Bárbara y Danilo/ Foto: Mario Luis Reyes.

Bárbara y Danilo/ Foto: Mario Luis Reyes

El tornado

Para la noche del 27 de enero el Instituto de Meteorología había pronosticado intensas lluvias y algo de viento fuerte. De repente, un ruido como de aviones volando a ras de suelo. El caos, el miedo, objetos disparados como balas. Las personas ensayan una terrible coreografía nunca antes practicada: se apretujan en un rincón, se abrazan, cierran los ojos y rezan por sus vidas.

El panorama resulta luego familiar para Norma. Parte de su casa ha caído otra vez. Bárbara abre los ojos y ve todo en el suelo, las cosas flotan en el enorme charco de agua en que se ha convertido su vivienda. La madera del techo cruje con el viento.

María Luisa, a su vez, se acurruca junto a su hija y su yerno en una especie de closet que habían empezado a construir hacía solo unos días. El techo del cuarto se ha desplomado justo delante de ellos. Intentan apartar las tablas y los bloques de cemento, pero no pueden.

Están atrapados y comienzan a gritar. Norma, y algunos vecinos que se atreven a salir bajo el aguacero, tiran la puerta de la casa, apartan los escombros y los rescatan.

***

Regla es catalogado como un municipio periférico dentro de La Habana. Posee una población que ronda los 43 mil habitantes y una superficie total de 9.2 kilómetros cuadrados, de la cual solo el 41% es considerada como área urbanizada. El resto pertenece al viejo complejo industrial que rodea la bahía de la ciudad y también a algún que otro terreno baldío y cenagoso.

El tornado recorrió unos 20 kilómetros a una velocidad de 46 km/h, mientras que sus rachas de vientos superaron los 300 km/h. Su categoría científica, EF-4, bien pudiera traducirse como «algo tremendo y mortal». Su paso afectó 7761 viviendas, de las cuales 730 fueron derrumbes totales.

Al cierre de febrero de este año, el Gobierno municipal de Regla declaró que cada uno de los 123 derrumbes totales registrados en la zona contaba ya con sus fichas técnicas, materiales necesarios y un constructor designado para dirigir la reedificación. En las estadísticas de entonces también figuraban la entrega de 14 casas a los damnificados y la repartición de materiales de la construcción para 1000 de las 1014 viviendas con derrumbes parciales, de las cuales 998 habían terminado las obras.

Jorge Luis Estrada, presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular, dijo a la prensa en esos días: «No queremos apresurar las cosas, cuando se entregue una obra queremos hacerlo con calidad, siguiendo la premisa enunciada por el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel».

Sede Poder Popular en Regla/ Foto: Darío Alejandro Alemán.
Sede Poder Popular en Regla/ Foto: Darío Alejandro Alemán.

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Dice María Luisa: «Con la ayuda de mi yerno y algunos vecinos volvimos a levantar en techo del cuarto, pero ya tú sabes, con tablas que nos encontramos en la calle y algunos pedazos de madera entre los escombros que no se habían roto completamente. Yo no podía permitir que mi hija, en su estado, viviera aquí. Era tétrico, como si en vez de un tornado hubiesen lanzado bombas en esta parte de Regla.

»Los suegros de la hija mía que vive en Estados Unidos estaban fuera del país y me mandaron las llaves de su casa. Yailín y yo nos fuimos para allá. No queríamos pensar en esto porque no le encontrábamos solución. La puerta de la casa sigue rota de cuando vinieron a rescatarnos, así que en cualquier momento nos pueden entrar a robar. Eso me da un miedo terrible, que nos quiten lo poco que tenemos. Por eso me fui. Además, ¿dónde va a dormir mi nieta cuando nazca? ¿Bajo un techo a punto de caerse otra vez? ¿Mojándose cada vez que caiga una llovizna? ¿Sin colchón? ¿Sin cuna?»

Dice Bárbara: «Todo se nos mojó. Muchas cosas se nos rompieron. Pero lo que más nos preocupa son las paredes y el techo. La madera está mojada, podrida, hace ruidos. Nosotros evitamos tocarla, rezamos cada vez que sopla un poco de viento porque la madera empieza a hacer sonidos como de huesos rotos, como algo que se quiebra. Las veces que ha llovido después del tornado el agua se filtra más que nunca y parece que el aguacero es aquí adentro. Tú ves a Danilo mandando a corrernos de aquí para allá, y él con calderitos, vasos, ¡lo que sea para evitar que esto se inunde! Pero hay más goteras, o no, cascadas que calderitos y vasos.

»¿Las donaciones? Nada. Ni un colchón, ni una teja, nada. Al Delegado de la Circunscripción le dieron unas cajas de refresco, unos paquetes de galleta y otros de fideos para repartir en sus CDR. Pero eso solo le resolvió una lata de refresco a los niños, unas pocas galleticas y más nada. Los paquetes de fideos no nos servían, si en Regla no había quedado nada con qué hacerlos. Entonces la gente de mi cuadra me dio sus fideos y armamos una caldosa aquí mismo con lo que cada uno pudo aportar. Por su cuenta nadie podía hacer nada, así que lo unimos todo y comimos bien ese día.

»Un día de estos el techo nos va a caer arriba. Yo lo sé. Entonces, cuando eso suceda, yo quisiera ver la cara de esos que durante tanto tiempo me han dicho que no me van a ayudar o que espere. Yo quiero ver cómo se van a sentir cuando recuerden que me mandaron durante más de veinte años a esperar la muerte».

Dice Norma: «El único electrodoméstico que sobrevivió fue el refrigerador. Claro, es más pesado que el resto de las cosas y estaba en un lugar seguro. Ese televisor que ves ahí es prestado, porque el mío el tornado me lo lanzó, ¡zas!, y lo rompió. Mira, allí lo tengo, la pantalla rota, como si le hubiesen caído a pedradas. Ahora tengo un televisor prestado, pero no sé hasta cuándo. Quizás pase como con el DVD que me prestó una vecina y después, con mucha pena, me lo pidió de vuelta. Se lo devolví, claro, porque no es mío. Pocas cosas de las que tengo ahora son mías. Es triste, ¿verdad?

»Mira ese baño. ¿Ves la pared salida? ¿Ves ese hueco que da a la calle? Nosotros ni tocamos esa pared. Lo que hacemos es poner un pedazo de tela para que no nos vean cuando nos bañamos y esas cosas. Un día le va a caer arriba a alguien que pase por ahí afuera. Quizás a los muchachitos que pasan cuando salen de la escuela. Si aplasta a uno, sé que después los padres van a querer matarnos. Ellos no van a pensar en ese momento que fue un accidente, que la pared se nos quedó así porque el cajón de aire del tornado la botó y nosotros no tenemos con qué repararla. No, ellos van a querer matarnos. Y los entiendo.

»Unos días después del tornado mi nuera, embarazada, se cayó en el baño. Se dio en la barriga y tuvimos que ir corriendo al hospital. Allí la ingresaron, allí parió y allí sigue ingresada. No hago más que pensar qué vamos a hacer ahora con un recién nacido aquí, en estas condiciones, con este piso, con estas paredes, con este techo.

Casa de Norma/ Foto: Mario Luis Reyes.
Baño de la casa de Norma/ Foto: Mario Luis Reyes.

»Por pasar, por aquí pasó todo el mundo al otro día del tornado. Vinieron trabajadores sociales y arquitectos a medir y a escribir cosas en sus agendas. Pero con la misma se fueron. A nosotros por el tornado nos ayudaron muchas personas, gente que no tenía nada que ver con esto. Los que vinieron a este pedacito de aquí, a este callejón a ayudarnos, fueron gente que no tiene nada que ver con Regla. Vinieron vecinos, pero vinieron muchachos de la Universidad, cantantes, de las iglesias. Y muchos muchachitos que nos ayudaron.

»Así pudimos coger un aire. Pero el gobierno: ¡por gusto, por gusto, por gusto! Ellos solo se quedaban allá arriba, en la Calzada, nunca bajaban. Por eso es que mis hermanas y yo tenemos que dar bateo, porque si no lo hacemos seguimos siendo nada para el gobierno municipal. Para ellos nosotras no existimos».

Promesas

Las cartas, los trámites, los disgustos, las largas caminatas, todo pareció terminar el 11 de marzo, cuando el entonces director de la Vivienda municipal se apareció en el callejón de la casa Alberto Álvarez No. 3 y dijo: «Bárbara, Norma, estén mañana frente al Poder Popular que de ahí va a salir una guagua para que vean sus nuevos apartamentos».

–Pero aquí al lado vive también otra hermana que es damnificada del tornado –dijo Norma.

–Ella no estaba aquí cuando vinieron a hacer la ficha técnica. Si se fue, perdió –dijo el funcionario, muy serio, y se marchó.

Bárbara estaba eufórica. Solo pensaba en su apartamento. ¿Cómo sería? ¿Cuántos cuartos tendría? No importaba. Le pidió a Danilo que la acompañara a verlo, que sacrificara los ahorros de la familia para comprar cosas nuevas, adornos. Sí, en una casa nueva vale la pena gastarlo todo, incluso en adornos. Mientras tanto, necesitarían más cajas para guardar esas compras. Danilo se encargaría del asunto.

El 12 de marzo, a media mañana, un pequeño ómnibus iba a salir de la sede de la Asamblea del Poder Popular de Regla hacia las casas nuevas. Bárbara y Danilo habían llegado muy temprano, pero Norma demoraba. La secretaria del Director de la Vivienda leyó una lista con los nombres de los diez casos críticos del municipio. Bárbara y Norma hacían el número cuatro.

–Mire, la guagua no puede salir todavía porque mi hermana, Norma, no ha llegado –dijo Bárbara.

–No se preocupe. El compañero de Vivienda va a estar aquí un rato más, y si ella llega, él la lleva para allá en su moto –contestó la secretaria.

El viaje concluyó en la zona Micro X, reparto Alamar. Hoy Danilo recuerda con detalles esa visita esperanzadora y luego frustrante:

«El apartamento que nos mostraron ese día nos pareció perfecto. Pedimos un primer o segundo piso por temor al niño, que es muy intranquilo y se podía caer. Una señora, muy gruesa ella, nos dio un planta baja y le dio unos papeles a mi mujer para que los firmara. El apartamento era de tres cuartos. Lo vi una sola vez pero sé dónde está, sé cuál es y cómo es. Uno entraba y a mano derecha había un primer cuarto, después venían los otros dos. Estaba la cocina-comedor y un pasillo que salía a la terracita de atrás, que estaba cerrada con hierro y tenía un lavadero y un sumidero con las instalaciones del agua a mano izquierda. Después tú seguías hasta el tercer y último cuarto, que era el único al que le habían puesto una puerta de aluminio, porque a todos los apartamentos el gobierno solo les había podido poner una puerta y se la pusieron al último cuarto que quedaba al lado del baño. Usted entraba al baño y tenía su taza, un lavamanos al lado y una bañadera chiquita que tenía hasta la instalación de la ducha hecha y todo. Era perfecta, nuevecita, ideal para nosotros».

Ese día otros ómnibus merodeaban por Alamar, todos cargados con damnificados de 10 de Octubre y San Miguel del Padrón. Cerca del nuevo apartamento de Bárbara un grupo de funcionarios y periodistas se agolpaban alrededor del General de Cuerpo de Ejército y Ministro de las Fuerzas Armadas, Leopoldo Cintras Frías. Todos le sonreían, asentían con cada una de sus palabras. Este tipo de actos necesita siempre de cierta solemnidad, de una figura que avale la infinita bondad del Estado y su preocupación por los ciudadanos. Por eso envían a los periodistas, más que nada para dar fe de que ese acercamiento de la élite con las masas existe, funciona y es genuino

En Micro X, una periodista de una emisora de radio entrevistó a Bárbara. Le preguntó si estaba contenta con el apartamento, si le gustaba. La respuesta era obvia. Después, el General Cintras Frías les dijo a los nuevos propietarios que cuidaran sus casas, que todo aquello era obra de la Revolución, una Revolución que se preocupa por su pueblo y que no dejaba a nadie desamparado.

Por primera vez en mucho tiempo, Bárbara y Danilo regresaron alegres a su casa de Alberto Álvarez No. 3. También les habían prometido la entrega de dos colchones para esa tarde, como parte de las donaciones a los damnificados, pero nunca llegaron. Realmente, ya les importaba poco los colchones. En sus pensamientos no había espacio para otra cosa que no fueran las palabras con que los despidieron de Micro X: «En tres días vayan al Poder Popular de Regla para recoger las llaves de su nueva casa».

Llegó la fecha, y ahí los funcionarios del Gobierno les dijeron que debían esperar más. La Revolución es benévola y sabe hacer bien las cosas. No solo les daría el apartamento, también se los amueblaría. Durante los siguientes dos días, Bárbara y Danilo gastaron todos sus ahorros en las compras para la nueva casa. Estaban ansiosos, en posición de arranque, como velocistas que esperan el disparo, listos para correr, o mejor, huir del techo quebrado y las paredes tambaleantes de su casa. Hicieron planes. Su otra hija y sus dos nietos se irían con ellos y así, cuando el hermano de Bárbara saliera de prisión, tendría un lugar donde vivir.

Finalmente, el 17 de marzo les llegó una nota de parte del presidente del Gobierno de Regla: «Preséntese mañana en el Poder Popular junto a sus hermanas».

Basurero cercano a Alberto Álvarez No. 3/ Foto: Darío Alejandro Alemán.
Basurero cercano a Alberto Álvarez No. 3/ Foto: Darío Alejandro Alemán.

***

Ya en la sede del Poder Popular, Norma cree que ha llegado temprano. Aún no son las nueve de la mañana, pero no queda ningún funcionario en su puesto. Solo el Director de Vivienda Municipal, próximo también a marcharse en su moto.

–Norma, ¿su hija Yasmina no viene? –le pregunta.

–¿Por qué? ¿Le van a dar un apartamento a ella también?

–No. Es que para el apartamento que te vamos a dar tienen que ir ella y sus hijos también.

Norma se niega. Yasmina, días más tarde, también lo hará. Un apartamento de tres cuartos para 13 personas resuelve el problema de un derrumbe inminente, no el hacinamiento. Después de mucha insistencia, Norma y Yasmina tienen una cosa clara: o todo o nada. Y el gobierno se decanta por «nada».

El 18 de marzo, Norma se presenta junto a su hija y sus dos hermanas en la sede del Gobierno de Regla. Pasan al comedor del centro y esperan al presidente de la entidad, el señor Jorge Luis Estrada.

–Se iban a dar dos apartamentos, pero ustedes son tres familias. Por tanto, como no se ponen de acuerdo y no hay casa para las tres, no hay casa para nadie –sentenció Estrada.

«Ese hombre nos puso en careo a las tres y eso es algo sucio, bajo», recuerda Norma. «Yo le había pedido a María Luisa que no abandonara su casa después del tornado, que se estuviera tranquilita a ver si esta vez nos daban algo, pero no me hizo caso. Lo que pasó ese día fue algo feo. Bárbara y María Luisa discutieron y, bueno, yo en medio de las dos. Hay viejas rencillas familiares de las que no me gusta hablar, y ese hombre se aprovechó. Al final dijo que nos olvidáramos de todo, que no había casa para nadie».

Durante los siguientes días, Norma y su hija intentan hablar de nuevo con Estrada, pero él siempre está muy ocupado. Hasta que se lo encuentran por la calle. Estrada acepta hablar de mala gana.

–Mire, nosotras no entendemos por qué quitó los apartamentos. Además, mi hija no se podía ir conmigo. ¡Seríamos 13!

–Ya les dije que no hay apartamento para nadie. Lo que vamos a hacer es construirles dos casas ahí mismo y que una de ustedes busque un terreno inhabitado para hacerle la suya. Pónganse de acuerdo. Y su hija va con usted.

–Usted me perdona, pero no, porque ahora viene además un nieto recién nacido a la casa y no vamos a caber –contesta Norma.

–El problema es que ustedes paren y después tiene que venir uno a buscarles casa –dice Estrada.

«Y bueno, me puse mal y le empecé a gritar. Y él también nos gritó con su mala forma. Pero una se pregunta qué es eso. ¿Cómo ese hombre puede ser tan falta de respeto? Él es un funcionario, debe saber tratar a las personas, apaciguarlas, porque se supone que las analfabetas aquí somos mi hija y yo», dice Norma enojada.

De los tres colchones que le prometieron tampoco ha sabido nada. Menos aún del tanque del agua que tendría en pocos días. Mientras tanto, la numerosa familia raciona como puede  el agua oscura de un tanque oxidado que todavía conservan.

***

Como toda familia, la de Bárbara, Norma y María Luisa tiene secretos, momentos amargos, disgustos que no vale la pena recordar. Los esconden, jamás los mencionan, pero al final, como un cadáver sepultado bajo las aguas de un río, salen a flote.

«Nada tiene que ver el tornado y que nos quiten los apartamentos con los problemas de nuestra familia. Pero la cosa es así: cuando hay crisis, cuando hay necesidad, siempre sale lo peor del ser humano, todo lo malo, los rencores que tenemos dentro», dice María Luisa desde el sillón de su sala-baño-cocina.

El 3 de marzo, mientras pasaba por Alberto Álvarez No. 3 para darle «una ojeadita a su casa», el Director de la Vivienda municipal le recomendó que regresara porque iban a entregarles apartamentos a los damnificados. Para cuando María Luisa volvió de casa de los suegros de su hija, ya era demasiado tarde, y lo sabía.

Ahora poco le importa si le dan un apartamento o no. Solo quiere resolver su problema. De hecho, preferiría que el estado le vendiese los materiales de la construcción, para así «no deberle nada a nadie». Ella trabajaría, le pediría ayuda a su hija que vive en Estados Unidos, buscaría debajo de la tierra, lo que sea, pero reuniría el dinero suficiente para arreglar su cuarto. Bárbara, mientras tanto, sigue aferrada al apartamento que le prometieron y Norma a la idea de que, decida lo que decida el Gobierno, Yasmina no regresará a casa. Con sus condiciones, cada una persigue un mismo objetivo, pero a veces lo olvidan.

En la tarde del 4 de abril, un señor llamado Arquímedes, encargado de la repartición de los materiales de la construcción en Regla, tocó a la puerta desecha de María Luisa. Le pidió un papel en blanco para ofrecerle cuatro tejas. Aquello la insultó sobremanera y terminó echando a aquel hombre a gritos y ofensas de su casa.

«Ellos son malos y creen que pueden burlarse de uno», dice. «Si yo firmo esas cuatro tejas, que de nada resuelven mi problema, después aparezco en los papeles como un caso resuelto, como que el gobierno me lo dio todo para reconstruir mi casa. ¡Cuatro tejas! ¡A mí no me cogen para sus mentiras!»

***

Ha oscurecido y Bárbara conversa con Danilo. Hablan lo de siempre. Bárbara cuenta cómo esa mañana un funcionario de la Vivienda le había hecho entender de una forma muy peculiar que sabía de sus gestiones en la oficina de Atención a la Población del Consejo de Estado. «Yo no sé para qué ustedes siguen mandando cartas a esos lugares, si al final somos nosotros los que podemos resolver su problema», dijo el hombre.

De pronto, un grito de Norma los interrumpe.

–¡Bárbara, corre, ven para que veas esto!

En la emisión estelar del Noticiero Nacional de Televisión transmiten un reportaje sobre la entrega de apartamentos a un agradecido grupo de damnificados. Bárbara reconoce el lugar, sabe que estuvo ahí, que aquel apartamento en la planta baja de ese edificio tuvo alguna vez su nombre. Las dos se miran y echan a llorar.

Eddy y Yasmina

14 años, siete meses y 72 horas estuvo Eddy Obén Calderón en prisión. La condena realmente fue de 20 años, pero él prefiere no decir la causa, ni siquiera recordar. Solo murmura: «14 años, 7 meses y 72 horas».

Una vez fuera de la cárcel, Eddy solo pensaba en volver a su casa natal, donde vivió sus últimos instantes de libertad junto a su tío. Hacía mucho tiempo que soñaba con eso, pero su tío había fallecido y Eddy tendría que lidiar, al menos por un tiempo, con la soledad de una casa vacía.

Llegó a la Calzada de Regla y echó un vistazo. Muchas cosas habían cambiado, aunque no lo suficiente como para no reconocer los escondrijos de la zona, sus secretos más íntimos. Finalmente, al llegar a La Loma encontró algo nuevo e inesperado. Su casa había desaparecido en un cúmulo de escombros.

Durante días anduvo pernoctando en casas de algunos familiares lejanos. En las mañanas intentaba descubrir qué había pasado con su hogar, pero ni en la Dirección Municipal de la Vivienda ni el Gobierno supieron decirle. Incluso llegaron a dudar de que alguna vez él hubiera vivido allí.

«Entonces reuní a los vecinos más viejos de la zona para que firmaran unos papeles diciendo que yo soy nacido y criado en Regla y que viví en esa casa hasta que caí preso. Lo llevé a la Vivienda municipal y les pedí que al menos me dieran un albergue. Ellos me contestaron  que no tenían nada para darme. Claro, porque no tengo la propiedad, pero en mi zona nadie nunca tuvo propiedad de su casa. Son personas que han vivido ahí por más de 50 años, en bajareques de palo, en pésimas condiciones. Son chozas que ni el gobierno ni las propias personas pueden llamarles casas», dice Eddy entre triste y enojado.

14 años, 7 meses y 72 horas, repite una y otra vez. Un mantra aprendido, un calmante para cuando las cosas parecen irse de control. Eddy es un hombre callado y es ese silencio, la mirada profunda y las cicatrices de su cuerpo lo que lo vuelven un sujeto temible.

Eddy/ Foto: Darío Alejandro Alemán.
Eddy/ Foto: Darío Alejandro Alemán.

Cuando conoció a Norma sintió que muchas cosas los unían, incluso, los problemas. Eddy no tenía casa; Norma, hasta cierto punto, tampoco. Pero todo comenzó a mejorar, de alguna manera. Al menos ahora tiene trabajo como constructor y algo más de sosiego para continuar su peregrinar en busca de un techo propio.

«Si algún día tenemos un problema y todo termina entre nosotros, yo tendré que irme a dormir a la calle como un perro. Lo sé. Norma lo sabe. Por eso sigo insistiendo», dice Eddy.

Cada noche ve el noticiero de la televisión, quizá, y él mismo lo reconoce, en una especie de ritual masoquista al que ha decidido entregarse. Desde el paso del tornado, abundan los reportajes sobre lo bien que marcha el proceso de recuperación. Eddy sonríe, pero en verdad sufre. Las noticias son una gran ficción, una distorsión aberrante para quien vive en La Colonia.

«En Regla hay muchos espacios vacíos y se los dan… pero a los negociantes. Todo esto es un gran negocio. ¡Hasta la entrega de apartamentos debe tener su negocio detrás! Por ejemplo, lo que era una bodega abandonada cerca del Poder Popular se lo dieron a una carnicería particular, la casa abandonada en Martí entre Céspedes y Agramonte se la dieron a unos que arreglan zapatos y venden cosas de cumpleaños, la antigua lavandería ahora es un puesto de viandas, y así hay otros lugares que el gobierno le ha dado a cafeterías privadas. También hay lugares vacíos que pudieran servirle a los que no tienen casa, pero los dejan podrirse cerrados, como la antigua Casa de Cultura o lo que era el círculo infantil de La Colina. En fin, que si no tienes dinero es por gusto, no vales nada».

Eddy sabe de funcionarios acusados de corrupción que no solo mantienen sus puestos, sino que se construyen casas de varios pisos, todos lujosos. Sabe de falsos damnificados, de marañas burocráticas, de negocios tras bambalinas, del lucro con la tragedia ajena.

14 años, 7 meses y 72 horas, recuerda. El 31% de su vida. «Simplemente no vale la pena».

***

El albergue de Obras Marítimas parece una de esas ruinas antiguas perdidas en la jungla, abandonado el tiempo suficiente como para que las enredaderas y el musgo caprichoso hiciesen de las suyas a lo largo de toda la estructura. Las paredes han cedido de a poco, el techo se cae a pedazos, aves de varias especies anidan en los recovecos de cemento y el sol entra por todos lados. Sin embargo, aquí vive mucha gente, incluso más de las que deberían.

En uno de sus cubículos viven Yasmina, madre soltera de 31 años, y sus tres hijos. Es un cuarto pequeño de puntal alto donde solo figuran dos camitas, un ventilador y algunas ropas y juguetes viejos, rotos la mayoría y desperdigados por el suelo. Al baño se accede mediante un agujero irregular en la pared, de seguro hecho a golpe de mandarria, pues el hueco es tan pequeño y estrecho que debe cruzarse con cuidado, encogiendo el cuerpo, serpenteándolo para no rozar los ladrillos salidos.

En diciembre del 2018, la Dirección de la Vivienda de Regla le había ofrecido a Yasmina la oficina de la administradora del albergue para vivir con sus niños en calidad de préstamo. Al abrir la puerta, Yasmina supo que aquello no podía ser una oficina, sino un cuarto de desahogo común, repleto de trastos, escombros y ratas muertas. Pese a las condiciones deplorables, aceptó de buena gana el lugar. Hacía mucho que necesitaba un sitio que pudiera medianamente llamar suyo, y algo de privacidad aunque fuese en un albergue, un lugar donde este término, «privacidad», apenas existe.

Después del paso del huracán Irma, cuando todavía Yasmina vivía con su madre, la casa de Norma se vino abajo. Algunos trabajadores sociales determinaron que aquel rompecabezas de escombros no era apto para los hijos de Yasmina y que este era un núcleo familiar disfuncional. En ese entonces ella trabajaba de auxiliar de círculo infantil, pero ahora no ha logrado que sus dos hijos más pequeños vayan al círculo. Le faltan, dicen, papeles por rellenar.

Primero se fue a casa de una tía suya, solo que, a pesar de la buena fe, la tía estaba enferma de los nervios y la convivencia con los tres niños se hizo imposible. Ahí Yasmina decidió seguir la tradición familiar y visitó cada organismo e institución estatal posible en busca de ayuda. Entre finales del 2017 y diciembre del 2018 visitó 18 veces la oficina de Atención a la Población del Consejo de Estado y otras 30 la sede del Poder Popular Municipal. Para llegar temprano a sus gestiones, durmió alguna que otra vez con sus tres niños en la Terminal de ómnibus de La Habana, lo cual llamó la atención de las autoridades de Regla.

«Un domingo me citaron en el gobierno municipal con la gente que atiende a “menores” para quitarme a mis niños. Yo me puse pesada y les dije que qué pruebas tenían ellos para quitarme a mis hijos. De hecho, ellos fueron conmigo ese día porque van conmigo a todas partes. Todo lo que hice, todo lo que hago, es por ellos, para que puedan tener algo propio y un espacio para crecer. No pudieron quitármelos. Con mis hijos yo soy una leona», dice Yasmina.

El tiempo la convenció de que jamás lograría un apartamento, así que optó por solicitar espacio en un albergue. No era la mejor opción, pero ya no podía volver atrás, menos cuando un tornado había deshecho nuevamente gran parte de la casa de su madre. Para ello debía entregar en Vivienda su expediente de “Caso Social”, pero este, como el de tantos, desapareció.

Su llegada a Obras Marítimas fue de todo menos agradable. El resto de las mujeres la esquivaban, la miraban de reojo y cuchicheaban a sus espaldas. Un ambiente hostil inexplicable que a Yasmina poco le importó. Siempre se ha visto a sí misma como una mujer independiente, sin necesidad de agradarle a nadie más que a sus niños. Al mes, una de las mujeres del albergue le contó.

–¿Sabes por qué nosotras te tratamos así cuando llegaste? Porque la administradora nos reunió el día antes para decirnos que tú dejabas a tus hijos solos, que no les dabas comida y que los maltratabas. También nos dijo que estabas siendo vigilada por el Jefe de Sector y la Policía porque eras un
«potencial delictivo». A nosotras no nos gustó eso. Yo misma no te quería aquí. Entiendes, ¿no?

Pero aquella feroz manada de madres había entendido finalmente que Yasmina era una de las suyas y terminaron por aceptarla. Sin embargo, la estancia en el albergue pudiera terminar pronto. El local lleva meses declarado en peligro de derrumbe y corre el rumor de que pronto lo cerrarán. En ese caso, Yasmina tendría que volver con su madre, sus tres hermanos, su padrastro, su cuñada y sus tres sobrinos, es decir, de vuelta a más disfuncionalidad.

«Disfuncional, o sea, que no funciona, que hay algo que está mal. Es eso, ¿no?»

Albergue de Obras Marítimas/ Foto: Darío Alejandro Alemán.
Albergue de Obras Marítimas/ Foto: Darío Alejandro Alemán.

Poder Popular, poder del pueblo

Son las ocho de la mañana y desde hace algún rato unas treinta o cuarenta personas se agolpan frente a las puertas de la sede de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Regla, la mayoría mujeres que ya pasan de 45 años, o eso aparentan. Todos esperan a Jorge Luis Estrada, el presidente del gobierno municipal, el hombre del momento, la cara sonriente y optimista que durante los últimos meses ha aclarado a la prensa que todo marcha bien, que su pueblo es un pueblo alegre, combativo ante las adversidades y que «en Regla sí se puede».

Una mujer baja las escaleras interiores del edificio y quienes esperan se agrupan a su alrededor.

–El compañero presidente ahora está ocupado, pero a las 11 bajará a atenderlos –dice la mujer de una forma extraña, sin mover más músculos del rostro que los imprescindibles, como haría una autómata.

Todos vuelven a disgregarse, esta vez alrededor de la recepción del edificio. Evitan el sol de la mañana, que comienza a volverse intenso.

De lunes a viernes, durante tres meses, la escena se repite una y otra vez. Siempre las mismas personas haciendo lo mismo. Esperando, conversando. Cada uno finge asombrarse ante la trágica situación del otro y espera su turno para contar la suya, igual de calamitosa, quizás algo más absurda. Curiosas amistades se han formado en esta recepción mediante un ejercicio mutuo de catarsis, un juego de lanzar y recibir historias tristes.

A las once de la mañana alguien baja nuevamente las escaleras. Es la mujer-autómata que se detiene e informa que «el compañero presidente no podrá atender hoy a la población porque ya salió para una reunión muy importante».

–¿Ya salió? ¿Por dónde? ¿Por la puerta de atrás? –grita una vieja.

El cuchicheo se convierte en un zumbido de voces que poco a poco se calma. Nadie se mueve de su sitio, excepto algunos que salen a fumar a los escalones de la entrada. Ya llevan tres horas de pie. Saben que el presidente del gobierno municipal no vendrá, que ha huido de ellos como casi siempre. Sin embargo, se quedan. Confían en que alguien aparecerá, quizás de menor rango, pero eso no importa. Todos sienten la necesidad de contarle sus problemas a otra persona para así, con algo de suerte, conseguir ayuda.

A la una de la tarde el grupo sigue en el lugar. El vicepresidente del gobierno de Regla, alguien llamado Juan Carlos, baja a la recepción y la gente se agrupa en torno suyo. Todos quieren hablarle, todos se disputan la palabra y un espacio cerca de él. Se empujan, se gritan.

–¡Calma, calma! –pide Juan Carlos–. A ver, ¿dígame usted?

Una mujer le habla de los colchones que le prometieron y nunca llegaron a sus manos. Agita unos papeles, según ella certificados médicos que demuestran cuán destruida está su espalda, una espalda que hace tres meses descansa sobre una tabla en el suelo. Más personas se suman al reclamo de los colchones, pero hablan a la vez y poco se les entiende.

–Miren, miren, los colchones son solo para lo que están en el listado. El que no esté en el listado que se vaya para su casa –dice Juan Carlos.

–¿Qué listado? –pregunta alguien.

–¿Cómo sabemos si estamos en el listado? –dice otro.

–¿Cómo que qué listado? El de damnificados por el tornado. ¿Cuál si no? Si quieren saber si están, vayan a la Dirección Municipal de Trabajo y Seguridad Social y pidan verlo –dice Juan Carlos–. Si no están ahí, no hay colchones para ustedes, a no ser que busquen a un trabajador social que les haga un expediente de afectados.

–Mire, ya nosotros hemos ido a Trabajo y Seguridad Social. ¡Y nos botaron de ahí! Nos dijeron que ni fuésemos más, que los estábamos molestando. Y yo me pregunto, ¿cuál es la molestia? ¿Cómo los vamos a molestar si ellos están en horario laboral? –dice una joven.

–Bueno, usted tiene razón. Ellos están trabajando y no pueden decirles a ustedes que son una molestia, porque hay solo dos momentos en que a uno le molestan que lo llamen, o al menos así es en mi caso: cuando estoy comiendo y cuando estoy cagando. Así que vayan para allá y les dicen de mi parte que los atiendan. Pero díganlo en buena forma, así, como yo les estoy hablando ahora.

Después todos siguen contando sus penurias. Juan Carlos parece concentrado, como si no quisiera perderse ningún detalle. Asiente, pregunta direcciones y no anota ninguna. Tal vez confía demasiado en su memoria. Al poco rato vuelve a subir las escaleras y no aparece más en lo que resta del día. La mayoría de las personas, inexplicablemente, se queda hasta las seis de la tarde, cuando el lugar cierra. Sabiendo que nadie va a ayudarlos, esperan hasta el final quién sabe qué.

(Leer Sweet home Regla I)