Stencil en el departamento de Gorky / Foto: Dahian Cifuentes

Stencil en el departamento de Gorky / Foto: Dahian Cifuentes

…fuiste mi propia madre, bañándome en un calor que ella tal vez nunca supo brindarme.

Reinaldo Arenas

Fuimos por última vez a que nos controlaran en la oficina de Inmigración. Nos quedaban dos días en la isla y solo esperábamos que nos dijeran la hora para llevarnos al aeropuerto. Cinco minutos después de haber entrado, salimos por la misma puerta, ceñidos a un silencio tan obscuro como cómico: los oficiales nos dijeron que la deportación se aplazaba indefinidamente por la llegada del huracán Irma pero que, no obstante, volviéramos, si podíamos, el día del vuelo a las 16 horas.

Al día siguiente, en la mañana, los vientos huracanados de Irma ya hacían lo suyo. Nuestro departamento, ubicado en un piso alto, empezaba a chirriar, modestamente, por todos lados. Fui de compras. Los comercios estaban a reventar. Filas de una hora, o más, para comprar comida. Las calles llenas de hojas arrastradas por el viento desabrigaban un pequeño otoño. La humedad mostraba su peor cara.

Fotografiando al día siguiente de Irma / Foto: Dahian Cifuentes

Fotografiando al día siguiente de Irma / Foto: Dahian Cifuentes

Hago una de las filas. Un desastre. Me agarro con medio mundo. Llegan y preguntan: «¿Último? ¿Quién es el último?» Y cuando ya saben, se van, por ahí, a fumar, a hablar con alguien, y cuando les toca su turno se apeñuscan en la entrada reclamando su lugar, haciendo de la fila un martirio lleno de latosas eternidades. Estoy frente a la puerta y, antes de entrar, aparecen seis personas. Discuto con cada una, mi extranjería les resulta risible. Pasan por encima de mí. Cuando logro entrar y abandonar la romería pido disculpas a un joven a quien traté mal. Él me responde: «No, chico, disculpas de nada, si no entro así, no entro nunca y no consigo nada, y mi familia es grande». Valoro su sinceridad.

Compré seis dudosas carnes de hamburguesa, una salsa de tomate, dos libras de arroz y dos litros y medio de ron. Cada minuto el viento se sentía un poco más fuerte. Aisladas ráfagas de lluvia tibia y salada pasaban revista dos o tres veces por hora. Era una sensación inaudita: un ambiente soporífero, acuoso, con olor a recebo, la gente acelerada, egoísta, bajo un cielo lánguido y ceniciento.

Vi un agro abierto. Otra fila. Esta vez de media hora. Compré cebollas, pimentones, berenjenas y pepinos. Más que provisto para el anunciado huracán, retomo el camino a casa. Cuando llego al edificio noto que no hay luz. Los ascensores no funcionan. Mi reloj marca las 10:30. Subo por unas escaleras más oscuras que la vida de Paul Verlaine. Llego al departamento con ganas de tomar una ducha. Voy dejando mi ropa tirada por ahí mientras me acerco al baño. Desnudo, y con el fuerte viento pegando a mis espaldas, lleno una olla grande con agua y la pongo a hervir. Me dirijo a la ducha. Una vez allí, abro el grifo, con refrescante expectativa y… ¡Oh, sorpresa! No hay agua. Justo alcanzo a llenar la olla y salvar unos cinco litros para beber, mientras Irma arrulla violentamente la ciudad.

Creímos que lo de la luz y el agua iba a pasar rápido. Entonces, Tess se puso a editar sus galerías fotográficas, y yo a escribir este texto. Escuchábamos el incremento de los ventarrones. Hasta ese momento nada del otro mundo. Bien entrada la tarde propuse ver una de las últimas películas que nos quedaban: Memorias del subdesarrollo (1968) de Tomás Gutiérrez Alea. La laptop de Tess se descargó a mitad del filme, justo cuando Sergio (el aburguesado protagonista) conoce a la intrascendente e ignorante Elena.

Continuamos con mi laptop. Pasan varias escenas. El hermano de Elena incrimina al protagonista: lo acusa de haber abusado de su hermana. Se muestra amenazante. ¡Puf! Se apaga. Nos quedamos sin baterías. Sin películas, sin música, sin nada, en un edificio evacuado voluntariamente por sus vecinos. El viento arrecia. Su eco es sublime. Llega la noche. Estamos absolutamente desinformados. De la nada recuerdo que mi teléfono cuenta con radio. Tiene poco menos de media carga disponible. Sintonizamos, por azar, Radio Rebelde, una emisora que se repetía en varios diales. Un cubrimiento muy ligero a propósito del paso de Irma por provincias colindantes. Las voces reconocen los graves daños y las fallas en los servicios públicos, pero no dejan de recalcar que la Revolución y su pueblo están hechos para resistir todo tipo de embestidas naturales, políticas, guerreristas, etc. Esta vez no será la excepción. Unidos, con el recuerdo incondicional del querido y eterno Comandante en Jefe, nos levantaremos, de las cenizas, como el ave fénix. ¿Tan grave será? No informan. No dicen qué pasa ni cómo pasa. Los reporteros se mandan flores entre sí por el gran cubrimiento que despliegan a nivel nacional. Nosotros —intuyo que igual todo el país— esperamos noticias de verdad, reportes reales de lo que está sucediendo, queremos saber sobre el avance del fenómeno natural: el lugar donde se encuentra, la velocidad de desplazamiento, las proyecciones científicas, lo que ha dejado su paso en otras partes. No. Nada.

Pareja observa olas después de Irma / Foto: Dahian Cifuentes

Pareja observa olas después de Irma / Foto: Dahian Cifuentes

Recomendamos a la población que no salga de su casa… La defensa civil se encuentra absolutamente preparada para atender todo lo que surja…, dicen. El desastre en el malecón es inminente. Nosotros esperamos que Centro Habana no se caiga. Los vientos subirán su intensidad paulatinamente. ¿De cuánto a cuánto subirán? ¿Qué dicen las autoridades? ¿Qué se entiende exactamente por desastre? Todos sabemos que es un huracán nivel 5 y que ha arruinado varias islas adyacentes, que llegó a Cuba con fuerza y que se acerca a La Habana y que, aunque no tocará siquiera la periferia de la ciudad, sus efectos se sentirán considerablemente.

El edificio oscila. Se mueve bruscamente, como cuando sucede un temblor. El agua del retrete se agita con ímpetu. Irma es fuerte, robusta: mujer. Su brío es tan pujante como el de media docena de turbinas de avión. La ciudad está en ciernes, sin alumbrado público. Embozada por un silencio apocalíptico sometido al afónico silbido del viento. La vida es una vulgaridad, pienso. Una vulgaridad minúscula que solo importa a quien la sufre. De vez en cuando abro una ventanita ubicada en el baño. Observo. Los árboles jorobados. Los contenedores de basura están patas arriba. Ramas por todos lados. Un par de postes de luz caídos. Una vereda destruida. Tess, nerviosísima. Piensa, formalmente, que todo se va a derrumbar y que la fuga es imposible. Es medianoche. Estamos secuestrados por un tiempo muerto, descalabrados en treinta metros cuadrados que parecen una cárcel. La cárcel que nos prometieron.

Escribo en mi libreta: me gustaría aprender a verte desaparecer, Tess, te arroparía con mi piel para que te fueras dulcemente, sin dioses, ni zapatos, solo conmigo.

Calculo torpemente que los vientos deben estar atropellando nuestro edificio a una velocidad aproximada a los 200 kilómetros por hora. Soy partidario de aquellos que piensan que la Tierra se desquita por el inmenso daño que le hemos proporcionado. Me parece justo. Ante un huracán, un terremoto, un tsunami, o lo que sea, debemos ser dignos y aguantar la incalculable fiereza de la Naturaleza. Qué más da: venimos al mundo a morir. ¿Acaso es importante la forma? De cualquier manera, yo no sé nada de la muerte, pero creo que sí tengo algo que decir a propósito de la mortificación. En fin. Para calmar la ansiedad de Tess preparo tres, cuatro, cinco mojitos. Bien cargados. Le hablo de todo. Por momentos logro distraerla, pero las ráfagas más fuertes la vuelven a poner alerta. Veo en el cielo una actividad eléctrica pavorosa. La lluvia ya no es lluvia sino pedradas. El ron cumple con su deber sedante. Vamos a la cama. Ella no duerme en toda la jodida noche.

Ya de mañana, Tess logra conciliar el sueño. Un par de horas le bastan para poner en orden sus nervios. El viento continúa, vehemente, azotando la ciudad. En Radio Rebelde empiezan a generar reportes sobre lo mal que está Centro Habana y las terribles inundaciones en las zonas bajas de los barrios del Vedado y de Playa: el agua del mar ha entrado unas siete cuadras.

Preparo algo de comer y propongo a Tess salir. Ella no se muestra muy convencida, pero termina por acceder. El peso de mes y medio orquestados por el acoso policial y la paranoia, y ahora el huracán, todo, absolutamente todo nos tiene consumidos. Nuestros cuerpos han bajado de peso. Tímidas ojeras han aparecido para adornar sombríamente la parte superior de nuestros pómulos. Tess no pudo dormir anoche, pero yo ya he pasado varias noches en vela; levantado bruscamente en medio de la madrugada, por un ruido, por un sueño, por una sombra.

Vimos el malecón, a lo lejos, asediado por imperiosas olas. No pudimos pasar de la calle Línea. Ni las fuerzas de seguridad ni el agua nos dejaron pasar. Ya eran visibles los escombros. Una construcción de más o menos seis metros de altura se vino abajo en un parque cercano al Hotel Meliá Cohiba. Varios techos y puertas de viviendas fueron desmantelados. Ropas y enseres arrastrados por las fuertes corrientes de agua. Árboles abatidos en medio de las calles, postes arrojados sobre humildes viviendas, señales de tránsito derribadas, cables de luz caídos, hechos una maraña…. El panorama no era del todo desolado y mísero, pero sí se veía que Irma había pasado con más rudeza y más cólera que las esperadas, dejando tras de sí muchas pérdidas materiales. Los vientos seguían soplando. La lluvia no paraba.

No salíamos de una cosa y ya estábamos en otra. Mucho más confusa. Parecía una burla, fina y coqueta: había llegado el 12 de septiembre, día de nuestro esperado vuelo. El tema era que la ciudad estaba consternada, enredada, sin suministros de agua ni luz, pidiendo asistencia a gritos. El aeropuerto, obviamente, iba a estar cerrado.

Familia frente a su casa inundada después de Irma / Foto: Dahian Cifuentes

Familia frente a su casa inundada después de Irma / Foto: Dahian Cifuentes

VIII

A las 16 horas salimos del departamento con nuestras maletas. Atravesando ramas y escombros, fuimos a buscar un auto que nos llevara hasta la sede central de Inmigración para saber qué hacer. El mayor del Ministerio del Interior que nos recibe dice lo esperado: no hay aeropuerto, no hay transporte, no hay comunicaciones, no hay nada. Solo viento y lluvia mezclada con sal de mar. Nos cita para el día siguiente a fin de darnos una razón concreta. Le explicamos que la visa se nos vence ese día y que no queremos que eso nos traiga más problemas. También le indicamos que ya habíamos entregado el departamento en que parábamos y que no teníamos a donde ir. El mayor, muy amable, nos dice que con la visa no pasa nada, y que si no tenemos a donde ir él nos puede hacer el favor de dejarnos quedar, gratis, aclara, en el internado para extranjeros. Tess y yo, naturalmente, nos negamos. El mayor sugiere que llamemos a nuestro casero y que le solicitemos ayuda. Nos comunicamos con él. Nos dice que vayamos hasta su casa y que allá, además de comer algo y asearnos, podemos pasar la noche.

Salimos y caminamos y caminamos y caminamos con todo nuestro equipaje al hombro. En una avenida, después de intentarlo varias veces, por fin nos para un auto: le damos la dirección y le ofrecemos un dinero. El tipo dice que no puede llevarnos por ese monto, pero que, si estamos tan jodidos, él nos puede llevar, más bien como un acto de caridad, hasta una avenida donde será más fácil agarrar algo.

Empieza a oscurecer. Paseamos por La Habana. Descubrimos otras grietas que dejó Irma. Un auto con un árbol encima. Calles cortadas por alumbrado eléctrico caído y semáforos enmarañados entre ramas y tejados. El tipo nos deja en una esquina cualquiera. Ahí estiramos la mano a varios autos. Pasamos media hora de rechazos hasta que uno para. Le hacemos la única oferta que podemos. El tipo accede. Está nervioso. Dice que lo hace más por favor que por el dinero ofrecido —y «…porque los cubanos somos buena gente»—, ya que sí lo descubren pierde su trabajo. El auto es de uso oficial. En el trayecto, el tipo me pide alguna prenda de vestir o algo que tenga por ahí… «para resolver». «¿Resolver qué?», pregunto. «La dura situación, ya sabes que acá en Cuba la ropa es cara», dice. Le digo que no tengo nada y no habla más hasta que llegamos. Le damos el dinero y las gracias. El tipo murmura cosas, y se va.

Nuestro casero nos tiene preparada, en medio de la oscuridad, una deliciosa cena: arroz blanco, frijoles negros y tortilla de huevo con papas. Conversamos gratamente. Nos cuenta cómo pasó la tempestuosa noche. Tess da su versión mental. El testimonio que despliega me causa estupor. Yo, por suerte, sí logré pegar los ojos. No fue el sueño más plácido de mi vida, pero supo suceder. Después de un café, nos dirigimos a la habitación del casero. Allí nos aseamos con el poco de agua que quedaba en las reservas de la casa y luego caímos rendidos en medio de centenares de libros devotamente catalogados por mí mientras se consumía la medrosa luz de la única vela de la cuadra.

A la mañana siguiente volvimos a Inmigración. El mayor nos informa que el aeropuerto solo reabrirá al mediodía del día siguiente y que solo a esa hora —probablemente— tendrá información puntual a propósito de nuestro vuelo. «Vengan mañana a eso de las 14 horas», dice, «y ahí vemos qué hacer».

Vamos a La Habana Vieja a ver los destrozos del huracán. El mar que choca con el malecón sigue muy trastornado. Dilatadísimas olas mantienen inundadas vías peatonales y vehiculares. Los vientos aflojaron, pero persisten rachas sorpresivas. Ha salido el sol. La humedad rompe los higrómetros con su mil por ciento. En La Habana Vieja no vimos nada interesante. Lo mismo que en todos lados. Solo que ya todo estaba organizado y, en lo posible, limpio. El servicio de luz había sido reestablecido. Obvio. Es el sector más turístico de la ciudad y, si no se ofrecieran comida caliente y bebidas frías, los pocos turistas que quedaban empezarían a irse, y eso ya sería el desastre absoluto. Caminamos toda la tarde, Tess saca fotografías, comemos pizza, que es lo único que se consigue, y ahorramos el agua que tenemos, con pequeñas tomas, para evitar deshidratarnos.

De un teléfono público llamo a Gorki. Tess me odia por eso. Cree que, por una simple llamada, se nos puede complicar la salida del país. Resumo para Gorki todo lo sucedido. Él putea, solo putea. Termina riéndose y excusándose por el comportamiento de su patria. No acepto eso y le prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para que PPR pueda ir a tocar en Bogotá. «Hermano, ya habrá tiempo para hablar de eso», dice. Recordamos momentos cumbres de aquella noche feliz, me pide que salude a Tess por su cumpleaños, hace un par de comentarios sobre Irma, me cuenta cómo están los muchachos, putea al gobierno otra vez, se despide, cuelga.

Volvemos a la casa del casero. Aún no hay nada. Ni agua ni luz. Volvemos a quedar fundidos.

***

Esa cosa inexpresable que se llama hambre: hacemos tiempo toda la mañana. Soñamos con lo que vamos a comer cuando lleguemos a Bogotá. Luego comemos unos panes que encontramos en la nevera del casero. Parece ser el día final. Ya tenemos muy interiorizado el paisaje. Nos hemos vuelto parte de él. Pasado el mediodía empezamos a caminar hacia Inmigración. Pasamos por barrios que no habíamos visitado. Seguimos viendo la resaca temprana de Irma. Cada vez más jodida. Pensamos que la recuperación va a costar un montón y que, por lo menos durante lo que queda del año, habrá una puntillosa crisis en Cuba. La comida escaseará —más de lo que escaseaba sin Irma—, los precios subirán, los verdaderos daños infraestructurales pasarán su cuenta, empezarán a verse los damnificados exigiendo ayuda a un gobierno económicamente descalabrado.

Antes de llegar a la oficina buscamos algo de comer. Nada por aquí, ni por allá. Todo cerrado. En un complejo residencial encontramos una remota pizzería. Hago la fila, esta vez corta: de cuarenta minutos. Pido dos pizzas con doble ración de queso. La señora me dice que no, que imposible: si me vendiera una pizza con doble queso estaría quitándole el queso a la pizza de otra persona y todos tenemos derecho a comer. Es una lección, por supuesto. Una lección que me da el hermoso y venerable corazón socialista de una sexagenaria mujer. En cualquier lugar del mundo simplemente me cobrarían la dichosa adición y ya. Siento vergüenza. Respiro hondo, muy hondo, como si estuviera naciendo. O quizá muriendo.

En la estación preguntamos por el mayor. Tarda en salir media hora. Nos dice, vestido con la misma ropa de los últimos tres días, que ya está averiguando a qué hora sale nuestro vuelo. Minutos después de haberse metido en su oficina nos notifica que el avión sale a las 18. Empieza a hacer nuestros papeles de salida. Firmamos unas cuatro veces diferentes documentos. Por lo que leo me parece que, finalmente, sí se trata de una deportación, pero ellos no pueden justificarla legalmente.

Llega una patrulla con dos agentes. Tal cual como nos la imaginábamos. La orden del mayor es pasar por nuestro domicilio, recoger nuestros equipajes y llevarnos al aeropuerto ¡Rápido!

Llueve retraídamente en La Habana. En el trayecto hacia el aeropuerto siento una leve melancolía. Como si algo estuviera descosiéndose —remilgadamente— dentro de mí. En medio de tantos días colmados de incertidumbre y angustia, tanta gente conocida, tantos olores, sabores y sonidos percibidos, la repentina despedida de Cuba desembocaba en una delicada aflicción.

En la radio de la patrulla suena un bolero de Benny Moré: «No vuelvas más si no piensas quedarte / No vuelvas más si me guardas rencor / Pero quédate conmigo, mi vida / Que yo soy tu amor…» Advierto mi rostro, lacrimoso, reflejado en el vidrio. Nunca antes había sentido algo que en vanidosas palabras solo puede ser equivalente a hundirse en el mar.

***

Entramos al aeropuerto. Nos bajamos con los agentes. Vamos custodiados. Nos saltamos todos los filtros de un aeropuerto tan henchido de viajeros que podría colapsar en cualquier momento. Hacemos check in en cuatro minutos. Nuestros uniformados amigos nos evitan la cola general de Migración, pasándonos por la ventanilla dispuesta únicamente para tripulantes. Un capitán español pregunta qué pasa, que nosotros somos viajeros ordinarios. Uno de los agentes, con voz autoritaria —perfecta para mí—, le responde: «Tenga paciencia, los estamos deportando, y este tipo de trámites tienen prioridad». Es una cuestión de seguridad nacional. Yo miro al capitán y le pico el ojo. Su mirada me dice hasta de qué me voy a morir.

Llegamos a la sala de espera, aún no es hora de abordar. Mientras aguardamos, vigilados ahora por un solo agente, pido permiso para ir al Duty Free. Recibo autorización. Voy en busca de dos botellas de ron. A la vuelta, los micrófonos indican que el vuelo número tal con destino a Bogotá está en el horario justo de abordaje pero que la puerta de embarque fue modificada. Vamos para esa puerta. Tampoco hacemos fila. Allí el agente muestra nuestros pases a bordo. El tipo de la aerolínea ni los mira, sabe que algo está pasando y mejor no poner traba alguna. El agente nos acompaña hasta la entrada del avión. Nos dice: «Hasta acá llego yo». Le digo que nosotros pensábamos que nos acompañaría hasta Bogotá. Por las dudas. Él sonríe y nos desea buen viaje.

El avión despega y la gente aplaude, como loca. El vuelo está lleno de colombianos que, al parecer, no la pasaron tan bien con el asunto Irma y se muestran jubilosos de haber podido salir. El atardecer del Caribe, visto desde las alturas, termina por sufragarme la última puñalada de tristeza. Me muestra una paleta de colores gloriosa. El sol es un simple objeto que encera las nubes, pero, con el paso de su aquilatada brillantez, me sumerjo en los relatos ocultos tras él, siempre tan confinados a la imperfección de la memoria. Tess y yo viajamos callados junto a la puerta de emergencia.

***

El estruendo protagonizado por la gente fue peor cuando el avión aterrizó en Bogotá. Cinco minutos de lamentable espectáculo y risas y comentarios fuera de lugar con respecto a Cuba. Me sorprende el prodigioso talento que tiene la gente para la estupidez y el ridículo. Sin embargo, una persona, con ferviente acento paisa, dijo algo que me pareció resumía la salerosa algarabía del vuelo: «Por fin llegamos a Colombia. Hijueputa, a sufrir a nuestra manera».

Hacemos Migración, normal, a nuestra suerte, ya sin privilegios. Tess está muy contenta; de hecho, creo que cuando el avión aterrizó, también aplaudió. Salimos del aeropuerto; nos subimos a un alimentador del atrofiado sistema de transporte público de Bogotá. Le pregunto al conductor si va hasta el portal El Dorado. El señor dice: «Primero que todo, buenas noches. ¿A usted no le enseñaron a saludar?» Le pregunto su nombre, para saludarlo bien: «Fidel», responde. Guardo silencio. No quiero subir al colectivo. Tess, por primera vez en los últimos 48 días, suelta una carcajada que sabe apaciguar mi paranoia. Me convida a subir y, mientras Fidel cobra los pasajes, me dice al oído: «Yo pensé que te habías acostumbrado».