Gay Talese, el pasado diciembre en Nueva York. BILLY FARRELL/BFA.COM

Gay Talese, el pasado diciembre en Nueva York. BILLY FARRELL/BFA.COM

En cierto modo, la literatura y el periodismo son como un marido y una esposa que después de quinientos años de asesoramiento matrimonial siguen sin conocerse. Él todavía sueña con Abella Anderson y ella sigue esperando a Rocco Siffredi, al tiempo que discuten sobre a quién le toca sacar la basura.

Pensaba en todo esto mientras leía El motel del voyeur (Alfaguara, 2016), de Gay Talese, un libro que nos hace creer que el oficio del periodista consiste en cortar y pegar. No es broma: prepárense para una catarata de páginas entrecomilladas. Más del ochenta por ciento del libro está totalmente sodomizado.

La cita es para Gay Talese como para Hamlet agarrar la calavera.

Que si The New York Times, que si Publishers Weekly, que si Elvira Lindo en El País, que si “Una de las mayores glorias del periodismo contemporáneo… Mito del oficio”, etc. Casi una decena de blurbs escoltan la segunda edición de El motel del voyeur que bajé de internet la semana pasada. Y esto, a sabiendas de que las comillas aparecen más veces en este reportaje que en el Tratado de urología de Francisco Díaz de Alcalá (1588).

Como ven, la cosa está entre todos esos pececitos famosos y yo. Aunque, en realidad, cuando tu libro vende medio millón de ejemplares —y Steven Spielberg compra los derechos para el cine— importa poco lo que diga un crítico de El Estornudo.

Si hay una historia comienza con una carta (entrecomillada): “Querido señor Talese: […] Desde hace años soy el propietario de un pequeño motel de veintiuna unidades situado en el área metropolitana de Denver […]. Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente […], y para responder a la antiquísima pregunta de cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio. […] He llevado un diario escrupuloso de la mayoría de los individuos que he observado, compilando interesantes estadísticas sobre cada uno […]. De momento no puedo revelar mi identidad a causa de mi negocio, pero se la revelaré cuando me asegure que esta información será completamente confidencial”.

El remitente —por razones legales tuvimos que esperar casi cuatro décadas para conocerlo— se llama Gerald Foos y es, después del Alfred Kinsey, el mayor rascabuchador de la historia de los Estados Unidos.

Ya sabíamos de gente que utilizaba la investigación como coartada para cometer crímenes. Issei Sagawa descuartizando a una estudiante de La Sorbona como preparación para escribir En la niebla. En entrevistas posteriores, dijo que se sorprendió al comprobar que la carne humana era “suave y sin olor”, como el atún, y que la grasa tenía un color semejante al maíz. Pete Townsend visitando páginas de pornografía infantil a fin de escribir sobre los abusos que sufrió siendo niño. Pero lo de Gerald Foos es otra cosa: entre los años 60 y 90, rascabuchar a través de una falsa rejilla de ventilación a miles de clientes que nunca se dieron cuenta de que los observaba, fue su único pasatiempo. Ninguna otra ambición irreflexiva empañó su existencia; Foos no es un personaje de Balzac.

En una de sus escapadas voyeurísticas, su primera esposa le preguntó: “¿Tomas nota de lo que ves?”. A lo que él respondió: “Nunca se me ha ocurrido”. “Pues a lo mejor deberías”, dijo ella. Con las mujeres siempre ocurre lo mismo: o te importan un bledo o te dan miedo.

“Tras observar a muchos sujetos, mi estudio concluye que las mujeres tienen tendencia a masturbarse más por depresión que otra cosa”, escribe en una de las entradas de su Diario de un voyeur.

El grueso del volumen abunda en anotaciones carnosas: “Todavía no he observado a ninguna lesbiana que utilice un consolador. Creo que el consolador es una fantasía porno masculina”. Otra: “Definitivamente existe una correlación entre los sujetos que quieren las luces apagadas durante la actividad sexual y su perfil. Por lo general se trata de sujetos de zonas rurales; gente inculta; minorías; sujetos más viejos; sujetos de influencia sureña: todos estos suelen tener relaciones sexuales a oscuras”. Hay más: “Los individuos varían por cómo se sientan en el retrete”. Y un teorema irrefutable: “No puedes mear en línea recta si tienes una erección”.

Un diario —lo sabe Gerald Foos— no tiene que ser un flujo constante de bla bla bla. No hay que agarrar al lector de las orejas y hacerle tragar todos y cada uno de los momentos. En cambio, un diario puede ser una sucesión de detalles sabrosos, olorosos, táctiles. Ejemplo al azar: “La llegada de la cámara Polaroid ha tenido una enorme influencia en la vida de ciertos individuos […], he presenciado cómo sujetos de todas clases y condiciones utilizaban la cámara para registrar su actividad sexual, obedeciendo más al deseo sexual del hombre que al de la mujer”. Otro: “El sexo oral entre huéspedes heterosexuales pasó del apenas 12% a un 44%, quizá provocado por el estreno de la película pornográfica Garganta profunda en el verano de 1972”.

Más que un periodista, Talese parece el traductor de Gerald Foos. El fantasma en el libro. Si Jef Koons o Ai Weiwei no se mancharon las manos construyendo sus propias obras, sino que —a la manera de un arquitecto que no coloca los ladrillos de los edificios que diseña— contrataron a varios artesanos para que las hicieran, ¿por qué no podría Gay Talese publicar el diario de otro? Tal vez el periodismo contemporáneo sea eso: pasar de la primera a la tercera persona del singular.

Hay un riguroso término literario, acuñado quizás por Edmund Husserl y la fenomenología alemana, que define a la perfección El motel de voyeur: descaro. En un mundo perfecto o, por lo menos, más justo, El motel del voyeur sería un libro firmado por Gerald Foos, con prólogo de Gay Talese. Pero ya sabemos que el viejo periodista es como un cantante pop: con tres acordes se hace un canto a sí mismo.

Sin embargo, el libro tiene problemas de credibilidad. Como esas viejas ilustraciones de Alicia en el País de las Maravillas, donde Alicia se come la tarta que dice “Cómeme” y crece hasta que el brazo le sobresale por la puerta delantera, así Talese se embuchó la historia completa de Gerald Foos, casi sin olfatear. Los sabuesos del Washington Post encuentran una lista considerable de grietas en los hechos. ¿La más grave? Resulta que Foos vendió el hotel Manor House, en 1980, a un tal Earl Ballard del que no sabemos absolutamente nada después de la última página del libro. El escándalo, por supuesto, se desata con fuerza. Comienza la ola de rumores. Talese es crucificado en público. Se escuchan algunas de sus pataletas: “Yo no voy a promocionar mi libro”. Acto seguido se retracta. Todo genera un enorme debate: qué es un periodista, qué es lo que lo define, hasta qué punto está dispuesto a llegar por una historia. Alguien saca a colación el nombre de un famoso reportero gringo que al postularse al premio Pulitzer hizo peligrar la vida de sus informantes.

portada libro motel

El caso es una comedia de situación. “Quiero dejarlo claro”, declara el escritor al Post, “no he desautorizado el libro y tampoco lo va a hacer mi editorial. Si hay detalles que corregir en adelante, lo haremos”.

Un periodista afirma que Talese no está en sus cabales: de qué otra forma podría ser cómplice de espionaje y hasta de la omisión de un asesinato a la autoridades. Otra voz suelta un rumor que dice que el autor ha recibido la llamada solidaria de un periodista y escritor italiano acusado de haber inventado casi la totalidad de sus fuentes en el mundo del narco. En el rumor se dice que el italiano le sugiere a Talese que no se preocupe, que todos están celosos, que lo único que importa son las historias. Alguien afirma que se trata de una megamaniobra publicitaria de la editorial. (En la propaganda, se sabe, predomina un idioma torcido: Francia no venció a Brasil en la final del Mundial de Fútbol de 1998, sino que Adidas venció a Nike.)

Por supuesto, la historia no termina ahí: en una universidad yanqui a un estudiante de posgrado se le ocurre seguir el caso como tesis doctoral. El estudiante lee la obra completa de Talese, la analiza una y otra vez como si de una crónica policial se tratara. Por supuesto, descubre cosas: una infinidad de pasajes que son asombrosamente parecidos a otros textos, otras latitudes, otros ámbitos. Ya pasó antes con Roberto Saviano. La historia de la literatura está llena de calcos, pero el periodismo debería ser otra cosa, piensa el estudiante. Lee reescrituras de Scott Fitzgerald, John O`Hara, William Faulkner, entre muchos. Algunos fragmentos están transfigurados, otros son idénticos. Todos funcionan. Pareciera que a pesar del cut & paste y del ocultamiento de la data, el periodista gringo hizo de esos textos su propia voz, volviéndolos indistinguibles del grueso de su obra. Obviamente, el estudiante de posgrado no sabe qué hacer. Ahí está “Pierre Menard, autor del Quijote” de Borges, para enredarlo todo aún más.

Pienso en esto mientras despacho una novelita de Ira Levin titulada La astilla. Allí, Peter Henderson, el propietario de un edificio de Manhattan, la “astilla” del título, confiesa a Kay Norris, una editora neoyorkina, su gran debilidad por el voyeurismo, y que vigila a los inquilinos del edificio a través de un intrincado sistema creado por él. Donde dice Peter Henderson lean Gerald Foos.

Un ave amarilla aletea junto a mi rostro.