Monumento del Che con una flor de campana amarilla

Foto: Cortesía del autor

Mi amigo lleva siete años enganchado con la campana, es decir, con la droga obtenida de ese arbusto al que se conoce por varios nombres, entre ellos burundanga, datura, estramonio. O como le llaman aquí: chamisco.

A la campana se le teme con razón. Ingerir una sola flor te transforma en Frankenstein durante medio día. Aunque la flor es la mejor presentación del narcótico, las hojas y los tallos también colocan. Sospecho que hasta su sombra arrebata.

Los iniciados van en grupo a los grandes chamisqueros de Topes de Collantes o de Viñales, recolectan un puñado de especímenes y se beben la pócima como si fuera limonada. Al minuto 40, de los 45 que tarda en subir, el diablo pone siempre en boca de uno de los asistentes la fatídica frase: «esta mierda no nos ha hecho ná…» Y se empinan otro vaso.

De acuerdo con las estadísticas, nadie pierde la virginidad chamiscal si no es con sobredosis. Cuando una persona cae en esa situación lo que se recomienda es encerrarla en un cuarto acolchonado hasta el otro día. Sin comida, pues no la desea ni tampoco podría tragarla. Su garganta está obstruida y su saliva desaparece. La misericordia dicta dejarle tres pepinos de agua.

Esas serían las condiciones ideales, pero nunca sucede así. El gran legado de esa planta a la humanidad es un montón de anécdotas acerca de la primera ocasión en que Fulano o Mengano la consumieron. Cierta vez un pariente mío iba por la calle así, «sin cabeza», cuando de pronto irrumpió en una vivienda cualquiera y se escondió debajo de una cama. De ahí fue extraído a escobazos.

La madre de un vecino me telefoneó preocupada al detectar un comportamiento inusual en su hijo: estaba cual Buda sentado en el piso de la sala, carialegre y pajeándose en cámara lenta. Un tercer principiante escapó de su unidad militar por la tarde para regresar al otro día en calzoncillos y con una sola bota. En uno de los pocos flashazos que recordaba, una niña lo señalaba y gritaba: «¡Mira, mami, fue ese, fue ese!», ante lo cual el aludido huía de una multitud sin entender de qué se le acusaba.

Nuestro personaje habla «del día en que fue abducido». Salió muy mal de la casa de unas amistades hacia la suya. En el camino se dio cuenta de que no llevaba el móvil y regresó. Al volver, los socios le dijeron: «Estuviste hace dos horas buscándolo, te lo dimos y ahora mismo lo tienes en la mano»… ¿Qué ocurrió en ese intervalo? Nunca lo sabrá. Solo recuerda que le dolía la parte baja de la espalda.

Estas peligrosas locuras, más la dificultad al tragar, sumadas a un malestar físico indescriptible, hacen que las autoridades no se tomen la molestia de prohibir la mata. Ella se prohíbe sola. Su ingestión es asunto de una vez, pues ni siquiera los roqueros repiten.

Aunque el campeón de esta historia sí logró domarla, y afirma haber descubierto una manera de dosificar la campana que minimiza los efectos adversos. Aun así, las dos primeras horas siempre constituyen un fastidio. Son momentos en que –según relata– sufre lo mismo que doctor Jekyll mientras se convierte en míster Hyde. Y acaso porque no todas las flores poseen igual calibre, la cuestión es que en ocasiones, al preparar el té, se queda corto o se pasa. Una de cada veinte veces es una prolongada estancia en el lado oscuro.

¿Para qué insiste en consumir algo tan plagado de inconveniencias? Para hacerse pajas, confiesa. Pero antes de entrar en eso, cabe mencionar otros detalles acerca de qué le ocurre al individuo encampanado. Depende, por supuesto, de cuánto principio activo ingirió.

Sobre el arrebato promedio, cabe decir que el Homo Chamiscus es muy bruto, le cuesta demasiado realizar labores intelectuales, lo que tal vez se deba a la falta de memoria a corto plazo.

Un prójimo enflorecido es similar al protagonista de la película Memento: no puede sostener un minuto de conversación –o más bien de tartamudeo– sin olvidar dónde, con quién y de qué está hablando. Pierde la noción del tiempo al punto de que deberá esforzarse para calcular si es de día o de noche. Y esa app subconsciente, que a uno le permite ir andando mientras piensa en otra cosa, estará inactiva, de ahí que el acto de caminar deba ser concientizado con las pocas neuronas todavía capaces de realizar algo útil en esa cabeza. Es como conducir Voltus V borracho.

En todo momento estás oyendo voces. No te ordenan asesinar a nadie. Antes bien, se trata de una conversación entre un hombre y una mujer, oraciones de irreprochable gramática y nula coherencia al estilo de «¿Viste lo grande que estaba el agua triangular?», a lo que la otra respondería: «Es que fue algo terrible». Es como ese radio que uno enciende solo para apagar el silencio y por lo general no le presta atención.

Alucinaciones ópticas mi amigo nunca experimentó, pero al cerrar los ojos, imágenes inconexas y fugaces se le suceden en la retina: un candelabro, un juego de béisbol, un auto… El equivalente visual a aquella desatinada charla de fondo.

Y existe además la «ilusión trans-perceptual», que así le denomina. Es la seguridad de que alguien abstracto o concreto está a su lado, cuando en verdad no está ni cree haberlo visto; solo siente su presencia.

Compréndase que ahora no estamos hablando de las sobredosis que conducen a las chifladuras antes mencionadas, sino del arrebato promedio, ese que procura mi amigo. Un estado en que, si bien la persona no debería pilotear un avión ni manejar una sierra, conserva intactos sus valores morales y posiblemente su raciocinio en espera del retorno de la memoria. Por lo menos algo de cordura subsiste cuando la persona no solo tiene claro que tales vivencias le acontecen por haber ingerido determinada infusión, sino que inclusive realiza agudas introspecciones y auto-escaneos cerebrales espoleados por una curiosidad científica que ni allí le abandona.

Quien tengo delante es un sujeto funcional, gana dinero y opera las finanzas de una empresa. No niega que alguna vez ha asistido al trabajo con unas pupilas tan dilatadas que perciben todo el display como un solo píxel, y encima borroso. Pero de algún modo se las ingenia para que nadie, excepto sus íntimos, conozca su doble vida.

La masturbación, como dije, siempre es el objetivo. «Una paja enchamiscada demorará hasta seis horas que serán premiadas con un orgasmo de extensión e intensidad proporcionales a dicho tiempo». Tras esta sorprendente declaración con formato de ley de Newton, mi migo me tranquiliza: Tampoco es que esté todo ese rato «dándole a la cosa». No. El 90 % de la jornada ella estará más bien flácida y descansando.

Los intervalos de tocamiento son alternados con períodos en que él continúa mirando alguna serie, leyendo un libro, o intentando trabajar. Aquí es donde el neófito inquiere: ¿Qué le otorga unicidad y consistencia a una paja tan dispersa? ¿Por qué cuenta como una sola y no como una serie de intentos frustrados que culminan con uno exitoso?

La respuesta es sencilla: cada nuevo ciclo retoma la excitación del anterior y la eleva. Son varias horas de ir arrullando y engordando la cachondez. A esto mi socio agrega una tentativa de explicación que parece sacada de aquellos diálogos que bullen en su mente: «Es que con chamisco la textura sexual de la paja es más rugosa que de costumbre…»

En este acápite la falta de memoria también es un problema. Muchas sesiones al final se le desinflaron porque al iniciar el orgasmo olvidó de qué iba el asunto. La solución fue ir anotando en una tabla de Excel de qué trata la fantasía, quiénes participan y haciendo qué. Luego es perentorio que tal documento permanezca visible durante el clímax.

Este extraño ser reconoce que después de cada apasionada eyaculación queda tan exhausto y arrepentido que promete no hacerlo más. Pero ya sabemos cómo funcionan los viciosos. No han transcurrido ni treinta minutos cuando ya sus manos vuelven a la obra. Lo admirable es que la cachondez sobrevive incluso a cada orgasmo, por lo que se transmite incólume de una paja a la siguiente. En consecuencia estamos hablando de maratónicas masturbaciones de 24 horas que finalizan justo cuando mi amigo cae desmayado.

Yo le pregunto si no sería mejor hacer eso con personas reales, a lo cual objeta: «¿De dónde voy a sacar yo una chica que acepte estar un día completo haciendo el amor de una forma tan desperdigada?» Y tras una pausa reflexiona: «Tendría que ser una jeva chamisquera».

Su última pareja, enterada de sus costumbres, solía darle total libertad para irse al otro cuarto a «pasar la madrugada». Más adelante, sin embargo, le impuso una condición: él únicamente se drogaría los fines de semana. Mi entrevistado lamenta que a pesar de que siempre cumplió, ella no paraba de recriminarle: «Es que tus fines de semanas comienzan los jueves y terminan los lunes». Un día, por fin, la mujer le lanzó el esperado ultimátum: «la campana o yo».

«¿No te aflige estar soltero?», le pregunto. «No lo estoy», dice y sonríe, «aunque reconozco que todavía no puedo presentar a mi compañera en sociedad. Este país no está listo para esas cosas ¿No viste lo que ocurrió con el artículo 68?»