uno de nosotros con nuestros respectivos palos de hacer selfies.

Finalmente me fui de Madrid con mis maletas cargadas de ropa de uso. Algunos le dirán consumismo y tendrán razón. Decidí no pagar más una terapia de casi 100 euros por sesiones de 45 minutos en las que le cuento la vida a alguien que luego me dice que todo pasa y que respire profundo y expulse a la cuenta de tres. Cada quien justifica su existencia como puede: los yoguis, los veganos, los artistas, los que quieren hacer fotos, los que se van a retiros espirituales, los que pagan el Louvre, los que dicen “no obstante”, los que hacen maestrías y se inscriben a doctorados, los que inventan una revista y quienes la leen, los que coleccionan arte, los que compran souvenirs, los que coleccionan discos de vinilo, los que son cool, los que no lo son o no quieren serlo, los que montan bicicleta, los que se tatúan cactus, los que van a conferencias internacionales, los que aspiran a ser presidentes de algún país, las que amamantan y las que no amamantan, las que usan copas y no almohadillas sanitarias, y los que van, o vamos, buceando la vida en las tiendas de segunda mano.