Miembros de la UPEC

Ricardo Ronquillo Bello, presidente de la UPEC, y otros de sus miembros

La Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), ese club de jugadores de dominó, ha emitido una reciente declaración oficial en la que protesta «enérgicamente» (el infaltable adverbio combativo que deja satisfecho al ojo del censor) porque el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS) organizó un concurso de crónicas de temática cubana en el que comete el execrable atrevimiento de mezclar en su listado final artículos publicados en los medios de propaganda estatales con otros de algunas jóvenes revistas independientes, entre las que se incluye El Estornudo.

La UPEC dice que ellos no mandaron nada a ese certamen. Ni falta que hace que lo aclaren. Como es usual en muchos eventos, los trabajos concursantes no tienen que ser enviados por los autores o por el medio de prensa que los representa, sino que el jurado puede hacer la criba por sí mismo.

No se trata de un comunicado enérgico, como quiere hacerse ver, sino de uno lleno de miedo, de espanto, y no es tampoco una declaración que busca aclararle nada a la opinión pública, sino al propio adulto represor del Departamento Ideológico del Partido Comunista. Es un poco la confesión de fe del niño que sabe que el padre se esconde detrás de la puerta y dice en voz alta para que lo escuchen: «Yo en la escuela siempre llevo la camisa por dentro y me como sin protestar el chícharo del seminternado».

La situación, para quien conozca el trasfondo, es hilarante. Algún militar aburrido, de los que tiene la bélica misión de vigilar el comportamiento de la prensa sentado detrás de un escritorio de bagazo, con un ventilador ruidoso echándole aire caliente encima todo el día, vio en alguna parte el nombre de CUBACRON, comprobó de inmediato, con apatía, con tristeza, que no se trataba de una nueva línea de bebida lanzada al mercado por Havana Club, y como no podía exigir que le enviaran a su oficina tres o cuatro cajas de esa nueva marca de producción nacional, se dio a la tarea, un poco molesto, pero no tanto como lo estaría después, de averiguar de qué se trataba.

Ya al corriente, el militar debió haber llamado por teléfono a Ricardo Ronquillo Bello, el candoroso presidente de la UPEC, y haberle pedido cuentas enérgicamente. Después de tantos meses hundido en el sopor, ese militar, cansado de que la prensa estatal no le diera quehacer alguno y se portara siempre de modo tan desesperadamente sumiso, vio una oportunidad inmejorable para convencerse a sí mismo de que su trabajo tenía todavía alguna función y de que los periodistas bajo su mando no eran, tal como había llegado a sospechar, el ejército más obediente y lambiscón posible, un conglomerado de chupatintas que ya habían aprendido a lo largo de décadas, a golpe de implacable censura, cómo tenían que comportarse, qué había, en todo momento, que decir o hacer.

Dispuesto a no perder el regalo de poder desatar algo de su cólera dormida, el militar marcó el número de las oficinas de la UPEC y allí alguna funcionaria de la categoría de Aixa Hevia, alguien que se dice periodista pero que debe manejar entre cuarenta y cincuenta vocablos del castellano, incluidas las preposiciones, las conjunciones y, por supuesto, el adverbio «enérgicamente», tomó la llamada y después de balbucearle al militar algo del tipo «a, ante, bajo, con, contra, de, desde… para, sin, sobre, tras», y ver que de nuevo se quedaba sin palabras, fue a buscar a Ronquillo adonde fuera que estuviese.

Ronquillo al teléfono juró por Tubal Páez que la UPEC no tenía relación alguna con ese tal concurso CUBACRON, y quizá le recordó al militar, pues puede que lo hubiera traspapelado, dado que cómo se va a acordar alguien de los nombres de unos concursos de prensa que se las han arreglado para no premiar jamás un trabajo que se acerque siquiera al periodismo, que los certámenes de la UPEC eran el 26 de Julio, el Juan Gualberto Gómez y el José Martí. El militar preguntó si esos no eran nombres de estadios de pelota y Ronquillo, que no sabía, dijo que sí, seguramente, de estadios de pelota, de ferreterías, de oficodas y de muchas cosas más. En Cuba todo lo que no sea ya una ruina se llama igual.

Ahí el militar pidió, como prueba, una declaración pública de la UPEC en la que la organización se desvinculara de un concurso seguramente organizado y planificado por el maléfico John Bolton poco antes de que Trump practicara su perreta del día y una tarde cualquiera mandara definitivo para la casa a su Consejero de Seguridad Nacional. Ronquillo asintió, desde luego. «La IPYS ha manipulado a nuestros compañeros para auspiciar una nueva campaña contra el sistema público cubano», dijo para cerrar, siendo obscenamente sincero al admitir que la principal idea que inspiran a sus jefes los periodistas cubanos es la de una banda de adolescentes bastante lerdos que no pueden pensar con cabeza propia y que solo saben ser ridículamente manipulados, tal como en efecto los manipula el Partido Comunista.

De paso, se le ocurrió que esa misma frase que acababa de decir podía incluirse en alguna parte del comunicado. Lo consultó. «De acuerdo», respondió el militar, de regreso a su posición mental de ‘en su lugar descansen’. «Y una última cosa», acotó, «que el comunicado sea enérgico». Como en esas instancias no se sabe muy bien cuándo se es suficientemente enérgico o no, y como desconocer una cosa así puede costarte de un día para otro la destitución y la clausura drástica de tu carrera profesional, Ronquillo decidió despejar esa duda de la manera más fácil y segura, convirtiendo el mandato en adverbio. «La palabra ‘enérgicamente’ tiene que salir en algún lugar del texto», le ordenó al secretario encargado de redactar la declaración, y el secretario, ducho en estos menesteres, no solo cumplió a cabalidad con lo que le decían, sino que logró mencionar también, sin despeinarse, en diez apretados párrafos, a Evo Morales, Rafael Correa, Juan Guaidó, el Plan Cóndor, Dilma Roussef e incluso a Fernando Lugo, un señor del que no se acuerdan ni en Paraguay.

Así fue como el totalitarismo vernáculo logró una vez más escribirse a sí mismo una ridícula declaración de principios que nadie le pidió, pero que trágicamente sigue manteniendo todo en su lugar. El absurdo de este mecanismo no impidió, como se comprende, que IPYS respondiera al comunicado de la UPEC y aclarara que los fondos recibidos de organizaciones como Open Society o la NED no marcan el rumbo de la agenda de la entidad. En mi experiencia, no hay casi ningún medio de prensa o proyecto periodístico latinoamericano de cierta relevancia, opuesto a los poderes fácticos de los grandes conglomerados de comunicación de sus respectivos países, que no esté de algún modo subvencionado o apoyado por organizaciones de este tipo. De otro modo, no podrían sobrevivir. Ninguno de estos medios o proyectos prestigiosos y pequeños, además, acepta donaciones para que les dicten su política editorial, ni estas organizaciones donantes pretenden tal cosa, sino que se trata justamente de sostener y potenciar la naturaleza alternativa de los espacios ya creados.

La génesis de CUBACRON, un concurso inofensivo, es, si se quiere, insulsa. En noviembre de 2018, en una cena en Lima, un colega de IPYS me pidió ayuda para buscar un jurado internacional que prestigiara con su presencia cierto certamen de crónicas cubanas que quería lanzar. A mí particularmente la idea no me gustó demasiado, pero eso da igual. No creo que haya que organizar premios específicos para el periodismo cubano ni que haya tampoco que inventarse antologías de una nueva prensa nacional, porque tanto esos concursos (no me refiero a ninguno de los merecidísimos galardones internacionales obtenidos por varios colegas en los últimos tres años, por supuesto) como esas antologías incluyen un afán temprano de consagración, la idea de que ya hay algo que premiar o antologar, cuando lo único que el periodismo cubano independiente tiene que hacer aún, me temo, es seguir aprendiendo en qué consiste un oficio cuya tradición más cercana el castrismo borró por completo del saber social.

No obstante, acepté colaborar con la iniciativa de IPYS. Sugerí unos nombres y establecí el contacto entre la organización y algunos de los jurados. No supe más hasta ahora, que la UPEC habla de «pantalla de la CIA» y cosas por el estilo. Hay que gozar de una maldad e ignorancia olímpicas para acusar de manipulación política de no sé qué derecha internacional la decisión, únicamente regida por los fundamentos del oficio, de un tribunal de periodismo compuesto por Julio Villanueva Chang, Cristian Alarcón y Marcela Turati. El primero es el editor y arquitecto de Etiqueta Negra, la más exquisita revista de crónicas que ha tenido América Latina; el segundo, director de la revista Anfibia, autor de libros tan potentes como Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, y un militante radical de una hermosa izquierda desenfadada y mariconamente subversiva; y la tercera, una maestra íntegra que ha visto y documentado el horror, el horror real, digo, las innumerables muertes anónimas de las fosas comunes mexicanas, el verdadero saldo de sangre que ha dejado en Latinoamérica el narcotráfico extendido bajo el amparo del paraguas neoliberal y las fallidas democracias formales del continente.

Asuntos estos últimos que los mercachifles de la UPEC irrespetan cobardemente cada día cuando los convierten en consignas de turno y los reifican como moneda ideológica para justificar así el incesante atropello nacional, la impunidad de una dictadura decrépita. Fascina presenciar el tosco mecanismo mediante el cual, de un evento tan fortuito y bienintencionado, esa máquina de propaganda se inventa semejante histeria, construye sin pruebas y sin cadáver alguno un caso de crimen político y le da de comer el placebo de la indignación a sus soldados secuaces. ¿A quién se refiere la UPEC cuando habla de la mano oscura de una conspiración que parece alcanzar magnitudes alarmantes y hasta introduce temas de geopolítica internacional?

Da también mucha risa, pues cierta parte del asunto se reduce a una noche de Lima en que alguien, en este caso yo, dijo que buscaría el jurado para un concurso que no le convencía demasiado pero al que aun así intentó echarle una mano, y lo dije tal como se dicen esas cosas, un poco para no ser desagradable, un poco porque el colega que me lo proponía me caía bien, un poco porque quizá yo me estaba equivocando y estos concursos, tal como CUBACRON acaba de demostrar, sí pueden tener un valor considerable.

Y en algún sentido, después de todo, el régimen cubano sabe perfectamente cuál es su enemigo, cuál es la verdadera CIA que hay que condenar. Me he preguntado si yo, si tú, somos el enemigo, y sí, ciertamente lo somos. Ahora me paso unos días en Miami, básicamente porque no quiero dejar de ver a los amigos que el país echó por la borda y recalaron aquí. Entonces los visito cuando puedo.

Esta vez intento jugar tenis con ellos en las tardes, y que nos encontremos los fines de semana en algún bar de la ciudad. También veo los play off de las Grandes Ligas, trago muchos pasteles de guayaba, leo tanto como puedo y tomo pastillas para bajar la ansiedad y dormir. Eso cada día, nada más, pero a la UPEC, que es el instituto de propaganda de un orden político que anula la experiencia, toda conspiración le cabe ahí. La vida normalmente ardua, quiero decir. Tal y como viene. La disidencia de la vida individual.