Cementerio judío en Camajuaní / Foto: tomada de OnCuba

Cementerio judío en Camajuaní / Foto: tomada de OnCuba

El chico dibuja su nombre sobre el papel. Su nombre es un trazo de electrocardiograma.
Se llama así:firma

Él lo cree. El chico tiene la nariz similar a una pequeña horqueta, la piel tostada pero rosácea, como toda piel extranjera cuando se asienta en el Caribe.

Quién quita y no. Y el chico se confunde con otros chicos, y el mito de los rasgos fue un tiro fallido en nuestra construcción. Tal vez el chico nació acá. Tal vez el chico se pierde en esa feria de rasgos que es Cuba. En cualquiera de los casos, el chico no se ha librado de circuncisión; reposo del sábado; abstinencia del cerdo, del conejo, de la leche, de los huevos.

Sabemos el día exacto en que murió el chico, pero no su fecha de nacimiento. De su vida solo conocemos su muerte: el 28 de tamuz de 5718. De la vida del chico solo podemos asegurar que creció, tuvo una o dos o tal vez más esposas, que le dieron uno o dos o tal vez más hijos.

Probablemente nuestro chico no huyera del exterminio nazi. A principios del XX en Camajuaní se estableció una colonia hebrea considerable, lo cual sugiere que, probablemente, no huyera del exterminio. Sin embargo, es curioso que en Villa Clara casi no queden judíos. Hubo, entonces, alguna clase de fuga. El judío es un errante histórico. Un judío radicado en Cuba no puede eludir el éxodo, porque este lo trasciende, lo constituye. Ser judío radicado en Cuba implica escapar por partida doble. No quedan restos de la colonia hebrea en Camajuaní. O sí quedan restos: dieciséis tumbas.

Los signos hebreos sobre las lápidas dibujan pequeñas crestas. Tal vez nos hablen de los hombres y mujeres que fueron en vida, o de los hombres y mujeres que fueron de chicos, cuando los trazos del nombre no pertenecían al yiddish, o al hebreo de los sefardíes, o al castellano, sino a una lengua primaria: la sintaxis del garabato. Hay algo críptico, más allá del sentido sepulcral del sitio. Algo como un legado, la clave de acceso a una cultura que no merecemos conocer. Nadie sabe qué dicen las tumbas, ni importa saber.

Pregunto por descendientes, pero en el pueblo no me dicen. Supe que el último judío de Camajuaní se llamó Nissim Franco, murió en 2012. Sus hijos viven en Santa Clara y allí fue enterrado, tal vez bajo una cruzcristiana.

–Yo era un chamaquito cuando David Yapur se murió. En Vueltas había muchos judíos. Creo que se fueron para los Estados Unidos todos, pero en verdad nadie sabe a dónde fue a parar esa gente –explica un tipo cincuentero que no ofrece su nombre.

–Este cementerio de los judíos es uno de los siete u ocho que hay en todo el país–cuenta Luis Oscar Rodríguez.Me da la espalda con elegancia y compra un periódico con una moneda que no logro distinguir en el estanquillo de Correos de Cuba.

–Esos muertos no son de nadie. Bastante tiene uno atendiendo los muertos propios pa echarse arriba otros. A ese cementerio hay que pasarle la mano, ¡pero una clase mano! –contesta Elsa, la vendedora de artículos para fiestas de cumpleaños, en el boulevard del pueblo.

–Falta que hace ese terreno pa tumbas de la gente acá en Camajuaní. A la hermana mía tuvimos que enterrarla en una gaveta de cemento, en la pared, ¿sabes? Porque no teníamos espacio en la sepultura –aviva la charla una clienta de Elsa, que valora una piñata con la cara de Mickey Mouse grabada.

–No. ¿Comprar un terreno en el cementerio? ¡Eso está prohibido, muchacha! El que se puso de suerte y lo heredó está salvao. El cementerio de los turcos tiene tremendo espacio –remata Elsa.

–Los judíos de Vueltas no eran todos sefardíes. Había muchos askenazíes. Emigrados polacos. Ahí vivió Max Lesnik padre, y nacióMax Lesnik hijo, el periodista que se hizo amigo de Fidel después de haberse fajao con él. A cada rato lo veo por la televisión y le digo a mi mujer: “¡Mira, ese tipo es de Vueltas, es judío!”, pero ella no me cree –dice el tipo cincuentero que no ofrece su nombre.

***

Camajuaní no tiene la pobreza bonita de Isabela de Sagua, o Paradero de Camarones, que de solo nombrarlo podría hacernos llorar. Decir “Camajuaní”, o “Cabaiguán”, o “Cumanayagua” es armar, en la medida que nombras, edificios de gran panel post-revolucionarios; casas de hormigón, con puntales bajos y carpintería de aluminio, como búnkeres domésticos.

Las casas al interior de Cuba, en verdad, son sistemas de trincheras. El cubano post-revolucionario tiene un alerta clínico, se atrinchera contra huracanes, contra el clima, contra invasiones remotas del enemigo imperial. Los pueblos al interior de la isla son calcos de Camajuaní: impronunciables, marciales, supervivientes de un bombardeo invisible.

Las personas de los pequeños pueblos parecen tristes, a pesar de los dos o tres clubes de computación offline para que el pueblo acceda a la tecnología de un microprocesador Celeron, a pesar –incluso- del área de rehabilitación y fisioterapia con que cuentan por cada 70 000 habitantes, o del amplísimo archivo de videocasetes VHS que las salas de cine rentan a la comunidad como parte de sus servicios.

A los judíos del pueblo les llamaban turcos. Los turcos, me cuentan, eran propietarios de peleterías, dulcerías, cafeterías y otros comercios. Camajuaní está atravesado por un pequeño boulevard de dos cuadras, como un impulso de urbanismo truncado, como si la palabra “ciudad” le quedara grande a pesar del esfuerzo por darle sentido.

En el boulevard de Camajuaní están apilados los actuales comercios, en su mayoría estatales. Ningún turco es dueño de nada ahora. Existe una cremería en la punta misma del boulevard. Tiene letras grandes y carteles pomposos que anuncian, al visitante, la venta de helado. Pero en verdad no hay helado, es solo una simulación. Camajuaní es, todo él, un gran cartel; una promoción vacía; la vida que no ocurre pero el viajero debe creer que sí, que la cremería es, en efecto, cremería, aunque la gente del pueblo nunca haya probado el helado.

Los judíos de Camajuaní no alcanzaron a ver el pueblo de atrezo.

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“El cementerio de los turcos”, “el de la entrada”, “el que está abandonado”. Pero en realidad no está abandonado, la maleza a un metro y tanto, la planta abierta donde deberían ir paredes, los límites difusos entre monte y cementerio, son solo una insinuación del abandono, porque la “unidad” pertenece a Servicios Necrológicos.

Al cementerio judío le quedan pocas paredes, pero tiene un portón de malla y hierro para hacer más digno el acceso. He ido hasta allí en dos ocasiones, una vez vi un perro dentro. Sin embargo, se lee para nadie:

Horario de visitas:

Abierto de lunes a domingo

De 7:00 AM a 11:00 AM

De 1:00 PM a 5:00 PM

La gente del pueblo no conoce la Halajá, el funcionario de Comunales –que se encoge de hombros ante mis preguntas–  tampoco, ni tiene por qué, aunque pareciera que sí. La Halajá es la ley divina de los hebreos. Dice, la Halajá, que no se deben destruir tumbas judías, ni moverlas a otras partes. Hay un componente de obediencia inexplicable en el abandono. Pareciera que el olvido respondiera a alguna lógica, a un respeto ceremonial por el espacio religioso.

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El chico dibuja lo que él cree su nombre. Escribe sin saber que en otra edad –cuando ya no se tiene ninguna– también será su nombre un enigma intraducible. Escribe desde esa dimensión de lo íntimo que solo alcanza un garabato. Rayas tan mudas como las que leo, ahora, sobre su tumba.

El trazo de electrocardiograma, sobre el papel, algunos lo pronuncian « יצחק חוסה בכר», también se pronuncia «José Behar Isaac».