William Arcaya

William Arcaya / Foto: Cortesía del autor

Entre julio y septiembre de 2009, Jesús William Arcaya Batista durmió dentro de un Toyota Corolla 1987. Un año antes había llegado a República Dominicana cargado de ilusiones que se resumían en la idea de firmar un contrato profesional, hasta que una serie de factores desvanecieron el propósito y tuvo que comenzar a sobrevivir austeramente. El carro ni siquiera funcionaba, el aire acondicionado no servía y en las noches cuando arreciaba la lluvia estaba obligado a subir las ventanillas.

―Yo duermo en un carro si es preciso –le había dicho a su amigo Odalys, el Pollo, quien lo acogía y le había cedido el auto.

En las noches de insomnio descubrió la batalla contra el tiempo y se encaraba en vano, como el peleador que busca alargar los rounds, pero sabe a priori que será derrotado.

―Trataba de llegar lo más tarde posible –me dice.

No sabía cómo acomodarse dentro del carro, pero a las seis de la mañana tenía que salir de allí debido al calor. Arcaya pasó la etapa más difícil de su vida ahí adentro. No pedía absolutamente nada a su amigo. Fue rara la vez que en casi noventa días se alimentó con un plato de comida. Comía siempre lo mismo: pan con atún, pan con jamón y queso, refresco. Pan con atún, pan con jamón y queso, refresco. Galleta con refresco, comida enlatada y pan y refresco. Pan con salchicha, refresco, atún, queso y galletas.

Conservaba el cepillo de dientes, la pasta y el jabón en una pequeña bolsa que trasladaba con él hacia el carro. No tenía mucha ropa tampoco, pero la llevaba consigo. Su amigo Odalys le ayudó lo más que pudo, pero tenía una familia que sostener.

―Lo que yo pasé ahí no tiene nombre –asegura.

En la noche, antes de dormir, se sentaba en el patio trasero de su amigo, andaba con el teléfono hasta poco después de la medianoche y terminaba rezando, mientras el cansancio de todo un día entrenando niños en una academia se posaba en sus hombros.

***

El 16 de febrero de 2018 escribí a William Arcaya vía Facebook. Necesitaba conocer el año exacto de su salida de Cuba. Me respondió al día siguiente como la persona expresiva que es, con palabras y recuentos sobre su historia e invitándome a verlo jugar béisbol. Acepté la invitación y fui hasta su encuentro, un domingo en la Liga Nica del Tamiami. Es un torneo local que ya superó las tres décadas de existencia y es organizado por el nicaragüense Lester Avilés. En la Liga Nica, como se conoce, han jugado casi todos los peloteros cubanos que se han retirado y residen en Miami. Algunos profesionales activos asisten para mantenerse en forma, pero predominan las nóminas con atletas que vieron pasar sus mejores años.

Arcaya es uno de ellos, de los que se apasionan por más de tres horas los domingos y alimentan la aflicción de lo que pudo haber sido y no fue. Terminan bebiendo cervezas, fumando cigarrillos o tabaco y realizan parrilladas a la sombra.

Llego en la mañana y me voy arrimando poco a poco al terreno. El partido está pactado para las 10:00 a.m. Veo a Arcaya por la banda de tercera base corriendo un largo sprint antes de comenzar el encuentro. Su equipo se llama La Isla, en honor a la Isla de la Juventud, de donde es originario. El equipo lo integran varios beisbolistas que jugaron en la Liga Cubana como Ángel Miguel Fernández, Denis Stewart, Ángel Tamayo o José Luis Moulin. También están otros que participaron en categorías inferiores. El único profesional del grupo es Félix Pérez, quien ha brillado por varios años en la Liga Profesional de Venezuela con los Leones del Caracas.

Arcaya lleva un pantalón blanco ajustado por un cinto negro. Su número es el 13. La camisa tiene unas listas verdes a los lados, casi imperceptibles. El receptor me reconoce y, prácticamente sin comprobar que soy el mismo muchacho que le escribió la noche anterior, nos saludamos con un abrazo, como si nos conociéramos de siempre. Su espíritu inquieto roza lo hiperactivo. En otro tiempo, dice, era más inmaduro, agrio y reseco. Ahora se percibe un toque de candidez en su personalidad. Aunque tiene treinta y cuatro años, mantiene sus facultades físicas intactas. Su abdomen está definido, sus brazos se ven fuertes, alcanza velocidad en las bases. Puede lanzar sentado desde home hacia segunda con sorprendente exactitud. El espectador promedio al verlo piensa: «Este alguna vez fue pelotero».

―Te lo voy a decir en voz baja aquí entre nosotros. Si yo me hubiera quedado en Cuba, ahora fuera el receptor del equipo nacional –me dice, confiado de sí mismo.

Frente a nosotros hay un grupo de jugadores entre los que destaca Félix Pérez, salido de Cuba en 2008 y compañero desde niño de Arcaya en la Isla de la Juventud.

―Lo que nosotros pasamos en Dominicana no fue fácil –me dice Pérez, quien tuvo que recorrer cinco horas en un jet-ski desde Punta Cana, República Dominicana, hasta Isla de Mona, al oeste de Puerto Rico, para llegar a Estados Unidos.

―El único cubano que ha cruzado el canal de la Mona en un jet-ski –dice en voz alta Arcaya para que todos lo escuchen. Estamos debajo de una ceiba inmensa que proporciona un diámetro extenso de sombra.

Félix lo bautiza como Arcayita el Lío, porque desde sus años juveniles hasta que pasó los treinta su naturaleza problemática le condujo a múltiples altercados dentro y fuera de un terreno de béisbol. Cuentan que una tarde, durante un partido en el estadio Cristóbal Labra de Isla de la Juventud, el Willy subió a las gradas con un bate y le partió los dos brazos a un espectador con el que guardaba una vieja disputa. En otro tiempo, antes de llegar al primer nivel en Cuba, en edad juvenil, lo encontraron peleándose con un compañero en una cancha de baloncesto pasadas las doce de la noche, ambos en absoluta soledad. Ahora que ha pasado tanto tiempo dice ser un hombre tranquilo, dedicado por entero a su pequeña hija Kasey, de dos años, su esposa Glennis y su trabajo.

―Yo era muy inmaduro –reconoce.

Sin que me alcance el tiempo para tomar alguna nota, comienza el juego y no puedo realizarle una primera entrevista. Acordamos vernos cualquier otro día. Me da su número de teléfono y me dice que lo llame. No coincidimos hasta después de seis meses. Una calurosa mañana de julio me recibe en la piscina de su residencia, exactamente dos millas detrás del Aeropuerto Internacional de Miami. Me espera con dos paquetes de galletas, dos botellas de agua y refrescos en el interior de una nevera azul.

William Arcaya con Yuniesky Maya y Félix Pérez

***

En la medianoche del 7 de septiembre de 2008, William Arcaya y Yailyn Serrano, su hermana de madre, se montaron a una lancha con otras veintiséis personas (veinte hombres y seis mujeres) con destino a Cancún, México.

Había transitado por todas las categorías del béisbol en Cuba y estaba llamado a convertirse en el cátcher regular de Isla de la Juventud. Debutó en la Liga Cubana con dieciocho años en 2003. No contaba con muchas oportunidades de titularidad en el equipo de La Isla (el dueño de la posición era Vladimir García, que en 18 temporadas promedió .285 con más de 300 extrabases, y asistía con frecuencia al Juego de Estrellas). La paciencia y la espera hicieron al joven receptor aprender de los más experimentados. En tres temporadas asistió a home unas 88 oportunidades y pegó 17 hits, promedio de .193. Sin embargo, en 2008 García atravesaba por la curva descendente de su carrera y el mánager, Armando Johnson, había comentado a William que se preparara, que sería el titular de esa posición.

Arcaya tenía en mente salir del país. Ni siquiera tenía una bicicleta para moverse dentro de la Isla de la Juventud.

―Teníamos mucha necesidad –aclara sobre su familia.

Se subió a aquella embarcación pensando en cómo ayudar a los suyos, aunque en verdad no tenía quien le pagara el viaje. Su madre Irma Batista era la única persona que lo sabía. Le suplicó que cuidara a su hermana Yailyn.

Meses atrás, había visto a dos compañeros de equipo, Félix Pérez y Juan Carlos Moreno, conspirando una salida en mayo de ese mismo año.

―Yo sé que ustedes andan en algo. No me dejen fuera –le
dijo Arcaya a Pérez, que es como su hermano de crianza.

Pérez y Moreno abandonaron el país una semana después delante de las narices de Arcaya, cosa que nunca olvida. En cada encuentro que hemos tenido, él termina por recordarme que Pérez y Moreno lo dejaron fuera de aquel viaje.

Tras cuatro meses de espera llegó su momento de abandonar Cuba, con veinticuatro años. Era el único pelotero en el barco esa noche. Partieron de la desembocadura del río Nueva Gerona, y tenían que cubrir una travesía de diecisiete horas hasta México. En la lancha iban tres pilotos, traficantes de personas. Arcaya vomitaba por el movimiento constante de las olas y el barco.

―El camino fue criminal.

Las veintiséis personas sentadas como animales de carga corrían el riesgo de salirse por el frente o los laterales debido a la alta velocidad. Él iba en la parte derecha sujetado de una pequeña barandilla y aguantando a su hermana. Eso duró diecisiete horas. Desde la una de la madrugada del 7 de septiembre hasta las diez de la noche. Aparte de la preocupación evidente por la vida, a Jesús William le azotaba otro pensamiento que también tenía que ver con proteger su vida: ni él ni su hermana tenían quien les pagara el viaje cuando llegaran a México.

―¿Al pelotero quién le va a pagar? –preguntó uno de los lancheros cumplidas las once horas de viaje en lo que el barco entraba al Canal de Yucatán.

―Yo no tengo quien me pague. Me monté aquí de pura casualidad –explicó el irreverente Arcaya.

En medio del drama y de las miradas atónitas de los demás pasajeros, uno de los traficantes de personas encendió el teléfono y casualmente tenía el número del pelotero Félix Pérez, que llevaba cuatro meses en República Dominicana. En altamar le preguntó a Pérez si conocía a William Arcaya. Pérez le respondió que sí. El hombre le preguntó si era buen pelotero. Pérez le dijo que era un receptor de elevada calidad. El lanchero le propuso a Pérez gestionar con su representante y ver si compraba los servicios de Arcaya, pagaba el pasaje del barco e intentaba sacarle el doble de la inversión tratando de firmarlo con alguna organización de Grandes Ligas en República Dominicana.

Ya en Cancún, Arcaya no quería dejar sola a su hermana Yailyn. Estaba recluido hasta que pagara el pasaje en una casa de seguridad y ella en un pequeño hotel a menos de cien metros. Según cree William, Félix Pérez estuvo una semana tratando de convencer a su inversionista Manuel Azcona, hasta que finalmente accedió a enviar 13 000 dólares (10 000 por Arcaya y 3 000 por la hermana). El dinero fue enviado mediante una transacción bancaria.

―En la casa de seguridad estaban los que no pagaban.

Estuvo siete días en esa casa, que se llama eufemísticamente de seguridad, pero no era más que un aislamiento preventivo semejante a una prisión. La fortuna lo acompañó. Si no hubo tiros, raptos, violencia o secuestros, fue porque apareció ese dinero que lo comprometía a irse hacia Dominicana. Exactamente lo que Arcaya quería: sobrevivir dentro de un terreno de béisbol, el oficio que mejor dominaba en su vida.

El 20 de septiembre de 2008 se marchó del hotel de Cancún, del cual no recuerda el nombre. Le pido que haga memoria sobre el lugar. Habla de la espectacular vista al mar, la calidad del hotel y la magnificencia de una bandera mexicana que ondeaba y se veía desde cualquier punto. Forcejea con su mente, hace varias muecas que arrugan su cara, frunce el ceño, pero sigue sin recordar.

―El día 20 vinieron con un pasaporte costarricense –relata.

Azcona y sus secuaces hicieron el pasaporte en Dominicana: primero lo compraron de una persona fallecida y luego le engancharon la foto de Arcaya. Su nombre era falso, su fecha de nacimiento era falsa y los números que aparecían en el documento eran falsos. Arcaya tampoco archiva el nombre real del fallecido por el que se hizo pasar, aunque sí recuerda que tenía un nombre compuesto. Lo único verdadero era la foto de William, quien, por añadidura, tuvo que aprenderse una serie de datos sobre la geografía de Costa Rica, la moneda y el himno para traspasar la aduana.

En el Aeropuerto Internacional de Cancún, Arcaya y un enviado de Azcona llamado Juan de Lemus se montaron en
el mismo avión, hicieron una escala en Panamá y de allí emprendieron el vuelo hacia el Aeropuerto Internacional del Cibao, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. A las tres de la tarde, su nuevo dueño, Manuel Azcona, lo esperaba junto a sus amigos Félix Pérez y Coleyanco Rancol, compañeros del equipo Isla de la Juventud en Cuba.

Arcaya con el equipo Isla de la Juventud.

―Con el dolor de mi corazón tuve que dejarla en México –dice cuando le pregunto por su hermana Yailyn, la cual llegó tiempo después a Estados Unidos a través de la frontera mexicana.

Ella se quedó con el novio y los caminos se dividieron hasta que volvieron a verse en 2012, cuatro años más tarde.

―Yo iba a la aventura, no sabía exactamente dónde iba a caer.

Nunca olvida que a la salida del Aeropuerto Internacional del Cibao se montaron en un Mercedes Benz blanco, la marca favorita de Azcona. Inmediatamente fueron a un restaurante, Arcaya venía hambriento del viaje.

***

La mañana del 25 de junio de 2018 me encuentro con Arcaya en su residencia de la 4301 Northwest en las proximidades del Tamiami Canal. Es un complejo de cuatro plantas pintado de amarillo claro y azul oscuro. Caminamos un pasillo y salimos a la piscina del condominio. Todo se encuentra en absoluto silencio. La corriente del canal, ubicado en la parte sur del estado, fluye de oeste a este. En los márgenes del río crecen varios árboles que aportan viento y sonido al día. Los alrededores son bien silvestres: lo mismo puedes encontrarte un cocodrilo, un pato que un mapache.

Nos sentamos en dos sillas grises y viejas.

―Entre septiembre de 2008 y julio de 2009 estuvimos en un residencial llamado Villa Olga –me dice.

Un amplio grupo de peloteros ocupaba sus días entre el entrenamiento y el residencial. Allí estaban Félix Pérez, Coleyanco Rancol, Alexei Gil, Ángel Argüelles, Yosmany Guerra, Juan Carlos Moreno y William Arcaya. Todos venían de jugar en la Serie Nacional cubana. Nunca pasaban hambre. No tuvieron necesidades de ningún tipo en esa época. Un día de rutina en Santiago de los Caballeros pasaba por levantarse a las siete de la mañana, desayunar, prepararse y vestirse de pelotero, venía el taxista a las ocho.

—Eso sí, nos tenían como unos reyes.

El taxi recorría los veinte minutos de camino hasta el terreno que era el Programa 14/30 de Tony Peña y Denio González, ex Grandes Ligas y reconocidos entrenadores dominicanos. Terminaban de entrenar alrededor de las 12:30 p. m. Regresaban a Villa Olga, se duchaban, una dulce señora llamada Luisa les tenía la mesa servida. En las noches bebían algún trago de ron o cerveza. Les pagaban 2 000 pesos dominicanos todas las semanas, lo que equivalía a 57 dólares en aquella época. Eso sí, Arcaya no podía darse el lujo de enviar dinero a su madre en Cuba, excepto una vez que su progenitora necesitó 140 dólares y él habló con los inversionistas para que se lo prestaran sin contar el pago.

―Teníamos todas las atenciones, las atenciones que lleva un pelotero que se está preparando para firmar.

Manuel Azcona, uno de los buscones más hábiles en el negocio, vendió a William Arcaya a otro inversionista de nombre Tomás Eladio Collado Báez. Según Arcaya, era dueño de un dealer de carros llamado Cefica Motors y se comentaba que había sido millonario y enfrentó la deportación de Estados Unidos a República Dominicana por narcotráfico. El mismo día que Arcaya arribó a República Dominicana, Manuel Azcona lo tenía vendido. Ese era su negocio. Compraba peloteros a los lancheros y se los revendía a algún inversionista hambriento, excepto algunos que sí representaba como fue el caso de Juan Miguel Miranda, que firmó con New York Yankees. Lo cierto es que Collado Báez tenía que pagar la renta, alimentación, entrenamiento y algún capricho a siete beisbolistas entre los que se hallaba William Arcaya.

―Estaba listo para firmar –me dice con tranquilidad mientras se reclina en la silla.

Él no era de los que sacaban veinte pelotas en una práctica de bateo, ni de entregarlo todo en los entrenamientos. Se considera un pelotero de juego. Cuando pasó el primer mes se convenció de que podía lograrlo. Cree que tocó su mejor nivel. A veces lanzaba en 1,72 s hacia la segunda base para atrapar a algún corredor que pretendía robarse la almohadilla. Aún se dice que el récord de un receptor cubano en República Dominicana en tiro a segunda lo tiene Arcaya.

El sábado 2 de enero de 2009, en el terreno de Luis Polonia, hizo un tryout a los New York Mets y le ofrecieron 300 000 dólares. Ellos estaban interesados en llevarlo a su Academia en Bocachica y esperar a que llegara la agencia libre de Arcaya.

―Si me das un millón te lo doy, pero 300 000 no –dijo Collado Báez a los scouts.

El tiempo pasó. El grupo continuó haciendo presentaciones y entrenando. Arcaya no olvida una tarde en el Programa 14/30 que jugaron contra prospectos firmados, que pertenecían a la academia de los Houston Astros.

―Los lanzadores no se bajaban de 94 millas aquel día –cuenta.

Arcaya pegó un doblete contra la cerca y llegó a tercera base después de un lanzamiento desviado. Reconoce con la picardía que le caracteriza que el lanzador estaba ubicado de frente. Sus movimientos eran algo lentos. Pensó en robarse el home. De pronto, y sin meditarlo mucho como era propio de su carácter, se mandó hacia home, se deslizó por entre las piernas del cátcher y llegó quieto. Uno de los scouts de Houston también se interesó por el rebelde jugador, aunque el Willy estima que la oferta era más baja aún.

No hizo más tryouts. Los entrenamientos se mantenían y él iba alcanzando un nivel que era superior al que presentó en Cuba.

―Yo pensaba que él iba a firmar –me dice Joan Chaviano.

El también receptor abandonó Cuba en 2009 y estuvo en República Dominicana. Antes él y Arcaya habían sido compañeros de equipo en la Isla de la Juventud, donde sostenían una sana competencia por el puesto de receptor.

―Tenía todas las herramientas de un pelotero –agrega.

Aunque también me advierte que, de haber sido menos inmaduro, Arcaya hubiera logrado el doble de lo que consiguió en el béisbol. Él no quiere decir nada negativo sobre su amigo, pero le insisto en que me explique la naturaleza errante de William.

―No había cerebro ni para un derrame. Un asesino viviente –abrevia Chaviano, aunque me aclara que detrás de su espíritu salvaje se encuentra un hombre de lealtad.

Los compañeros de equipo en la Isla de la Juventud tienen innumerables anécdotas sobre Arcaya, quien era apodado el Cundo porque se rapaba la cabeza como el personaje de unas aventuras que trasmitían por la televisión en Cuba. Una tarde noche, luego de un partido, Arcaya se subió al autobús de regreso a casa y a una milla del estadio pidió al chofer que lo dejara frente a un puente. Atravesaba la peor racha ofensiva de su vida, un solo hit en 40 turnos al bate. Se bajó y se lanzó de una altura de ocho metros. Muchos concuerdan en que estuvo a punto de perder su vida, incluso fue sancionado por el resto de la temporada.

―Era limpiándome de la mala suerte –me explica Arcaya.

***

La mala suerte le persiguió por el resto de sus días en República Dominicana. En septiembre de 2018 me entrevisto por última vez con Arcaya. Me abre las puertas de su edificio, entro hasta su casa. Todos los muebles están desordenados porque piensa mudarse a un apartamento en poco tiempo. Saludo a su amigo Denis Stewart, padrino de Kasey, la hija de Arcaya que ya casi cumple dos años. En la cocina me encuentro a su esposa Glennis y también la saludo.

Diez minutos más tarde, nos vamos hasta la piscina con Kasey y Stewart. Mientras realizo las últimas preguntas, su amigo cuida a la niña en el borde de la piscina. Lleva colgado dos flotadores en cada uno de sus pequeños brazos y se lanza al agua sin miedo. Kasey es eléctrica. No para de correr, gritar, habla sola. Sube dos peldaños de una escalera que se encuentra enfrente de la piscina y se cae. Arcaya me mira y me pregunta: «¿A quién habrá salido?».

Se avecina una larga conversación, llena de recuerdos negros. Trae una nevera con dieciocho cervezas Modelo y una caja verde de cigarros Marlboro. Ya casi cae la noche. Miro hacia el canal y veo a un mapache nadando de una orilla a otra.

―Todo se derrumba cuando a Félix [Pérez] lo sanciona la MLB –me indica como si fuera la clave de la historia, una sanción que se extendió a 12 meses sin poder firmar con alguna franquicia de Grandes Ligas.

Tomás Eladio Collado Báez comenzó a expulsar peloteros del residencial Villa Olga. Los New York Yankees habían ofrecido 3,5 millones de dólares por el jardinero, pero en las actas de nacimiento se descubrió que Pérez tenía veintitrés años y no diecinueve. El acto de «mochar peloteros» –quitarles edad para alcanzar más valor en el mercado– es una treta antiquísima en el mercado internacional. Collado Báez creyó ganar ventaja con esto y tomarlo en su beneficio. Firmando a Félix por 3,5 millones de dólares justificaba toda la inversión realizada.

―Nunca lo consultaron con nosotros –me dice Arcaya, quien llegó a República Dominicana con veinticuatro años y aparecía registrado con veinte–. Nos quitaron años a todos.

El futuro de Arcaya se desvaneció por este detalle. Collado Báez sabía que, si falsificar fechas de nacimiento no había funcionado con Pérez, también sería en vano con los demás. Los primeros que recibieron la llamada fueron Yosmany Guerra y Juan Carlos Moreno. Arcaya imita las voces de la llamada:

―Yosmany, ¿el Sopa está ahí al lado tuyo?

―Sí.

―Los dos, recojan las cosas y váyanse de la casa.

Otros, como Alexei Gil, no esperaron a que los expulsasen, se fueron antes hacia la capital. El turno de Arcaya estaba llegando. Un día antes, Collado Báez llamó insistentemente a Félix Pérez, su niño mimado, para que recogiera las maletas y abandonara el residencial. Pérez no contestaba el teléfono y el inversionista llamó a Arcaya. A las cuatro de la mañana, Félix llegó y recogió sus pertenencias. A las siete de ese mismo día, llegó el momento de Arcaya. Collado Báez llamó, le preguntó si Félix se había ido, y cuando Arcaya le dijo que sí, este le ripostó con un: «Y ahora recoge las cosas tú y vete».

Parecía la entrada en una engañosa ciénaga de arenas movedizas. Entonces Arcaya buscó a alguien que se interesara por su talento, pero Collado Báez no quiso entregar sus documentos.

―Puede que encuentres alguien realmente interesado en ayudarte, pero el inversionista anterior va a querer mediar en las negociaciones –explica Arcaya– y como se tejen las fauces del negocio nadie quiere meter las manos por ti.

A partir de julio de 2009, comenzó la verdadera novela de su vida, no la de firmar un contrato o pensar en el béisbol, sino la de sobrevivir en un país extraño en la soledad más inesperada. Jesús William se fue a casa de una novia que tenía llamada Ariela. La relación duró diez meses y terminó con Arcaya en la calle. Se encontró con Odalys, el Pollo, un amigo que había conocido poco tiempo antes y que le advirtió que no tenía cama para él. Arcaya le preguntó si podía utilizar la parte trasera de su auto. Odalys le facilitó unas sábanas y allí estuvo casi tres meses. Arcaya alternaba entrenamientos días y tardes bajo un sol intenso en una academia de béisbol. Además, entrenaba a los muchachos y cobraba 1 000 pesos a la semana, el equivalente a 20 dólares.

―¿Con eso no podías vivir en Dominicana? –le pregunto.

―Tú estás loco –responde–. Estando yo botado en Dominicana en mi cumpleaños veintiséis, Manuel Azcona me regaló 1 500 pesos dominicanos (equivalente a 100 dólares). Y me cayeron superbién porque yo no tenía ni qué comer.

Mientras habla de eso, Arcaya mastica una galleta de sal. Él sabe que Azcona no es de mal corazón. Me dice que ese es su negocio.

Arcaya no recuerda cuánto tiempo exactamente estuvo durmiendo dentro del Toyota Corolla 1987, pero con toda seguridad sabe que fueron más de sesenta días. Mientras relata la historia se lleva las manos a la cabeza, se le humedecen los ojos y toma una pausa. A las seis de la mañana siempre se despertaba. No sabe si era el calor o la incomodidad de dormir en la parte trasera del auto, pero no lograba dormir más.

―Yo no sabía ni cómo ponerme.

Guardaba la pasta y el cepillo de dientes dentro de una bolsa que escondía en la guantera del auto. Ya no entrenaba ni buscaba un contrato, no tenía fuerzas ni nadie que lo ayudara.

Se movía en una modesta moto. Los fines de semana andaba y desandaba las calles de Santiago de los Caballeros. Así conoció, el 31 de marzo de 2010, a su futura esposa, Irlene María de León, a quien todos llaman Glennis.

―Salí una mañana a trabajar y, caminando con una amiga, él se me acercó –me dice Glennis, quien lleva cinco minutos oyendo nuestra conversación y se mantiene vigilando a la traviesa Kasey–. Estaba muy flaco.

Después de una insistencia de semanas, comenzó el noviazgo entre ambos. Arcaya empezó a dormir en una cama, comer caliente y no pasar necesidades de primer orden. Me dice que Glennis le ofreció lo poco que tenía. Dejó la academia de béisbol porque se sentía explotado. Se cambió a la construcción, donde cobraba 57 dólares semanales.

El viento sopló a su favor con la llegada de su madre a Estados Unidos. Ambas, la madre y Yailyn, aquella muchacha que se quedó en México y que se hizo residente de Estados Unidos con el paso del tiempo, pagaron los 3 000 dólares que le costaban montarse en una lancha para llegar a Puerto Rico y pedir asilo político. El 4 de febrero de 2012 se subió a la embarcación que lo sacaría de República Dominicana. Él había soñado salir en un avión como beisbolista profesional y no como el emigrante indocumentado que era.

―Pensé que no íbamos a vernos nunca más –me confiesa Glennis, quien luego llegaría a Estados Unidos tras consumarse el matrimonio entre ambos.

Dice Arcaya que siempre estará en deuda con Glennis por ofrecerle lo poco que tenía. «El agradecimiento es la memoria del corazón», asegura que esa es una de sus máximas.

La travesía por el canal de la Mona fue negra. Esa misma noche, se ahogaron sesenta y siete dominicanos en un bote de fabricación casera debido a las condiciones del tiempo. En el barco que salió de Higüey, municipio costero al este de la capital, solo iban diez pasajeros cubanos y ninguno era pelotero, excepto Arcaya. Pasaron por Isla de Mona y luego de diecisiete horas, atracaron en la isla deshabitada de Desecheo, a quince millas de Puerto Rico. El teléfono del Willy solo tenía una raya de batería cuando llamó al 911 para pedir rescate. A las dos horas aparecieron dos helicópteros. Tiraron bolsas de comida y se fueron. Esa noche durmió a la intemperie y al día siguiente fueron rescatados y trasladados al Centro de Detención de Aguadilla.

―Me hicieron cantar el himno para comprobar si era cubano.

Desde San Juan de Puerto Rico tomó un vuelo hasta Miami, donde reside desde el 7 de febrero de 2012. Nunca dejó de pensar en el béisbol. Recibió llamados para irse a la Liga Profesional de Nicaragua. Sin embargo, cuando su residencia estadounidense llegó a sus manos, ya tenía treinta años.

***

Después de trabajar en una compañía de mudanzas, en la construcción y manejando un camión, el sueño de Arcaya se desvaneció. Diez años más tarde, Arcaya sigue tirando a segunda base desde el suelo. No duerme el día antes de un juego de béisbol. La emoción controla el sueño.

En un partido de preparación, mientras intentaba su firma profesional, enfrentó a un zurdo de 98 millas en la Academia de los New York Mets. Corría el año 2009 en República Dominicana. El pitcher le pegó una recta que le fracturó instantáneamente dos dedos de la mano izquierda. El umpire pidió tiempo y le dijo que debía irse al hospital e inmovilizarse la mano. El rebelde pinero le aclaró que no saldría de home. Había muchas personas presenciando el choque. Recuerda como si fuera hoy a su amigo Félix Pérez corriendo en segunda base. Entró al cajón de bateo, presionó el bate con los tres dedos restantes de su mano izquierda y, ante una recta superior a las 95 millas, pegó una línea que se estrelló en el muro del jardín central. Al llegar a segunda base, pidió tiempo al umpire de home y dijo: «Ahora sí me voy».

*Esta crónica pertenece a El sueño y la realidad. Historias de la emigración del béisbol cubano (1960-2018). El libro inaugura la colección de no-ficción Comentarios reales, un proyecto en conjunto entre Rialta Ediciones y El Estornudo.