Señora posa para viajar por medio de fotografía / Foto: Dahian Cifuentes

Señora posa para viajar por medio de fotografía / Foto: Dahian Cifuentes

La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella o decidirse a comprarla por su precio.

José Martí

En toda Cuba hacen presencia los CDR (Comités de Defensa de la Revolución). En el ideal totalitario cada «simple» vecino, en todas las cuadras de los miles de caseríos, pueblos y ciudades que conforman el país, es un vigilante revolucionario, un supervisor del otro. Cada uno es un agente —civil— encargado de detallar al gobierno, cuando sea necesario, los movimientos, cotidianos o clandestinos, de sus vecinos. Suele haber cederistas destacados (incluidos presidente y responsable de Vigilancia en cada Comité).

La tenemos identificada. Nos mira con sorna, nos hace un escrutinio constante: cuando salimos, cuando entramos, lo que llevamos, lo que demoramos. La hemos sorprendido tomando notas y cuchicheando con diferentes personas que luego, en un ascensor o en las escaleras, nos preguntan cosas aparentemente insignificantes. Es una señora alta, esbelta, de cabello castaño y bien cuarentona. Se pasa el día sentada en una mecedora en la justa entrada de nuestro edificio. A veces interrumpe su indagador descanso para pegar una barrida a la vereda o prepararse un café. En las tardes puede vérsele coquetear —sus particulares maneras no demuestran otra cosa— con un par de veinteañeros que estacionan sus bicicletas sagradamente debajo del mismo árbol y en las mismas posiciones. Varias veces le he aguantado la mirada y su rostro de catedral no sufre perturbación alguna. Simplemente lo quita para estacionarlo en otro lado, mientras le doy la espalda. Estoy seguro. A la vieja chismosa le gusta lo que hace y se siente poderosa.

Imprenta CDR en Centro Habana / Foto: Dahian Cifuentes

Imprenta CDR en Centro Habana / Foto: Dahian Cifuentes

***

Siguen pasando los días. Con Tess vamos al cine ubicado en 23 y 12. Presentan un ciclo de James Bond. Vamos al cine Chaplin, a dos cuadras. Presentan El laberinto del fauno. No queremos ver nada de eso. Vemos una programación aislada, tímida, en una sala alterna que nadie visita. Leemos la sinopsis de una película yanqui de 1969 que ganó cinco premios Oscar ese año. Es una historia de detectives. Acordamos verla. Nos acercamos a la taquilla, sale cinco centavos de dólar la entrada. La chica que atiende nos dice que no hay aire acondicionado en la sala. Le pregunto si es muy caluroso el recinto. Mueve su cabeza de arriba abajo. Y sonríe. Le pregunto que cuándo volverá el aire y me responde que se lo llevaron ese mismo día y que puede que tarden en arreglarlo un día o 30. Que hay que esperar. ¡Esperar!

Esa misma tarde, apesadumbrados, vamos al cementerio donde descansan los restos de Alejo Carpentier, Lezama Lima y Nicolás Guillén. Yo, preso de un irremediable espacio mental redundante, estereotipado, tonto, voy feliz. La foto en la tumba de alguien que admiro. La típica foto que solo es funcional en las redes sociales. No me importa, me la tomo porque la tomo. Así sea para guardarla en esa carpeta de fotos varias que nunca abro. En la entrada del cementerio me piden el tiquete de entrada. Toca pagar cinco CUC. Están todos locos, pienso. No los pagaré. Pregunto si los cubanos también tienen que pagar. Me dicen que sí. Una infamia. Después alguien me aclararía que no, que a los cubanos no les cobran. ¿En qué clase de lugar estoy? Pienso en el sepulcro de Lezama, todo desordenado, patas arriba, por la cantidad de vueltas que ha dado su loable espíritu, repasando en lo que se ha convertido su amada patria.

Ya de noche, terminamos en un bar del Vedado, en un concierto clandestino de black metal. Una alegre fiesta que se prolongó hasta las 3:00 am.

Volvimos a casa. Preparo mojitos. Tess pone Radiohead, Oasis, The Libertines, Led Zeppelin. Cuando ella se sienta a poner música siempre resulta una línea coherente y meticulosa. En cambio, yo hago mezclas perversas e insostenibles: de Eskorbuto paso a The Queens of the Stone Age, para después aterrizar en una canción de Ismael Rivera, un temita pegajoso de Herbie Hancock o un reggae bien fumón. Y puedo cerrar impunemente con Tom Waits o, incluso, con alguna pieza de Gustav Mahler o Antonin Dvorak.

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Tess y yo nos hemos vuelto sospechosos mutuos: surfeamos en la nada. A ratos sentimos la presencia de un policía en nuestros cráneos, en nuestros cuerpos, en el baño. Cada minuto de nuestra vida en Cuba pasa, una y otra vez, frente a los ojos de nuestra vapuleada mente.

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Volvemos a que nos controlen en la multifuncional estación de policía. Dos, seis, nueve veces. Una vez cada tercer día agarran la hoja de citación y nos ponen otra fecha. Nos preguntan cosas aisladas: «¿Ya fueron a la playa?» «¿Cómo la han pasado?» «¿Les ha gustado Cuba?» «¿Qué han comido?» Ya no les importa nada. Se dieron cuenta que no somos tan peligrosos como temían. Están sentados tras sus escritorios, aguantando calor, en extraño abandono, haciendo tiempo para volver a casa. Hablan de telenovelas y se ríen estruendosamente. Forman parte de algo que ellos mismos son incapaces de comprender.

El 28 de agosto nuestro casero notifica que quiere que nos vayamos del departamento. Nosotros tenemos visa solo hasta el 30. Entramos a la isla el 30 de julio de 2017. Debemos renovarla por los días que nos quedan de estancia. Sin embargo, cabe la posibilidad de que nos digan que no la podemos prorrogar, y ahí sí todo se nos convierte en una situación verdaderamente límite. En ese caso, el casero ya no podría rentarnos el departamento porque podría ganarse una multa indiscriminada o, incluso, su inmueble podría ser decomisado. Tiene miedo. Prefiere que nos vayamos. Recibimos esa petición como un baldado de agua helada. Algo inesperado. Le decimos que todo va a salir bien. Las cosas, como se han venido dando, apuntan a que no va a haber ningún drama con el tema de la renovación. Él no cree. El miedo no le permite ver la situación de una forma objetiva.

Dice que le han llamado a su teléfono, que una misteriosa guagua se estaciona frente a su casa en las noches, que en la calle distingue gente que parece seguirlo. Incluso varias personas le han preguntado, así, de buenas a primeras, si es o no revolucionario. Nosotros lamentamos toda esa paranoia. Estimamos al casero un montón. En todo esto nos ha brindado una mano incondicional. Pero ahora la quita. Yo lo entiendo, pero no lo acepto.

Tess se resigna y empieza a maquinar: seremos unos ilegales, unos indigentes. Dormiremos en los parques, en las plazas o en una estación de policía, con nuestras mochilas al hombro, con un calor siniestro y muy poco dinero para sobrellevarlo. Yo estoy tranquilo; la verdad, ya todo esto me importa un soberano culo. Ya llegará el día de irnos y ese día será como cualquier otro. La tranquilidad es una canción, un plato de comida, un recuerdo de la infancia, un beso. Lo demás son insignificancias.

No podemos acordar nada con el casero: él se muestra irreductible, severo. Nos dice que cuando nos vayamos nos va a devolver lo que corresponde por los días que no ocupamos y que nos ayudará a conseguir algo que medio se ajuste a nuestro irrisorio presupuesto. Para nosotros no es tan fácil y, por más descuentos que nos hagan, no tenemos dinero suficiente para costear un nuevo lugar. Y, para ellos, sería demasiado sospechoso un movimiento a estas alturas. El casero se va en silencio. La luz de la realidad me parece bruta, ponzoñosa. Debemos salir a más tardar el 3 de septiembre, el día del cumpleaños número treinta de Tess. Agotamiento total.

Al día siguiente fuimos a averiguar todo lo que teníamos que hacer para lo del visado. Eran 25 CUC por cada uno. Debíamos presentar nuestros pasaportes y un seguro de viaje. Obviamente no teníamos seguro de viaje ni seguro de ningún tipo. La infladísima señora de la oficina de Extranjería nos dice que para entrar a Cuba se les solicita a todos los viajeros un seguro de viaje y, si no lo tienen, se les niega la entrada al país. Eso nunca pasó, no nos lo exigieron en ningún lado. De hecho, haciendo averiguaciones previas al viaje solo me señalaron que la visa duraba treinta días y que debía prorrogarla una vez estuviera en la isla. Pregunté entonces: «¿Ese trámite tiene algún costo?» «No, no, amigo, ningún costo, con lo que pagas acá en el Consulado ya tienes acceso a esa prórroga». Buenísimo. Treinta días después: toma tu gravamen, al pómulo derecho de tu flacuchenta billetera: 50 CUC por los dos. Casi dos veces el sueldo promedio de la gran mayoría de empleados públicos del país. Algunos extranjeros gastarían tranquilamente esto en una o dos horas. Este monto para nosotros significaba de cinco a seis días de estancia. Pero bueno, hay que pagarlos. Se pagan. ¿Y el condenado seguro de viaje? Nos envían a una oficina de seguros locales. El tipo es amable. Nos dice que el seguro vale tres CUC por día. Hago las cuentas, no me cuadran, por supuesto, pero hago que cuadren.

Por 12 días (tiempo de estancia que nos queda) son 36 CUC (por cada uno) más los 25 de la prórroga 61 y eso por dos me da 122. Ya fue. Los pago, y que se vayan todos a la mismísima mierda. El tipo me explica que solo puede venderme el seguro desde el día de entrada a la isla. Ah, bueno. Hijos de puta. «Es un negocio redondo que ellos tienen», señala defraudado, pero, a su vez, con unos ojos celestes brillantes nos dice casi al oído: «Lo que yo propongo a todos los turistas es que se comuniquen con sus países de origen y saquen un seguro allá, más barato». Todo solucionado. Perfecto. Siempre es buena noticia que el sol salga y más si se asoma en la cara de un burócrata que puede hacer contigo lo que sea. Vuelvo a hacer las cuentas: comprándole al Estado cubano los seguros de vida que oferta todo saldría, por 45 días de estancia, 135 CUC, más un impuesto que no entendí bien por qué, 165, y la prórroga, 190, por cada uno. El asunto nos saldría por 380 CUC o dólares. Una guachada infame.

No somos el tipo de extranjero que le sirve a Cuba: entrevistamos a terribles y diabólicos opositores; hemos sido acusados de contrarrevolucionarios y sospechosos de narcotráfico; hablamos con la gente de a pie; viajamos en guagua; compramos los alimentos en los agros; hasta la fecha no hemos ido a ninguna playa y no tenemos tarjetas de crédito ni seguros de viaje. Estamos arrinconados por todos lados.

Caminamos por la populosa calle 23. Nos sonreímos nerviosamente. No tenemos el dinero y si lo tuviéramos tampoco lo daríamos. Preferiríamos gastarlo todo en ron y hacer una buena labor con los hígados de los borrachos de La Habana, que están podridos de indecorosos rones. Una botella de Havana Club añejo blanco para cada uno. Con 374 CUC podría traer felicidad a unos 120 hígados. Sería un héroe y los obligaría a todos a contarme sus historias de vida y escribiría un libro titulado: Sociología del borracho cubano.

A Tess se le ocurre escribir a alguien en Colombia para decirle que se invente dos seguros de viaje con nuestros respectivos nombres y documentos, un valor de 200 dólares cada uno, dos números de póliza bien largos, un membrete cualquiera —pero convincente—, una firma y un sello. Compramos, entonces, una tarjeta Wifi y nos comunicamos. Ella lo coordina todo con un instinto de supervivencia absolutamente maternal. Y una buena pizca de coraje. Obvio. Al día siguiente teníamos en nuestros correos electrónicos dos seguros de viaje listos para ser inspeccionados por los preparadísimos agentes de Inmigración cubana y así sellar nuestros pasaportes como dos turistas íntegros y reglamentarios.

Volvemos a la oficina. La señora no quiere atendernos. Dice que volvamos al día siguiente a las 8:00 am. Supuestamente, atienden hasta las 17 horas, y son las 14. Ya me había pasado en el Consulado cubano en Bogotá. Cerraban a las 12. Llegué a las 10, y no. Ya no atendían. «Pero si dice que hasta las 12». «Claro, a esa hora nos vamos», me responde una caribeña voz. En fin. Le comento la situación a la señora: los nervios del casero y la falta de dinero como para asumir una nueva mudanza. Accede. A las 16 nos llama. Le pasamos todos nuestros documentos. Todos nuestros datos. No nos interroga. Mira los flamantes seguros de viaje. Solo pone, en una hoja reciclada «Extranjeros controlados», y lo subraya. Nos pide esperar. Una hora después nos llaman por una ventanilla y nos entregan nuestro visado. Todo tranquilo.

Llamamos al casero y le contamos lo sucedido. Lo último que habíamos hablado era que teníamos que salir sin importar si nos renovaban o no. Le decimos que todo está en orden y él, como si nada, nos dice: «Volvemos a nuestros planes iniciales, vamos hasta el 12 de septiembre y, por favor, sean unos extranjeros ejemplares». Sentimos cierto sosiego, pero también una interesante cuota de desconcierto. El miedo, la incertidumbre, el afán, la paranoia de nuestro casero se esfumó de un momento a otro. Ahora todo era un jardín, sin flores ni capullos, pero jardín, al fin y al cabo.

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Vamos al Estadio Latinoamericano a ver un partido de béisbol entre los Industriales de la Habana y el equipo de Matanzas. Presenciamos un homerun. Inolvidable. El chico que nos acompaña conoce nuestra historia, nos dice que hablemos suave porque probablemente el señor que está al frente de nosotros nos está vigilando. Yo miro y es un señor de unos 70 años que disfruta el juego con el que parece ser su nieto de 12. Los dos nos dan la espalda. Bajamos la voz.

Dos veces más nos pasó, con personas diferentes: en una estación de servicio una amiga nos dijo lo mismo a propósito de un desparramado viejo que aparentemente esperaba llenar un depósito con gasolina. Ella alentó nuestra desaparición. Una noche cualquiera, en el malecón, bebíamos cerveza. Nuestro anfitrión nos pidió que nos moviéramos para evitar inconvenientes ya que un tipo que departía tranquilamente con su hijo estaba al lado de nosotros: «Así se camuflan y se enteran de todo», dijo, para catequizar nuestra incredulidad.

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Una calle después de la barroca entrada al Barrio Chino, por la vereda del Capitolio, doblo a mano derecha. La humedad es punitiva y el sol una perversidad. Tres, cuatro, cinco bicitaxistas me proponen sus servicios. Mientras le explico al último de ellos, fortachón, que prefiero caminar —aun auspiciado por el desgraciado ardor—, Tess decide fotografiar una hermosa anciana que cuelga, en su añoso balcón, algunas prendas de ropa recientemente lavadas.

La anciana le pregunta qué hace y una transeúnte, al advertir el silencio de Tess ante el interrogante, le responde: «Señora, es una foto nada más, para que se vaya a viajar por el mundo». La señora sonríe, apresada en su mirador. Se arregla un poco su nacarado cabello y posa. Mi compañera dispara. Da las gracias. Mira a la señora y le pregunta:

—¿Le gustan las fotos?

—Ah niña, a mí lo que me gusta es viajar.

El bicitaxista y yo hemos observado todo el acto. Le muestro mi mano en señal de despedida y el tipo me dice:

—Claro, es cierto eso, asere, los cubanos tenemos que inventarnos cualquier forma para poder conocer el mundo.

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—Si viviéramos en Cuba seríamos alcohólicos. Simples borrachos de a pie —dice Tess, al abrir los ojos, una mañana cualquiera.

La palabra «simples» me aterroriza.

Pescadores en el malecón / Foto: Dahian Cifuentes

Pescadores en el malecón / Foto: Dahian Cifuentes

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Es domingo, 3 de septiembre. En cierto punto de la causa contra nosotros, yo no puedo salir de La Habana, pero Tess sí. Llevamos más de un mes en Cuba y no hemos pisado ni una sola vez alguna de las paradisiacas playas que tanto ofertan las agencias de viaje. Es el cumpleaños número treinta de Tess. Salgo temprano a comprar los ingredientes necesarios para preparar unos sándwiches de pierna de cerdo. La idea es ir a la playa. Es el último domingo de las vacaciones de verano. Nuestro casero nos advierte que todas las playas deben estar a reventar y que no es el mejor día para visitarlas. Acordamos con Tess quedarnos, ir después, y adelantar una entrevista a una de las artistas transformistas más importantes del país. La llamamos y nos dice que vayamos hasta su casa en Centro Habana. Vamos caminando. Del Vedado al lugar de la reunión tardamos una hora larga. En un comercio compramos una botella de Havana Club para celebrar nuestra pequeña alegría con la entrevistada. Tess está bien, tranquila, aunque no le gusta mucho la idea de cumplir treinta.

Llegamos a la casa de Débora, que en realidad se llama Leonardo. Pasamos unas tres horas ahí. Conversando de todo. Hasta el novio de Débora se une a la reconstrucción de la vida de ella. Nos acabamos la botella, ellos deben salir a su truculenta noche. Nosotros somos un río de tufo, sin ningún plan, ni apetito, ni tiempo. Deambulamos un rato hasta llegar al malecón. Allí bebemos cerveza. Estamos cansados. Las largas caminatas bajo el inestimable sol nos pasan su lerda factura. Vemos a lo lejos un grupo de jóvenes. Tess lleva su cámara al pecho. Notamos que uno de los chicos del grupo se acerca apresuradamente hacia nosotros. Pensamos que nos va a ofrecer algún servicio turístico, gastronómico o sexual. El chico llega. En seguida nos pregunta: «¿De Chile, México o Colombia?» «De Colombia», responde Tess. El chico hace un recorrido visual de 360 grados y, al no descubrir ninguna amenaza, nos muestra la parte derecha frontal de su torso y vemos un tatuaje: una bandera de Cuba, derruida y sujetada por un filoso alambre de púas. En un costado, en hermosa letra cursiva, dice: «Viva Cuba Libre». Nos pide que le saquemos fotos, varias, aclara, pero sin que salga su rostro porque eso le acarrearía varios años de prisión. «¿Cuántos?» «Muchos», responde. Le pregunto su nombre. No me lo da. Solo recalca: «Muevan esta foto, por favor, afuera, en su país, en Internet, para que la gente sepa lo que realmente está pasando en Cuba». El tipo se va y nos deja con las imágenes. No tiene más de 25 años. Tess observa las fotografías. De repente volvemos a ver al joven cerca de nosotros, diciéndonos: «Por favor, si tiraron una foto de mi rostro bórrenla o no la hagan pública, lo que pasa acá no es jodedera». Más adelante nos encontraríamos con un par de pequeños pescadores que, sin quererlo, nos darían una clase magistral sobre lo que significa ser niño y soñar en la isla.

Una hora después estábamos en una zona Wifi. Tess se deshace de mí y se macera en su familia. Los lazos emocionales son los únicos que le permiten al ser humano seguir adelante. Sonreír, creer que sí hay un mañana, que no todo es fétido y abrumador y que en cualquier lugar del mundo siempre hay alguien dispuesto a brindarte un mimo honesto. Le he dado muchos abrazos a Tess. Muchos. También largas frases de aliento. Ella recibe todo, pero no da nada. Igual, tampoco espero devolución alguna. Pero me resulta raro. No le pregunto y ella tampoco lo ha mencionado, pero creo que esta experiencia la tiene sofocada —prácticamente al borde de la disipación— de una manera que mi desabrida capacidad de atenuación nunca logrará comprender. No puedo evitar sentir culpa. Su mirada es triste, pero hermosa. Hay un dejo de melancolía que solo se expresa en la angostura de sus felinos ojos —delicadamente oscurecidos por unas pestañas que parecen hebras planetarias— y un enfado absolutamente visceral que ha sabido enunciarse en ciertas líneas que su frente jamás había revelado. Es un paisaje que me anima. Una cadencia que me acompaña en los momentos en los que aparecen sus largos e irremediables silencios. Su amor es incondicional. Rizado y furioso. Lo sé.

***

Para celebrar el cumpleaños de Tess, vamos a Santa María del Mar. Una playa ubicada a unos 45 minutos de La Habana. Vamos en guagua, apretujados entre olores ácidos y caliginosos sudores. Cuba en su máxima expresión.

Al divisar el agua turquesa que nos ofrece el tan anhelado mar y su menuda arena blanca, como sal, caemos rendidos, alucinados, ante tanta belleza. Tess parece una niña de diez años: va y viene, juega con el agua, me arroja arena. Por primera vez en más de un mes se olvida de su cámara. El sosegado panorama le gana y su cuerpo entra ágilmente a formar parte de la exquisita acuarela. El terso despliegue de su sonrisa remedia todo lo sucedido. Alquilamos un par de camas de playa y nos tiramos a descansar. Descansar: esa extraña palabra que todos los turistas que visitan Cuba se tatúan desde que llegan hasta que se van. Para nosotros es una extraña recompensa. De qué puntualmente, no lo sabemos. Un merecido premio, un sortilegio: la brisa, sinvergüenza, acariciando nuestras pieles, la musical eufonía de las olas, el infinito y feliz sabor de un trago de ron, esos ermitaños márgenes caribeños donde observar una desnuda palmera se convierte en ritual y presenciar cómo un indefenso coco se pierde en el azulado horizonte es el hechizo más genuino y grato de todos los hechizos. Así lo asumimos, ella, curioseada por un oleaje mínimo —y muy paliativo— y yo, escondido del sol, observándola y escribiendo estas palabras.

Tanto fue el encanto que, el último viernes de nuestra estadía en la isla, volvimos a Santa María. Aun cuando todo el mundo nos recomendaba no ir y que, en vez de arriesgar nuestras lozanas vidas, más bien nos pusiéramos en modo Irma. Que nos preparáramos para la llegada del espantoso huracán que ya había devastado un par de islas aledañas y se acercaba con violencia a las costas del norte de Cuba. Naturalmente, la bucólica paz del primer día se convirtió en anécdota y el picado mar nos llenó de sal todos los orificios que encontró en nuestros cuerpos.

Ahora bien, una nueva inquietud empezaba a dar vueltas en nuestras mentes: a dos días de nuestro viaje de vuelta a Bogotá, ¿podríamos salir?