Foto: David Ramos Casin.

Foto: David Ramos Casin.

El miércoles 8 de febrero del 2017, un día antes de comenzar la 26 Edición de La Feria Internacional del Libro de La Habana, el gobierno de la capital anunció una nueva medida para regular con exactitud los precios de cada una de las rutas por las que los taxis privados deben transitar, reavivando así el pulso que viene librando el Estado cubano con los famosos boteros.

***

Es sábado 11 de febrero, y la avenida 23 de La Habana está semidesierta. No así las aceras, en las que se cuentan por cientos las personas que resignadamente esperan por taxis o guaguas. Por estos días ha comenzado lo que la gente ha bautizado como “huelga de los boteros”.

En la esquina de 23 y L hay aproximadamente treinta personas. Se ven frustrados, sudorosos. Una señora de poco más de sesenta años, ataviada con una mochila y algunas bolsas, dice que lleva más de dos horas aquí, que los taxis que han parado en ese tiempo no llegan a la docena y ninguno va a su destino: La Lisa.

En la parada de las guaguas el ambiente no es diferente. Las personas se apiñan luchando por un poco de sombra. Por estos días, una parte considerable de los ómnibus están destinados a la Feria del Libro, el resto no da abasto, muchos ni siquiera se detienen. Subirse hoy a uno es arriesgarse a recorrer kilómetros casi sin respirar, por la cantidad de personas hacinadas.

Un señor de unos setenta años, periódico Granma en la mano, conversa con otro más joven en la parada:

–Los boteros son unos abusadores, hacen tremendo billete,  y todos los días quieren ganar más –dice.

–Es verdad que son apretadores, pero por lo menos resuelven un poco el transporte. Mira ahora, el gobierno se metió, y se paralizó el país. ¿Dónde están las guaguas, tío?

–Guaguas no ha habido nunca, pero esos taxistas se quieren hacer millonarios.

Foto: David Ramos Casin.

Foto: David Ramos Casin.

***

El transporte en Cuba ha sido un gran problema durante los casi sesenta años de Revolución. En los últimos tiempos la convergencia del transporte público, las cooperativas y los privados habían logrado aliviar levemente esta situación, pero la caída de los precios del petróleo a nivel mundial, con la consiguiente crisis política y económica en Venezuela, ha influido en la situación cubana.

Si bien los boteros, como se conocen popularmente a los choferes de los taxis colectivos que circulan por La Habana venían coqueteando con el aumento de los precios desde hacía tiempo, fue en el verano del 2016 cuando la reducción de la cuota de combustible a los trabajadores de empresas estatales provocó la subida de los precios del petróleo en el mercado negro, que es el mercado por excelencia de los almendrones, y esto conllevó a la duplicación de los precios del pasaje en casi todas las rutas.

El Consejo de Administración Provincial de La Habana no demoró en tomar medidas al respecto, y mediante el acuerdo 185/2016 con fecha exacta del 14 de julio del 2016 se prohibió a los boteros aumentar los precios de las rutas respecto a inicios de año, so pena de perder la licencia de trabajo y en casos más graves el decomiso del vehículo.

En ese momento disminuyeron considerablemente, durante unos días, los taxis colectivos, agravándose la situación del transporte en pleno verano. Algunos ponían en orden sus licencias, mientras otros aprovechaban para hacer reparaciones a los carros, dando tiempo a que las cosas se fueran equilibrando nuevamente. Finalmente estos taxis, en su mayoría, encontraron la solución a su problema. No subirían los precios de los pasajes, pero acortarían los recorridos.

***

Jesús entregó su licencia de taxista en enero de 2016, después de 17 años como botero. Fue acusado de no declarar con exactitud sus ganancias, por lo que pagaba menos impuestos de lo que debía. Este procedimiento resulta en cierta medida arbitrario, ya que es imposible medir con precisión la ganancia de estos cuentapropistas, aunque el propio Jesús confirma que declaró menos ganancias en esos meses debido a una enfermedad que le impidió salir a trabajar con regularidad. Finalmente, cuando terminó de pagar la multa entregó también su licencia. Jura que nunca volverá a trabajar para el Estado.

Foto: David Ramos Casin.

Foto: David Ramos Casin.

Este hombre, que ha pasado casi la mitad de su vida detrás del timón de un Chevrolet del 53, no ha vivido precisamente desde el volante los últimos acontecimientos del transporte, pero me ayuda a entender de cierto modo el sentir de los choferes por estos días.

–Todos los meses debemos pagar la licencia, que son 1400 pesos, más la seguridad social, unos 250 y el 10% de nuestras ganancias, que por lo general se estima en 700 pesos cubanos.

–¿Cuánto dinero aproximadamente gana un botero al día?

–Eso depende de varias cosas, pero por ejemplo, yo trabajaba 8 horas diarias, y hacia un promedio de 1000 pesos. Claro, yo no podía trabajar todos los días, porque estos carros tan viejos se rompen muy a menudo, y 8 horas por día es tremenda explotación para ellos. Imagínate quienes alquilan los carros, que muchas veces para sacar algo para ellos manejan entre 12 y 16 horas al día.

–¿Influirán estos arrendadores en el aumento de los precios?

–En cierta medida sí, porque ellos tienen que pagar 40 dólares diarios como norma a los dueños. Tienen que sacar eso más una ganancia para ellos, y no creas que todos los días es fácil hacer tanto dinero. A eso súmale que si el precio del combustible sube y las piezas se pierden, ni siquiera a los dueños que manejan sus propios carros les da negocio.

Jesús hace una pausa.

–Ser botero es una esclavitud, tú no te lo puedes imaginar. Yo estuve 17 años boteando y no tengo prácticamente ni un centavo ahorrado. Cuando tienes hijos que mantener no creas que alcanza para guardar mucho. Y si tenemos que comprar las piezas al Estado, y el combustible, tendríamos que cobrar 100 pesos y no 20 de Playa a La Habana Vieja. A todo el mundo le llama la atención que los boteros cobren caro, pero nadie se cuestiona que los artículos de primera necesidad en las tiendas son carísimos, como el papel sanitario, por ejemplo. Por no hablar de la comida, que la venden en 3ra y 70 a precios prohibitivos, entonces, si no cobramos a 10 o 20 pesos, ¿qué hacemos?, si el primero que abusa con los precios es el Estado.

***

La corrupción en el sistema de transporte cubano es terrible. El litro de petróleo, que cuesta 1 CUC en las gasolineras, ya sean Cupet u Oro negro, se podía encontrar en la calle desde 5 hasta 8 pesos cubanos. Actualmente, con la disminución de la cuota de combustible a las empresas estatales, su precio ha subido a 12 o 15 pesos cubanos, cuando aparece.

El gobierno, si bien exige a los taxistas privados, como es lógico, comprar en las gasolineras, también sabe que esto nunca ha sido así, y lo ha permitido, por lo que no tiene mucha autoridad moral cuando promulga que los precios del combustible no han subido ni un centavo. Esta viene siendo una práctica común del gobierno cubano, hacerse de la vista gorda durante años frente a corrupciones e ilegalidades, y de repente intentar borrarlas de sopetón.

Esta red de corrupción tiene su origen muchas veces en las empresas estatales, a las cuales el Estado asigna cuotas de combustible. El administrador, el jefe de transporte y los choferes acuerdan declarar un consumo de los medios de transporte por encima del consumo verdadero, por lo cual el petróleo asignado suele sobrar. Pero es precisamente con el dinero que le sacan a este combustible con el que compran las piezas y mantienen los automóviles, algo que beneficia tanto al director de la empresa como al chofer del carro, porque de lo contrario por cada rotura podrían pasar meses paralizados en algún taller estatal.

***

El 12 de febrero a las cinco de la tarde la esquina de Prado y Neptuno es un polvorín. Decenas de personas pelean por subirse a los escasos taxis que se detienen a recoger pasajeros. Rogelio Peña, quien ronda los cincuenta años, me comenta muy calmado, como quien ha pensado mucho en el asunto: “Está muy bien que hayan tomado estas medidas, porque sin duda su objetivo es ayudar a la población, pero si no hay un acuerdo previo con los conductores de estos taxis, el efecto es totalmente contrario. Ahora para los ciudadanos es mucho más difícil moverse”.

Un hombre que está escuchando interrumpe: “Además, lo que están haciendo es ponernos a pelear entre nosotros mismos, yo no soy inspector, yo no tengo que imponerle al taxista la tarifa, es el Estado el que la tiene que imponer. Ellos nos dicen, estos son los precios, ahora fájense ustedes”.

La céntrica esquina está llena de padres con niños pequeños que regresan de la Feria del Libro, exhaustos en su mayoría. Los carros pasan de largo, vacíos. Otros dicen ser “taxis directos”, un nuevo modelo que abunda cada vez más. Algunas personas llegan a ofrecer 5 CUC por ir hasta Coppelia. Un joven se queja en voz alta: “Querían bajar los precios y ahora lo que ha pasado es que han aumentado más todavía”, un señor mayor responde, indignado: “lo que el Estado debería hacer si está tan preocupado por arreglar el transporte es coger todos los taxis amarillos esos que tienen, que son carísimos, y ponerlos a 5 pesos”.

Foto: David Ramos Casin.

Foto: David Ramos Casin.

***

Una de las razones por las que se encarecen los precios de los pasajes en los almendrones está dada porque quienes los manejan, en su mayoría, no son los dueños, sino choferes que, mediante la licencia de ayudantes, los alquilan diariamente para salir a botear. Estos “ayudantes” deben pagar entre 500 o 1000 pesos diarios a los dueños de los carros. Con la primera tarifa son los choferes quienes compran el combustible y corren con los gastos de las roturas, con la segunda estos gastos les corresponden a los propietarios.

Uno de estos ayudantes, quien prefiere no revelar su nombre, me explica que para alcanzar los 1000 pesos que debe pagar al dueño del carro él debe hacer aproximadamente cuatro viajes de ida y vuelta entre La Habana Vieja y La Lisa, lo que le toma unas 7 horas. De ahí que, para sacar dinero para él, tenga que trabajar entre 14 y 16 horas diarias. La desventaja de alquilar los carros, desde el punto de vista de los dueños, es que estos serán mucho más explotados, por lo que su vida útil se reduce considerablemente, aunque sí que es una entrada de dinero diaria sin apenas trabajar.

En los últimos tiempos se habla de personas con pequeñas flotas de almendrones que se dedican a alquilarlos, aunque las regulaciones estatales respecto a este negocio dictan que cada individuo puede tener varios carros, pero solo uno con licencia para botear. Estos negociantes evaden esas medidas otorgándoles la propiedad de los demás autos a miembros de la familia o personas de confianza.

***

De la posición del gobierno provincial de La Habana poco se sabe hasta la fecha, más allá de su método de aplicar medidas de la noche a la mañana. En un reportaje publicado en el periódico Granma el 1 de febrero del 2017, titulado “¿Quién le pone los frenos al almendrón?”, se pueden encontrar algunas pistas.

En dicha nota, Mabel Poulot, directora de pasaje de la Dirección General de Transporte de La Habana, dice querer brindar la posibilidad a los transportistas privados de que compren piezas de repuesto y herramientas sencillas que el Estado pueda garantizar. Luego aclara que no se podrá conseguir todo, porque, para su sorpresa, lo almendrones tienen piezas de diferentes tipos.

Poulot dice, además, que se está “desarrollando un levantamiento de talleres, no solo para los estatales, sino también para el mejoramiento de los privados. La intención es crear uno en cada municipio, y de esta manera tener un servicio especializado”. Estos centros atenderán del mismo modo a cuentapropistas y carros particulares de uso personal. Respecto al combustible dice que se están haciendo inspecciones en aquellas empresas estatales con mayores asignaciones, para evitar así que continúe la malversación.

Sorprende la diversidad de alternativas para solucionar los problemas del transporte con que cuenta esta funcionaria. Poulot no parece darse por enterada de que los almendrones, sin más motivaciones que las económicas, logran mover con mayor eficiencia a una ciudad, y lo que no es menos, a sus antiquísimos carros, que todo el sistema de transporte público subvencionado por el Estado y controlado por quien sabe cuántas instancias burocráticas diferentes. Tampoco comprende que con estos transportistas privados debería tener la mejor relación posible, y no andar imponiendo medidas sin un diálogo previo.

La periodista, autora del reportaje, se percata de la ineptitud de los funcionarios, por lo que termina apelando desesperadamente a la conciencia de los boteros cuando dice: “Hasta la fecha todavía no se perciben progresos significativos (…) en la creación de un mercado mayorista que les dé la posibilidad a los boteros de adquirir recursos a precios diferenciados, especialmente el combustible. A pesar de ello, y de que se trata de una operación de oferta y demanda, los boteros deberían tener más en cuenta al pueblo, pues su labor es una prestación pública a la sociedad y no todos poseen el mismo poder adquisitivo.”

***

San Agustín es un barrio que está constituido casi exclusivamente por edificios. Una especie de Alamar al Oeste de La Habana. En los bajos de las edificaciones hay pequeñas zonas de césped donde los niños juegan, conversan algunas vecinas y un grupo de muchachos discuten sobre el Real Madrid y el Barcelona.

En la parte trasera de estos inmuebles el panorama es completamente diferente. Lo que debía ser una especie de patio, que separe a los edificios, se ha reducido considerablemente por la construcción arbitraria de garajes, hechos con placas de cinc y otros metales, concebidos inicialmente para guardar los carros, aunque, puestos a investigar, tales recintos tienen muchas utilidades.

Este espacio, sucio y oscuro, lo habitan algunos almendrones, carros estatales, choferes, mecánicos, vecinos. Al parecer es aquí, detrás, donde ocurren las cosas más interesantes de San Agustín. Dentro de uno de los garajes en forma de contenedor están Iván y Sergio, ambos trabajando con una inmensa pieza metálica que cuelga de una cuerda y queda suspendida en el medio del garaje. Iván dice tener 38 años aunque aparenta diez más, con lo que bromea Sergio, de 42, diciendo: “¿Ves que bien se mantienen los boteros?”.

Foto: David Ramos Casin.

Foto: David Ramos Casin.

Iván será quien más converse conmigo. Sergio parece un poco nervioso, se concentra en la pieza metálica, la arma, aprieta las tuercas, la engrasa. Ambos trabajaban anteriormente para el Estado: En 2008, Iván se decidió a botear, buscando una mejora económica. Sergio dice que se quedó sin trabajo en la reducción de planillas del 2011, era chofer de una “persona importante”, pero le ofrecieron pasar a Comunales como jardinero en las autopistas o custodio.

En cuanto menciono el tema de la regulación de los precios, ambos reaccionan rápidamente, indignados. Iván me dice: “Está a dólar el litro en el Cupet, y no da negocio, porque también es el aceite, las gomas. El galón de aceite en la tienda vale mínimo diez dólares. El Estado te vende estos motores de segunda mano como en 4000 dólares, y hay que repararlos cada un año, algo que cuesta 800 o 1000 dólares más. Las gomas en una tienda estatal cuestan 200 dólares, y muchas veces ya están podridas, porque llevan tiempo guardadas. Nosotros lo que hacemos es mandarlas a pedir afuera, que nos salen en 120 y son nuevas. Las gomas hay que cambiarlas cada cierto tiempo, imagínate que estos carros caminan muchas horas diarias.”

–¿Ustedes le han planteado eso al gobierno?

–Ellos nunca se han reunido con nosotros para decirnos nada –dice Sergio–. Pero si no se reúnen para quitarnos media libra de arroz, menos se van a reunir para esto. Tampoco hay un sindicato, pero para qué lo queremos, si en este país los sindicatos son para defender al Estado. En los centros de trabajo se paga por un sindicato que no está a favor de uno. Al final los que más sufren con esto son la gente, porque las guaguas no paran, se llevan las paradas.

Ambos afirman no estar organizados de ninguna forma, y que la huelga de boteros es parte del imaginario popular tan ávido de echar rumores a correr. Iván cuenta que “cuando se tomó la medida mucha gente recogió los carros, a ver qué pasaba, aunque poco a poco han vuelto a salir.” Él no puede parar porque tiene que buscar todos los días un poco de dinero. “Los que hacen eso son los que tienen varias máquinas trabajando para ellos.  Aunque con razón, porque el gobierno no puede imponer los precios, tiene que sentarse a conversar. Ellos se piensan que los almendrones son el transporte del pueblo, pero en ningún lugar del mundo el pueblo anda en taxis, para eso está el transporte público”.

Los dos se muestran dispuestos a bajar los precios de los pasajes, pero con la condición de que el Estado les venda, a precios asequibles, gomas, baterías, piezas.

–Una batería de 40 amperes, que no sirve para nada, cuesta 90 dólares en la tienda –dice Iván–, y el petróleo está a 42 dólares el barril, porque yo veo Telesur. Las amistades mías que vienen de afuera dicen que donde más cara esta la gasolina es aquí. La comida también está carísima, el aceite, el pollo. El Estado tiene la libra de bistec a 35 pesos, y te lo venden fuera de frío, y nadie se mete con eso. Yo tengo que trabajar para comprar la comida, la ropa. A la larga van a poner los precios como estaban antes, porque eso que hicieron ellos es una estupidez. El que hizo eso está sentado en su casa, sin hacer nada, y no coge carros, porque tiene el suyo y con gasolina que le da el Estado.

–Los boteros estaban subiendo los precios, por eso hubo que regularlos –les digo.

–Yo cobro lo que es, lo que siempre ha sido, diez o veinte, la misma gente lo dice. El que quiera pagar cinco pesos lo pregunta, y uno decide si montarlo o no. Hay gente que me ha pagado cinco pesos y se los he tirado por la cara y les he dicho: “Cómprate una libra de malanga, que vale diez pesos.” Ni para una libra de malanga alcanzan cinco pesos. El sacrificio que hace uno no lo ve nadie. El que inventó la ley tiene carro, y mírame donde estoy yo, lleno de grasa, doce horas fajado por sacar el carro a la calle. Esto camina 200 km diarios, entonces hay que estarlo arreglando constantemente. Las calles no sirven, nosotros pagamos una pila de pesos y no nos arreglan las calles. Yo no sé qué hacen con ese dinero.

–Pero ustedes pican los viajes.

–Cada cual hace el viaje hasta donde quiere, yo normalmente voy desde La Habana hasta la Ceguera, o de San Agustín al Coppelia, siempre lo he hecho así, imagínate. La licencia que yo compré no me especifica por donde tengo que coger, como si me quiero poner afuera de la Casa de la Música, o de un paladar.

–¿Y la gente cómo ha reaccionado?

–Hay gente que piensa que porque uno tiene un carro se está haciendo rico, pero esto da para comer malamente, ni para ir a un hotel alcanza. Quien te diga eso, es mentira. A veces tienes que gastar el dinero de meses en una reparación del motor o en piezas.

En ese momento aparece Felo, un ex chofer de almendrones que ahora está contratado en una agencia de taxis. Cuando le pregunto por qué dejó su anterior trabajo, me dice cortante: “Porque es una estafa y un maltrato”. Pero rápidamente cambia de tono y agrega: “Lo que sí te puedo decir es ¡Viva la Revolución! Yo sí estoy de acuerdo con esto. El verdadero revolucionario es el que se crece ante las adversidades.” Y todos ríen.

Felo parece completamente inconforme con la situación del país, y hace énfasis en que no lo vaya a filmar, que puede perder su trabajo. Le pregunto por qué, si considera que botear es un maltrato, desempeñó esa profesión. Me responde irónico: “Porque a nosotros nos gusta pasar trabajo, estar sucios, en la lucha con el carro. Sin necesidad, porque aquí todo está rico. Tú llegas a la casa y hay comida. Esto es un vicio que tenemos nosotros, es cosa de familia, de generación en generación: pasar trabajo.”

De repente Felo no quiere hablar más, me dice que él es quien quiere entrevistar a alguien que le diga dónde conseguir las piezas. Quiere saber en qué lugar puede quejarse por las medidas del gobierno.

Cuando me voy, comienzan a bromear con que van a ir presos, que soy de la Seguridad del Estado y que con mi pequeña grabadora los filmé a todos. Al menos ellos conversaron conmigo, porque los cuatro boteros anteriores que contacté, prefirieron no dar entrevistas. Ninguno decía estar de acuerdo con las medidas, pero temían perder la licencia por sus criterios.

Foto: David Ramos Casin.

Foto: David Ramos Casin.

***

La impopularidad de esta medida es antológica, al punto de que el mismo pueblo, el más beneficiado con ella, la rechaza en su mayoría.

Incluso en los descafeinados medios estatales, muy poco dados a la crítica hacia las medidas tomadas por el gobierno, aparecieron en esta ocasión firmas importantes cuestionando la falta de rigor de la disposición, la cual, más que resolver problemas, los ha creado o agudizado.

En la edición del 24 de febrero del 2017 del periódico Granma, el  periodista especializado en temas económicos Ariel Terrero, en un artículo titulado Cuando el precio suena… remarca la importancia de la regulación de las tarifas, como se hace en casi todo el mundo, pero aclara que estas medidas se deben tomar de forma consensuada: “En el mundo, es común la regulación gubernamental del transporte público, para proteger a los consumidores. Pero en Cuba muchos de esos precios los ha puesto el mercado libremente durante años (…)

“Se haría más integral y sólido el paso reciente mediante la negociación y construcción de consensos con ese grupo de taxistas. De intentarlo, estaría más en línea con la tradición de diálogo de la Revolución —ejemplos abundan en el pasado con los productores campesinos y los trabajadores de otros sectores—. La historia de los almendrones es también consecuencia de la demora para reformar el sistema de precios de Cuba, prevista en los Lineamientos desde el 2011.”

Por su parte, el diario Juventud Rebelde, en su edición del 19 de febrero, publicó un artículo titulado, El estado socialista y la corneja de la fábula, en el que se puede leer: “Manejarnos de esa manera (se refiere al Gobierno Provincial) nos puede llevar, como a los almendrones, a tramos inciertos. A nadie con un mínimo de sentido común se le ocurriría pedirle al gobierno habanero dejar de ejercer su función reguladora, el asunto está en el cómo, para que ello no derive en su descrédito, o en que los pretendidos beneficiarios terminen más afectados…”

En diferentes sectores de la sociedad se va generando un consenso al respecto. Los precios deben ser regulados, pero si el gobierno no tiene un transporte público eficiente que lo respalde, no se puede imponer por la fuerza. Hay que acudir al dialogo.

***

Un mes después de la publicación de los precios de las rutas por parte del Gobierno Provincial, la población y los boteros parecen haber firmado un pacto de silencio en el que los primeros mantienen las tarifas anteriores y los segundos pagan sin chistar. La conversación entre un chofer y una pasajera resume, magistralmente, la situación.

–¿Chófer, llega al Ameijeiras?

–¡Sí, dale, monta!

–¿A cinco pesos, verdad?

–¡Ehh! ¿Pero de dónde tú sacaste eso?

–¡Eso lo dice en el Granma!

–¡Ahh, qué bien! ¡Pues vete en el Granma entonces!