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UNO y la epidermis. Justo ahí donde Barthes pidió que buscáramos la verdad. Desligándonos de asumir como “auténtico” el interior y la sangre; la víscera y el tuétano. En el pensamiento del afuera: esa estratosfera soñada por Blanchot en la que las palabras volverían a definir las cosas.

Lo externo, en fin, como marca de la utopía, esa isla remota que no para de lanzar campañas de viaje en su papel de destino alternativo del mundo. Y con tanta insistencia que es mejor mantenerla allí lejos. Como el lugar, literal, que no existe.

DOS y lo que no se encuentra. Porque si todo está ahí afuera, entonces ya no quedan outsiders.

TRES y el escape. Y es que al arte no le basta con salir a ese “afuera”, como quien arma una expedición hacia otros mundos -lo social, la contestación, la publicidad, la aventura, la política, la cartografía, la verdad- con el fin de conseguir nuevas vituallas. Al arte no le basta, siquiera, con salir  del museo. Es perentorio que tantee la posibilidad de salir de sí mismo.

CUATRO y Expediente X. Con “la verdad está ahí afuera” como leit motiv. Un afuera sideral donde el infinito se ha tragado a lo ínfimo.

CINCO y el increíble artista menguante. Pocas veces, como ahora, el artista se había abismado tanto a otros mundos. Y pocas veces, como hoy, ha regresado tan maltrecho de ese viaje. Como arrastrando el peso de una desproporción entre su ida pletórica, llena de posibilidades, y su vuelta previsible al museo: esa Ítaca a la que todo artista regresa, mutilado, para dar fe del mundo.

SEIS y el invento. Desde ese retorno, resulta comprensible la ilusión de un museo imaginario (Warburg o Pamuk). Pero es más fructífera la idea de un arte imaginario. Se sabe de una esquina de ese afuera –la literatura- donde esto ha sucedido con eficacia. Ahí estuvieron, una vez, Wilde y Chesterton. Y Balzac-Poe-Chéjov-Huxley-Rilke-D´Annunzio-Wharton… Aquí están, ahora, Patrick McGrath y Don Delillo. Y Houellebecq-Vidal Folch-Julián Rodríguez-David Markson-Álvaro Enrigue, Julián Ríos-Siri Hustvedt-Alicia Kopf…

Estos escritores transforman el Arte Contemporáneo en un género literario. Y apuestan por la ventaja de una narrativa antes que una teoría del arte. En ese cruce, Sophie Calle ha pasado de artista a personaje, y de personaje a Musa. Paul Auster, Grégoire Bouilliere o Enrique Vila-Matas han estado esperándola para rematar esa mutación. Esperándola afuera, por supuesto.

SIETE y los mismos con lo mismo. Pese a su pretenciosa cartografía, eso que seguimos llamando “Arte Contemporáneo” no puede ser visto como un arte “mundial”, sino “mundano”. Worldly más que World. Y no es global, como grita a los cuatro vientos, sino local. Pero no porque abarque una expansión geográfica insignificante, sino por la claque inamovible que se desplaza por esta de un país a otro, de un evento a otro, de una bienal a otra, para seguir diciendo –esos mismos- invariablemente lo mismo.

OCHO y Fukudanto. Porque la definición “Arte Contemporáneo” se ceba en dos eternidades falsas: la de la historia después del fin de la historia apuntalada por Fukuyama (asumida desde la derecha) y la del arte después del fin del arte endosada por Arthur Danto (asumida desde la izquierda). El problema es que, mientras ese “contemporáneo” siga apuntando a la inmortalidad, no hay alternativa en el tiempo sino en el espacio: en esa encrucijada que atormenta a un artista que no sabe si salir o quedarse. Por eso no es una estética, sino una estática del arte, lo que mejor define el actual estado de cosas.

NUEVE y lo perfecto. El afuera no es necesariamente una entidad abstracta. Y allí el artista no es siempre un turista de los ideales. Es, a veces, un argonauta abocado a otro sistema cultural que está por llegar. Un sujeto en plena diáspora que acaba de alistarse a esa tropa que Hugo de Saint-Victor entendió que rozaba la perfección: la formada por aquellos “para los que el mundo entero es como una tierra extranjera”.

DIEZ y adiós. El arte es un oficio remoto. Una dedicación rupestre que lleva un siglo despidiéndose, pero todavía no ha aprendido a marcharse.