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“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión,
pero no puede cambiar de equipo de fútbol.”
Eduardo Galeano

El árbitro suena el silbato y Héctor lo olvida todo. Mientras dure el partido, el universo entero se reduce a su televisor. Este no es un día cualquiera. Viste su camiseta del Barça. Agarra una bandera blaugrana, la estruja entre sus manos y espera. Hoy, durante 90 minutos, solo se corre en la cancha del Real Madrid.

Héctor confía en la victoria porque no puede esperarse menos de un barcelonista, o al menos no de uno como él, que lleva 35 años fiel a su club.  De niño era un chiquillo hiperquinético, adicto a la adrenalina, a las artes marciales y a correr, pero desde que conoció, bien temprano, a un sujeto llamado Maradona, decidió solo pegarle al balón. El Pelusa entró en 1982 al Barcelona y con él fichó un Héctor de diez años. Después Maradona se iría al Napoli. Héctor prefirió quedarse.

Los muchachos de su edad hablaban de jonrones, de hits, de doble play, sin embargo, él prefería los hat-trick, los outside y los córners.  Para entonces era un fanático solitario, algo así como una pelota de futbol en un terreno de béisbol. Pero todo cambió con el Mundial de México 1986, cuando la televisión cubana pareció interesarse por el futbol y algunos curiosos se aventuraron a ver de qué iba todo aquello de patear balones.

–Surgieron entonces los que le iban a Brasil, los que le iban a Holanda, los que le iban a Inglaterra. Pero en esa época ya yo le iba a Argentina y a Maradona –dice Héctor–. Yo conocía de fútbol para ese entonces.

Esto significa, sobre todo, que el tiempo ya no se contaba por años, sino por temporadas.

***

Su casa de dos pisos es un templo al futbol cuya fachada muestra, a relieve, un escudo del Barcelona de yeso. La sala es un espacio sagrado, repleto de banderas catalanas y, como altar, un televisor pantalla plana desde el que Héctor, el sumo sacerdote del hogar, invoca a sus dioses de carne y hueso.

En vísperas del Clásico, Héctor ha decorado la sala más que de costumbre. Es común que algunos amigos se le sumen a ver el partido. Luego se le ha ocurrido gastarles una broma a los vecinos madridistas del barrio, que son la mayoría.

–Mimi, necesito que me busques algo grande para que escribas unas cositas –le dice, malicioso, a su mujer.

Poco antes de que empiece el encuentro, una banda de chiquillos va casa por casa armando algarabía en el barrio. Los fanáticos del Real Madrid se asoman tras el escándalo, y encuentran a los niños con unos cartones en los que se puede leer: “La MSN es más grande que la BBC”, o “CR7, Culo Roto Siete Veces”.

Sus ocurrencias mantienen a Héctor de buen humor durante todo el día, al menos hasta que, en los primeros compases del partido, Marcelo golpea a Messi en el rostro. La escena le impacta.

–¡Messi sangra! ¡Messi sangra! –grita asustado. Quizás quiere decir “Dios sangra”. Mientras el argentino se cubre la boca con una gasa, Héctor aprieta los puños como si quisiera golpear a Marcelo y vengarse.

Ya han pasado 20 minutos. Ambos equipos vienen y van de sus respectivas áreas con hambre de gol. El Madrid ataca y la pelota sale por la línea de fondo. Cobran el córner y, después de una secuencia sin mucho orden en la que intervienen Sergio Ramos y el poste, Casemiro, como puede, la emboca. Real Madrid 1-Barcelona 0.

Héctor se desploma en su silla y se pone las manos en la cabeza.

–No puede ser. No otra vez.

Hace apenas unos días sucedió algo insólito en su vida: por primera vez no pudo terminar de ver un partido. La vuelta de los Cuartos de Final de la Champions se jugaba en el Camp Nou y los culés volvían a soñar la remontada, pero la Juve, a diferencia del PSG, sí sabe cómo defender un resultado. El Barcelona hizo lo que pudo. Dominó, atacó, rezó, pero en vano. El tiempo se acababa y a Messi no le salía algún truco habitual de sus pies. Héctor apagó el televisor. Esa tarde no habló con nadie.

–La Juve es un equipo fuerte. A pesar de lo que hizo no hay rencor, porque yo simpatizo mucho con su historia. Ahí jugó Pavel Nedvěd, que fue mi ídolo de los 90.Comparto con él muchas cosas.

barca5Aunque es barcelonista de pura cepa, Héctor siempre ha apreciado el buen fútbol del resto de los equipos. Antes, a duras penas, se las ingeniaba para seguir al menos los partidos más importantes de cada liga, ya fuera en el lobby de un hotel o en alguna casa con antena satelital. Así fue como cierta vez descubrió a un checo recién llegado al Calcio, y se prendó de su estilo.

–Nedvěd era centrocampista, mi posición favorita. Su juego era duro, de mucho físico y patear fuerte, que es como me gusta jugar. Además, nació prácticamente un mes después que yo. Para mí fueron muchas coincidencias, así que decidí seguirlo.

Tras cinco temporadas en la Lazio, Nedvěd fichó por la Vecchia Signora, donde ganó la Serie A, la Supercopa de Italia y obtuvo el Balón de Oro. El checo fue su estrella, al menos hasta 2007, cuando apareció en el Barcelona un argentino con el aura del mítico Maradona, el mismo argentino que ahora marca un gol. Real Madrid 1-Barcelona 1.

***

–¡Tomen, por la cara! ¡Messi es el mejor del mundo! ¿Oyeron? ¡El-me-jor-del-mun-do! –sentencia Héctor.

Todas las casas de la zona están unidas de manera tal que la privacidad solo existe cuando se susurra. Héctor lo sabe y grita desde la ventana de la sala.  Ya había soportado, con el gol de Casemiro, los cánticos madridistas de los vecinos.

–Todavía queda juego. Estamos en el 33 nada más –le responden.

Se pasa las manos por los muslos y luego aplaude. Después murmulla:

–Seguimos siendo los mejores. Yo sé que sí.

Pero en el fondo sabe que no. Ningún Barça emulará con aquel de Guardiola que firmaba temporadas sublimes.

–Nosotros le enseñamos al mundo en esa época lo que era jugar realmente bonito, acoplados, de memoria –dice Héctor, orgulloso–. Esa es la época de Tarzán Puyol, de Xavi y de Iniesta. Ahí se hizo leyenda Messi. Aquel equipo era simplemente perfecto. Hasta Víctor Valdés, que muchos lo criticaron, encajaba en el conjunto.

Su última gran alegría fue en 2015. Cuando el club ganó su quinta Champions, y los jugadores alzaron la copa entre serpentinas y confetis, Héctor agarró eufórico su bandera blaugrana, la amarró a una vara y salió en bicicleta por el barrio. Después, montó en el carro de un amigo y se fue a celebrar.

–Me llevé la bandera y estuve todo el viaje ondeándola. Le dimos la vuelta a la Habana Vieja y yo así, loco con la bandera, gritando a pulmón limpio: “¡Visca Barça! ¡Campeoooones, campeoooones, oé, oé, oé!”

***

barca4Tiempo de descanso. Los jugadores entran al vestuario y Héctor sale a la calle. Afuera el vecindario lo espera para comentar la primera mitad. Si se trata de un Clásico, las discusiones suelen centrarse en la cuestión del arbitraje.

–Ustedes, los del Madrid, son unos descarados que compran a los árbitros. A ver, díganme, ¿cuándo van a expulsar a Casemiro? –dice un joven. Al momento le salen al paso tres rivales.

–¡Ah, sí! ¿Y por qué no le cantaron penal a la falta de Umtiti? Eso, de toda la vida, es penal.

–¡Qué Penal de qué! ¡Ah, cállense, que ustedes no saben nada de fútbol!

Héctor los ve acalorados, cruza los brazos y sonríe. Ellos nunca se atreverían a discutir con él porque se aficionaron al fútbol hace apenas diez años. Héctor, en cambio, es considerado una enciclopedia de estadísticas y, por tanto, merece respeto.

–Yo estoy muy contento con la furia de fútbol que hay ahora. Ya los muchachos no hablan tanto de pelota como de fútbol. Este deporte es así, te vuelve loco, se te mete en la sangre y tienes que llevarlo para toda la vida y a todos lados. Al menos yo soy así: fútbol de día y de noche, en la casa y en el trabajo.

***

Un estudiante de la CUJAE, la universidad de ciencias técnicas de La Habana, va a merendar a las cafeterías privadas en los exteriores de la escuela, una especie de bazar árabe en el casi veinte pequeños negocios se disputa la clientela universitaria. El estudiante es alto, flaco y viste la primera camiseta del Barça de esta temporada, una número 11 de Neymar. Todos los establecimientos ofrecen los mismo productos y al mismo precio. Finalmente se decide por un puesto que le ha llamado particularmente la atención.

Aquí, hace 21 años, trabaja Héctor. La cafetería –simplemente porque le gustó la película de Juan José Bigas Luna– se llama “Jamón Jamón”, y es un espacio pequeño abarrotado de pegatinas, banderas y camisetas blaugranas. Mientras prepara los panes que le han pedido, le habla a su cliente de fútbol: cómo va la Liga, la Champions, las novedades en el mercado de fichajes. Después pone encima del mostrador dos pequeños pomos blancos.

–Para que pruebes mi salsa siciliana y mi salsa catalana –dice, y se las unta al pan.

Luego, mientras el joven come, Héctor le larga un cuento:

–¿Sabes por qué siciliana y catalana? ¿Sabes por qué esta cafetería está pintada de rojo y amarillo? La respuesta está en las casualidades. Yo soy un tipo así, medio místico. Fíjate, mi apellido es Sicilia, Héctor Sicilia Calzadilla, porque mis ancestros son de allá, de “Schichilia”, en Italia, y esos son los colores de allá: amarillo y rojo. Además, como puedes ver, soy fanático al Barcelona y esos son los colores de la bandera catalana. ¿Ves? Coincidencias.

Su historia adquiere veracidad con el trisquel celta que lleva tatuado en el antebrazo, idéntico al que figura en la bandera siciliana. También piensa tatuarse una frase dedicada a su club, pero está esperando encontrar quién la traduzca al catalán.

Con su discurso, más que con sus productos, asegura la clientela. Héctor está convencido de que el fútbol es bueno para todo, incluso para la digestión. Siempre despide a sus clientes con un “Visca Barça”.

–Visca Barça– también le dice ahora a sus vecinos. Los quince minutos del descanso se han ido volando.

***

Después de tanto gritarle al televisor Héctor arrastra cierta ronquera. No para de decirles a los jugadores cuándo deben disparar, a quién tienen que pasarle el balón. Los jugadores a veces parecen obedecerle, pero otras tantas no y eso le molesta.

–¿Ahora qué es eso? ¿André Gómez? Pero, pero… ¡si ese tipo no hace nada! ¿Cómo me lo van a poner ahora? A ese y a Alcácer los botara por malos que son.

El Real Madrid ha vuelto al ataque pero Ter Steguen se agiganta en la puerta. Keylor Navas tampoco es menos. Cristiano Ronaldo, por su parte, ha fallado hoy todos sus disparos de gol pero, aun así, cuando toma el balón hace temblar a Héctor.

–¡Dale, yegua! ¡Aquí no hay nada pa ti! –le grita con lo que le resta de voz, suficiente para que lo oigan los vecinos contiguos.

Corre ya el minuto 73. Rakitic tiene el balón en la frontal del área y recorta con clase. Se acomoda, dispara. Es gol. El Barcelona se adelanta y un par de minutos más tarde, como guinda del pastel, expulsan a Sergio Ramos tras una entrada violenta. La exclamación de los madridistas inunda de la cuadra.

–Oye, Héctor, no sirvió. ¡Esa no era para roja! –le gritan. Él sonríe.

–Eso es lo lindo de todo esto, la rivalidad –comenta–. El fútbol es una guerra corta de 90 minutos y cuando termina viene la paz. Al final llegan los saludos, los intercambios de camisetas, las cosas que unen. El fútbol es una guerra que une.

barca3Faltan solo 10 minutos para el final. Héctor preferiría que el marcador se mantuviera inamovible, sin embargo, quiere que el partido continúe, que el juego sea eterno. No todos los días se disputa un Clásico, y menos uno como este.

Cuando Messi sale corriendo con el balón se emociona porque sabe que puede ser gol, entonces pestañea mil veces y acerca su cara al televisor como un miope. En cambio, si es Cristiano quien controla la pelota, le asaltan los miedos. CR7 es el némesis, la encarnación perfecta de todo lo que representa el Madrid: un top model engreído, con talento, fuerte, poderoso. Además, hay que odiar a Cristiano porque está escrito en las reglas del aficionado culé.

Aun así, Héctor sabe que el portugués es casi tan Dios como el argentino, solo que pertenece a otra religión. Cuando oye a los jóvenes discutir quién es mejor, Héctor les dice que agradezcan por lo que ven, porque nunca van a volver a coincidir dos jugadores como esos en una misma época.

***

De repente, un suceso inesperado y trágico. James Rodríguez, el crack colombiano y ahora suplente, marca el empate solo unos minutos después de haber ingresado a la cancha, casi al borde del descuento. En la calle, frente a la puerta de la casa de Héctor, los madridistas cantan victoria. El marcador igualado les sabe a gloria. Héctor frunce el ceño, une las manos y se encomienda a un milagro. Sus plegarias no tardan en ser oídas.

En la última jugada del partido, Sergi Roberto se gasta una carrera frenética con el balón en los pies. Una simple zancadilla puede frenarlo, pero el Madrid, por esta vez, prefiere perdonar. El balón se mueve como una pelota de pinball, de Sergi a André Gomes, de André Gomes a Alba, de Alba a Messi…

–¡Gooooool! ¡Coño, goooool! – el grito final le seca la garganta a Héctor. Se levanta de la silla, salta, estrecha con sus manos el rostro de su mujer y le estampa con fuerza un beso. Después besa el escudo de su camiseta con la misma pasión con la que un católico besa una cruz.

Héctor, frenético, sale a la calle, donde todos lo esperan. Rivales y aliados lo felicitan, lo arropan con banderas del club. Messi es el héroe indiscutido del Clásico, pero allá, lejos, en España. Aquí, en el barrio, el héroe es Héctor. Es su zurda anónima la que ha sepultado al Madrid.