Foto: Claudia Barrientos

Foto: Claudia Barrientos

Hace poco saqué la cuenta de las veces que me he enamorado y han sido siete. Y las siete fracasaron.

La primera, a los doce años. No hubo ni siquiera un beso, pero cada vez que veía al niño que me gustaba sentía mariposas en la barriga.

Digo mariposas en la barriga por decirlo bonito, porque lo que sentía en verdad eran unas ganas tremendas de vomitar. Meras revolturas estomacales. Me sudaban las axilas y el sudor me mojaba la blusa de poliéster del uniforme. Odiaba que eso pasara.

Las manos me temblaban y me ponía torpe. Me echaba encima el granizado de fresa que compraba a la hora del receso y cosas por el estilo. Eran sensaciones muy desagradables.

Yo a él le gustaba. No sé si estaba exactamente enamorado de mí, pero sí sé que quería ser mi novio, porque un 14 de febrero me mandó una carta donde me lo hizo saber. En una hoja rayada que debió haber arrancado de alguna libreta me escribió a lápiz y con una letra horrenda: “Desde que tu amiga me dijo que estabas enamorada de mí, no he podido dejar de pensar en ti. Espero que me quieras como yo a ti y que pronto me des la respuesta”.

Debajo, garabateó un corazón y una flor de cuatro pétalos y puso su nombre, como para llenar el espacio que quedaba en blanco.

Aquello estaba un poquito bastante chapucero, debo reconocerlo, pero lo adoré. Me enterneció tanta simplicidad, el gesto espontáneo de arrancar una hoja de libreta.

Al final, no recuerdo por qué, no me hice novia del primero. Mi respuesta fue sí, por supuesto. Un sí enorme. La amiga indiscreta que le había contado de mis sentimientos escribió en la carta un SÍ del tamaño de la hoja, pero creo que él nunca se enteró. La carta todavía la tengo yo y siempre la tuve.

Algo debió haber fallado en la comunicación. (Lo mismo que probablemente continuaría fallando a lo largo de mi vida).

El caso es que a los trece ya me había enamorado de otro. Tres años mayor que yo. Nos conocimos porque alguien que yo conocía conoció a alguien que lo conocía a él y nos presentaron.

No se me da bien conocer gente. Solo interactúo con personas extrañas cuando necesito información para hacer mi trabajo o cuando sé que nunca más volveré a verles después de esa primera y única interacción. En el resto de los casos me limito a ser cortés.

Con el segundo, durante mucho tiempo, fui cortés. En esa época era extremadamente tímida e introvertida. Lo veía tan hermoso, que no creía que tuviera ni siquiera derecho a hablarle. Fue el primero por el que lloré. (De ahí en adelante, lloraría por todos).

Al segundo le gustaban las muchachas que se veían como mujeres. Que me digan ahora, con casi treinta años, que parezco de veinte (o quizás exagero: digamos veinticuatro), me halaga, pero aparentar menos edad no siempre fue tan halagador.

A los trece aparentar menos edad significaba que me vieran como una niña, cuando yo empezaba a sentirme como una mujer. Y que me vieran como una niña significaba que me trataran como una niña. Y el resultado de que me trataran como una niña era que yo no lograba verme como una mujer.

Me faltaban tetas, caderas, nalgas. Unos cuantos kilogramos. Lo único que tenía volumen en mi cuerpo era mi cabello, y no me gustaba.

Para mí, en ese momento, ser mujer era tener tetas, caderas y/o nalgas. Sobresalientes. Gustarle a un hombre que me gustara y convertirme en su novia: la consagración. No lo racionalizaba en esos términos, pero me juzgaba y actuaba en consecuencia con esa idea.

Cuando los quince me alcanzaron sin haber tenido novio, me volví sospechosa de ser homosexual. A la inseguridad que me generaba el hecho de no haber tenido novio se le sumó entonces algo peor: vergüenza.

Por la manera en que me preguntaban “¿qué tú esperas para tener novio?”, me sugerían que me gustaban las mujeres o me decían por las claras que era no lesbiana sino “invertida” o “tortillera”. La homosexualidad no se me presentaba como una opción más, igual de legítima que la heterosexualidad, sino como una cochinada, una desviación moral, que merecía todo el deprecio del mundo.

Hubo una época en que pensé que me gustaban las mujeres solo porque me fijaba en sus cuerpos y apreciaba su belleza. También porque ello podía explicar la falta de novios en mi historial: una anormalidad explicaba otra anormalidad. Tal cual.

La capacidad para deconstruir paradigmas patriarcales, como resulta evidente, no era algo que hubiera desarrollado entonces. Pasaría un tiempo antes de que aprendiera las herramientas necesarias.

Siete años después de que se me acabara el amor por el segundo, el tercero apareció.

Paréntesis: hubo besos y sexo entre el primero y el tercero. Besos, entre el primero y el segundo. Sexo, entre el segundo y el tercero. Y resultó que al final sí me gustaban las mujeres, pero como amigas, porque no me atraían sexualmente.

El tercero y yo nos conocimos en un concierto de órgano de música antigua en la Basílica Menor de San Francisco de Asís. Ninguno de los dos tenía un interés particular en la música antigua, menos en los órganos. Éramos apenas dos personas con nada mejor que hacer en una tarde cualquiera en La Habana.

Él se sentó en mi fila. A un asiento de distancia. Nos miramos. Comenzó el concierto.

Aquello era probablemente lo más aburrido que estaba pasando en la Tierra en ese momento. No me levanté y me fui porque no sabía si a él le estaba gustando y pretendía quedarse.

Nos pusimos a leer. Yo saqué una compilación de las obras de teatro de Virgilio Piñera. Él, Paradiso, de José Lezama Lima. Enseguida comencé a verlo distinto, menos extraño. Que los autores de los libros que estábamos leyendo se hubieran conocido, lo interpreté como un buen augurio. Me inspiró confianza.

Al salir de la Basílica actuamos como si ya nos conociéramos. Yo le pregunté o él me preguntó, no recuerdo quién inició el diálogo, si me había o si le había gustado el concierto. Tampoco recuerdo la respuesta. Lo que recuerdo es que a partir de ahí no paramos de conversar hasta que, una semana más tarde, él regresó a su país para nunca más volver.

Durante casi un año nos escribimos cartas por correo electrónico. No eran correos sino cartas auténticas. Cada dos o tres meses. Las cartas más hermosas que me han escrito en la vida.

El tercero era del tipo príncipe azul. Cuando nos despedimos me regaló un libro: Al Faro, de Virginia Woolf. De tapas azules. Con dedicatoria, a lápiz. Una historia con personajes índigos y celestes. Yo ese día llevaba puesto un pulóver y unos tenis también azules. Cuando se fue, me puse azul. No hubo corazón roto, solo montones de azul y dificultades para respirar.

Me inspiró de tal manera, que empecé a hacer poesía y desde entonces no he parado.

El cuarto: veinte años mayor. Pero la edad no era el problema sino que amaba a otra mujer; lo cual obviamente no era un problema para él sino para mí, aunque ni siquiera para mí era un problema, si lo pienso bien. Era solo un hecho. Un hecho tan contundente como que los días pasan, detrás de Febrero viene Marzo y detrás del cuarto, siempre que te lo permitas, viene el quinto.

Entre el quinto y yo también hubo un mar de distancia. Durante unos siete meses sostuvimos la historia con cartas, algún que otro regalo y, desde luego, el chat de Facebook. Sin embargo, lo que de veras sostiene una historia en la distancia son los recuerdos y las ilusiones. Los recuerdos, que estaban hechos de lo que vivimos, y las ilusiones, de lo que viviríamos.

El problema, porque aquí sí hay un problema, es que los recuerdos pertenecen al pasado y las ilusiones al futuro; es decir, que una historia en la distancia carece de presente. Y en el presente es donde se vive.

El principal desafío de la distancia no es la falta de sexo sino de tiempo compartido. En nuestro caso, nadie se quedó esperando por nadie. Hubo siempre otras personas con quienes no solo tuvimos sexo sino con quienes tuvimos historias y sentimos. No dejar de sentir: eso pactamos cuando nos despedimos.

Pero lo que enamora es la convivencia, que te hagan un café por la mañana y te escuchen quejarte del país, ese acompañarse en las horas tontas y en las trascendentales. Los recuerdos y las ilusiones no bastan. A nosotros no nos bastaron.

Hay algunas historias de este tipo que logran sobrevivir, no es imposible, pero la nuestra no fue una de esas historias. Tampoco tuvimos una muerte fulminante. Digamos que, con los años, experimentamos una metamorfosis y algo salvamos de nuestro primer capítulo.

El sexto vino de otro planeta. No era verde sino gris. A ratos, negro. No tenía antenas ni tentáculos sino aletas. Su planeta era un océano y él vivía en lo profundo.

Si yo tuviera mi propio planeta sería un planeta hecho de viento. No de aire, de viento.

Él decía noche, yo decía día. Gato, perro. Breve, extenso. Silencio, grito. Verdad, mentira. Éramos tan distintos, que en vez de generarnos rechazo empezamos a generarnos curiosidad.

A pesar de las contrariedades, descubrimos un lenguaje común. Podíamos pasar varias horas hablando, hablando puras estupideces hasta el amanecer, y riendo. Nosotros nos hacíamos reír. Cuando estábamos solos, nos hacíamos reír.

Pero su planeta no había quedado vacío. En su planeta había una familia que él amaba más que a sí mismo. Y eso fue todo.

Ninguna historia es más importante que el amor.

Con el séptimo, también lo primero que hubo fue curiosidad. Antes, él no me gustaba ni de lejos. Me resultaba demasiado raro, demasiado joven, demasiado rebelde, demasiado insólito. Demasiado demasiadas cosas.

Yo decía muy convencida que entre nosotros nunca, nunca, nunca iba a pasar nada… hasta que una noche me ayudó a escabullirme de una fiesta –nada más y nada menos que de mi propia fiesta– y al día siguiente lo besé. Me había conmovido la complicidad de la noche anterior.

Luego, empecé a decir, igual de convencida, que nunca, nunca, nunca me iba a enamorar de él… hasta que nos fuimos de viaje al fin del mundo y a la vuelta me salió un poema atiborrado de flores silvestres. Y otro. Y otro. Y otro.

Las mariposas no las sentía en la barriga sino en la cabeza. Pero cuando yo le mostraba mis flores, él las miraba como si fueran un virus del que me debía curar. Hubo un momento en que ya no supe si me había enamorado o había contraído varicela.

De mis siete fracasos, yo pude haberme ahorrado cinco. Que no son poca cosa. Cinco fracasos son un montón de lágrimas y cervezas. Porque en cada uno, desde el principio, había claros indicios de que si me enamoraba la historia no tendría lo que se dice un final feliz; es decir, que si ellos hubieran sido caballos en un hipódromo, a ninguno hubiera apostado. Pero ni las personas son caballos, ni la vida, una competencia.

Para mí la vida tiene más que ver con bailar que con jugar ajedrez. Tampoco creo en los finales felices. Creo en las historias. Mis fracasos son solo fracasos si entiendo el éxito en el amor como un final feliz y el final feliz como una relación tradicional.

Si puedo contar siete fracasos es porque he vivido siete historias. En las siete he sido feliz. Independientemente de lo que sintieran o no por mí y del final de cada una, yo sentí. Yo viví. Yo amé. Nadie que logre sentir y dar amor fracasa.