La soga al cuello. Foto: M.

La soga al cuello. Foto: M.

Fue domingo de nuevo. Ya esto empieza a ser una vida que vivir. Si alguien pedía vida interior, ya tiene el marco. Como las plantas de interior. Un sinvivir, más bien.

Y como que uno se va amoldando al marco, acabo de volver de un cumpleaños, el primero desde el confinamiento. Nos conectamos a las 20:00 hrs de Barcelona por la plataforma Zoom, cada uno con sus copas. Éramos ocho personas repartidas en cinco viviendas. Encerradas en ellas. Reímos, felicitamos a G., que cumplía años, brindamos cada casa con lo suyo. Y hablamos de fugarnos, la eterna comidilla de los presos.

Las dificultades que entraña charlar de esta manera, la absoluta anormalidad del asunto y su punto de friquismo geek, me hacían pensar todo el tiempo en esas conexiones que hacen los astronautas desde el espacio. Las voces y las sonrisas con un punto de retardo y esos ruiditos como de radio pirata de los noventa, chirridos del trajín de comunicarse tan presentes en las conexiones con la Estación Espacial Internacional. Ahí tenemos más adjetivos que podrá ganar este encierro: cósmico, sideral, espacial.

Antes, no obstante, la pandemia debe ser verdaderamente global, planetaria.

Doblarle el brazo al mundo a la espalda. ¿Lo conseguirá?

Por lo pronto, se retira de China, pero paraliza India, acosa a los Estados Unidos y a Reino Unido. Y ha conseguido asustar a Rusia por fin. La Rusia que vivía de espaldas a la peste creyendo que la había soslayado para saltar de Asia a Europa, como una mercancía en la Ruta de la Seda. ¡Ya sabemos lo medieval que es todo esto!

El 23 de enero de 2016 un exultante Donald Trump que ya se veía presidente de los EEUU dijo en un mitin en Sioux City, Iowa: «I could stand in the middle of Fifth Avenue and shoot somebody and I wouldn’t lose any voters». COVID-19, que no es un androide, aunque gaste nombre de tal, está pegando hoy tiros en Manhattan, matando gente a mansalva, y habrá que ver cómo sale peinado el Niño Trump de ese tiroteo. El virus, a diferencia del terrorismo, tiene una mala relación con las excusas, los alibis. Y de la misma manera que la coartada de que quienes matan son los terroristas y sólo a ellos hay que culparlos ha valido (casi) siempre para librar de responsabilidad a gobernantes poco previsores, esto no vale con el virus. Contra el virus hay que batirse a pelo en el antes y el después.

En la otra esquina del ring más o menos octogonal que es el campo de batalla geopolítico de los últimos años, Putin ha ignorado la pandemia, tanto como la pandemia parecía haber ignorado a Rusia. Con sus poco más de 1.500 contagiados y ocho muertos, según el conteo de Johns Hopkins University, Rusia es casi una anécdota en el paisaje global del coronavirus. Pero acaba de mover ficha declarando una semana de vacaciones, primero, y estableciendo después a la carrera un encierro a la manera de Italia o España. El Kremlin tiene miedo en un momento crucial, pues está todo listo, reforma constitucional incluida, para entronizar a Vladimir Putin. Miles de rusos han vuelto desde Europa y no se sabe cuántos carguen la ponzoña junto a los jamones, la mozzarella y los bolsos de Bottega Veneta.

Con todo, el rol que tendrán los populismos en el paisaje después de la batalla es una incógnita. Es verdad que la miseria y el miedo le han espesado el caldo a los populistas: los podemitas en España; Bolsonaro, esa excrecencia, en Brasil; los xenófobos catalanes en el noroeste de España… Pero habrá que ver el castigo que los supervivientes de la pandemia infligirán a quienes los gobernaron durante la peste, cuando éstos les presenten la factura fiscal con el micrófono plantado sobre la montaña de cuerpos, Pol Pot style.

Será también tremendo ver rugir entonces a los dos gigantes, a Trump y a Putin, con la pandemia de fondo. Y si algo traerá la peste de interés político, no será ese «mundo nuevo» que se anhela ñoñamente, sino un enfrentamiento multipolar por la hegemonía mundial que dirimirán China, fortalecida; los EEUU, que ya veremos; Rusia, que cuenta con salir indemne y Europa, un trapo deshilachado con vagos motivos provenzales y el estornudo autoritario del Este metido en la trama.

¡Qué hermoso cumpleaños celebramos hoy, confinados!

Pero, fíjate: a la hora en punto con las copas en alto, la frustración del encierro denunciada, la alegría de vernos al menos así, viva, las bromas con su retardo y sus chirridos mal ecualizados yendo de acá para allá, Zoom cortó de repente la conexión múltiple y dijo que ya, que punto, que si queríamos más había que pagarlo.

Es lo que tiene esto y es bueno que lo sepan Trump, Putin, el disminuido Sánchez y la madre de los tomates: ¡todo, al final, hay que pagarlo!