Foto: Abraham Jiménez Enoa

Foto: Abraham Jiménez Enoa

Un Chevrolet rosa de 1953 se desliza por la calle San Lázaro en Centro Habana. Dentro, el chofer y cinco pasajeros. En el asiento delantero viaja una pareja de adultos abrazada, cincuentones ambos. Detrás, va una mujer con su hija, la madre tiene 65 años y la hija, con la cabeza recostada en el hombro a su madre, tiene 32. En la reproductora del almendrón pasan Silvio Rodríguez. Nadie habla. Es 26 de noviembre de 2016 y estas son las primeras horas de la Revolución cubana sin Fidel.

El chofer del taxi, de 54 años, ha salido a trabajar con la presión arterial descompensada. En casa, su esposa al despertarlo no previó que una taza de café matutina mezclada con la noticia de la muerte de Fidel Castro podría dispararle la hipertensión. Antonio dice: “La gente puede o no simpatizar con él y sus ideas, pero Cuba es Fidel, él fue quién nos puso en el mapa”.

El día anterior, Antonio se fue a la cama sobre las 10 de la noche. Un par de horas más tarde, la televisión cubana transmitió un mensaje de Raúl Castro. La voz temblorosa y las manos nerviosas del presidente de Cuba les informaron al mundo el fallecimiento de su hermano, líder histórico de Cuba 1959.

Foto: Abraham Jiménez Enoa

Foto: Abraham Jiménez Enoa

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En las primeras horas de la mañana, las calles se mantuvieron vacías, en silencio. Muchas personas se enteraron de la noticia al amanecer. Solo se oía el murmullo casero de los televisores y las emisoras de radio que reproducían una revista informativa especial.

Cerca del colegio electoral donde Fidel ejercía su voto, en el Vedado, a escasos metros de una de sus antiguas residencias temporales, los balcones de algunos edificios muestran la bandera cubana, que ondea con el viento. Las postas de esa guarnición militar en el medio de la ciudad siguen custodiadas por miembros del Ministerio del Interior. A las 9 de la mañana, hicieron el acostumbrado cambio de turno. En este sitio todo sigue igual.

Foto: Abraham Jiménez Enoa

Foto: Abraham Jiménez Enoa

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Antes del mediodía, Centro Habana y la Habana Vieja estaban más pobladas que el Vedado, había más gente caminando, más personas en su ajetreo cotidiano. Un señor de 78 años, arquitecto, en su balcón de la calle Amistad, encima del bar Palermo, ha puesto un cartel viejo con la cara de Fidel y una pequeñita bandera de Cuba. En los bajos, turistas extranjeros no paran de tomarle fotos al edificio derruido.

“Quizás pensamos que este día no llegaría, pero ya lo estamos viviendo. Mucha gente lo deseaba porque piensan que esto va a cambiar, pero esa gente no sabe que a Cuba no la cambia nadie y que el único que podía jugar con ella era Fidel”, dice el jubilado Heberto Suárez.

A un par de cuadras de casa de Heberto, pasando el boulevard de San Rafael, hay unas cinco patrullas de policía parqueadas en fila. Dice Heberto que “están ahí desde la madrugada, el tema es que en ese edificio viven unos disidentes y seguro están velando que no salgan para la calle a formar lío y a gritar boberías”.

Cubanos en el Parque Central de La Habana / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Cubanos en el Parque Central de La Habana / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Justo frente a la entrada del boulevard de San Rafael está el Parque Central. En la habitual peña deportiva del lugar, no se hablaba de la Serie Nacional de béisbol ni de los recientes resultados de NBA. Se hablaba de Fidel.

Sentados en bancos de mamposterías, un señor le dice a otro: “Tuve que salir de casa porque no aguantaba la antena (señal ilegal de canales extranjeros), no entiendo cómo en Miami van a celebrar la muerte. Una mujer, que pasaba y escuchó, dijo: “El que celebra la muerte tendrá su castigo”. Y prosigue su camino.

A la conversación se suma un hombre de 35 años que no quiere que utilice su nombre. Es negro, lleva una gorra con la visera hacia atrás y viste jeans y pulóver sin cuello. Interviene y dice con acento oriental: “Mis condolencias para los amigos de Fidel Castro, a mí no me gusta el comunismo ni él, pero a ese tipo hay que admirarlo. Yo estuve preso 16 años y no le guardo rencor, ese es el más grande”.

Con la intervención se exacerba el debate. Un anciano que llevaba un buen rato en silencio dice: “Cuando se murió Hitler, cuando se murió Stalin, cuando se murió Lenin, todos sus rivales formaron fiesta y es por eso que en Miami están tocando tumbadoras ahora”.

El negro de la gorra riposta: “Eso es de cucarachas, de cobardes, porque no pudieron con él en vida. Fíjate, a mí Fidel no me gusta nada, pero nadie le puede quitar sus méritos, el tipo se le enfrentó a Batista con escopeticas de madera y con pistolas de piedra y se apoderó del poder”.

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En la Universidad de La Habana, estudiantes y profesores se congregaron para rendirle tributo a Fidel Castro. En la Escalinata, delante de la efigie del Alma Mater, los universitarios gritaron consignas como “se oye, se siente, Fidel está presente” y cantaron más de una vez el himno nacional. Las lágrimas en los rostros no faltaron. Las gargantas desaforadas tampoco.

Afuera de la Facultad de Derecho, sitio de estudio de Fidel en tiempos de universidad, montaron una especie de mini exposición fotográfica rememorando su época estudiantil.

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La tarde cae plomiza en el municipio Playa, en La Habana. Hay una quietud espantosa en las calles. Hay un viento frío. Suena un toque de tambor. En la calle 11, desde la casa del toque, sale un hombre vestido de blanco con un gorro verde y amarillo, mira al cielo y dice en voz baja: iború iboya Fidel. Se persigna y sale caminando.