Gabriel Matzneff / Foto: AFP

Gabriel Matzneff / Foto: AFP

Se hace extraño imaginar a Emil Cioran en otra actitud que no sea la de ese nihilismo cuyos galones nunca dejó de exhibir, tronando contra las ilusiones, riéndose de todo y a degollina de lo establecido. Pero sí que resulta curioso imaginarlo hacia 1987 en una escena doméstica, en pantuflas, acudiendo al llamado de su mujer, que ha abierto la puerta de su apartamento en París y se ha encontrado a una visitante que no se había anunciado.

Es Vanessa, tiene 15 años, está desaliñada, no deja de sollozar. El filósofo se aparece en la sala —a ella le recuerda a su abuelo, que también vino de los países del Este—, la invita a sentarse y le ofrece una servilleta bordada para que enjugue sus líquidos, mientras su mujer escapa a la cocina a preparar el té. Cioran es el mentor de Gabriel, el amante, el novio de Vanessa, o al menos así se lo presentaron.

Gabriel es Gabriel Matzneff, un escritor de renombre que ya pasa de los 51 años.

—Emil, no puedo —explica ella con el aliento entrecortado—. Él dice que estoy loca y terminaré volviéndome loca si él sigue así. Sus mentiras, sus desapariciones, esas muchachas que no dejan de llamar a su puerta y hasta esa habitación de hotel en la que me siento atrapada. No tengo a nadie más con quien hablar…

De creerle —ahora mismo no hay otra opción, de lo contrario cerremos el libro—, la adolescente ligada a un hombre que le triplicaba la edad salió aquella tarde del apartamento de Emil Cioran con un único convencimiento: Gabriel no cambiaría.

Ahora, al relato de sus tres años iniciáticos al lado de un hombre aficionado a niñas y niños púberes, personaje mediático que fuera alabado en artículos y emisiones televisivas, y que cargaba en París, a modo de salvoconducto, con una carta firmada por el presidente François Mitterrand elogiando sus dotes de juntaletras, la escritora y editora Vanessa Springora ha dedicado Le consentement (Éditions Grasset), confesión y alegato que desde inicios de enero está provocando uno de los escándalos más sonados en el mundo intelectual francés.

En la prehistoria de esta escena junto al autor de Breviario de podredumbre está Vanessa, con 13 años, hija de un padre ausente y de una madre que labora en el mundo de la edición. Una noche, esta niña a la búsqueda de la «potencia enigmática» de la sexualidad asiste con su madre a una de esas reuniones donde se come, se fuma, se conversa… y descubre por primera vez una manera diferente de ser observada. «Ningún hombre me había mirado nunca de ese modo», admite.

Es Gabriel Matzneff, que tiene «un físico de monje budista demacrado y ojos azules sobrenaturales». Vanessa percibe que «su voz ligeramente silbante, ni masculina ni femenina» se dirige a ella como «un encanto, un hechizo». Está aterrada, pero tiene curiosidad. Aparece el deseo.

Y porque hubo deseo y luego consentimiento de parte de aquella niña, treinta años después el propio escritor aficionado a las puertas de los colegios, a las lolitas y a la efebofilia, ha levantado la voz para defenderse. A raíz de la publicación de este libro de circunstancia, Matzneff publicó en los diarios L’Express y Le Parisien sendas réplicas en las que le reprocha a Springora pretender convertirlo en un pervertido, en un depredador, y de querer dejarlo caer en «el caldero maldito al que han sido lanzados estos últimos tiempos el fotógrafo Hamilton y los cineastas Woody Allen y Roman Polanski».

«No me merezco el espantoso retrato que haces de mí», escribe el anciano. «No, ese no soy yo, eso no es lo que vivimos juntos y tú lo sabes».

Matzneff no entiende, como tampoco entiende Humbert Humbert, aquel hombre que parecía «un sastre austriaco» en la Lolita de Nabokov, una novela cuyo avecinamiento con este libro resulta ineludible. Como Matzneff, el amante-perseguidor de Dolores Haze apela a cierta casta letrada para justificar sus actos: que si Beatriz tenía nueve años cuando Dante se enamoró de ella, que si Laura era una nínfula de doce cuando Petrarca cayó prendido a sus pies…

A Humbert Humbert también le molesta que se haya escindido aquel «antiguo vínculo entre el mundo adulto y el infantil», y la aparición de «nuevas costumbres y nuevas leyes». ¿Cómo es posible, si aquella niña nunca fue forzada, si siempre tuvo la opción de huir?, se dicen los dos. «¡No somos demonios sexuales! ¡No violamos como los buenos soldados!», exclama el personaje de Nabokov.

De ahí que pueda observarse a Gabriel Matzneff como Humbert Humbert se ve a sí mismo, «tan candoroso como sólo un pervertido puede serlo», tratando a Vanessa de usted, enviándole cartas vehementes, ofreciéndole dulces finos, invitándola a caminar de la mano por los Jardines de Luxemburgo. Es él quien la inicia en la lectura de En busca del tiempo perdido, le habla de la pasión de Lewis Carroll por las niñas y sus fotografías, le cuenta del matrimonio de Virginia con Edgar Allan Poe a sus 13 años. Él quien, con toda la paciencia que pueda tener un caballero, entiende los temores de la adolescente ante la idea de ser desflorada y la convence de dejarse amar por una vía alternativa y aparentemente menos dolorosa. «Como un varoncito», le dice en un murmullo.

Entretanto, Vanessa husmea en los libros que Gabriel ha publicado y descubre que «el narrador se muestra más permeable a la belleza de las mujeres jóvenes que a las de su edad». ¿Será posible identificar al narrador con la persona que mueve la mano sobre el papel? ¿Se ha metido Gabriel ahí dentro, entre las líneas de cada página? La joven duda, pero igualmente siente mucha rabia. Necesita hallar un término medio, un espacio justo donde colocar a su amante y tutor oficioso, para no tener que empezar a verlo como un depredador sexual.

Con el paso de los meses, Vanessa empieza a dudar del amor que recibe. No es la violación de una ley más que difusa sobre la edad límite lo que le inquieta, sino que su novio siga acostándose con otras niñas —y con varones, todos rivales suyos. Es la traición lo que le duele. Las cosas empiezan a cambiar cuando descubre el relato de su viaje a Manila en busca de «culos frescos». «Los varoncitos de once o doce años que meto en mi cama son un pimiento poco común», escribe Matzneff en uno de los libros cuya lectura le había prohibido.

Vanessa tiene 15 años cuando se pregunta qué placer busca él al acostarse con niños filipinos o con diez niñas a la vez, tal y como lo había descrito en uno de sus diarios íntimos. Gabriel la acusa de feminista, de «versión moderna de la Inquisición», de ser incapaz de «saborear el presente», y seguidamente la convierte en uno de los personajes de sus diarios, «la pequeña V.», «una niña inestable carcomida por los celos».

—Vanessa —le interrumpe Emil Cioran—, G. es un artista, un escritor muy grande, algún día el mundo se dará cuenta. O tal vez no, quién sabe. Usted lo ama, usted debe aceptar su personalidad. G. no cambiará nunca. Es un inmenso honor que él la haya escogido. Su función es acompañarlo por el camino de la creación y de plegarse a sus caprichos.

No parece el discurso de un cínico, sino de un ingeniero de almas de tiempos de Mirbeau y de su Sébastien Roch, otro libro sobre la pedofilia. Vanessa no tiene a nadie más con quien hablar. Tampoco desea regresar a la habitación de hotel que su amante ha alquilado para huir de las visitas que la policía le ha hecho tras haber recibido varios anónimos que lo denuncian como un corruptor de menores.

Su madre la aceptaría en casa, pero ambas mantienen una relación tensa, cuando no distante. Al principio se escandalizó; fue ella quien primero le mencionó la palabra «pedófilo». Luego llegó a un pacto con Gabriel: solo le rogaba que no hiciera sufrir a su hija. Y en el momento en que Vanessa visita a Cioran, la mujer hacía rato que había asumido el laissez faire, incapaz de arbitrar la verdad, con mirada de responsable de garita, de custodio de un almacén donde ya no hay nada.

Heredera de la fruición libertaria que tuvo a París como núcleo a finales de los años sesenta, la madre de la escritora todavía responde a la gestualidad de su momento. Porque en paralelo a las batallas estudiantiles e intelectuales contra la guerra, el racismo, la discriminación, la clase política, el orden moral y el lado más voraz del capitalismo, la generación del 68 también se empeñó en reclamar la liberalización del cuerpo y de la sexualidad en todas sus variantes.

La cristalización de este posicionamiento fraguado bajo el paraguas del axioma «prohibido prohibir» tuvo lugar entrados los años setenta a través de varias llamadas colectivas a favor de la despenalización de las relaciones sexuales con menores de edad. Entonces la mayoría sexual en Francia había descendido de 18 a 15 años; en la actualidad la ley contra la violencia sexual firmada en 2018 ni siquiera contempla una edad límite.

El más conocido de estos reclamos se produjo en enero de 1977, cuando apareció en Le Monde una carta abierta que pedía la liberación de tres hombres acusados de mantener relaciones sexuales con adolescentes de 15 años, detrás de la cual se hallaba una defensa del derecho a la pedofilia concebida como un acto de libertad y de amor. ¿Si no hubo violencia, por qué permanecen en la cárcel?, se preguntaban todos. Entre los cerca de setenta firmantes estaban Louis Aragon, Francis Ponge, Roland Barthes, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Michel Leiris, Jack Lang, Jean-François Lyotard y, no faltaba más, Gabriel Matzneff, ¡todo Saint-Germain-des-Prés!, así como otros escritores, artistas, periodistas, editores, doctores, psicólogos y psiquiatras.

En mayo de ese mismo año circulaba otra carta dirigida a la Comisión de Revisión del Código Penal, abogando por los derechos del menor y del adolescente a entablar relaciones con quienes eligieran, y exigiendo la derogación de los artículos dedicados a la corrupción de menores. Ochenta firmas avalaban el documento, entre ellas nuevamente las de Sartre, de Beauvoir, Barthes y Matzneff, a las que se sumaban Michel Foucault, Louis Althusser, Alain Robbe-Grillet, Françoise Dolto y Jacques Derrida.

El propio Matzneff evocaba los inicios de los setenta en su libro Séraphin, c’est la fin!, premio Renaudot 2013, como subyugados por aquel «movimiento incesante, aquella libertad de espíritu y de tono que en nuestros días son incluso inimaginables». Gracias a ese influjo, en 1974 publicaba su libro Les Moins de seize ans (reeditado por Léo Scheer en 2005), donde, entre otras perlas, aparece esta confesión: «Lo que me cautiva no es tanto un sexo determinado sino esa extrema juventud que va de los diez a los dieciséis años y que considero como el verdadero tercer sexo, por delante de lo que entendemos normalmente por esa fórmula».

A todas luces, como comenta Marc Weitzmann en Le Monde, la intelligentsia de izquierdas perdió «la brújula ética», desconectada como estaba de la realidad real por su pretendido espíritu libertario. Hasta que con el paso del tiempo no pocos de los apoyos a Matzneff en materia teórico-sexual murieron o tomaron conciencia de la gravedad de sus reivindicaciones, y el autor fue socorrido por voces intelectuales de derecha, con los que todavía clama por el derecho a ser rotundamente libres.

—Yo sé que él la adora —había insistido Cioran ante su mirada atónita—. Pero a menudo las mujeres no comprenden lo que un artista necesita. ¡Sepa usted que la esposa de Tolstoï pasaba sus días pasando a máquina lo que su marido escribía a mano, corrigiendo sin descanso el menor de sus pequeños errores, con una abnegación total! Sacrificado y oblativo: así es el tipo de amor que una mujer de artista le debe profesar al hombre que ama.

—Pero Emil, él me miente constantemente —replicó ella.

—¡La mentira es literatura, querida! ¿Usted no lo sabía?

De creerle a Vanessa Springora —la muerte en muchos casos limpia y anula toda opción de verificación—, habría que convenir que el filósofo rumano llevaba razón, que la mentira parte de un relato fictivo, retorcido, pero que a la vez toda la literatura también es mentira, fabulación… y que nuestra existencia es una trama trenzada de múltiples historias de novela, unas más fiables, más apegadas a lo verosímil, otras mucho menos.

Todavía en 1990 la sociedad letrada dejaba pasar la gimnástica de las cacerías de Matzneff con la ligereza con la que hoy bromeamos al escuchar a alguien que hace nudismo en el Gran Cañón del Colorado o los gargarismos de otro que practica la orinoterapia en las mañanas. Invitado al programa de televisión «Apostrophes» por el gurú de los libros Bernard Pivot y presentado en broma como «profesor de educación sexual especializado en colegialas y niñitas», Matzneff se recreaba sobre su último libro, Mes amours décomposés, y aseguraba con sorna que no tenía ningún éxito con mujeres de 25 o 30 años y que prefería a «alguien que todavía no se ha endurecido por la vida». Ahí mismo la escritora canadiense Denise Bombardier, la única extranjera en el plató, lo tildaba de «lamentable» y criticaba que la literatura en Francia sirviera de coartada para las confidencias de un señor que llevaba a niñas a su cama con la ayuda de su reputación de escritor.

Narrado en el libro de Bombardier Lettre aux Français qui se croient le nombril du monde (Albin Michel, 2000) y resucitado de los archivos audiovisuales, este intercambio se viralizó en Twitter, justo cuando Vanessa Springora empezaba un intenso programa de promoción de su memoria. En nuestros días nada ocurre de casualidad.

Desde entonces, se supo que la Fiscalía de París echó a andar una investigación sobre el papel de Matzneff en la violación de menores. Si bien la autora ha insistido en que no busca sentar en el banquillo a un anciano cuyo delito ha prescrito, a los tribunales sí les interesa determinar si no ha habido otras víctimas en años posteriores.

Igualmente en enero pasado, la editorial Gallimard canceló la comercialización, no de sus novelas egotistas, sino del diario de Matzneff que editaba con regularidad desde hacía treinta años —en uno de cuyos tomos, La prunelle de mes yeux, el autor se extiende sobre su relación con Springora entre 1986 y 1987—, siguiendo esa tradición muy francesa de publicar diarios íntimos en vida de su autor.

Al final de la jornada, son muchas las preguntas, no forzosamente trenzadas entre sí, que nos salen al paso: ¿Hasta dónde es posible que un adolescente sea medianamente responsable de su consentimiento? ¿Podrá definir la ley una especie de umbral de consentimiento o, de lo contrario, para evitar ambigüedades, fijar una edad, un número, una frontera? ¿Acaso el «hecho escrito» (las cartas cruzadas, el alarde de Matzneff y hasta sus novelas) sostienen ahora al dedo acusador? ¿De no existir pruebas irrefutables sobre el papel, habría podido Springora señalar a Matzneff?

¿Cuán verificable sería, pues, la actividad predatoria de este escritor? ¿Lo empieza a ser ahora que Springora se convirtió en la primera de sus víctimas que alza la voz? ¿Resultan sus diarios la prueba del delito? Pero, ¿no mienten también los diaristas? ¿Acertaba Cioran al enlazar literatura e impostura, o solo fue un recurso verbal para que la jovencita acabara de largarse de su salón? ¿Acaso no es la novela, como anticipaba Kundera, «el lugar donde la imaginación puede explotar como en un sueño»? ¿Explota también en un diario íntimo?

¿Pudiera hablarse aquí de complaisance, de omertà, de frivolización de la pedofilia? ¿Qué tipo de límites fija el campo literario al valorar la impunidad de un escritor? ¿Por qué perdonar al autor sulfuroso, al artista cazador de lolitas, y no al camionero pedófilo? ¿Por qué esa diferencia entre Matzneff y un pederasta ordinario?

¿Continuar publicando sus libros debería ser un dilema ético para las casas editoras? ¿Lo mejor es que las bibliotecas desaparezcan sus libros, que los escondan? ¿Echarlos al fuego, en una gran pira fascistoide? ¿Habría que evitar la reimpresión de un panfleto como Les moins de seize ans, donde se lee: «Escojo a mis amiguitos dentro de familias caóticas y desunidas, y me va muy bien; las madres se muestran menos hostiles cuando no hay esposo en casa»? ¿O publicarlo con advertencias y un estudio que lo sitúe en tiempo y espacio?

¿Será que, como declaró Bernard Pivot también en Twitter, antes «la literatura era más importante que la moral» y hoy «la moral va primero que la literatura»? ¿Hasta qué punto el abandono y el consentimiento de aquella élite mayormente de izquierda constituye el embrión, por contraste, por reacción, del espíritu justiciero y de los excesos que se parapetan tras el #metoo?

Vanessa Springora ha recordado que su última visión del apartamento de Emil Cioran fue la de los dedos regordetes de la esposa del filósofo sosteniendo el asa de la tetera, su cabello azulado haciendo juego con la bata de casa, el modo en que asentía en silencio ante cada una de las palabras de su marido.