madridista

Lleva tatuado en su pierna derecha el escudo del equipo de sus amores. Tiene camisetas firmadas por los tres últimos capitanes; Raúl González, Iker Casillas y Sergio Ramos. Desde los doce años rara vez ha dejado de ver o escuchar por radio algún partido de los suyos. Guarda un viejo escudo firmado por otra leyenda madridista, Emilio Butragueño. No puede dormir cuando pierden. A veces llora cuando ganan.

Para Abel Eduardo Carrasco, 28 años, todo empezó en 1996, cuando visitó España por vez primera. A su tío abuelo, el único madridista de la familia, le bastó hablarle un poco del club blanco para infectarlo para siempre. Tras regresar a Cuba, donde el futbol era todavía un deporte exótico, se las arregló para seguir aquel lejano campeonato.

En aquellos años los fanáticos del Madrid eran mayoría entre los escasos aficionados al futbol acá, a pesar de ser quizá una de las décadas más negras del club blanco. Desde niño sus amigos ya lo identificaban con Raúl, y la consecución de la séptima Copa de Europa, frente a la Juve, le reafirmó que andaba por buen camino.

La fantasía de seguir el futbol partido a partido se fue diluyendo. En los hoteles no se transmitían los juegos, en la televisión mucho menos. Abel sufría, cuando su padre encontró una solución: “Conseguimos un radio soviético, que se escuchaba pésimo, pero cogía Radio Exterior de España, donde narraban en vivo todos los juegos. Imagínate, pase al menos dos temporadas así, sólo escuchándolos”, me cuenta.

La historia del radio terminó el 7 de marzo del 2007. Se jugaba la vuelta de los octavos de final de la Liga de Campeones. El Madrid venía con la ventaja mínima que significó la victoria por 3 a 2 en el Bernabéu. Justo al sacar el balón, el lateral brasileño Roberto Carlos falla en un pase a Casillas, que es interceptado por el holandés Roy Makaay. Gol del Bayern, que lo coloca por encima en la eliminatoria. Abel Eduardo monta en cólera. Se le vienen encima todos los fantasmas de la Champions. Lanza el radio por la ventana.

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Tatuaje en su pierna

Tatuaje en su pierna

“Yo soy muy madridista, pero no soy antibarcelonista”, me dice.  “Yo quiero que pierda porque es un rival directo e influye en nuestra posición en la liga, pero realmente me da igual lo que hagan, si remontan al Paris Saint Germain, si hacen trampas o no. Yo no vivo pendiente de ellos”.  La rivalidad entre Messi y Cristiano también le parece absurda, aunque reconoce que ese enfrentamiento probablemente marque una de las épocas más lindas en la historia del futbol.

Abel es un fanático muy raro en el contexto cubano. Cualquiera que no lo conozca piensa que es de los que sale a la calle envuelto en la bandera, de los que arman escándalos al final de los partidos, de los que vociferan una y otra vez la superioridad de Cristiano, de los que no admiten méritos en el rival, pero no. A pesar de la naturaleza de su fanatismo es una persona callada. Si pretendes debatir con él, que no sea a los gritos, y si nota más fanatismo que razonamiento en su contrincante, se retira automáticamente.

La historia de los clásicos para él es una historia de euforia y frustración. De estos enfrentamientos el que recuerda con más satisfacción fue el ocurrido en la vuelta de la temporada 2004-2005, cuando el Real Madrid goleó 4 a 2 al Barcelona de Ronaldinho con goles de Zidane, Raúl, Ronaldo y Michael Owen.

El más doloroso fue el 5 a 0 con Mourinho en el banquillo. Ese disgusto casi le cuesta un ojo, literalmente. Poco después de terminar el partido sintió fuertes dolores de cabeza, cuando de repente, al mirarse en el espejo, descubrió uno de sus ojos completamente deforme y salido de su sitio. Había sufrido un aumento de la presión ocular. “Yo sé que me voy a morir de un infarto con un gol de Ramos o en una final de Champions”, me dice convencido.

Supersticioso confeso, se persigna cuatro veces (por Sergio Ramos) antes de comenzar cada partido y luego besa su anillo (por Raúl). También le confiere diferentes poderes a cada una de sus camisetas del Madrid. Una funciona para que marque Ramos, otro para los clásicos, otro para las finales. Lo mismo pasa con sus bufandas, salvo una, célebre incluso entre su grupo de amigos por la mala suerte. “Esa no la toco, está metida en el fondo de una caja. Aunque el partido sea contra el Hércules, si la llevo, perdemos”.

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Abel se graduó de la carrera de Geografía el año pasado, aunque lo que ha robado la mayor parte de su tiempo libre es un proyecto de audiovisuales llamado Visión 361º que fundó hace poco menos de un año con su mejor amigo, Jorge Jiménez. Ambos, madridistas fanáticos, realizan breves videos promocionales sobre festivales, megaconciertos o eventos deportivos, entre otras actividades.

Es el miembro 431 de la Peña Madridista de La Habana. Esta organización, reconocida oficialmente por el Real Madrid, es la única de su tipo en Cuba y agrupa ya a más de 1000 fanáticos. A pesar de no tener una sede fija, en unas vitrinas ubicadas en la cafetería del Hotel Nacional de Cuba se guardan pullovers del Madrid, balones, fotos, escudos, todo firmado y dedicado por la plantilla blanca en pleno, así como por viejas glorias como Paco Gento, Emilio Butragueño, Alfredo Di Stefano y el presidente Florentino Pérez.

La historia del Real Madrid con Cuba es más estrecha de lo que muchos imaginan. Por ejemplo, este es uno de los 10 países que más jugadores ha aportado al equipo blanco a lo largo de su historia, con 8. En el momento de su fundación, en 1902 contaba con 3 cubanos en la plantilla, y en el primer duelo contra el Barcelona fueron 4 los cubanos titulares. La madre de Santiago Bernabéu, el presidente más célebre del club, nació en la provincia de Camagüey, y el primer gol marcado en el actual estadio salió de las botas de Chus Alonso, el futbolista cubano con mejores resultados en el club.

Entre la década del 30 y el 50 al menos en tres ocasiones el club blanco jugó en terrenos habaneros. La relevancia que iba tomando el campeonato cubano en los años 30 llegó al punto de que Gaspar Rubio Meliá, delantero estrella del Madrid y la selección española, decidiera cambiar de aires y pasara directamente del club blanco al Juventud Asturiana, dominador por entonces del campeonato cubano.

Uno de los sueños de Abel es ver a un cubano jugando en el Madrid. “Ahí tienes el caso de Mariano, que viene de un país con menos tradición que el nuestro”. A pesar de seguir el futbol de primer nivel, no olvida sus orígenes. “A mí me encanta la selección española, pero mi equipo es Cuba”, y no lo dice por decirlo. Es uno de los pocos aficionados en nuestro país que sigue a la selección en todos sus partidos desde las gradas del Pedro Marrero.

El futbol aquí ha adquirido una popularidad cada vez mayor. En la televisión se transmiten todos los partidos del Madrid y el Barça en vivo, además de los partidos más importantes de campeonatos como el alemán, el inglés y el italiano.

–Yo estoy muy feliz de que se ponga bastante futbol en Cuba. Ver los juegos en la casa es lo máximo. De todos modos hay que hacer más. No he olvidado la tanda de penales entre el Madrid y el Bayern que quitaron para televisar las gradas vacías de un partido de béisbol. También pienso que deberían darle prioridad a otras ligas, y sobre todo al campeonato cubano. La gente conoce al detalle el futbol internacional, pero no sabe decirte cuál es el equipo que más ha ganado aquí –dice Abel, pausado.

Es muy difícil que un cubano se identifique con sus jugadores si los partidos no se transmiten por televisión, ni se reseñan en los periódicos. Ni en el béisbol, el deporte nacional, los aficionados se pueden comprar el uniforme de su jugador favorito.  Abel, a pesar de seguir el futbol de la isla, me confiesa no conocer el escudo del equipo de La Habana. Cuando visitó España en 2016 encontró una camiseta de la selección cubana de fútbol en una tienda. No lo podía creer. En Cuba nunca ha visto en venta esas camisetas.

Abel Eduardo Jiménez, madridista, 28 años.

Abel Eduardo Carrasco, madridista, 28 años.

En su tiempo libre, juega futbol en un campeonato que un grupo de amigos organiza desde hace diez años en el estadio Eduardo Saborit.  Su equipo es el Querejeta, barrio de Playa donde vive. Esta temporada quedaron subcampeones. Sus amigos dicen que no soporta perder. Que rehúye de la gente, que puede pasar mucho tiempo sin hablar en estos casos.

En 2008, una temporada aciaga para el Madrid –el equipo se descomponía poco a poco, incluso llegó a quedarse sin presidente a mitad de temporada por escándalos de fraudes–, Abel decidió tatuarse el escudo del club en su pierna. Me dice que escogió un mal momento para probarse que él está con los suyos tanto en las malas como en las buenas. Sus amigos pensaban que estaba loco. “Yo le explico a todos que el Madrid es un sentimiento, como el amor a la madre, como ser cubano, es algo que no va a cambiar. Aunque el Madrid se desintegre yo no me arrepentiré porque ellos me marcaron”.

Luego ha tenido que soportar ofensas por la calle, cuando tras perder algún clásico ha salido en shorts y los fanáticos culés lo han increpado. “En ocasiones me han dicho que me corte la pierna, o que me pegue una plancha, pero yo no hago caso. También te digo que en otros momentos he podido llegar a pelear, porque no siempre uno está de buen ánimo”.

Luego continúa: “El Barcelona es un gran equipo, pero de épocas. Ahora tienen grandes jugadores y no resuelven, porque su estilo de juego está obsoleto. Ya no tienen canteranos, incluso los han vendido, y todo después de tanto criticar al Madrid. Es verdad que no hemos sido muy regulares con las ligas últimamente, pero nuestro torneo por excelencia es la Champions, así como el de ellos, aunque les moleste, es la Copa del Rey”.

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Su closet pudiera ser un museo, ahí encuentras bufandas de los más variados equipos, camisetas de todas las temporadas. Quizá la más sorprendente es la camiseta de la selección francesa que debió usar el capitán Laurent Blanc en la final del Mundial del 98, la que estuvo colgada los noventa minutos en los vestuarios del Stade de France debido a las dos amarillas recibidas en semifinales por el ex técnico del PSG. “Me la regaló un amigo”, no dice más.

Sobre su cama se encuentran las camisetas de Casillas, Raúl y Ramos, un tesoro para cualquier madridista. Abel sabe que esa es una de las principales razones por las que estoy aquí. Está ansioso por contarme.

En la camiseta de Casillas se puede leer: “Para Abel, con cariño de Casillas”. Su primo, español y colchonero, vive en el mismo pueblo que el hermano de Iker, quien además es su amigo, por lo que logró hacerse de este uniforme para traerlo hasta Cuba.  Lo más interesante, me cuenta, es que el capitán de la selección española usó esa camiseta en un partido de 2009.

Luego vino la de Raúl. El Cosmos de Nueva York anunció que disputaría en Cuba un partido amistoso con la selección nacional. Abel no cabía en sí de alegría. Es su ídolo, el único. Tomó un viejo pulóver del 7 madridista y lo guardó en su mochila junto a un plumón, por si se encontraban en algún lugar. Ya comenzaba a fantasear con un autógrafo, quizá una foto.

Abel persiguió a Raúl por La Habana, esperó fuera del Marrero cada uno de los entrenamientos del Cosmos, merodeó el Hotel Meliá Cohíba esos días, donde se encontraban hospedados los jugadores del equipo norteamericano. Unos periodistas brasileños, que filmaban un documental sobre la visita del Cosmos, entrevistaron a Abel mientras jugaba en el estadio Martí del Vedado. Los periodistas se sorprendieron al ver que en su mochila llevaba el plumón con la camiseta del 7.

Luego Abel aparecería nuevamente en el documental, después de que los periodistas lo encontraran días antes del partido comprando entradas en el Pedro Marrero, donde había acampado desde las cinco de la mañana, unas cuatro horas antes de que abrieran las taquillas. Más tarde vendría la conferencia de prensa en el Hotel Cohíba. Junto a un grupo de amigos intentó colarse. Fue imposible. Derrotados, permanecieron fuera del hotel.

–Nosotros estábamos ahí por estar –dice–. Había perdido las esperanzas de verlo. No olvido que mis amigos estaban frente a mí, y yo de frente a la puerta, por lo que fui el primero en verlo. El nerviosismo me dio por decir ¡pinga, pinga! Él venía saliendo con su esposa, iban a comer. Imagínate ver a tu ídolo de toda la vida, a tu héroe, que llegas a pensar que no es real, tenerlo de frente, poder tocarlo. Me quedé petrificado, no pude decirle nada, sólo darle la camiseta con el plumón. Ni una foto pude pedirle.

Esta camiseta firmada por Raúl fue la primera del Madrid que tuvo, cuando era apenas un niño. Luego, en la lluviosa tarde del 2 de junio del 2015, mientras veía a su ídolo jugar en su propio país, los periodistas brasileños lo encontrarían de nuevo, esta vez ya con la camiseta firmada, y un inmenso cartel que rezaba: “Sólo un 7, sólo un Capitán, Raúl”.

La tarde de la rueda de prensa, con la camiseta autografiada, camino a su casa le vino a la mente una idea. Si pudiera tener la de Ramos también.

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–Yo me siento identificado con Ramos desde que llegó al Madrid. Porque era español, joven, tenía el pelo largo como yo entonces. Se convirtió en mi jugador favorito. No ídolo, porque sólo hay uno y es Raúl. Ahora la gente me identifica con Sergio, y tuve suerte, porque se ha convertido en una figura de referencia, en el capitán del equipo. El día del cumpleaños de Ramos mis amigos me llaman para felicitarme.

Poco tiempo después del partido del Cosmos, Abel vio la noticia de que Ramos visitaría Cuba como embajador de UNICEF. No lo podía creer. Ramos permanecería poco más de 24 horas en las que Abel se mantuvo en vilo persiguiéndolo por toda la ciudad.

–Me dijeron que estaba en La Colmenita e hice todo lo posible por entrar, pero no conocía a nadie que me pudiera ayudar. Esa noche llegue a la casa derrotado. Al otro día él regresaba a España. Me acosté resignado, llorando.

Al amanecer un amigo lo despertó, Ramos visitaría una escuela cercana a su casa. “Llegué y vi banderitas y cosas cheas. Entonces pensé: Me salvé”. Los videos de este encuentro están por todas partes: el carro de Ramos parquea frente a la escuela, un grupo de fanáticos y periodistas lo persigue, Abel Eduardo se coloca al frente. Le enseña a través de la ventanilla la camiseta. Ramos accede, baja el cristal, la firma. Abel le toca el hombro, el mismo que el defensa se lesionaría al marcarle de chilena al Valencia meses después.

Luego vino Butragueño al campus que preparó el Madrid con niños en el Saborit y Abel, como ya es costumbre, también le robo un autógrafo. “Cuando fui a España mucha gente se sorprendió de que tuviera tantas camisetas firmadas. Me dicen que tengo suerte, pero no es suerte, si vienen los jugadores ¿qué voy a hacer?”

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La madrugada del 24 de mayo de 2014 Abel casi no pudo dormir. Llevaba varios días nervioso porque el Madrid, después de 12 años, volvería a disputar una final de Champions. “Los barcelonistas presionaban mucho, decían que era la primera final que íbamos a ver en plasma, que todas las habíamos visto en televisores culones, pero fue muy bonito, mucho nervio, era lo máximo”.

En un acto de valentía decidió ver el partido en casa de un vecino suyo, español y del Atleti. De repente comenzaron a llegar personas a la casa, aproximadamente unas veinte, entre las que había a lo sumo dos madridistas. La presión era muy grande. Su confianza en el Madrid no era 100%, pero sabía que las posibilidades de una victoria eran bastante amplias.

madrilista3Los minutos pasaban y el Madrid no marcaba, la tensión cada vez mayor. Tenía esperanzas, pero cada vez más nervios. “Cuando sacan el córner en el minuto 92, que veo el balón entrar, salí corriendo y comencé a llorar. No tenía idea de lo que pasaba, solo lloraba. En ese momento fue que mi dijeron que había sido Ramos. Para mí fue la gloria, la gloria. Yo creo que no va a tener comparación, ni con la novena, ni con la undécima, pero el Madrid siempre tiene más por dar, así que a seguir esperando. Ese ha sido el momento más grande de mi vida, al menos como madridista”.

En agosto de 2016 Abel visitó nuevamente España, 20 años después de la primera vez. “Ahí cumplí el sueño de poder ver un partido del Real Madrid desde el Bernabéu. Mi familia, como es toda colchonera, hizo una rifa para ver quién me llevaba al estadio. Vi el trofeo Bernabéu contra el Stade de Remis, y luego la segunda jornada de liga contra el Celta. Fue impactante para mí, que llevo más de quince años viéndolo por televisión, me parecía increíble.”

Poco a poco su familia también se ha ido infectando con el virus del futbol. Su padre, quien lo enseñó a golpear el balón, su madre y su hermana, quienes sufren junto a él los partidos del Madrid, al igual que su padrastro. Hasta el perro, me cuenta Abel, disfruta con las victorias merengues.

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Es la 1 de la tarde y en la entrada del hotel Habana Libre se agrupan al menos 30 personas con pullovers del Real Madrid. Un grupo de amigos tiene una pequeña pero potente bocina en la que suena un reggaetón que dice más o menos así: “¿Quién es el rey de la Liga y la Champions League? / Es el Real Madrid/ ¿Y si tú eres del Barca qué tú haces aquí? / Viva el Real Madrid”.

Hoy a las 2:45 se juega el clásico entre el Real Madrid y el Barcelona en el Bernabéu. Abel y yo acordamos encontrarnos en la entrada del Hotel donde se reúnen semanalmente los miembros de la Peña Madridista de La Habana a ver los partidos de su club. Cada vez van apareciendo más personas. Cuando comience el partido, serán casi 400. Lamentablemente, no todos fans del Madrid. Como el Barcelona no tiene una peña organizada, muchos de sus fanáticos vienen acá buscando ambiente.

Al entrar conversamos sobre las posibles alineaciones, la infructuosa estrategia del Barcelona con el tribunal de apelaciones al intentar forzar la suspensión de la sanción de Neymar. Abel me dice que hubiese querido que jugara el brasileño, para que no tengan justificaciones si pierden. Pensamos que somos favoritos, aunque hay que demostrarlo en el terreno. Comienzan a llegar amigos. Abel dice que no hay nada que temer, que Sergio Ramos nos salva. El ambiente dentro de este salón es lo más parecido que hay a un estadio en Cuba.

Al inicio del partido en nuestra mesa hay más de 10 personas, todas madridistas. No terminamos de acomodarnos y Umtiti derriba ilegalmente a Cristiano en el área. Abel se queja, pero no arma muchos aspavientos. En el minuto 21 aparece Messi en el suelo, con la boca ensangrentada, y se escuchan burlas de los madridistas presentes. Abel me dice que eso no es cosa de juego, que no soporta ver a los jugadores, ni siquiera rivales, en esas condiciones. Se levanta y riñe a algunos fanáticos que continúan con las burlas.

En el minuto 28 llega el primer tiro de esquina para el Madrid. Nos ponemos todos de pie, sabemos que los goles de cabeza han sido una de las claves de la temporada. Ter Stegen despeja el centro de Kroos, Marcelo la recupera fuera del área y vuelve a centrar, Ramos remata al palo y el rebote le cae a Casemiro, quien la coloca del otro lado de la línea de cal. Todos saltamos, en el salón se escucha un solo grito. Gol para el Madrid.

No han pasado 5 minutos y Messi pone el empate. Víctor Víctor Mesa, algo así como el Neymar Jr. del béisbol cubano, que fue invitado por los dirigentes de la peña a ver el juego, comienza a celebrar estrepitosamente. Se burla de los madridistas, hace gestos grotescos. Abel se levanta de su asiento, lo increpa, le hace gestos para que se calme. Me dice molesto que le parece muy poco educado que te inviten a un lugar y reacciones así. Luego se hunde en su asiento, silencioso. El Barcelona domina lo que queda de primer tiempo, se ve un Madrid muy desconcertado.

Durante los 15 minutos de descanso salimos a tomar aire. La tensión entre todos es muy visible. Abel confía en que el Madrid se lleve finalmente el triunfo, aunque no parece muy entusiasmado con el juego del equipo. Más bien el rostro de cada uno de los que estamos aquí refleja preocupación. Las cosas no andan bien. Menos cuando hoy deberíamos ganar sin mayores dificultades.

Con el segundo tiempo nada cambia, predomina el silencio. El Madrid sigue creando buenas ocasiones, pero no llega el gol. Quedamos como estatuas de cera cuando marca Rakitic, en el minuto 73. Cuatro minutos después expulsan a Ramos, y con él se va la esperanza del empate en el último minuto. Amargura. Abel está abatido, no solo perdemos, sino que a quince minutos de terminar nos quedamos con uno menos, sin capitán, sin su jugador favorito.

El gol de James en el minuto 86 nos despierta a todos. Veo a Víctor Víctor escondido detrás de su gorra. Abel se abraza con su mejor amigo, Jorge. No lo pueden creer. Esta vez la celebración entre los madridistas es menos eufórica, más, si se pudiera decir, introspectiva.

Lo próximo ya es historia. Sergi Roberto recuperara un balón a falta de segundos para terminar el partido, de repente la pelota está en los pies de Messi, y luego en el fondo de la red. Nos levantamos todos. Salimos en silencio, sin mirar a atrás. Caminamos directo a la parada. Media hora después cada uno estará en su casa, ahogando las penas lejos del bullicio de esta Habana futbolera y pseudocatalana.

Pero ahora todos aguantamos, silenciosos. Somos el Real Madrid. Siempre quedará la Champions.