Yunesky Maya / Foto: Twitter

Yunesky Maya / Foto: Twitter

Me encuentro con Yunesky Maya en el terreno 4 del Tamiami Park, en la ciudad de Miami entre la calle 112 del Southwest y la 24 avenida. A lo lejos, se ve Maya como un solitario corredor de fondo, aunque en este caso lo hace en la grama primaveral de un campo de béisbol que sirve para prácticas de niños y partidos de ligas locales durante los fines de semana. No existe nadie más esa mañana. La llovizna amenaza con romper el entrenamiento del lanzador de 36 años.

Maya entrena con unos tenis deportivos de color gris, su frente suda y las gotas recorren la barba en una mañana a treinta grados de temperatura. Quien lo conoce bien, sabe que casi nunca sonríe. Su pulóver es negro, el short rojo le sobrepasa las rodillas y en las esquinas se define por el símbolo de Air Jordan, un hombre con las piernas abiertas buscando el Olimpo con las manos. Es una imagen que me recuerda la propia emotividad de Maya, él busca la eternidad mientras su brazo le acompañe, que bien lo ha hecho en una singular carrera de lanzador que supera los 15 años.

―¿Tú podrías cogerme unas pelotas? –me pregunta, pidiendo que haga de cátcher.

Le respondo que no tengo problemas, a menos que me rompa un dedo. La velocidad de un lanzamiento podría quebrarme y eso me retrasaría para escribir su historia.

―Es que no traje otro guante –se lamenta.

 Yunesky Maya / Foto: Cortesía del autor

Yunesky Maya / Foto: Cortesía del autor

Maya superó mi agenda privada sobre la búsqueda de enigmas y se transformó en mito del béisbol cubano. Una historia de superación ilimitada. El utilero y recogedor de pelotas del estadio Capitán San Luis –con 18 años– en la provincia Pinar del Río, el mismo que una década más tarde llegó a Grandes Ligas, un 7 de septiembre de 2010, en Nationals Park con los Washington Nationals, frente a los New York Mets ante 13 mil 835 aficionados. La lógica no existe donde habita el secreto, por eso Maya ahora ni siquiera piensa en la transición. Quizá mucho tiempo antes sí lo desveló esa evolución increíble. Ahora piensa en entrenar todos los días, mantener a su familia, realizar la rutina y volver al juego que lo rescató cuando se hallaba sin rumbo en la vida.

Conversamos sobre los diversos tipos de migración. Él llegó a Estados Unidos con un contrato millonario, yo con 159 dólares en el bolsillo. Hablamos del estrés del primer día, él fumaba aquellos cigarros Marlboro rojos; en cambio, yo elegí los verdes. Él estuvo en el cuarto de inmigración por una hora en el aeropuerto de Orlando, yo estuve 11 horas esperando salir del aeropuerto de Miami.

Nos sentamos en unas mesas protegidas por un techo frente al terreno. Él levanta su teléfono y comienza a llamar a amigos expeloteros. Primero a William Arcaya. Maya le pide que venga para hacer una sesión de bullpen, pero Arcaya se encuentra trabajando en ese momento. Luego llama a Manolito, un exlanzador de La Habana que jugó a nivel colegial en Estados Unidos, luego de emigrar en 1997 mediante la lotería de visas. Manuel Arencibia viene llegando en veinte minutos y finalmente llega. Se ponen a tirar pelotas. Inician a diez pies de distancia hasta que progresivamente se alejan a unos 150 pies.

―Este es el salvador de todos –dice Maya mientras estira su brazo.

Arencibia entrenó en el pasado con lanzadores cubanos del calibre de Danys Báez, Alay Soler o el dominicano Frank Francisco, y ahora sirve de apoyo a Maya. Se conocen de hace tres o cuatro años, antes de irse Maya a la liga de Corea. Por ese día ese es todo el entrenamiento.

Al día siguiente regreso y se unen Armando Rivero y Pedro Echemendía Jr., Sachy. Ellos dos, junto a Maya, tienen algo en común: son agentes libres y están buscando contrato, lo mismo en ligas menores que con alguna organización de Grandes Ligas, Asia o México. El día se nubla y el cielo encapotado anuncia lluvia.

De izquierda a derecha, Armando Rivero, Yunesky Maya, yo, Pedro Echemendía y Raudel Lazo

De izquierda a derecha, Armando Rivero, Yunesky Maya, yo, Pedro Echemendía y Raudel Lazo / Foto: Cortesía del autor

Comienzan a las diez de la mañana haciendo ejercicios de coordinación de pies. De ahí pasan a calentar el brazo y Maya me pide que lo asista. No tiene con quien calentar. Le pido de favor que lance suave. Me trae un guante y tomo una pelota pesada. No estaba preparado para eso. Me pongo la libreta de anotaciones en el bolsillo trasero de mi pantalón. Maya lanza más fuerte que hace un tiempo atrás, la operación de Tommy John a la que se sometió en 2016 ha rendido sus frutos. Mi mano se pone rojiza por la velocidad de los lanzamientos.

―Tremenda escopeta –grita desde lo lejos, alabando el estado de mi brazo.

Experimento cierto dolor en la región del bíceps, me percato de que ni siquiera calenté. Se acerca y prueba el sinker que se mueve a la izquierda.

―¿Se movió? –pregunta.

Yo le respondo que sí. Incursiona con el cutter (recta cortada), luego la curva y termina probando la recta. Siento que la mano me quema, que la fortaleza de los envíos traspasa el guante. Después de 15 minutos, se incorpora Maikel Taylor, otro lanzador cubano y agente libre. Ahora los cuatro inician un circuito de señales, donde alternan cuclillas, saltos y carrera de velocidad, que se extiende más allá de la media hora.

―Escribe ahí que no es fácil la vida del pelotero –me dice Rivero.

De repente rompe a llover y nos protegemos bajo techo. Suena la alerta de truenos en el Tamiami y la lluvia finaliza el entrenamiento.

La jornada concluye y le prometo regresar mañana. Intentar decodificar el secreto que vive dentro de un pitcher de 30 años puede demorar más de lo pensado. Lo ayudo cargando su maleta de implementos hacia el maletero del auto. Hay más de tres guantes, seis pelotas, la escalera de coordinación, ligas para el brazo, unas pesas para fortalecer el hombro y dos spikes. Mientras voy corriendo hacia mi carro, Maya grita:

―Tremenda escopeta.

***

Los padres de Yunesky Maya se separaron seis meses después de su nacimiento en 1981. La situación era desesperanzadora. Su madre, Mayra Mendiluza González, encontró la suficiente fuerza y sabiduría para guiar a sus tres hijos: Yunesky, Madaymi y Duniesky, quienes no reunían diez años sumados los tres. Cuando Maya habla sobre aquella década de los ochenta, toma un respiro. Su madre Mayra debió cuidar, por si fuera poco, al abuelo con la cadera fracturada, una tía con los dos pies amputados debido a una enfermedad diabética y a su otra abuela que estaba ciega. Mayra trabajó en la industria del azúcar cortando caña y además ensartaba tabacos en la occidental Pinar del Río. Llegó a ser Vanguardia Nacional.

―La reina mía –dice melancólicamente Maya.

Existen dolores que a veces el tiempo no cura. La familia atravesó una época infernal de necesidades que, lejos de separarlos, los unió para siempre. Su padre tomó otro rumbo. Se casó, tuvo un hijo con otra mujer y no mantuvieron mucha comunicación. No intento preguntarle más porque la llaga puede ser profunda.

―Tiempos difíciles –resume en dos palabras mientras toma otra pesa y comienza a realizar repeticiones para fuerza de hombro y bíceps.

Sus compañeros Armando Rivero y Pedro Echemendía Jr. también se ejercitan y escuchan las respuestas del Pirro. Ellos no saben ese tipo de particularidades de la vida de Maya, pues los entrenamientos no son una sesión conversacional sobre el dolor familiar de cada cual, sino la búsqueda del presente, esperanza y charla motivacional mediante. Sin embargo, se mueven y escuchan la historia.

―Casi nunca había almuerzo –recuerda.

Maya atrapaba un pedazo de pan de la tienda, se tomaba una botella de agua con azúcar y así continuaba hasta la noche. En su infancia pasaba los días pescando con su hermano Duniesky y dos amigos en un arroyo cerca del barrio. La fortuna los abrazaba en algunas ocasiones: pescaban hasta cincuenta tilapias por día, las vendían y hacían negocios con las ganancias.

Mientras crecía, se convertía en un niño alegre de barrio, con una pequeña cuota de maldad y la costumbre de estar pendiente siempre de su familia. Ayudaba al abuelo en la búsqueda de piezas para fabricar hornillas eléctricas. No era muy callejero, aunque cuando cumplió los quince años le gustaba ir a las fiestas nocturnas. En la escuela no sacaba las mejores notas, pero tampoco era el peor estudiante.

Al terminar el sexto grado, Mayra lo ubicó en una escuela de técnico medio, donde se estudiaban determinados oficios. Él quería optar por el curso de gastronomía, pero lo perdió por no matricular a tiempo, y no quedó otra opción que iniciar en la fogonería. De allí pasó a un curso de carpintería y estuvo quince días aprendiendo a confeccionar calzados de madera.

―Desde niño quería ser pelotero. El sueño mío era integrar el equipo Pinar del Río y después el de Cuba.

Cuenta Maya que, una vez, en un campeonato de kárate en el que participaba con su provincia, quedó descalificado de la competencia por no asistir al pesaje.

―¿Dónde estabas? –pregunto.

―Me escapé al terreno de béisbol y me puse a ver un juego.

Sin la pretensión de estudiar una carrera universitaria, en medio de la desorientada y confusa adolescencia, buscaba la pasión, una pasión que definiera su vida. Esa fuerza externa que te impulsa y exige superar la circunstancia. Su vida iba camino a merodear en las calles, luchar el dinero diario haciendo techos de concreto, mercadear en la reventa de artículos o vivir de los negocios. Esa fuerza de la que hablo se concretó en un terreno verde, que emulaba una primavera artificial, y poseía cuatro bases, como estaciones del año. El santuario donde se respiraba, por igual, la desilusión y el sueño.

***

Maya comenzó a trabajar en el estadio Capitán San Luis de Pinar del Río en el año 1998. Eliseo Reyes, Capitán San Luis, se marchó con el Che Guevara a la guerrilla de Bolivia y murió allá en 1967. El estadio se inauguró dos años más tarde y tiene una capacidad de ocho mil aficionados. Maya se inició allí como trabajador, bajo el amparo de Alberto Hernández, Nine, quien ha fungido por más de 40 años como cargabates del equipo. Junto a William Saavedra y otro amigo que no duró mucho tiempo, tenía el compromiso de laborar allí cada vez que Pinar del Río jugara en casa. Le excitaba eso. Lo disfrutaba.

Le demostraron al Nine que eran muchachos honestos.

―Nunca se perdió una pelota –dice.

La pérdida de una pelota en su puesto de utilero no se perdonaba. Todos sabían que las pelotas podían revenderse en la calle por dos dólares, pero él nunca se arriesgó porque quería mantenerse en el terreno. Recuerda cómo no podían asistir a las charlas entre la dirección y los beisbolistas. Viajaron en una ocasión hacia la capital a una serie de postemporada contra los Leones de Industriales. Maya tenía el pelo largo y le decían Pepillo, quizá por la tez blanca y su estilo pintoresco de caminar.

Convivía con peloteros como Omar Linares, Pedro Luis Lazo, José Ariel Contreras, campeones olímpicos. Interactuaba con Yobal Dueñas, Juan Carlos Linares (hermano de Omar), Faustino Corrales (22 ponches en un juego, récord en Cuba) o Jorge Fuentes, mánager más ganador del país con cinco campeonatos.

En un día normal esperaban que arribara el bus al estadio, sentados en unos bancos afuera. Se bajaban todos y subían, él y Saavedra, para bajar los maletines cargados de pelotas y bates. Era un utilero profesional que armaba y desarmaba andamios en prácticas de bateo y buscaba lo mismo agua que una pelota en lo más profundo del jardín central. El Nine era un cargabates con mucho carácter.

―No se podía perder nada –recalca.

Un día Maya vio que afuera del estadio un ladrón robaba los espejos al auto de Pedro Luis Lazo, lanzador más ganador en la historia de la Liga Cubana con 257 victorias.

―Lazo, Lazo –gritó Maya entrando al dugout en medio de un juego.

―Dime, Pepillo –dijo el espigado lanzador.

―Te están robando los espejos del carro.

En ese momento todos corrieron hacia la calle y un amigo de Lazo atrapó al ladrón en plena faena.

Lo más difícil que recuerda de su trabajo, además del bajo salario de ocho pesos por juego, que equivalía a diez dólares mensuales, era lidiar con el público mientras recogía pelotas. En la Liga Cubana, se obliga al público a devolver las pelotas. A veces se buscaba algún que otro problema con los aficionados cuando caía una pelota de foul en las gradas y tenía que pedírsela a los niños.

―Imagínate tú, ¿cómo le pedías una pelota a un niño?

 Yunesky Maya / Foto: curlyw.mlbblogs.com

Yunesky Maya / Foto: curlyw.mlbblogs.com

Cuando Pinar del Río jugaba seis o siete subseries consecutivas en casa, Maya podía cobrar hasta 350 pesos en un mes, el equivalente a 14 dólares. Su trabajo en el estadio era una mezcla de sacrificio impensado y aprendizaje. La realización nace una vez que se imagina el sueño. Por eso Maya se personificaba, como todos los jóvenes, en el final de un juego que él debía decidir como bateador.

Le gustaba ser infielder, tomaba algún consejo mientras fildeaba o se ponía a practicar el swing cuando los peloteros terminaban la sesión de entrenamiento. La imaginación del recogepelotas florecía una primavera cualquiera debajo de la lluvia, esa fue la primera conversación de su alma con el juego. Ambos se entendieron en una fusión de elementos dispersos, antes de surgir el momento.

Después de aplicarse a la labor de utilero y recogepelotas, entre los años 1998 y 2000, en la meca del béisbol de Pinar del Río, el servicio militar sorprendió a Maya. Lo ubicaron en el poblado de Bahía Honda, municipio en la costa norte, a cien kilómetros de la capital provincial. Tenía que hacer guardias nocturnas y trabajar en la caña. Allí cada unidad militar tenía un equipo de béisbol. Maya pertenecía al central Harlem y en los juegos entre unidades empezó a mostrar aptitudes como bateador, hasta que entró en el roster del equipo para la Liga Azucarera, torneo donde jugaban los beisbolistas retirados. En los playoffs del campeonato bateó para 12-0 y el mánager del conjunto, Lázaro Gómez, quien dirigió Forestales en Series Nacionales antes de que desapareciera como equipo en 1992, le preguntó una tarde:

―Guardia, ¿tú sabes lanzar?

Maya no sabía ni pararse en el montículo. Tomó la pelota y los astros se alinearon. Ponchó a todos los bateadores que enfrentó.

―Tú no vas a batear más, tú eres pitcher –le dijo Gómez.

Una mañana en el Capitán San Luis, en medio de una reunión antes del entrenamiento donde se realizaba siempre el obligado debate político, cultural y deportivo en el que los peloteros tienen que conversar sobre la actualidad de la provincia, de súbito alguien lee en un periódico: «Yunesky Maya, mejor pitcher de la Liga Azucarera». Todos exclamaron: «Ese es el Pepillo».

Regresó a Pinar del Río y todos querían comprobar si era verdad la historia reciente. Le realizaron las pruebas en el mismo estadio donde un año antes recogía pelotas. Se trepó en el box y lanzó contra los peloteros para los que trabajaba tiempo atrás.

―No tenía zapatos –recuerda.

Como en casi todas las historias de subestimación, ningún entrenador midió la velocidad de los lanzamientos aquel día. Las rectas llegaban fuertes al cátcher y el irreverente joven de veintiún años dominó a bateadores de jerarquía nacional.

―Guajiro, ven acá –lo llamó Lázaro Madera, mánager del Pinar del Río B y exbateador reconocido (264 jonrones en la Liga Cubana). Madera conocía a la madre de Maya, los Mendiluza de La Coloma. El pitcher lo impresionó tanto que, mientras se acercaba, le dijo a un asistente:

―Oye, borra uno de la lista y anota al Guajiro.

Esa tarde Maya bajó por la calle del Reparto Capó con unos spikes marca Batos y un guante nuevo. El recogedor de pelotas del pueblo ahora dormía con los preciados spikes debajo de la cama.

―Eso para mí era oro –dice.

Tras dos campañas de aprendizaje y espera en Series Provinciales –y de integrar la reserva del primer equipo–, el anhelado ascenso llegaría. Su sueño se cumpliría cuando varios lanzadores pinareños emigraron y se abrió un espacio. Maya integró el equipo Pinar del Río en 2003. Su traje, el número 27; su edad, 22 años. Luego de solo 24 meses dentro del alto rendimiento, llegaba a la cúspide. La metamorfosis de recogepelotas a pitcher no quebró su humildad. El mito comenzaba a crecer y alimentarse por todas las gradas y parques de Cuba.

―Fue un cambio muy brusco en mi vida.

***

Yunesky Maya llegó a la Serie Nacional de Béisbol, Liga Cubana, con los Vegueros de Pinar del Río en la temporada 2003-2004. Ese primer año ganó dos partidos y no perdió en diez entradas de actuación. El número 27 entró con la suerte del principiante a lanzar en dos choques que su equipo perdía por cinco o más carreras y terminó ganándolos.

―Mis dos primeros juegos los gané gracias al Lobo –recuerda a su compañero Donal Duarte.

Un detalle que convirtió a Maya de pitcher promedio a lanzador de primer nivel fue la insólita charla que tuvo una noche con José Manuel Cortina, uno de los mejores entrenadores de pitcheo en la historia del béisbol cubano. Cortina y otros entrenadores han guiado a un ingente número de tiradores pinareños al equipo Cuba, sin contar el grupo superior a diez tiradores que han conquistado las cien victorias en el campeonato cubano.

―¿Cómo tú tiras la recta? –le preguntó José Manuel Cortina a Maya con una pelota en la mano.

Maya le indicó el agarre y explicó cómo soltaba la recta de cuatro costuras.

―No, no, no –dijo Cortina–, así tira el cátcher, el torpedero, los jardineros, ¿para qué?, para que la pelota no se mueva.

Así fue como le enseñó a tirar la recta de dos costuras para conseguir el efecto y sacar de paso a los bateadores.

―Ahí es donde empezó a despegar mi carrera –me asegura Maya.

Entrenaba solo en el Capitán San Luis luego de los partidos, desde los virajes a segunda base o a dónde tenía que correr en caso de un tiro a tercera, hasta lanzamientos nuevos que intentaba incorporar. La vida del pitcher, a veces, suele ser la más solitaria de todas, y Maya debía recuperar una sumatoria de años perdidos y todas las horas de entrenamiento que por su descubrimiento tardío nunca atravesó.

En su segunda temporada (2004-2005), Maya fue el pitcher más efectivo de Cuba con 1.61 en 89.2 innings sin permitir jonrones. Además, ganó cinco juegos y salvó siete. Integró el equipo Cuba a la Copa Mundial de 2005. Un año más tarde, realizó su conversión a abridor y entró en la historia del béisbol al convertirse en el primer lanzador cubano que ganaba en un Clásico Mundial de Béisbol.

Sucedió en el estadio Hiram Bithorn de Puerto Rico, en 2006. Maya lanzó dos innings ante Panamá y luego de sacar un out que forzaba el choque a extrainnings, el derecho derramó algunas lágrimas camino al dugout.

―Yo sentí que la tierra temblaba –dice sobre aquel momento.

Cuando Yulieski Gurriel capturó aquel fly, el joven salió del box emocionado y pensó en su mamá, su familia y la gente del barrio.

El equipo Cuba obtuvo el segundo lugar de ese torneo y Maya, como los demás peloteros cubanos, regresaron siendo héroes a la Isla. Una vez en La Habana y pese a perder ante Japón la final del Clásico, los peloteros se reunieron con Fidel Castro. El Gobierno cubano le pagó a cada jugador 11 mil dólares por la actuación en el Clásico. Castro reconoció a Maya. Levantó la mano del pinareño y dijo a viva voz que era un corajudo.

En Pinar del Río, el Gobierno le otorgó un apartamento por sus méritos deportivos a solo dos años de llegar al equipo Cuba. Su familia salió de la pobreza que había sufrido un lustro antes.

Diez días antes de que se iniciaran los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008, Maya fue cortado del equipo por una serie de acontecimientos que tuvieron lugar en la gira por Corea. Primero, su compañero y amigo Yosvany Peraza ganó un concurso de jonrones cuyo premio era de mil 500 dólares y una cámara Canon, pero los dirigentes de la delegación impidieron que se le entregase el premio. Maya discutió con Antonio Castro (hijo de Fidel Castro, médico del equipo) y con el mánager Antonio Pacheco. Esto no hizo mucha gracia y en un partido de preparación donde ensayaba su cambio mostró cierto descontrol y fue sacado de la lista. Él, junto a otros cuatro peloteros, tuvo que tomar un vuelo de regreso a Cuba un día antes de comenzar las Olimpíadas.

―Fue algo bochornoso ese regreso –recuerda–. No pude ver ni siquiera un partido del equipo en Beijing, me daba taquicardia.

―¿Si eso no hubiera pasado tú estarías en Cuba todavía? –le pregunto.

―Nadie sabe, quizá, tal vez. Hay un porciento grande de que estuviera aún –responde.

No participar en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 estuvo entre las decepciones más resonantes de su carrera que aún no termina. El guerrero volvió a los entrenamientos entre la pesadumbre y la consternación. Tenía una declaración más sorprendente aún y la realizó ante el periodista Yimmy Castillo para la televisión cubana:

―Voy a ser el mejor pitcher de Cuba el próximo año –aseveró.

 Yunesky Maya / Foto: curlyw.mlbblogs.com

Yunesky Maya / Foto: curlyw.mlbblogs.com

En la temporada 2008-2009, la madurez y el entendimiento se unieron al talento natural del Pirro, y en la pausa por el Juego de Estrellas ya posteaba 9-1. Culminó esa campaña con 13-4, 2.22 de efectividad y arribó al II Clásico Mundial de Béisbol (2009) como mejor lanzador derecho del equipo junto al zurdo Aroldis Chapman.

―Todo el mundo pensaba que abriría un zurdo el juego contra Japón –me aclara, en relación al choque de muerte súbita entre Cuba y los japoneses.

Una vez más el misterio, la inseguridad y las malas decisiones influían en los resultados de Cuba.

―El juego era a las 6:05 p. m. y a las 3:30 p. m. no se sabía quién iba a pitchear.

Maya jugaba cartas en la habitación del hotel junto a Norge Luis Vera y su amigo Peraza. Tocó a la puerta Higinio Vélez, en condición de mánager, Tony Castro y un agente de la Seguridad. De repente dijeron:

―Quieren hablar contigo.

―¿Quién quiere hablar conmigo? –preguntó Maya.

―El comandante –respondió Vélez.

Maya tomó el teléfono con aparente nerviosismo y Fidel Castro le dijo:

―Yunesky Maya, usted sabe que tiene la responsabilidad de abrir este partido…

Supuestamente, el gobernante quería a Maya lanzando tres innings y luego dar entrada a un zurdo. Escenificada la batalla en el Petco Park de San Diego ante Hisashi Iwakuma, los dirigentes no contaban con los tres primeros innings en blanco lanzados por el pinareño. La connotación política que históricamente se le dio al béisbol en Cuba desde 1959 produce compromiso y nervios equivocados. Los directores no querían arruinar los planes y a la llegada de Maya al dugout, tras poner tres ceros en la pizarra, el director Vélez lo felicitó, pero le aclaró que había terminado su labor.

―¿Cómo? –preguntó confundido.

Nadie respondió. Seguían las instrucciones de Fidel Castro.

―Tremenda peste a mierda es lo que hay aquí –dijo tirando el guante contra los bancos.

Caminó hacia el interior del moderno clubhouse, uno al que no estaba acostumbrado. La presión del momento y la intempestiva noticia hicieron a Maya quitarse el uniforme y desabrocharse sus spikes. A la decepción de no estar en Beijing 2008 ahora se sumaba un nuevo sinsabor. Mientras tanto, el juego seguía desarrollándose y se sentía el bullicio del estadio desde el clubhouse. Era tanta la locura y la celeridad de sus pensamientos que fue por un cigarro, abrió las duchas para que el humo del agua caliente encubriese el cigarro y empezó a fumar. No entendía por qué debía abandonar el partido si estaba dominando a los japoneses. Se sentía abatido, desbordado.

De pronto, entró al baño Jorge Fuentes, jefe técnico del Cuba, pinareño que siempre trató a Maya como uno de sus elegidos. Fuentes, exmánager campeón de dos Juegos Olímpicos, Barcelona 1992 y Atlanta 1996, no se había enterado de lo que ocurría. Él fue el primer director que tuvo Maya en Pinar del Río cuando realizaba la transición de recoger pelotas a lanzador.

―¡Pirro! –gritó Fuentes a modo de regaño–. ¿Qué tú haces aquí?

―Ah, Jorge, ni me digas nada, que esta gente me quitaron.

―¿Cómo?

La cara de Fuentes lo decía todo. Era el tipo de situaciones que suelen ser frecuentes en un ambiente donde no existe un director que tome las decisiones por sí mismo. Uno podría escribir varios libros sobre el archivo de ridículas llamadas en torneos internacionales. A veces, se trata el béisbol como si fuera algo más que un juego.

Fuentes salvó la sustitución. Regresó. Al parecer había convencido a Higinio Vélez o realizaron alguna llamada. Maya debió botar el cigarro, acordonarse los spikes, despejar el mecanismo, ordenar en la psiquis lo que supone salir y entrar de un juego solo en tu mente; aunque si alguien estaba preparado para el cambio ese era Maya. Volvió al terreno, el clubbie (encargado de la limpieza del clubhouse) lo regañó por fumar allí dentro –dos años después Maya volvería a San Diego como lanzador de Grandes Ligas y le regalaría un cheque de mil 500 dólares.

Ese cuarto inning ante Japón sería el último con la camiseta de Cuba. Dos outs, corredores en primera y segunda base, un bateador de casi 400 jonrones en la Liga Profesional de Japón (Mishihiro Ogasawara) se enroló en una batalla de fouls y adivinaciones contra Maya. Finalmente, le pegó una línea fuerte entre el jardín central y el izquierdo, Yoenis Céspedes cerró el guante antes de tiempo, la pelota cayó y Japón marcó dos anotaciones. Maya fue sustituido. Iba mirando el césped a su salida del box, camino a los vestidores del Petco Park. Cuba perdería esa noche 5-0 y terminaría su andadura en el II Clásico Mundial.

―Ahí pensaste en salir de Cuba definitivamente –le pregunto.

―Uno se traza muchos sueños. Primero era ser pelotero, luego llegar al equipo Pinar del Río, luego al Cuba y luego a Grandes Ligas.

Viajes mentales violentos y lejanos.

***

Una práctica de pitcheo en vivo precisa la conjunción de varios factores para que todo salga según lo previsto. Es viernes en la mañana y Maya necesita enfrentarse a bateadores en el terreno 3 del Tamiami Park, para esto lleva preparando el Live BP (práctica de bateo real) algunos días. Llama a William Arcaya. Necesita un cátcher y un bateador como mínimo. Contactan a Dariel Crespo, receptor liberado por los Twins de Minnesota en el entrenamiento extendido de primavera un mes atrás.

―El día está feo –me dice Maya.

Los hongos crecen en el pasto y las ardillas trepan los árboles. El mes de mayo ha traído lluvias constantes. El día es uno de esos donde es imposible pensar en que no lloverá: nubes oscuras y grises en el horizonte. El terreno es alquilado. Maya, Echemendía Jr. y Rivero entregan al encargado del campo veinte dólares cada uno, pero en medio de eso, rompe a llover y el señor les devuelve el dinero.

Tantos días de espera, coordinación, y la lluvia acaba los planes en cuestión de minutos. Arcaya comienza a relatar historias de cuando estuvo en Dominicana. Otros miran sus teléfonos y algunos rostros se sienten preocupados.

―Dime algo de esto –dice Rivero, quien no ha lanzado en seis meses después de su operación en el hombro derecho.

Maya debe irse antes de la 1:00 p. m. porque su hijo menor cumple dos años ese mismo día y quiere pasar tiempo con él.

La lluvia amaina y se animan las caras. Se ponen a calentar los brazos con estiramientos y pequeñas carreras de treinta metros. Maya me pide que encuentre a uno de los trabajadores del terreno que anda por ahí dando vueltas en un carro como los que se ven en los campos de golf. La oficina se halla justo frente al terreno 3. Hago la gestión y el hombre vuelve. Se le paga el efectivo y abre la puerta. Hay dos receptores, Arcaya y Crespo, y un bateador, Yosley Veitía. Todo está listo.

Rivero lanza de primero. Grabo con mi celular los 30 lanzamientos de su Live BP porque necesitan pasar vídeos a los agentes o equipos interesados. Me ubico detrás del lanzador en una zona de peligro. Maya a mi lado le alcanza las pelotas, pitcheo tras pitcheo.

―Ten cuidado –me dice, y eso me asusta aún más.

Crespo pega una línea que pasa cerca de mi cabeza. Es el turno de Maya. Hace los movimientos, prueba los pitcheos, desde la curva hasta el cutter. La faena parece cumplida. Luego tiran Echemendía Jr., Maikel Taylor y J.C. Sulbarán, de Curazao y con experiencia en ligas menores.

La lluvia inunda el terreno en quince minutos. Entramos en el pequeño dugout y la sensación es de felicidad porque, al menos, se aprovechó parte de la sesión.

Me acerco a Maya y continuamos con el momento de su partida de Cuba. Algunos podrían pensar que es una decisión pensada por años, pero en realidad es solo un pensamiento fugaz que se reitera.

―La primera vez que pensé salir de Cuba ciertamente fue la tarde que se me rompió la moto –dice.

Iba manejando su moto de dos velocidades por una de las calles principales de la ciudad y se explotó una bujía. Tuvo que caminar alrededor de doce cuadras hasta su casa empujando la moto con sus manos. Simultáneamente se iba rompiendo algo dentro de él mismo. Llegó a casa y allí decidió aceptar el primero de los tantos mensajes que le enviaron los encargados del tráfico ilegal de personas.

―Las personas en la calle decían: «Mira para eso, del equipo Cuba y los trabajos que pasan».

Para julio de 2009, Maya intentaba su primera fuga de Cuba con su hijo Kevin y su madre Mayra. En la costa norte de Pinar del Río fueron atrapados y apresados en el Politécnico de la provincia. Los contactos no llegaron con precisión y la lancha que venía a recogerlos se rompió en el mar.

Una semana en la prisión. Allí caminaba sin presión y los internos lo reconocían como el pitcher del equipo Cuba. Los agentes de la Seguridad del Estado cubano, con la intención de que hablara sobre los contactos, le comunicaron que su hijo Kevin, de dos años, estaba ingresado en el hospital.

El jefe de la Seguridad en Pinar del Río llamó a la prisión y pidió hablar con Maya:

―Te lo dije que te íbamos a atrapar –le comunicó por vía telefónica.

Al cabo de treinta días y después de un primer intento de salida ilegal frustrante, continuó buscando alternativas para salir de la Isla.

―¿Por qué decidiste no llevarte a tu hijo en la segunda oportunidad? –le pregunto.

―Pensé que, si me iba a joder, me jodía yo solo, y gracias a Dios no me lo llevé, porque no hubiese soportado lo que sucedió –me confiesa.

En agosto de 2009 partió hacia Las Tunas. Llegó en un auto alquilado. El viaje se extendió luego hasta Holguín. Lo recogieron allí dos personas de las cuales él no sabía nombre ni identidad. Vivió por una semana en una casa de campo adentro y oculta de la ciudad en las mejores condiciones hasta que lo montaron en una moto y lo dejaron en la orilla del mar una noche. Playa La Herradura.

―Estuve cinco días comiendo donuts –me dice–. Solo había donuts. La travesía fue dura. Fueron cinco días que estuve en el mar.

El barco de treinta y dos pies se quedó sin gasolina en una isla entre las Bahamas y Turcos y Caicos, llamada Grave Bay. Los lancheros salieron hasta Great Inagua, entre dos o tres millas de distancia para recargar combustible. Maya por poco muere de deshidratación.

―Tomé hasta orine.

No comió nada en un día, excepto caracoles. Bebía agua agitando las ramas de los árboles, el agua caía en el pulóver y exprimía el líquido hasta llevarlo a su boca.

En la embarcación viajaban dos muchachos, de los que no recuerda el nombre ni tuvo nunca más contacto con ellos. Uno de ellos era nadador y se lanzó hasta la pequeña isla para avisarles a los lancheros que Maya estaba en malas condiciones. Creyó que moría solo allí, pero a lo lejos vio al nadador volviendo:

―Cuando vi al nadador regresando fue como encontrarme a Dios. Sí lloré, sí, lloré mucho. Dicen que los hombres no lloran, pero sí lloré.

Los conductores volvieron con el barco lleno de combustible y manejaron hasta Turcos y Caicos por una hora y media. Desde allí fue trasportado con un pasaporte inventado hasta el aeropuerto del Cibao, en Santiago de los Caballeros. Recuperó fuerzas y en dos días ya se encontraba en Santo Domingo, en la Academia Born to Play.

―Conocí a Edgar Mercedes y estuve ahí hasta que me firmaron.

La firma del contrato millonario por el que arriesgó su vida demoró menos de un año. El 31 de julio de 2010, los Washington Nationals le otorgaron un contrato de ocho millones de dólares, según algunas publicaciones, pero en realidad a él solo llegaron 6,5.

―Yo no sé por qué salen los ocho millones esos, para mí que ese dinero se perdió –me dice con su picardía acostumbrada.

En aquella época se especulaba que su contrato llegaría a los 17 millones de dólares. En la demora de los trámites pasó seis meses en la Academia de los Mets. Su amigo José Contreras habló con White Sox, Philadelphia le ofreció tres millones de dólares sin papeles, también Cincinnati se interesó. Pensó que no iba a firmar. Finalmente, Washington ganó la apuesta, a la semana de llegar sus papeles.

En el lado ciego de ese contrato se hallaba la separación de su hijo Kevin, su madre y el resto de la familia. El tiempo libre lo deprimía y solo el béisbol mejoraba el estado anímico. Por suerte, su hermana Madaymi, que reside en Dominicana desde 2006, lo sobreprotegió y siempre anduvo a su lado.

―Nostalgia. Mucha nostalgia.

***

El mundo desconocido. La noche que Yunesky Maya salió de Dominicana hacia el aeropuerto de Orlando no sabía nada de inglés, estaba muy nervioso. No tenía teléfono. No sabía nada. Seis horas demoró en el cuarto de emigración en Orlando y tras recoger su maleta vio a un señor americano que portaba un cartel con el nombre de Yunesky Maya.

Dos horas de viaje hacia Washington D.C., fumaba. Prendió el cigarro dentro del carro, el señor le preguntó qué le pasaba y él respondió que estaba muy nervioso. Llegó al clubhouse y el clubbie le dijo que se hospedara en el hotel. Acostumbrado a viajar con el equipo Cuba, él suponía que todo estaba arreglado. El clubbie lo llevó al hotel y lo soltó allí. Maya no sabía qué decir.

―Uno viene ciego.

Wilmer Difó y Pedro Severino lo ayudaron a alojarse. La barrera del idioma lo golpeaba constantemente. El último mes de 2010 fue promovido a Grandes Ligas y, a veces, Maya iba hasta el estadio caminando. Un día Ian Desmond paró su carro para llevarlo, y Maya le agradeció y mantuvo el camino. Su primera cuenta de teléfono por llamadas a Cuba fue de mil 670 dólares. No sabía cómo enfrentarse a lo desconocido, un mundo afuera sin esperas ni preámbulos, ese fue su bateador más complicado.

―Muchas cosas para estar en un show de ese nivel –explica.

Su cuerpo estaba listo, pero su cerebro aún no procesaba la dinámica del cambio inesperado. La noche antes de su debut en Grandes Ligas no durmió. Las leyes de lo imposible se rompieron aquel 7 de septiembre de 2010, pasara lo que pasara luego, ese día derribó todos los muros que existían. Soportó cuatro carreras en las dos primeras entradas y luego lanzó tres innings en blanco. Su equipo terminaría una temporada perdedora con récord de 60-79.

―Yo creo que la posibilidad de que un recogepelotas llegue a Grandes Ligas es de cien a uno –me dice Raudel Lazo, un zurdo pinareño que llegó a Grandes Ligas en 2015 con los Miami Marlins.

Su carrera prosiguió en las menores y la gerencia no confió demasiado en el cubano. Los problemas culturales, lo más probable, influyeron, unido a un exiguo horizonte de oportunidad. No regresó a la velocidad que exhibió en Cuba, entre 92 y 94 millas, y hubo varios encuentros en los que el equipo no le respondió.

―Cuando a mí me subieron me sentía mejor en Triple-A que en Grandes Ligas. Yo estaba loco por que me bajaran. No convivía ahí. Era un mundo yo solo.

Maya tuvo problemas con Jayson Werth. En los entrenamientos de primavera de 2011, el pinareño entró al clubhouse una tarde, hablando por teléfono con su hermana, que enfrentaba una operación de riesgo, y como en los clubhouses no se puede hablar por regla, Werth se le enfrentó. Todo terminó en una pelea en el baño entre Nyjer Morgan y Maya contra Werth y Adam LaRoche.

El 30 de junio de ese año, Maya ganó su primer y único juego en Grandes Ligas ante los New York Mets como visitante. En 5.1 innings, lanzó 78 pitcheos, 52 strikes, 9 rodados y 5 fly outs sin permitir carreras. Al día siguiente, lo bajaron a Syracuse, sucursal de Triple-A.

***

¿Cuál es el secreto que vive dentro de Yunesky Maya? Eso me pregunto, mientras caminamos una mañana en busca de agua hacia un bebedero a una milla de distancia. En medio del camino, paramos frente a un campo de fútbol, observamos a los niños jugar, él pide unas empanadas de carne. El aire corre entre unos árboles frondosos.

Nos sentamos a una mesa a descansar después de una jornada donde lo he ayudado a entrenar. Saco mi teléfono, abro la aplicación de YouTube y busco ese último partido, inning y lanzamiento que tuvo en Grandes Ligas el 24 de mayo de 2013. Intento buscar la espiritualidad del momento en sus ojos. El video corre.

―Qué clase batazo –dice mientras ve el jonrón que le conectó Pablo Sandoval para dejar al campo a su equipo en la décima entrada.

Fue un cambio a 85 millas, flotante en la zona alta. Maya repite el video. Sus ojos buscan cómo cambiar la historia, entre la sinuosa curva del deseo incumplido.

Me entrega el teléfono y mira hacia el campo de fútbol.

―Increíble, ese fue mi último pitcheo en el show.

―Si tuvieras que cambiar algo de esa noche, ¿qué sería?

―Más preparación –dice al instante.

Ese día Maya se encontraba en el bullpen en zapatillas deportivas. Él no busca excusas porque hay que hacer el trabajo siempre, pero hubiera agradecido al menos un mensaje previo o algún consejo.

―Uno es soldado y guapo, me dije: Vamos a pelear –dice.

Ese mismo día a las 3:55 a. m. Maya había sido informado de que subía al equipo. Desde Syracuse debió tomar un vuelo a Chicago y de allí a San Francisco. Él y Fernando Abad eran subidos y los dos tenían vuelos distintos. ¿Quién entiende?

A las seis de la tarde arribó al AT&T Park, el estadio de los campeones mundiales en 2012. En su pensamiento la planificación decía que él no lanzaría esa noche, por el aparente cansancio del viaje. Los factores se unieron, se empató el partido en la novena y el teléfono sonó para que Maya saltara al box en la décima.

―Yo sentí como que querían eliminarme.

La relación entre Yunesky Maya y los Washington Nationals no contó con la química necesaria. Un día después del walk off de Sandoval, la gerencia de Washington sacó a Maya del roster de 40.

A su regreso, no esperó el avión a Syracuse, se montó en su auto con su segunda esposa, Adianez Gómez, madre de su segundo y tercer hijos, y fue detenido por la policía en una interestatal. Le explicó al policía que no tenía la licencia, que estaba en una noche negra, que era beisbolista y había sido sacado del roster de 40. El oficial entendió.

A partir de ahí, en 2014 pactó con Atlanta Braves. No fue subido pese a lanzar 3-3, 2.63 de efectividad en Gwinnett, Triple-A. Los Rockies de Colorado lo querían para que lanzara en las Mayores, pero la puerta se cerró. Los Braves vendieron el contrato a los Doosan Bears en la Liga Profesional de Corea por 175 mil dólares de los que Maya recibe 75 mil. Emprendió un largo viaje con su segundo hijo, Kayler, y su esposa. Allí, en una noche mágica de Corea, lanzó un no hit no run y se convirtió en el segundo extranjero en la historia de la Liga en conseguirlo. En esa novena entrada, luego de dos bases por bolas, el mánager sale a preguntarle, por medio del traductor, cómo se siente. Maya le pregunta si sabe lo que está pasando, el mánager contesta que sí, y Maya le dice al traductor: «A mí hay que matarme aquí». Con un rectazo final, el pinareño logra la hazaña, se arrodilla en el suelo, y llora.

El 2 de febrero de 2016 firmaría contrato de liga menor con los Angeles Angels, después de ser elegido Pitcher del Año por segunda vez en la Liga Invernal de Dominicana con los Tigres del Licey. Asignando a Salt Lake Bees, Triple-A, y con 34 años, algo se rompió en su brazo lanzando una tarde. El pitching coach del equipo notó a Maya luchando contra el tiempo y esforzando su brazo lastimado.

―You got so much heart, you got heart, heart, heart –le repetía.

El corazón es solo un músculo. El 25 de mayo de 2016, Maya salió de la cirugía Tommy John, practicada por el doctor Orchand, con su brazo vendado y caminando por las calles de New York. Trece meses más tarde, volvió al juego. Si llegó al punto más alto de la montaña fue por no rendirse. El sueño de Maya no surgió para ser creído, nunca entendió lo que iba consiguiendo. De haberlo hecho, nada hubiera existido.

―Es algo que aún ni yo mismo me creo.

Ese último día corremos 20 minutos alrededor del Tamiami Park. Pasamos por la parte trasera del estadio Ricardo Silva, de la Florida International University. A lo lejos se divisa al gran Camilo Pascual golpeando pelotas de golf. Pasamos a saludarlo y continuamos la marcha. Luego, como de rutina, ayudo a Maya haciendo de cátcher. Hay que reconocer que he mejorado bastante. Nos despedimos con un abrazo. Maya sale en su BMW de 2011 y yo en mi Toyota Corola de 2002. A menos de una milla, él se arrima a la cuneta, pone el intermitente, mi carro le pasa. Maya me saluda con su mano derecha. En dirección contraria, veo cómo se aleja su carro por mi espejo retrovisor.

*Este texto integra el libro El sueño y la realidad. Historias de la emigración del béisbol cubano (1960-2018) de Francys Romero. Publicado en marzo de 2020 por Rialta Ediciones en colaboración con El Estornudo, dicho volumen puede comprarse aquí o en Amazon.