Adrián Henríquez / Foto: Cortesía del entrevistado

Adrián Henríquez / Foto: Cortesía del entrevistado

Año 2009. Adrián Henríquez se va a México por un contrato de trabajo. De México a la frontera norte. De la frontera norte a los Estados Unidos.

Para estar entre best sellers de Amazon, categoría Acción-Aventura, donde aparecen autores como J. K. Rowling o Ken Follett, Adrián tendría que abandonar Cuba. De entrada, la plataforma de auto publicación Kindle Direct Publishing (KDP) que él explota hoy, no sirve dentro de la isla.

Todavía activa la ley de “pies secos, pies mojados”1, Adrián pide asilo político. Después su familia —una tía y una prima— lo acoge en Nashville, Tennessee. Antes de escribir novelas de trescientas páginas, Adrián sería, a saber, cocinero de una Mcdonald’s, cargador de maletas, vendedor de pasajes en una compañía de autobuses, limpiador de cine y estibador de computadoras Dell.

Hace seis años que trabaja en la Nissan Smyrna assembly plant, su sexta o séptima ocupación en Norteamérica. Nissan Smyrna: la mayor ensambladora anual en los Estados Unidos. Allí, por doce horas, comprueba los sistemas de freno, verifica que cada tornillo y cada tuerca estén en su sitio.

En 2015, lanza por Amazon su primera novela, A la captura del Shadowboy: “un relato que sumerge a los lectores en una aventura de espías y acción (…)”, el autor lo pone así. A comienzos de 2018, está la segunda parte de su saga basada en el mítico Shadowboy, un experto en tácticas militares. Al rescate de Irina tiene de fondo el mundo de las esclavas sexuales bajo el control de los cárteles mexicanos.

También sale una novela gráfica enlazada con su ópera prima, A la captura del Shadowboy, con ilustraciones hechas por unos amigos.

El último contrato es su cuarta y más reciente obra, igualmente disponible en Amazon desde julio pasado. Igualmente, exitosa. Más de seis meses en un top 100 de libros en castellano.

Novelas de Adrián Henríquez / Foto: Cortesía del entrevistado

Novelas de Adrián Henríquez / Foto: Cortesía del entrevistado

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Los “instructores de arte” fueron, a principios de este siglo, otro de los malparados proyectos de la Revolución. Como pieza de la “Batalla de Ideas”, marchó a la par de otras maniobras delirantes que supuestamente encauzarían la vida de miles de adolescentes. Aún resuenan los fracasos de aquellos días: “trabajadores sociales”; “profesores generales integrales” …

Adrián Henríquez (Encrucijada, Villa Clara, 1987) completó la Escuela de Instructores de Arte Manuel Ascunce Domenech, especialidad de teatro. Sus primeros años de graduado los dedicó a trabajar como actor, director y guionista.

De estudiantes, formamos un grupo teatral llamado Odravi, nos presentamos con él en muchos festivales (sin poder competir), a los instructores de arte no los dejaban medirse con aficionados ni profesionales. Solo nos lo permitieron una vez y ganamos el primer lugar a la mejor puesta en escena por el Festival Nacional Olga Alonso, celebrado en Fomento —dice.

Fue polifacético en su pueblo natal. Participó en documentales, videoclips, festivales; hizo de actor, payaso, humorista, conductor. Pero poco a poco le cerraron las puertas.

Descubrimos pronto el engaño del sistema. Si te graduabas, tenías la obligación de hacer un servicio social largo, y nunca podrías pertenecer a ninguna agrupación artística que cobrara como profesional. Los grupos que aceptaran instructores podían buscarse problemas, porque estábamos limitados a la docencia.

Cuatro años de estudios, un título colgado. Quisieran o no, los enviaron a escuelas a impartir clases de dibujo, música, etc. Todos los de su graduación acabaron renunciando al proyecto para vender pinturas, bailar en “los Cayos” (las diminutas islas adyacentes dedicadas al turismo internacional) o integrar algún conjunto musical o de teatro.

Como escritor Adrián adaptó varias obras teatrales y presentó cuentos en los talleres literarios de su pueblo.

Desde entonces veía que lo mío eran las novelas, pero allá no había información sobre los temas que prefiero, y poco acceso a internet. También estaba el factor publicación. De nada vale escribir novelas si no puedes publicarlas. Los libros en Cuba pasan por una serie de filtros: nada, ni de soslayo, que critique al gobierno o sus representantes.

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Le dijo un amigo al cabo de los años: “Tú creaste el Jack Ryan cubano”.

Me hizo gracia, porque era esa mi intención —dice Adrián.

Amistades conserva en la diáspora. En China, España, Turquía, EE.UU. o México, viven ex trabajadores del sector turístico que fueron pasándole historias como materia prima. Sus libros, por tanto, mezclan realidad y ficción. El principal atractivo de estos —lo reconoce Adrián— va por ahí: los villanos son empresarios militares (al estilo de Gaesa2), gerentes corruptos, magnates amparados por el régimen.

Gente que estudió en la ENA, el ISA o la EPA3, bailarines y coreógrafos que trabajaron en el equipo de animación de los Cayos, le describieron qué ocurría tras bambalinas, lo cual inspiró el argumento de El último contrato.

Comparten protagonismo un asesino que viaja a Cuba para liquidar a un general y una artista de las zonas turísticas obligada a prostituirse, entre los abusos de su jefe y la mala situación de la economía doméstica.

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Extraño es encontrarse un cubano por Nashville, y no en La Florida o Texas (para la comunidad cubana, Adrián y sus novelas pasan bastante desapercibidos). Aunque haya cada vez más negocios de habla hispana, un buen trabajo solo se consigue por esos lares dominando el inglés y las temperaturas por debajo de 32 Fahrenheit.

Con el tiempo, te encariñas con la nieve —dice Adrián—. Disfrutas beber en la noche una copa de vino.

También aprecia las mañanas, resaltan el paisaje nevado mientras él sorbe de un café caliente. El café de quien se reunió con él por el mismo método transfronterizo, ha sido un componente vital. Leanys y Adrián se casaron en los Estados Unidos. Dos años trabajó él para poder traerla en 2011.

Ahora ella pone un termo en el cuarto y anima a su esposo para que siga escribiendo. Al final de cada libro se lee el agradecimiento.

Esto no es Cuba, aquí no sobran las horas. De lunes a sábado, me levanto a las 5:00 de la mañana y regreso a casa cerca de las 6:30 de la tarde. Suelo escribir por la noche, de ocho a nueve. Duermo entre seis o siete horas.

También lleva una libreta al trabajo y, en los momentos de descanso, en los breaks —diez o quince minutos, o durante el almuerzo, que es de treinta—, adelanta algo, un borrador. Con el teléfono online a tiempo completo, va buscando información de armas o de artes marciales. En casa, transfiere sus notas a la computadora.

Ya que estudié dramaturgia, tengo una idea de cómo elaborar borradores. Montar la novela en sí, prepararla, no me cuesta mucho. Si tengo chance, pido vacaciones que dedico enteras a escribir. Mi meta es poder vivir de los libros. Descubrí que puedo terminar una novela en tres meses. Constantemente trabajando.

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La captura del Shadowboy, publicada hacia enero de 2017, vía KDP, se mantuvo todo un año en el top de los libros más leídos de Amazon. Desde Brasil, Australia, Bélgica, Argentina —sostiene Adrián— le llegan mensajes en que los lectores reconocen haberse enterado, por su literatura, de una realidad oculta tras un paradigma de equidad social.

Yo hablo de peces gordos del gobierno cubano, corrupción a grandes escalas.

Explosiones, acción, tramas de espionaje, a lo Misión Imposible. Sus novelas tienen un sabor a Tom Clancy (el autor que, dice Adrián, cambió para siempre la literatura), con este tipo de héroes que han trascendido la hoja plana para venderse en televisión y videojuegos, pero el autor trata de cambiar cánones.

El personaje clásico de novelas como las que propongo es siempre americano, europeo o ruso, en cambio, yo le doy vida a latinoamericanos, cuando lo normal es que aparezcan de pandilleros o narcos.

En todo caso, no deja de aceptar la influencia de textos como La caza del Octubre Rojo.

Alex Smith, mulato nacido en los Estados Unidos, hijo de inmigrantes, entrenado por las fuerzas especiales de los Green Berets, es el héroe de El último contrato. Su descripción le debe grandemente a Yoel Romero, el cubano que fuera campeón mundial y subcampeón olímpico de lucha libre y que hoy compite en la UFC. No solo le debe por el físico, sino también por las técnicas de pelea que domina. Adrián se confiesa admirador indoblegable de Romero; uno de sus sueños es conocerlo en persona.

Entre las mujeres del octágono, su favorita es Ronda Rousey.

Soy adicto, fanático obsesivo de la UFC— admite.

Alex, además de su destreza combatiendo cuerpo a cuerpo, sabe perfectamente cómo asestar un tajo mortal en la carótida de su enemigo.

A sus 42 años, ya Alex Méndez se había ganado la reputación como el mejor asesino por contratos de toda Latinoamérica”, explica la novela.

Y también: “Su vestuario, y esa capacidad extraordinaria de escudriñar la noche, lo convirtieron en otra parte más de la jungla”.

Y luego: “Para la misión Alex escogió un pesado Kevlar, guantes especiales, rodilleras, coderas y hombreras. Dos cuchillos tácticos y tres pistolas. Dos Beretta 92FS (cada una con un silenciador previamente engrasado), y una pequeña Walther PPK 9mm, que se ajustó a un tobillo”.

Y uno de los objetivos secundarios que Alex debe eliminar, tiene la siguiente rutina: “Como cada noche, Cuatro Ojos se separó de la puerta que se mantenía custodiando, dejó su AK-47 contra la pared y se echó una larga meada. El micrófono captó la exclamación de placer cuando Cuatro Ojos liberó su vejiga”.

Y, además, hay una especie de Vito Corleone cubano, Don Fajardo, con cierto rasgo que irradia más infantilismo que señorío: Es adicto a la saga Call of Duty.

Y El último contrato tiene pasajes de amor (entre Alex y Jimena, una de las bailarinas cubanas que se prostituyen): “Por segunda vez la vio subir a cubierta, y por segunda vez no pudo organizar sus pensamientos. Iba ataviada con un fino vestido de hilo blanco. No llevaba sujetador, por lo que la aureola de sus pezones se le marcaba, erguidos y excitados. Alex supo en ese momento que se estaba enamorando…”

Y de sexo: “Alex se tomó el tiempo de recorrer cada centímetro de su cuerpo con su lengua. Cada ondulación, cada orificio; cuando tanto placer creyó que podría hacerla estallar, él tomó la botella de vino y comenzó a echárselo entre sus senos, en su espalda, en su abdomen… por último sobre su pelvis y después bebió de ella. Jimena abrió las piernas para recibir su lengua, arqueó la espalda, levantó aún más sus caderas y miró hacia la ventana. Dejó que la absorbiera, la llenara, la cubriera de placer hasta hacerla retorcerse sobre la cama”.

Jimena ofrece en los Cayos favores sexuales a cambio de una dieta generosa, o de una silla de ruedas para su padre recién operado. O se propone cubrir la inversión de un restaurante privado para su madre, quien sería la chef del mismo. Sus progenitores no la juzgan severamente, entienden el sacrificio de su hija, tragan dolor. Un alto oficial cubano llamado Gilberto dejó que tres guardaespaldas suyos violaran a Jimena, ya que esta chantajeó a un gerente con divulgar información sobre la verdadera cara del turismo en las paradisíacas islitas de la costa norte cubana: un paquete completo de ron, tabaco y jineteras, goce redondo de los visitantes. Detrás de la fachada, el negocio de los hoteles y los empresarios militares se beneficiaba de aquellas averías sociales que la Revolución cubana, públicamente, siempre condenó.

Especie de hetairas mal pagadas, abusadas. Gerentes que se enriquecen y escalan con bajezas, bien perfumados. Hombres con poder que explotan a sus empleados. Es el universo Cuba que ofrece Adrián Henríquez.

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Adrián practica Kaju-Ryu. Ha asistido a cursos de Krav Magá y Jiujitsu. Aprende técnicas de incapacitación practicadas por tropas élites, que no pueden ser usadas como deporte. Entrena un poco de Muay thai con sacos de boxeo. Se paga seminarios, cuatro o cinco días que educan los nudillos: qué hacer según diferentes situaciones de combate. El profesor demuestra cómo esquivar un ataque del oponente, dónde golpearlo, dónde la respuesta es más efectiva, qué daños no letales producirle. Cuando quiere más conocimientos, Adrián visita Youtube y, al igual que en clases, observa y escucha disciplinadamente.

Adrián Henríquez / Foto: Cortesía del entrevistado

Adrián Henríquez / Foto: Cortesía del entrevistado

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Tecno-thriller” es una combinación de elementos de tecnología real o tecnología militar y una historia de espionaje. Son propias de este género las explicaciones detallistas sobre tipos de armas y munición: el autor debe conocer, por ejemplo, los equipos de visión nocturna que usa determinado comando a la hora de cumplir una misión específica.

Adrián termina la novela y la envía a Cuba. Un equipo la edita, hace la maquetación y diseña la portada. La mayoría de ellos son viejos conocidos.

Maykel Casabuena y Amador Hernández Hernández, dos escritores villaclareños multipremiados, se encargan de la edición. Amador fue su maestro de Español en la escuela secundaria.

Mis amigos no han tenido problemas. Yo escribo sobre Gaesa. Lo digo muy fácil porque estoy afuera, pero temo visitar mi país un día y que no me dejen entrar. Ojalá en Cuba dejaran a los cubanos escribir lo que quisieran, que se disiparan esos miedos—dice Adrián.

Cuando está en orden, la novela sube por la plataforma de KDP. Gastos de promoción, maquetación, diseño de portada corren por cuenta de Adrián. Por las ventas el escritor cobra el 70 por ciento mensualmente. Luego, el autor cobra regalías o páginas leídas. Mientras los usuarios lean en formato digital, Amazon paga por ello. Si ordenas el libro, Amazon lo imprime. Su interés es que se mantengan navegando en el sitio y poder sugerirles más contenidos relacionados, suerte de pesca. Adrián no tiene una cifra de cuánto vende, porque son totales de descargas digitales o lecturas online a las cuales, en calidad de usuario corriente de la plataforma, él no accede.

No es simple crearte un nombre en la rivalidad constante de Amazon. Miles de libros que se publican no aparecen entre los 100 más descargados. Me gustaría, no lo niego, la bonita sorpresa de que una librería exhibiera mis novelas, aunque la realidad es que cada día se venden menos libros en formato de papel. Pero me encantaría tener la propuesta de una gran editorial, con todo lo que eso significa —dice.

Si la novela empieza a venderse, el algoritmo de Amazon detecta que hay lectores —o consumidores— interesados, y comienza a promocionar. El email marketing es una lista de correos que segmenta al público. Una vez comprado un producto, Amazon sigue enviando a tu correo contenidos que se relacionan con lo que adquiriste.

Adrián, poniendo de su parte, divulga la obra personalmente a través de Facebook o Twitter. En adición, están los lectores que piensan “esto está bueno”, comentan y lo recomiendan.

Amazon no desea relaciones financieras con tres países: Irán, Corea del Norte y Cuba. La legislación norteamericana, o las disposiciones del Ejecutivo, vedan esa posibilidad4.

Creo que pudieran negociarlo. La verdad es que en todo el mundo hay gente corrupta, gobiernos corruptos, generales corruptos, y Estados Unidos se entiende con ellos, o los tiene alojados dentro. Lo cierto es que al gobierno tampoco le convendría a la larga un modelo de libre publicación.

Por tanto, siempre ten un plan B, C, y hasta el Z”, eso es lo que medita, a cada rato, Alex Smith, el héroe de Adrián Henríquez.

Adrián Henríquez / Foto: Cortesía del entrevistado

Adrián Henríquez / Foto: Cortesía del entrevistado

 

1 Eliminada por el presidente saliente Barack Obama en enero de 2017. Fue una política, vigente desde la administración de William Clinton (1993-2001), que ofrecía una rampa de entrada automática a territorio estadounidense para los migrantes cubanos que llegaran a puestos fronterizos o pisaran tierra norteamericana, a diferencia de aquellos interceptados en el mar.

2 Grupo de Administración Empresarial S.A. Conglomerado bajo control militar que en la actualidad regenta gran parte de la economía cubana.

3 ENA, ISA, EPA: Escuela Nacional de Arte; Instituto Superior de Arte; Escuela Profesional de Arte, respectivamente.

4En el caso de Cuba, las leyes que sustentan el embargo prohíben en términos generales los tratos entre compañías estadounidenses, o sus filiales, y empresas del país caribeño. Asimismo, son perseguidas las transacciones financieras en dólares que involucran a Cuba. (Nota del editor).